Denme caminos…porque no quiero puertos en esta vida.
He vuelto. Y al pasear junto al río éste me ha contado, casi en secreto, que me echaba mucho de menos. A mí me ha dado vergüenza confesarle que no podía dormir, allá en la distancia, sin el rumor de sus olas casi salinas, sin las sirenas noctívagas arrullando mis noches, sin las gaviotas vigilando su margen. Pero él se ha dado cuenta, por eso en el primero de tantos otros días me regaló su mejor color, ese indefinido verdezul que tanto me gusta, río y mar mezclados bajo el sol incansable de esta ciudad casi oceánica.
El regresar siempre guarda un sabor agridulce en la maleta. Una lágrima por la vuelta y otra por la ida, el constante desasosiego de no saber cual es el puerto de llegada y cual el de partida. Y a veces siento que mi casa es el camino, esas horas que no pertenecen a ningún lugar, a ningún abrazo… y que me gustaría estirar, estirar y estirar… hasta que formen la maraña de mi vida.
Pero el regreso no ha sido solitario, me ha regalado la compañía de quien me hizo ver la ciudad con otros ojos, ojos puros y limpios, aún sin contaminar por la rutina de las mismas calles pisadas una y otra vez. He descubierto rincones y visiones vírgenes, refugios a los que acudir cuando la soledad aprieta fuerte. De la mano de un amigo he (re)visitado “mi ciudad” y la he hallado aún más bella.
Y ahora comienza un nuevo año, un nuevo día, un desconocido segundo y la vida se convierte en una rueda, donde el secreto se esconde en la búsqueda de la virginidad eterna y reconstruida de todas las vivencias. Y si este año o el próximo segundo no funcionan no importa, volveremos al camino, al espacio detenido sin horas, ni abrazos, ni tiempo, para recuperar los pasos perdidos, o para esculpir sobre la arena otros nuevos. Y “mi río”, sabio y viejo, por haber pasado tantas lluvias besando el mismo cauce, nos regalará en cada vuelta el color verdezul de los sueños…
El regresar siempre guarda un sabor agridulce en la maleta. Una lágrima por la vuelta y otra por la ida, el constante desasosiego de no saber cual es el puerto de llegada y cual el de partida. Y a veces siento que mi casa es el camino, esas horas que no pertenecen a ningún lugar, a ningún abrazo… y que me gustaría estirar, estirar y estirar… hasta que formen la maraña de mi vida.
Pero el regreso no ha sido solitario, me ha regalado la compañía de quien me hizo ver la ciudad con otros ojos, ojos puros y limpios, aún sin contaminar por la rutina de las mismas calles pisadas una y otra vez. He descubierto rincones y visiones vírgenes, refugios a los que acudir cuando la soledad aprieta fuerte. De la mano de un amigo he (re)visitado “mi ciudad” y la he hallado aún más bella.
Y ahora comienza un nuevo año, un nuevo día, un desconocido segundo y la vida se convierte en una rueda, donde el secreto se esconde en la búsqueda de la virginidad eterna y reconstruida de todas las vivencias. Y si este año o el próximo segundo no funcionan no importa, volveremos al camino, al espacio detenido sin horas, ni abrazos, ni tiempo, para recuperar los pasos perdidos, o para esculpir sobre la arena otros nuevos. Y “mi río”, sabio y viejo, por haber pasado tantas lluvias besando el mismo cauce, nos regalará en cada vuelta el color verdezul de los sueños…
Comentario:
Me encanta volver a leerte, y más cosas tan preciosas...
¡Que hermosos son los ríos! El mío, el Miño, me proporcionó los paisajes más hermosos de mi vida, y moriré añorándolo.
Te quiero. Muralla.
¡Que hermosos son los ríos! El mío, el Miño, me proporcionó los paisajes más hermosos de mi vida, y moriré añorándolo.
Te quiero. Muralla.






