Confidencias de una gota de sangre
… Diario de un espejo observador… parte 1
Hoy he sido el espejo del baño. Un espejo al que ya nada le sorprende, que ha visto facetas impensadas de los individuos, aspectos que formen parte tal vez de la “Colección de Secretos que Uno Nunca Revelará”. He observado con detenimiento. Evidentemente, he constituido el reflejo de muchos transeúntes que van de aquí para allá, azarosos viajeros en el interior de una casa que. al girar la esquina del pasillo con la finalidad de llegar al salón, quedan subyugados por mis encantos, o los suyos, según como se mire. Y es la disposición acertada del espejo lo que les hace desviarse del viaje a-ninguna-parte (que en realidad es el salón, y que a veces es muchas partes…) para dirigirse a ese espejo del baño situado de forma tan estratégica. Y eso es algo que los Atravesadores de Espejos siempre nos hemos preguntado. ¿Por qué hasta el menos presumido osa invocar su reflejo al encararse a esa tabla de cristal azogado por la parte posterior, y lo hace con una frecuencia de varias veces al día? Será porque no pueden vivir sin ello. ¿Sabéis cuando los cachorrillos ansiosos de conocimientos aprenden en la escuela las funciones vitales de los seres vivos? Pues se les olvida aprender la más importante de todas (al menos para nosotros): mirarse en el espejo.
Y no he escrito para hablar de las veces que uno puede ser el reflejo de la niñata palurda que revienta el grano situado dos dedos y medio más arriba del pómulo derecho consiguiendo, como resultado de una serie de procesos de expansión-compresión, un empeoramiento grave de la zona afectada, y la comprobación de que ninguno de nuestros esfuerzos por sacar la sustancia blanquecina ha sido fructífero; momento que aprovecha para preguntarse por la existencia de tal masa de pus en ese grano concreto, y de paso, aprovecha para preguntarse también por su propia existencia.
Tampoco he escrito para incitar en algún cachondo mental estadíos de mayor calentura al imaginar los sucesos íntimos que puede un espejo saber sobre los asuntos privados que conllevan a la gente a visitar un habitáculo tan peculiar como el baño. Lo he hecho porque ayer vi una imagen que me impactó, a pesar de que esté curado de espanto. Era un joven. Dieciocho años (o los aparentaba). Mirada perdida, preocupada, pero feliz. Me observaba fijamente. Se observaba. Estaba quieto, completamente inmóvil, y acababa de depositar un movil sobre la mesilla del baño. Acababa de hablar con alguien que, en cierta manera le hacía feliz. Pensaba en él. Nada se movía en aquella atmósfera, excepto una gota de sangre que asomaba por una de sus fosas nasales, temerosa, tal vez asustada por la oxidación que le produciría el contacto directo con el alienado aire que rellenaba los huecos de aquella casa oscura, a las 12 justas de la noche. Tal vez incitada por aquella hora mágica, la gota roja intensa se deslizaba a razón de varias fracciones infinitesimales cada segundo. Él pensaba. Hoy daría lo que fuera por adivinar qué pensaba. La verdad es que, en todos los años ejerciendo de reflejo situado en millones de espejos distintos, nunca había visto una expresión tan indescriptible como la que vi en la cara del muchacho. Solo cuando la gota, lenta y pensativa, alcanzó la comisura de su labio inferior reaccionó, apagó la luz y se dispuso a dormir.

"Reflejo"
Hoy he sido el espejo del baño. Un espejo al que ya nada le sorprende, que ha visto facetas impensadas de los individuos, aspectos que formen parte tal vez de la “Colección de Secretos que Uno Nunca Revelará”. He observado con detenimiento. Evidentemente, he constituido el reflejo de muchos transeúntes que van de aquí para allá, azarosos viajeros en el interior de una casa que. al girar la esquina del pasillo con la finalidad de llegar al salón, quedan subyugados por mis encantos, o los suyos, según como se mire. Y es la disposición acertada del espejo lo que les hace desviarse del viaje a-ninguna-parte (que en realidad es el salón, y que a veces es muchas partes…) para dirigirse a ese espejo del baño situado de forma tan estratégica. Y eso es algo que los Atravesadores de Espejos siempre nos hemos preguntado. ¿Por qué hasta el menos presumido osa invocar su reflejo al encararse a esa tabla de cristal azogado por la parte posterior, y lo hace con una frecuencia de varias veces al día? Será porque no pueden vivir sin ello. ¿Sabéis cuando los cachorrillos ansiosos de conocimientos aprenden en la escuela las funciones vitales de los seres vivos? Pues se les olvida aprender la más importante de todas (al menos para nosotros): mirarse en el espejo.
Y no he escrito para hablar de las veces que uno puede ser el reflejo de la niñata palurda que revienta el grano situado dos dedos y medio más arriba del pómulo derecho consiguiendo, como resultado de una serie de procesos de expansión-compresión, un empeoramiento grave de la zona afectada, y la comprobación de que ninguno de nuestros esfuerzos por sacar la sustancia blanquecina ha sido fructífero; momento que aprovecha para preguntarse por la existencia de tal masa de pus en ese grano concreto, y de paso, aprovecha para preguntarse también por su propia existencia.
Tampoco he escrito para incitar en algún cachondo mental estadíos de mayor calentura al imaginar los sucesos íntimos que puede un espejo saber sobre los asuntos privados que conllevan a la gente a visitar un habitáculo tan peculiar como el baño. Lo he hecho porque ayer vi una imagen que me impactó, a pesar de que esté curado de espanto. Era un joven. Dieciocho años (o los aparentaba). Mirada perdida, preocupada, pero feliz. Me observaba fijamente. Se observaba. Estaba quieto, completamente inmóvil, y acababa de depositar un movil sobre la mesilla del baño. Acababa de hablar con alguien que, en cierta manera le hacía feliz. Pensaba en él. Nada se movía en aquella atmósfera, excepto una gota de sangre que asomaba por una de sus fosas nasales, temerosa, tal vez asustada por la oxidación que le produciría el contacto directo con el alienado aire que rellenaba los huecos de aquella casa oscura, a las 12 justas de la noche. Tal vez incitada por aquella hora mágica, la gota roja intensa se deslizaba a razón de varias fracciones infinitesimales cada segundo. Él pensaba. Hoy daría lo que fuera por adivinar qué pensaba. La verdad es que, en todos los años ejerciendo de reflejo situado en millones de espejos distintos, nunca había visto una expresión tan indescriptible como la que vi en la cara del muchacho. Solo cuando la gota, lenta y pensativa, alcanzó la comisura de su labio inferior reaccionó, apagó la luz y se dispuso a dormir.

"Reflejo"

Comentario:
Un texto realmente denso. Y una puntualización: no sólo las chicas se "petan" los granos. Lo digo porque yo no soy una chica.
Además, hay que saber hacerlo. Yo lo hago bien. Un grano de estos, en medio día, puede desaparecer. Aunque siempre queda un pequeña porcentaje de las ocasiones en el que el intento empeora las cosas. Pero eso ocurre muy poco.
¿Qué hago yo hablando de mis intimidades?
Además, hay que saber hacerlo. Yo lo hago bien. Un grano de estos, en medio día, puede desaparecer. Aunque siempre queda un pequeña porcentaje de las ocasiones en el que el intento empeora las cosas. Pero eso ocurre muy poco.
¿Qué hago yo hablando de mis intimidades?
Comentario:
Me ha encantado tu relato y la forma que tienes de contar las cosas. Procuraré visitarte más a menudo, porque tu blog promete. Por cierto, parece que, en cierta manera y de alguna forma oscura, copié hace tiempo tu idea de los espejos. Está enfocada desde otra perspectiva, aquí te la dejo:
http://vida-anodina.blogspot.com/2004/12/especulando-con-las-imgenes.html
Un saludo.
http://vida-anodina.blogspot.com/2004/12/especulando-con-las-imgenes.html
Un saludo.
Comentario:
Realmente bueno.
Comentario:
Qué relato más inquietante, reflejo. Aunque te confieso que al final pensé que iba a sacar la lengua y chuparse la gota de sangre. Pero no me hagas caso, que ando yo medio vampírico.