un pequeño pozo hedonista-radical
soy un varón sin cabeza ni manos ni juicio ni tela para ponerlo en.
formamos, entre todos los varones sin cabeza ni manos ni juicio ni tela para ponerlo en, un obstáculo gigante para quienes piensan que no pensar es la solución a los problemas que no existen.
los problemas quizá no existan pero de si algo estoy seguro es de que hoy vuelve a hacer sol y de que mañana tú te marcharás y de que pasado quizá ya sólo me queden fuerzas para dormir e hibernarme un poco más.
en este pequeño pozo hedonista-radical en el que se ha convertido mi existencia.
(Foto: Madhu Reddy)
La pasta
Leo en el periódico que una anciana, viuda, murió sola en su piso, situado a unos doscientros metros de mi habitación, y que dejó una herencia increíble de doce-millones-de-euros.
Dicha anciana no tenía ni televisor, ni aspirador, ni lavavajillas, ni horno y su asistenta limpiaba a mano, fregaba a mano, cocinaba a mano, funcionaba a mano.
La anciana ofrecía sopitas de ajo a sus visitas y los domingos repartía tres lotes de veinticinco-pesetas (quince-céntimos-de-euro) a tres mendigos que mendigaban a la puerta de la iglesia.
La anciana tenía una fortuna enorme, pero nadie lo sabía.
Pisos, edificios, acciones de bolsa, todo el fruto de la acción de ahorrar de manera compulsiva a lo largo de toda su vida.
Murió y nadie reclamó la herencia. Sólo un sobrino suyo hizo el intento pero murió al cabo de poco tiempo; era demasiado mayor para vivir bien, parece ser.
Lo que más me ha emocionado, sin embargo, es su manera de celebrar la navidad.
Una vez viuda, sola, se sentaba en la mesa de su comedor el día señalado y compartía la fecha con sus muñecas de la infancia.
¡Con sus muñecas de la infancia!
Con sus muñecas,
de la infancia...
(Foto: Adriana Lestido)
La bala
G. es como una bala.
Se comporta peor que una bala. Es rápido, ágil, voraz.
Siempre tiene hambre.
Y trepa por las paredes si no encuentra (una sola) explicación (uniforme) a (todas) sus dudas.
G. es algo más que un disparo que nos atraviesa y nos alimenta.
Viene a ser como la suma sincera de nuestros miedos al fracaso, nuestras horas de sueño acumuladas y nuestras ganas de volar.
G. es como una colección de huevos, como un pedazo de esparadrapo que se suelta de un dedo herido.
G. es mi bala favorita.
Y su pólvora, mi respuesta (definitiva) a (todas) mis preguntas constantes pero carentes de consistencia.
(Foto: Flo Fox)
Algún resultado de revista
De los balcones de las calles que cruzan con la de mi casa, la gente arroja velas a la acera.
Cera caliente como símbolo de las lágrimas que vierten cada noche, en sus lechos, al encontrarse con los hechos en los que han convertido su vida.
Un abrazo sin pasión, un par de anillos que se repiten en cada par de manos, unos cuadros sin significado y demasiado descoloridos, unas palabras vacías, unos hijos que cada día regresan más de noche a casa.
De los balcones de las calles que cruzan con las de mi casa, la gente sólo arroja lo único que les queda por arrojar.
Cera caliente, como la de sus oídos que cada día pierden más capacidad y se llenan con más pelos blancos; cera caliente como las que ellas usan al depilarse sus piernas, desesperanzadas porque parecen ya no tener función.
Y es que los abrazos sin pasión serán lo peor que existe pero las historias de alcobas felices son el engaño máximo al cual sólo el mínimo de uniones sobreviven.
Seremos siempre un desastre si nos vendemos solamente a la tradición.
(Foto: Adriana Lestido)
Piernas
Aprendí a observarte al cruzar la calle sentado en los peldaños de un banco de crédito de nuestra ciudad.
Pasabas de noche, sobre las 24 horas. Cada día del mundo.
Yo dormía sobre cartones, cada noche (del mundo). Un par de periódicos hacían las veces de manta y una amable vecina me traía un vaso con aspirina para aguantar mis constantes dolores de cabeza. Mezclada con vino, la aspirina adquiría una dimensión nueva, divertida.
Una noche te paraste ante mí, me miraste mi barba pelirroja y me quitaste, con tus largas uñas, un par de migas de pan de los pelos de mi cara.
Me hablaste, convencida:
-Nene, tú eres así. Como una miga que se soltó de un pan enorme. Seca, podrida.
-Hm –dije –¿quizá eres tú algo mucho mejor?
-Sí, un enorme beso –y me lo diste, en los labios.
Sabías a Martini. Yo, a brik de vino.
-Sabes a Martini, nena.
-Puede. ¿Conoces un grupo que se llama Pink Martini?
-No.
-Tú sabes a vino, por cierto.
-Puede. ¿Conoces a Kartón de vino?
-Hm, no.
Y el próximo beso ya nos lo dimos en tu cama.
Fue como un brindis extremo; mientras te comía tus sofisticadas piernas clase-alta me acabé de emborrachar de mis propios recuerdos clase-punk.
(Foto: Nils Jorgensen)
mientras, hagamos girar el mundo hasta la semana que viene
Ella pone un guiso en el fuego, a fuego lento, y se pone a mirar por la ventana una vez la olla reposa sobre el gas.
Desde la ventana se ven vacas, pinos, abetos, una nube llena de lluvia y cuatro caseríos cubiertos de escarcha.
Alguien susurra su nombre en la habitación de al lado.
Este alguien se acerca y aparece por la puerta de la cocina envuelto en un albornoz marrón.
Y la abraza, y la besa. Y la mira y parece que va a decir algo pero calla en el instante preciso.
Huele a perejil y a pimienta.
Y a cebolla recién picada.
Parece que hará frío hoy, en Galicia.
(Foto: Matushka Medouz)
acerca de la lentitud
Mi amigo I. me cuenta que una vez, después de discutir con su novia, le estuvo pegando, a modo de terapia, a una farola de la calle hasta que un nudillo se hundió dentro de su mano izquierda maltrecha.
Mi amigo I. dice que otra vez, al cabo de una semana, cayó sobre el escenario de un concierto tras un concierto, dando una voltereta y rompiéndose su pierna derecha en el acto.
Mi amigo I. dice que en ese momento una chica desconocida se le acercó y le preguntó que si se encontraba bien. Y que lo acompañó al hospital al ver la situación.
Y, una vez allí, los médicos no la dejaron entrar en urgencias y esperó tres horas fuera mientras mi amigo I. era atendido y su pierna enyesada.
I. y la chica se fueron luego, a las once de la mañana, a casa de ella, en las afueras de la gran ciudad y mi amigo I. le hizo el amor apoyado sólo sobre su mano derecha y su pierna izquierda cuando le “tocaba” ponerse arriba.
Mi amigo I. me lo cuenta y me sonríe. Su mirada está perdida; por sus labios han pasado muchos otros y su estómago ha engullido quizá demasiada cerveza.
Su mente va más lenta de lo habitual y tengo la sensación de que me escupe sus pensamientos de uno en uno, sin reticencia pero con esfuerzo.
Y es que a veces, sólo a veces, la gente lenta es discriminada por los supuestos atletas de la rapidez intelectual, nosotros, ataviados con nuestros disfraces de grandes pensadores cuando en realidad lo que deseamos es poder unirnos la cola de personas que suspiran para llegar a vivir la mitad de lo que ha vivido mi amigo I.
(Foto: Marcel·lí Bayer)
Y-griega
Y-griega juega con las paradojas, me hace saltar de una en otra hasta hacerme creer que en verdad yo también soy una paradoja, una especie de holograma con pelo, camiseta, jeans y una cerveza de marca en la mano.
Los chistes absurdos los agotamos en cuestión de minutos y pronto nos damos cuenta de que lo único que nos queda es el olor a hierba de pueblo mojada de noche por la caída de temperaturas y un grupo interminable de farolas alienadas a lo largo de la carretera que nos conduce de vuelta a nuestra granja-escuela.
Y-griega me comenta una serie de conceptos sobre el ser humano; el contenido parece ser lo de menos puesto que mi cabeza, tímida ella, se pone a flotar entre la forma: entre sus giros idiomáticos argentinos, italianos, sus frases compuestas, expresiones, sintagmas, locuciones sin traducción, etc.
Y-griega insiste: tómatelo de quien viene, me dice.
Y yo sigo pensando en que la noche en esta ciudad es como un juego interminable y caprichoso. A la que te das la vuelta y miras el reloj de tu compañero de travesía te das cuenta de que vuelven a ser las seis de la mañana y que mañana toca madrugar otra vez.
Y encadeno así los días, en el norte de Europa, por espacio de una semana. Sin rumbo.
Enterrando mis problemas de salud en noches de dormir poco y en el pelo de muchachas de pelo largo.
Con sus camisetas, calcetines y cordones de zapatos a rayas y con una mirada que me encadena definitivamente a ellas y a su música; cada tango tocado se convertirá, progresivamente, en un nuevo eslabón de ropa blanda y cada palabra callada, en nuestra sentencia de cara al día en el que nos vengan a recoger definitivamente del lugar.
(Foto: Aleksandr Zhadan)
Wembley, Little One, mi parótida y las prostitutas de la carretera de Castelldefels
Te dicen que la cabeza te puede explotar, que tu nervio facial está a punto de ser abordado por una piedra en una glándula y tu te miras a la doctora, rubia, 35 años a lo sumo y lo único en lo que se te ocurre pensar es en que te gusta cuando pone su mano blanquísima justo debajo de tu maxilar y aprieta con decisión.
Imaginas a la doctora, vestida con un bonito y delgado jersey de rayas de colores y bata blanca desabrochada por encima, sin ropa, desnuda, masajeándote con los pechos mientras pone su boca en la tuya y te succiona de golpe la enfermedad, quedándosela ella; ella, al ser doctora, conocerá mejores maneras de acabar con el dolor.
Pero te dicen que tranquilo, que no pasa nada, que son cosas que pasan.
Y te pones a buscar por el guogle al llegar a casa y sólo encuentras páginas de tumores, y de nervios faciales descompuestos.
El antiinflamatorio actúa, pero sólo durante un par de horas.
Los analgésicos mitigan un poco el dolor, sí.
Y no puedes dedicarte a casi nada, porque casi te lo han quitado todo.
Y, encima, tu pulgar derecho está deshecho y tus dos tortugas han emprendido un viaje en taxi de vuelta e ida con dos sabores, como tus helados preferidos: amargo para tí y dulce para ellas.
Lo llaman jardín, es mejor para un animal así–te dicen.
Y estás saturado, harto, cansado de que te digan.
De que te digan, de que te informen, de que te aborden, de que te hagan observaciones, de que te aconsejen.
Ganas de arrojar todos los consejos y sugerencias en packs de 5 o de 10 por la ventana de tu segundo piso, coger las llaves, tirarlas también y dar un portazo y bajar la escalera a pie y empezar a caminar durante horas, días, semanas y meses hasta llegar al punto de que tus pies lloren, descalzos, desnudos, desnutridos, avanzando por la carretera llena de asfalto caliente recién colocado en Castelldefels y con una docena de prostitutas a cada lado de la vía; ignorándote porque tu sucio dinero ya no vale nada, como tampoco lo vales tú.
(Foto: Marcel·lí Bayer)
Judit
Judit sale del local a las cinco de la mañana oliendo a humo de tabaco y a música rock y me pregunta algo sobre mi manía compulsiva de redactar mensajes de móvil absurdos.
Se lo intento explicar y me entiende, comprende y hasta me comparte a la perfección.
Judit me ayuda a redactar un mensaje para Adrià. La palabra Judit aparece en el texto unas cinco veces. Las demás palabras terminan siendo sólo pistas entre ella y yo para buscar nuestra complicidad, ante un texto plagado de incoherencias.
Adrià recibe el mensaje y me dice que no entiende nada, que uno de los dos va realmente mal.
Y es cierto.
Soy yo, pienso. Se lo digo a Judit.
Ella me mira. Me fundo.
Me da su número de teléfono;
lo anota en el mío y me lo entrega.
Caminamos y, al cabo de un rato,
nos sentamos sobre una explanada de césped, en la gran ciudad.
Judit me pone hierba en el zapato; yo se la pongo entre sus dedos desnudos del pie.
Me mira. Somos zurdos los dos, me dice. Me fundo de nuevo.
Y el tiempo nos come las miradas y las palabras.
Un adiós y una promesa de llamada.
Y entro en el metro de las ocho de la mañana oliendo a humo de tabaco y a música rock.
Y a Judit.
(Foto: Aleksandr Zhadan)
capsent
cuando me siento al revés, con mis brazos tristes,
me regalas comprensión
un poco de pereza y vuelta a empezar
cuando me tumbo al revés, con mi espalda quemada por un latigazo
que lleva tu nombre
me regalas un mordisco
suave, lleno de saliva
cuando supongo algo, al fin,
lo supongo mal
y el silencio se vuelve ruido
y el ruido una cajita que guarda recuerdos;
tus ojos, unos labios, otra boca
todos al revés
dispuestos sin ley
ni orden
ni trampa
ni cartón
(Foto: Pavel Krukov)
Tu gran habitacia
Llevo tres días llamando a la puerta de tu habitación y no respondes.
Mis nudillos se han desgastado ya de tanto rasgar madera.
Me mudé frente a tu puerta con una cantimplora llena de agua con glucosa y un bocadillo gigante de ensalada con carne de buey.
Y no me respondes. Te llamo por tu nombre, por tu apellido, por tu apodo, por tu nick, por tus iniciales y por el nombre que yo te di.
Y no me das señal de que me vayas a recibir.
Pero sé que estás ahí. Te oigo respirar y comer.
Percibo también el suave rumor que flota por la habitación cuando escuchas música a través de tus auriculares.
Y sé que alguien, a través de la ventana que da al triste patio interior, te filtra las últimas notícias del exterior.
Llevo tres días llamando a tu habitación y todavía me quedan 25 centímetros de bocadillo de ensalada con carne de buey para seguir pensando en que queda alguna posibilidad de que abras esta maldita puerta.
El buey sabe fatal. La carne fría empieza a provocarme náuseas.
¿Y la ensalada? Argh, detesto la ensalada.
¿Y las puertas? Las odio. ¿Y a ti? a ti tampoco te soporto.
Pero me gusta estar aquí, frente a tu puerta.
Contemplar mis nudillos doloridos. Escupir encima de ellos. Rezar por un futuro; pensar en que exista.
Llevo tres días llamando a la puerta de tu habitación y ni la policía ni los psiquiatras argentinos lograrán desintoxicarme de ti.
Ni de tu puerta.
Ni del eco de tus auriculares.
Ni de mis nudillos teñidos de rojo.
(Foto: Samuel Sevada)
Grete o el atún
Grete se dirigía a mí casi sin voz. Me costaba entenderla.
-Tus parpadeos son como sombrillas en la niebla –me decía.
Y yo que me perdía siguiéndola.
Grete tenía unos giros desconcertantes, a veces.
Me dejaba sentado en los bancos de los parques mientras ella se iba a “cazar palomas”.
Y yo me quedaba ahí mirándola, pensando en qué camino tomar en mi vida. O, mejor, en qué camino tomar para huir de aquel lugar.
Grete también me sugería siempre ir a sitios nuevos; “originales”, los llamaba ella.
Íbamos a un circo de mancos, a carreras de caracoles sin casa, a recoger habas los días de lluvia y a la playa, donde intentábamos arrancar su coche viejo para poder circular sobre la arena.
-Mis parpadeos son inconstantes, Grete.
-Tú lo que eres es un apuesto repartidor de atún que anda montado en un triciclo de los años 60.
(Foto: Dmitry Naumov)
el espesor de la ginebra
A Luis le duele la cabeza.
La ginebra terminó por destrozársela la noche anterior y los pensamientos del día de hoy parecen flotar en un espeso líquido cerebral.
¡¡FLUP, FLUP, FLUP!!
Luis anda cabizbajo y cuenta los papeles pequeños, las bolsas de papel, los envoltorios de bocadillo, los tickets de compra y los billetes de metro que aparecen a su paso por la avenida central de la ciudad.
Tiene ganas de llorar, de abrazarse a una farola, de esnifar el pelo de esa chica del colegio a la que un día le dijo que la quería, en el recreo.
Esnifar todo el pelo de la chica. Todo. Su pelo rubio, suave. Con olor a champú.
Esnifarlo todo, introducírselo entero por sus fosas nasales, directo al cerebro hasta convertir sus pulmones en botellas de jabón, su sangre en olor a niña y su saliva en un trago de ginebra con sabor de colegio.
A Luis le duele la cabeza; no lo puede remediar.
Camina veinte metros más hasta dar con una vieja tasca.
Entra en ella y cruza su mirada con el camarero.
El camarero baja la vista, se lava las manos, se las seca con el mandil y le pregunta, mirándolo otra vez a los ojos:
-¿Qué será?
Y Luis, feliz, pide sin pensar una dosis de champú.
(Foto: Adriana Lestido)
la libertad y las bicicletas
unas cuantas partidas simultáneas de petanca por parte de una colección de jubilados y unos bloques de 15 pisos sin balcón son el resumen de la cotidianidad.
en el barrio humilde.
los abuelos fuman caliqueños mientras las abuelas van a recoger a sus nietos a la salida del colegio.
la madre friega escaleras y el padre es mecánico.
el tiempo ha pasado rápido; la tercera edad se da la vuelta y ve estatuas derrocadas del dictador, sus largas jornadas de trabajo, sus eternas excursiones en bici: de Cáceres a Salamanca y vuelta a empezar.
los bailes perdidos de cuando tienes 15 años y es la fiesta mayor de tu pueblo y la guerra todavía está por llegar.
el barrio humilde les abraza. les protege de la capital fantasma, del idioma, del país.
el barrio humilde les garantiza su coraza. como los telediarios de antenatres.
como las mitshubishi de sus nietos.
y como el sexo sin amor de sus hijos, bajo un eterno crucifijo de madera y rodeado de las fotos del día de la boda.
(Foto: Ian McEachern)





