...O tal vez no...
Ayer quemé el primer cartucho. Primer examen del cual no tengo ni idea de cómo me salió. Pero bueno, ya hay uno menos.
Lo que yo no entiendo es ese afán de la gente por ponerse neuróticos en el último minuto. Siempre pasa igual. Llegas al aula del examen a la hora señalada. Todo el mundo está nervioso. Oyes un crujir de hojas y un murmullo ensordecedor. Sólo alcanzas a distinguir las mismas cosas:
-No tía, lo voy a suspender…
-La parte del tema 5 que no me he estudiado seguro que cae…
-Quiero que pongan esto…
-¡Tía no sé nada!
Y más comentarios que acaban por ponerte de los nervios. Porque tú llegas tranquilo/a, relajado/a. Sabes que has estudiado. Sabes cuánto has estudiado y tienes una idea aproximada de cuáles son tus probabilidades de aprobar. Y vas convencido/a de que el 5 cae fijo. Pero llegas allí y tienes la impresión de que todo el mundo se ha pegado la empollada del siglo menos tú (aunque es posible que incluso ellos hayan estudiado menos que tú). Por eso prefieres quedarte fuera o alejarte del grupo de neuróticos-sin-fronteras. Pero no puedes. De pronto te coge alguien por el brazo y te dice: “Oye tía explícame esto que no lo entiendo”. Tú pones cara de buena persona y decides que si haces una buena obra antes del examen dios te lo pagará subiéndote medio punto por lo menos en la nota final. Y le ayudas. Miras el problema. Sí, sabes hacerlo. Se lo intentas explicar y de repente te dice: Sí, ¿pero aquí no había que poner nosequé y hacer nosecuantos para que te saliera bien…? Tú le miras y comienzas a dudar. De pronto llega el/la profesor/a y pide que lo guardemos todo. Esperas a que pronuncien tu nombre y te asignen un sitio donde sentarte. Cuando comienza el examen tú lees todas las preguntas y ves que te están preguntando lo que le acabas de explicar a alguien (en tal estado ya no recuerdas a quién se lo has intentado explicar). Te regodeas y empiezas a hacerlo todo. Dudas en unas cuantas cosas. Pones lo que se te pasa por la cabeza que es correcto. El/la profesor/a os recuerda que una pregunta mal resta nosecuántas décimas. Te pones nervioso/a. Pasa el tiempo. Te decides a poner esos dos puntos que tienes seguros del problema que tan bien sabes resolver. Tu sorpresa llega cuando, sin saber por qué razón, no sabes resolverlo. Te entra el pánico. Le das mil vueltas. Optas por poner lo que te venga a la cabeza. Revisas por encima el examen en su totalidad y lo entregas. Que salga el sol por donde quiera…
Sales del aula y están todos fuera, parece que esperándote para terminar de joderte.
-¿Qué tal se te ha dado?
-¿Qué has puesto en la 7?
-Yo también he puesto eso, pero dicen que no es así. No sé, a mí me da igual, sé que voy a suspender…
Prefieres largarte a quedarte comprobando que todos tienen respuestas contrarias a las tuyas. Prefieres no pensar en el examen más.
Llegas a casa y, en mi caso al menos, te pones a limpiar. Limpias por todos sitios mientras le das más y más vueltas a las preguntas. Piensas: “con lo bien que estaría yo ahora en el cine o tomando algo por ahí, como mi amigo/a Fulanito/a que se dejó los estudios y se fue a trabajar, y se compra lo que quiere, y no depende de lo que le dé su madre, y no tiene que estudiar…”.
Te replanteas las cosas. En esos momentos te da por pensar que nunca aprobarás y piensas en abandonar. Pero al rato vuelves a darle vueltas a tu cabecita, y piensas que el día de mañana todo este esfuerzo te será recompensado con un buen trabajo, un buen puesto en un sitio que te guste y donde trabajes menos y ganes lo mismo o más que tu amigo/a Fulanito/a; tendrás una pareja estable, que te tratará como a una reina; tendrás una casita tuya, monísima, con una bañera enorme, una cocina preciosa, jardín y piscina, dos niños y dos perros o dos perros y dos niños, un gato y dos canarios, lavadora-secadora, una terraza enorme donde salir a tomar el sol y ponerte divina de la muerte, un armario lleno de ropa chula y zapatos de los buenos, entre otras muchas cosas.
…O tal vez no…
Pero de qué sirve cuestionarse sobre el futuro que te espera si ni siquiera sabes qué pasará mañana… Quién sabe dónde estaremos, con quién estaremos o qué haremos. Mejor es no pensar tanto las cosas y vivir. En mi corta experiencia como personita he aprendido que lo que no hagas hoy pensando que mañana tendrás más tiempo para hacerlo pocas veces lo puedes llegar a hacer. Así que como reza el dicho, “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”…
Mi lema siempre es: “Que salga el sol por donde quiera”. Es una de las muchas cosas que me ha enseñado mi madre en una de las tantas conversaciones cotidianas aparentemente carentes de toda relevancia e importancia. Es en esas ocasiones donde más se aprende de los que saben.
¡En fin! ¡Que la vida es un tallarín! Y no hay que soñar en la vida, hay que vivir nuestros sueños.
¡Besitos de colores!
PD: Para que luego digan que el aleteo de una mariposa no desemboca en huracanes. Todo esto, tu vida planificada en cuatro líneas por culpa de un problema de mierda de un examen que además es el primer parcial de febrero que tienes… ¡Y todo por culpa de los neuróticos-sin-fronteras! Que te han hecho pensar que eres un/a inútil y por eso has pensado en tirar la toalla y entonces te has planteado alternativas con el consiguiente resultado y la correspondiente comedura de tarro… No me vuelvo a quedar más a la salida de clase después de un examen.
Lo que yo no entiendo es ese afán de la gente por ponerse neuróticos en el último minuto. Siempre pasa igual. Llegas al aula del examen a la hora señalada. Todo el mundo está nervioso. Oyes un crujir de hojas y un murmullo ensordecedor. Sólo alcanzas a distinguir las mismas cosas:
-No tía, lo voy a suspender…
-La parte del tema 5 que no me he estudiado seguro que cae…
-Quiero que pongan esto…
-¡Tía no sé nada!
Y más comentarios que acaban por ponerte de los nervios. Porque tú llegas tranquilo/a, relajado/a. Sabes que has estudiado. Sabes cuánto has estudiado y tienes una idea aproximada de cuáles son tus probabilidades de aprobar. Y vas convencido/a de que el 5 cae fijo. Pero llegas allí y tienes la impresión de que todo el mundo se ha pegado la empollada del siglo menos tú (aunque es posible que incluso ellos hayan estudiado menos que tú). Por eso prefieres quedarte fuera o alejarte del grupo de neuróticos-sin-fronteras. Pero no puedes. De pronto te coge alguien por el brazo y te dice: “Oye tía explícame esto que no lo entiendo”. Tú pones cara de buena persona y decides que si haces una buena obra antes del examen dios te lo pagará subiéndote medio punto por lo menos en la nota final. Y le ayudas. Miras el problema. Sí, sabes hacerlo. Se lo intentas explicar y de repente te dice: Sí, ¿pero aquí no había que poner nosequé y hacer nosecuantos para que te saliera bien…? Tú le miras y comienzas a dudar. De pronto llega el/la profesor/a y pide que lo guardemos todo. Esperas a que pronuncien tu nombre y te asignen un sitio donde sentarte. Cuando comienza el examen tú lees todas las preguntas y ves que te están preguntando lo que le acabas de explicar a alguien (en tal estado ya no recuerdas a quién se lo has intentado explicar). Te regodeas y empiezas a hacerlo todo. Dudas en unas cuantas cosas. Pones lo que se te pasa por la cabeza que es correcto. El/la profesor/a os recuerda que una pregunta mal resta nosecuántas décimas. Te pones nervioso/a. Pasa el tiempo. Te decides a poner esos dos puntos que tienes seguros del problema que tan bien sabes resolver. Tu sorpresa llega cuando, sin saber por qué razón, no sabes resolverlo. Te entra el pánico. Le das mil vueltas. Optas por poner lo que te venga a la cabeza. Revisas por encima el examen en su totalidad y lo entregas. Que salga el sol por donde quiera…
Sales del aula y están todos fuera, parece que esperándote para terminar de joderte.
-¿Qué tal se te ha dado?
-¿Qué has puesto en la 7?
-Yo también he puesto eso, pero dicen que no es así. No sé, a mí me da igual, sé que voy a suspender…
Prefieres largarte a quedarte comprobando que todos tienen respuestas contrarias a las tuyas. Prefieres no pensar en el examen más.
Llegas a casa y, en mi caso al menos, te pones a limpiar. Limpias por todos sitios mientras le das más y más vueltas a las preguntas. Piensas: “con lo bien que estaría yo ahora en el cine o tomando algo por ahí, como mi amigo/a Fulanito/a que se dejó los estudios y se fue a trabajar, y se compra lo que quiere, y no depende de lo que le dé su madre, y no tiene que estudiar…”.
Te replanteas las cosas. En esos momentos te da por pensar que nunca aprobarás y piensas en abandonar. Pero al rato vuelves a darle vueltas a tu cabecita, y piensas que el día de mañana todo este esfuerzo te será recompensado con un buen trabajo, un buen puesto en un sitio que te guste y donde trabajes menos y ganes lo mismo o más que tu amigo/a Fulanito/a; tendrás una pareja estable, que te tratará como a una reina; tendrás una casita tuya, monísima, con una bañera enorme, una cocina preciosa, jardín y piscina, dos niños y dos perros o dos perros y dos niños, un gato y dos canarios, lavadora-secadora, una terraza enorme donde salir a tomar el sol y ponerte divina de la muerte, un armario lleno de ropa chula y zapatos de los buenos, entre otras muchas cosas.
…O tal vez no…
Pero de qué sirve cuestionarse sobre el futuro que te espera si ni siquiera sabes qué pasará mañana… Quién sabe dónde estaremos, con quién estaremos o qué haremos. Mejor es no pensar tanto las cosas y vivir. En mi corta experiencia como personita he aprendido que lo que no hagas hoy pensando que mañana tendrás más tiempo para hacerlo pocas veces lo puedes llegar a hacer. Así que como reza el dicho, “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”…
Mi lema siempre es: “Que salga el sol por donde quiera”. Es una de las muchas cosas que me ha enseñado mi madre en una de las tantas conversaciones cotidianas aparentemente carentes de toda relevancia e importancia. Es en esas ocasiones donde más se aprende de los que saben.
¡En fin! ¡Que la vida es un tallarín! Y no hay que soñar en la vida, hay que vivir nuestros sueños.
¡Besitos de colores!
PD: Para que luego digan que el aleteo de una mariposa no desemboca en huracanes. Todo esto, tu vida planificada en cuatro líneas por culpa de un problema de mierda de un examen que además es el primer parcial de febrero que tienes… ¡Y todo por culpa de los neuróticos-sin-fronteras! Que te han hecho pensar que eres un/a inútil y por eso has pensado en tirar la toalla y entonces te has planteado alternativas con el consiguiente resultado y la correspondiente comedura de tarro… No me vuelvo a quedar más a la salida de clase después de un examen.
Sin poderlo remediar...
No lo he podido evitar…
Y es que yo no soy mucho de seguir las modas o las nuevas tendencias, así que la primera vez que escuché hablar de los blogs pensé “Bah, otra chorrada, como los chats” (a los que, por cierto, también sucumbí en su época, llegando a extremos que hoy me parecen incluso exageradamente estúpidos). Pero me he vuelto a equivocar.
Ahora me siento como la del anuncio de la sopa que dice “Jo, y si lo pruebo y me gusta, tendré que darle la razón a mi amiga y tal…”. Me temo que una tarde, por simple curiosidad, probé la sopa de los blogs y me gustó… Así que he de darle la razón (como siempre, ¡arg, qué rabia!) a cierta personita a la que en un principio critiqué y que ahora me critica a mí por estar yo más “al día” (como me dice a veces).
Sin embargo creo que no he escogido el mejor momento para empezar un blog. Los parciales de febrero están aquí, y no creo que le dedique a mi rinconcito mucho tiempo. Pero espero que me sirva de terapia, por lo menos para desconectar de todo lo que implican las palabras “examen-febrero”. Cuando pasen dedicaré más tiempo a llenar este sitio de letras.
Porque siempre me ha gustado escribir. Escribo de cualquier cosa. De una equivocación cometida al escribir, de la cual puedo inventarme una nueva definición (totalmente sin sentido, pero graciosilla) a inventar historias con sólo un detalle como referencia. Llegué a ganar un premio de esos de los cuentos que escribes de peque; una historia ñoña cuyo único objetivo era aumentar en un “positivo” la nota de la asignatura. Y, aunque fue un segundo premio de no se qué categoría, por un minuto me sentí protagonista de algo, y sentí que todas las miradas eran para mí. Algo parecido siento ahora que publico esto. Porque es lo primero que publico en la red, y por esta vez también me siento protagonista y siento que todas las miradas de quienes leáis esto son para mí (¡qué lujo!).
Así que espero que tú que me estás leyendo lo pases bien en mi rinconcito, que no es más que el conjunto de ideas que rondan mi cabecita, con más o menos sentido, depende de cómo se miren, pero mías en definitiva.
Y sólo me queda colocarme delante de la puerta de bloguilandia y llamar (toc toc toc toc…), y que vosotros me abráis.
Mil gracias de antemano.
Y es que yo no soy mucho de seguir las modas o las nuevas tendencias, así que la primera vez que escuché hablar de los blogs pensé “Bah, otra chorrada, como los chats” (a los que, por cierto, también sucumbí en su época, llegando a extremos que hoy me parecen incluso exageradamente estúpidos). Pero me he vuelto a equivocar.
Ahora me siento como la del anuncio de la sopa que dice “Jo, y si lo pruebo y me gusta, tendré que darle la razón a mi amiga y tal…”. Me temo que una tarde, por simple curiosidad, probé la sopa de los blogs y me gustó… Así que he de darle la razón (como siempre, ¡arg, qué rabia!) a cierta personita a la que en un principio critiqué y que ahora me critica a mí por estar yo más “al día” (como me dice a veces).
Sin embargo creo que no he escogido el mejor momento para empezar un blog. Los parciales de febrero están aquí, y no creo que le dedique a mi rinconcito mucho tiempo. Pero espero que me sirva de terapia, por lo menos para desconectar de todo lo que implican las palabras “examen-febrero”. Cuando pasen dedicaré más tiempo a llenar este sitio de letras.
Porque siempre me ha gustado escribir. Escribo de cualquier cosa. De una equivocación cometida al escribir, de la cual puedo inventarme una nueva definición (totalmente sin sentido, pero graciosilla) a inventar historias con sólo un detalle como referencia. Llegué a ganar un premio de esos de los cuentos que escribes de peque; una historia ñoña cuyo único objetivo era aumentar en un “positivo” la nota de la asignatura. Y, aunque fue un segundo premio de no se qué categoría, por un minuto me sentí protagonista de algo, y sentí que todas las miradas eran para mí. Algo parecido siento ahora que publico esto. Porque es lo primero que publico en la red, y por esta vez también me siento protagonista y siento que todas las miradas de quienes leáis esto son para mí (¡qué lujo!).
Así que espero que tú que me estás leyendo lo pases bien en mi rinconcito, que no es más que el conjunto de ideas que rondan mi cabecita, con más o menos sentido, depende de cómo se miren, pero mías en definitiva.
Y sólo me queda colocarme delante de la puerta de bloguilandia y llamar (toc toc toc toc…), y que vosotros me abráis.
Mil gracias de antemano.





