LOS CIRUELOS JAPONESES (Astenia primaveral)

Mi profesor de filosofía del instituto nos regalaba un chupachús
cuando los ciruelos japoneses empezaban a florecer.
Es todo un poeta...
Desde hace muchos años,
díria desde siempre,
se ensombrece mi ser
cuando ya han florecido
los árboles exóticos
en la parte alta de la ciudad.
No soy grato a febrero,
heraldo de la primavera,
hermosa y maldita,
maldita por hermosa,
a la que amo sin ser correspondido,
pero sí maltratado,
-sueño pesado, alérgias, desconcierto-,
amor con algún mérito.
Dura poco la flor,
la derriba un relente
en la noche serena
y en su caída arrastra el fruto,
justo hasta los pliegues de mis entrañas
en los que se abre un huevo
por el que, sin dejarse ver,
sale y entra la nada
acumulada desde siglos
por las generaciones precedentes,
las que fueron tentando
la potencia de luz
que soporta la vida,
sin calcular los riesgos
de un vacío en exceso.
Mas de febrero a mayo
se desplaza su estela
desde mi estómago al cerebro,
cubriendo un recorrido
que se sombras rocía el corazón.
La renovada luz de afuera
coincide rara vez
con la nada alumbrada
y alterada por dentos,
única garantía
de que no se produzca el apagón.
Mas baja la tensión
cuando en la parte alta
florecen los ciruelos
y la ciudad se inunda con su luz.
Ayer rompieron los primeros brotes.
Fernando Llorente