VISITANDO EL TEATRO...
Hace un mes acudí al teatro para ver Visitando al Sr. Green, obra que ya no se encuentra en cartel, en la que actuaban Juan José Otegui y Pere Ponce. La obra estaba dirigida por Juan Echanove, popular actor de cine y televisión en España.
La sala del teatro Bellas Artes estaba llena. No cabía nadie más. Una obra con tan sólo dos actores suele ser difícil de interpretar. Tanto Pere Ponce como Juan José Otegui consiguen mantener atentos en su asiento al público. Ambos interpretan sus personajes combinando racionalidad y pasión, sin sobreactuar. Los momentos de mayor tensión argumental son captados por el público. Entre frase y frase, silencio, todo el mundo intentando descubrir cuál será el final del conflicto.
Al tratarse de una obra con tan sólo dos personajes, resulta difícil mantener la atención del público. No obstante, los dos actores configuran de una manera notable las cualidades de sus personajes: el intolerante y cascarrabias Sr. Green; el alegre e indeciso Gardiner. Tanto Juan José Otegui como Pere Ponce realizan una gran actuación; la voz de cada uno se encuentra bien modulada, aunque hay ocasiones, sobretodo cuando se alejan del escenario, en el que algunas de sus frases se pierden (quizás también pueda tratarse de el acondicionamiento de la sala). Además, en los momentos de máxima tensión los actores no exageran sus gestos, realizando la interpretación en su justa medida, por lo que se observa que el trabajo actoral y la racionalidad se imponen a las pasiones. Podríamos decir que la interpretación de ambos actores se puede asociar con el concepto de “justo medio”: realización de una interpretación verista, sin sobreactuación, aunque dejando liberar las pasiones. Y efectivamente, esto es lo que hacen ambos.
No obstante, el argumento que se muestra durante los distintos actos que configuran la trama, no parece que se adapte a la perspectiva o al punto de vista del espectador contemporáneo, en especial del público español. En general, la trama se centra demasiado en el contexto americano, puesto que los dos personajes son residentes de Manhattan. Por ello, al público le resulta más difícil comprender el argumento: un viejo judío, viudo, tradicionalista y un joven emprendedor, gay e incomprendido por su familia, de ascendencia también judía unidos por la casualidad que les obliga a convivir y, finalmente, a entender posturas contradictorias debido a la diferencia de edad.
Desde mi punto de vista, se exagera el conflicto de la homosexualidad de tal forma que pasa casi a centrar la trama argumental, mientras que no se presta atención a otros elementos más importantes como la soledad en la que el anciano vive sumido. Quizás sea el hecho de que la obra tenga un cierto carácter conservador propio de algunos sectores de la sociedad norteamericana. Además, no se ofrece algo novedoso o una nueva perspectiva que rompa con el cliché del “homosexual reprimido e incomprendido” que, aunque aún existe en la actualidad, poco a poco va desapareciendo.El conjunto del espectáculo presenta una escenografía muy elaborada al más mínimo detalle. La obra comienza con una radio sonando; el efecto es tan realista que parece que sea el mismo aparato el que se encuentra funcionando. Asimismo, las luces aportan también veracidad al argumento: el escenario, la casa del Sr. Green, que gracias a los focos parece tener luz propia. Todos los objetos que configuran la escenografía se encuentran perfectamente colocados, dotando de plasticidad y vivacidad a la trama: el sillón, la mesa del comedor, los cajones, las habitaciones contiguas, etc.
Puesto que se trata de una obra contemporánea, los actores van vestidos conforme al estilo propio de los años 90. Por supuesto, se aprecia la diferencia entre generaciones: el Sr. Green, en su casa, desaliñado, con pijama, zapatillas de “andar por casa” y, en otras ocasiones, pantalón y camisa; Ross Gardiner, con traje de oficina o con vaqueros y camisa, dependiendo de si ese día tenía que ir a trabajar o no. Por tanto, el vestuario si se adapta a la época que se refleja en el texto dramático; y permite a los actores expresarse con facilidad, es decir, no supone ninguna traba para su interpretación; es más, la resalta.
A pesar de que el argumento es poco original, la calidad escenográfica y la solvencia de la interpretación priman en esta obra, que ha sido llevada al teatro 250 veces. Su autor, el estadounidense Jeff Baron la estrenó en 1996, con una gran acogida por parte de público y crítica. Diez años después, ha llegado a España.

La sala del teatro Bellas Artes estaba llena. No cabía nadie más. Una obra con tan sólo dos actores suele ser difícil de interpretar. Tanto Pere Ponce como Juan José Otegui consiguen mantener atentos en su asiento al público. Ambos interpretan sus personajes combinando racionalidad y pasión, sin sobreactuar. Los momentos de mayor tensión argumental son captados por el público. Entre frase y frase, silencio, todo el mundo intentando descubrir cuál será el final del conflicto.
Al tratarse de una obra con tan sólo dos personajes, resulta difícil mantener la atención del público. No obstante, los dos actores configuran de una manera notable las cualidades de sus personajes: el intolerante y cascarrabias Sr. Green; el alegre e indeciso Gardiner. Tanto Juan José Otegui como Pere Ponce realizan una gran actuación; la voz de cada uno se encuentra bien modulada, aunque hay ocasiones, sobretodo cuando se alejan del escenario, en el que algunas de sus frases se pierden (quizás también pueda tratarse de el acondicionamiento de la sala). Además, en los momentos de máxima tensión los actores no exageran sus gestos, realizando la interpretación en su justa medida, por lo que se observa que el trabajo actoral y la racionalidad se imponen a las pasiones. Podríamos decir que la interpretación de ambos actores se puede asociar con el concepto de “justo medio”: realización de una interpretación verista, sin sobreactuación, aunque dejando liberar las pasiones. Y efectivamente, esto es lo que hacen ambos.
No obstante, el argumento que se muestra durante los distintos actos que configuran la trama, no parece que se adapte a la perspectiva o al punto de vista del espectador contemporáneo, en especial del público español. En general, la trama se centra demasiado en el contexto americano, puesto que los dos personajes son residentes de Manhattan. Por ello, al público le resulta más difícil comprender el argumento: un viejo judío, viudo, tradicionalista y un joven emprendedor, gay e incomprendido por su familia, de ascendencia también judía unidos por la casualidad que les obliga a convivir y, finalmente, a entender posturas contradictorias debido a la diferencia de edad.
Desde mi punto de vista, se exagera el conflicto de la homosexualidad de tal forma que pasa casi a centrar la trama argumental, mientras que no se presta atención a otros elementos más importantes como la soledad en la que el anciano vive sumido. Quizás sea el hecho de que la obra tenga un cierto carácter conservador propio de algunos sectores de la sociedad norteamericana. Además, no se ofrece algo novedoso o una nueva perspectiva que rompa con el cliché del “homosexual reprimido e incomprendido” que, aunque aún existe en la actualidad, poco a poco va desapareciendo.El conjunto del espectáculo presenta una escenografía muy elaborada al más mínimo detalle. La obra comienza con una radio sonando; el efecto es tan realista que parece que sea el mismo aparato el que se encuentra funcionando. Asimismo, las luces aportan también veracidad al argumento: el escenario, la casa del Sr. Green, que gracias a los focos parece tener luz propia. Todos los objetos que configuran la escenografía se encuentran perfectamente colocados, dotando de plasticidad y vivacidad a la trama: el sillón, la mesa del comedor, los cajones, las habitaciones contiguas, etc.
Puesto que se trata de una obra contemporánea, los actores van vestidos conforme al estilo propio de los años 90. Por supuesto, se aprecia la diferencia entre generaciones: el Sr. Green, en su casa, desaliñado, con pijama, zapatillas de “andar por casa” y, en otras ocasiones, pantalón y camisa; Ross Gardiner, con traje de oficina o con vaqueros y camisa, dependiendo de si ese día tenía que ir a trabajar o no. Por tanto, el vestuario si se adapta a la época que se refleja en el texto dramático; y permite a los actores expresarse con facilidad, es decir, no supone ninguna traba para su interpretación; es más, la resalta.
A pesar de que el argumento es poco original, la calidad escenográfica y la solvencia de la interpretación priman en esta obra, que ha sido llevada al teatro 250 veces. Su autor, el estadounidense Jeff Baron la estrenó en 1996, con una gran acogida por parte de público y crítica. Diez años después, ha llegado a España.

Comentario:
Que es la vida, un frenesí
Que es la vida, una ilusión
una sombra, una ficción
y el mayor bienes pequeño
que todo en la vida es sueño
y los sueños, sueños son...
Un saludo!!
Que es la vida, una ilusión
una sombra, una ficción
y el mayor bienes pequeño
que todo en la vida es sueño
y los sueños, sueños son...
Un saludo!!





