El Hijo del Albañil
Con objeto de realizar la remodelacion de un local, contratamos a un maestro albañil. Profesional barbudo con un eterno caliqueño en la boca que sabíamos que trabajaba duro, rapido y bien.
Lo que yo, particularmente, no sabía, es que el maestro albañil vendría con tres de sus cuatro hijos, que tenían las categorias de oficial de primera, de segunda y peón.
En función de su categoría, como en todos los oficios, los más superiores mandan más y los inferiores tienen los trabajos más duros. Y yo me dí cuenta de quién era el peón cuando un enorme trozo de pared que estaba derribando se le cayó encima del dedo, rompiéndole el hueso. Los otros no estaban, estaban tomando café o midiendo el tamaño de los tabiques.
Tras una cura al pobre peón, constaté que, pese al dolor, no había pegado ni un solo grito. Saltó, resopló y bufó. Maldijo, blasfemó y anduvo como un león herido enjaulado, pero no gritó ni cuando le ocurrió el accidente, ni cuando le practiqué una cura de emergencia con un desinfectante. Ni siquiera, me dijeron, cuando el médico le colocó el hueso de un movimiento.
Pensaba en el maestro y los oficiales, que gritarían, golpearían las paredes y pegarían patadas. Pensaba en mi, que no tengo ni la fortaleza ni el valor demostrado por el joven, y que maldeciría a voz destemplada... pero el buen mozo no soltó ni un grito, ni siquiera cuando se estaba mareando. Apretó los dientes y aguantó el dolor.
Al día siguiente volvió al trabajo, para saludar y eso, y seguía así, callado y agradecido. Y dolorido.
Un sufridor nato. El pobre, me dijo, se mareó del susto, no del dolor. Pensaba que se le había quedado el dedo en el tabique.
Lo que yo, particularmente, no sabía, es que el maestro albañil vendría con tres de sus cuatro hijos, que tenían las categorias de oficial de primera, de segunda y peón.
En función de su categoría, como en todos los oficios, los más superiores mandan más y los inferiores tienen los trabajos más duros. Y yo me dí cuenta de quién era el peón cuando un enorme trozo de pared que estaba derribando se le cayó encima del dedo, rompiéndole el hueso. Los otros no estaban, estaban tomando café o midiendo el tamaño de los tabiques.
Tras una cura al pobre peón, constaté que, pese al dolor, no había pegado ni un solo grito. Saltó, resopló y bufó. Maldijo, blasfemó y anduvo como un león herido enjaulado, pero no gritó ni cuando le ocurrió el accidente, ni cuando le practiqué una cura de emergencia con un desinfectante. Ni siquiera, me dijeron, cuando el médico le colocó el hueso de un movimiento.
Pensaba en el maestro y los oficiales, que gritarían, golpearían las paredes y pegarían patadas. Pensaba en mi, que no tengo ni la fortaleza ni el valor demostrado por el joven, y que maldeciría a voz destemplada... pero el buen mozo no soltó ni un grito, ni siquiera cuando se estaba mareando. Apretó los dientes y aguantó el dolor.
Al día siguiente volvió al trabajo, para saludar y eso, y seguía así, callado y agradecido. Y dolorido.
Un sufridor nato. El pobre, me dijo, se mareó del susto, no del dolor. Pensaba que se le había quedado el dedo en el tabique.





