Palabra de Honor
Enronquecido por la fiebre, el cansancio, y una tos malsana producto del tabaco de indias, no dejo de dar vueltas sobre lo mismo.
Conozco a una muchacha que ejerce el Corso, es auténticamente genial, artista, bohemia y un verdadero encanto de persona. Por tratar de ser fiel a mis principios, ideales, a mis promesas y a mi mismo, tal vez le haya hecho daño. Pero solo tal vez... El caso es que hace poco le pedí una reproducción del cuadro de las lanzas de Velázquez, y me dijo que ni de casualidad, que Don Diego ha tardado mucho en hacerlo y que, además, tenía un rey mecenas.
Esto me ha llevado a meditar, muy seriamente, sobre mi situación actual. Ciertamente, nuestro buen Felipe IV (perdón si pego un patinazo a la historia), ejerce el mecenazgo de diversos artistas.. pero es un pusilánime monigote al que sólo se maneja, por este orden, el conde-duque de Olivares, y los asaltos a prostíbulos y conventos.
Bien, salvando la diferencia de esos asaltos, no me siento yo muy lejos de su majestad, en cuanto a que ahora mismo, soy el pelele de otra persona con más recursos físicos, sociales y económicos, y que podría (y de hecho, creo que voy a hacerlo) ejercer cierto mecenazgo de esta joven que tan buenos sentimientos me produce, y a veces, pienso, en la soledad de este barco sin bandera, en este mar sin fin, que al fin y al cabo, afortunado nuestro rey si no se entera de que es así, si realmente cree ser libre y no atado a unas invisibles ligaduras como son el honor y la palabra dada. Y pienso, o pensaba el otro día paseando, que si es consciente de la situación que le ha tocado vivir, y aún así la asume por voluntad propia o porque no le quedan más arrestos, si tendría la cara de desesperación, de absoluta misera, de desventura y de soledad en medio de la corte, que la que tenía yo reflejado en el espejo de una, por lo demás, abarrotada taberna.
Y que me apiado de vos, majestad, si así fuere, y que me alegro por vos, si sois feliz en vuestra ignorancia, y que qué lástima que esa máscara regia que habeis de llevar, sea eso, una máscara, tras la cual se oculta un pobre mimo triste que una vez tuvo 26 años y que volvió a salir a actuar con 29, rescatado del olvido por una artista morena, risueña, preciosa, que sólo quería ser feliz y que, tal vez, entre unos y otros, arrojamos a las garras de la desesperación y la lujuria.
Conozco a una muchacha que ejerce el Corso, es auténticamente genial, artista, bohemia y un verdadero encanto de persona. Por tratar de ser fiel a mis principios, ideales, a mis promesas y a mi mismo, tal vez le haya hecho daño. Pero solo tal vez... El caso es que hace poco le pedí una reproducción del cuadro de las lanzas de Velázquez, y me dijo que ni de casualidad, que Don Diego ha tardado mucho en hacerlo y que, además, tenía un rey mecenas.
Esto me ha llevado a meditar, muy seriamente, sobre mi situación actual. Ciertamente, nuestro buen Felipe IV (perdón si pego un patinazo a la historia), ejerce el mecenazgo de diversos artistas.. pero es un pusilánime monigote al que sólo se maneja, por este orden, el conde-duque de Olivares, y los asaltos a prostíbulos y conventos.
Bien, salvando la diferencia de esos asaltos, no me siento yo muy lejos de su majestad, en cuanto a que ahora mismo, soy el pelele de otra persona con más recursos físicos, sociales y económicos, y que podría (y de hecho, creo que voy a hacerlo) ejercer cierto mecenazgo de esta joven que tan buenos sentimientos me produce, y a veces, pienso, en la soledad de este barco sin bandera, en este mar sin fin, que al fin y al cabo, afortunado nuestro rey si no se entera de que es así, si realmente cree ser libre y no atado a unas invisibles ligaduras como son el honor y la palabra dada. Y pienso, o pensaba el otro día paseando, que si es consciente de la situación que le ha tocado vivir, y aún así la asume por voluntad propia o porque no le quedan más arrestos, si tendría la cara de desesperación, de absoluta misera, de desventura y de soledad en medio de la corte, que la que tenía yo reflejado en el espejo de una, por lo demás, abarrotada taberna.
Y que me apiado de vos, majestad, si así fuere, y que me alegro por vos, si sois feliz en vuestra ignorancia, y que qué lástima que esa máscara regia que habeis de llevar, sea eso, una máscara, tras la cual se oculta un pobre mimo triste que una vez tuvo 26 años y que volvió a salir a actuar con 29, rescatado del olvido por una artista morena, risueña, preciosa, que sólo quería ser feliz y que, tal vez, entre unos y otros, arrojamos a las garras de la desesperación y la lujuria.





