5 pesetas

Qué duro es descubrir que una tela de araña no es lo suficientemente resistente como para que un elefante se balancee sobre ella.
Qué duro es ver como crecen puntitos negros en tu mentón después de una noche de fiesta y depravación en la que tu cara lucía como un bonito culo de bebé y eras deseado por media discoteca y parte de la otra. Otra vez a irritar tu cara con la Mach3 y el aftershave… Otra masacre de células cutáneas. No ganamos para hacerlas procrear.
Qué duro es conectar con tu yo y desconectar porque suena el teléfono
Que duro es querer a alguien y no poder tenerlo. Que duro es que te quieran y no te puedan tener… … ¡aún peor si es recíproco!
Qué duro es pensar que eres bueno y darte de bruces con alguien mejor, aunque ya lo hubieses sospechado.
Qué duro es decir “this way, mind your head” y descubrir que tu voz nunca será la de Najwa.
Qué duro es descubrir que si no te levantas de tu mullida, cómoda, blandita y arropadora cama ahora mismo, no lo harás en una hora, ni en dos, ni en toda la tarde que tienes libre. Se está tan bien que te apetecerá perder medio día de tu vida aun sabiendo que te arrepentirás más tarde… Todas las cosas que podrías haber hecho!
Qué duro es pensar en ti, y que tú no lo estés haciendo.
Qué duro es decir que es duro, y releerlo, y autocompadecerte, y ver que tu estado es penoso.
Qué duro es lavar la ropa, secarla, y que cuando te la vayas a poner huela a húmedo.
Qué duro es mirarte al espejo y ver que ha nacido un huésped indeseado bajo tu piel, redondo y amarillo.
Qué duro es descubrir que has escrito con v el verbo haber
Qué duro es querer y no estar enamorado
Que duro es tocar una teta perfecta de mujer grande y dura, estrujarla,
comprobar su textura y ver que te gusta el tacto, que la tocarías toda la noche, pero que no te excita.
Qué duro es encender un cigarrillo y ver que se ha consumido sin haberle dado más de dos caladas.
Qué duro es estar solo y tener frío. Abrazar a la almohada y pensar que está aquí para abrir los ojos y descubrir que es un trozo de tela sudado.
Qué duro…

…
Pero qué bonita la vida aún habiendo cosas duras. Le hacen a uno apreciar más aún las cosas agradables.
"Reflejo"

Resquebrajándose
Aún le quedaban bastantes años de vida pero ya le fluctuaban pelillos blancos en su cogote, dirección babor (y unos poco estribor). La gente de la calle no le consideraba un hombre excesivamente mayor. La gente de la avenida tal vez un pelín pasado de edad.
El caso es que a este hombre, señor, chico, o tómese la nomenclatura con la que más cómodo se sintiese nuestro sujeto, volvía de hacer deporte. Estaba cansado. Sus brazos, poderosos ya por naturaleza, fibrados como regalo divino, flaqueaban y desfallecían por el mero hecho de llevarse la mochila al hombro, una mochila cargada con un libro que había cogido esa misma tarde, a eso de las dos, cuando todo el mundo comía. Y es que le gustaba transitar por las calles intentando estar lo más solo posible. Comulgaba con el silencio y a su vez éste le admiraba por respetarle como nadie. Se puede decir que era un varón sosegado, taciturno, pero no por ello apagado, sino que en él se apreciaba una energía y un ímpetu como nadie jamás había visto, una energía que irradiaba a los cuatro vientos en el transcurrir de su vida, pero de una forma tan efímera, tan sutil, que podría decirse que vivía en otro mundo.
…y de hecho lo hacía…

Y es que como cada noche par en el calendario, al llegar a casa después de tal esfuerzo físico, y buscando la afinidad con el sosiego, abría la ventana cuidadosamente, evitando los ruidos; luego miraba a derecha y a izquierda, y luego otra vez a la derecha. Inmediatamente después, trepaba por la mesa que yace en su escritorio adjunta a la ventana, y se deslizaba hacia el alféizar con la vista fija en el horizonte. Los ojos se le encendían y parecían describir un brillo especial que giraba y giraba alrededor de su iris, como si un punto brillante intentara describir un círculo contínuo y tuviese prisa por rodar a su alrededor para que el rastro de luz que emitía no muriera mientras él estaba dando la vuelta. A continuación, daba un paso al frente, y justo cuando estaba a punto de caer ¡desplegaba unas preciosas alas aterciopeladas blancas, al compás de un sinfín de plumas que volaban arrancadas de la base de aquellos inusuales miembros! Plumas que describían círculos vívidos y turbulentos alrededor de aquella extraña presencia.
Y agitando las alas con una elegancia inconfundible, propia de los que son como él, volaba a apenas metros de distancia sobre esa nocturna e iluminada ciudad. Atravesaba parques, surcaba edificios, se acercaba al mar… y todo ello lo hacía con una única finalidad: sentir el frío…. Sentir la soledad… sentirse vivo…. Sentir que él es el único que está disfrutando ese momento… ¡sí! Sentirse único. Un perpetuo anhelo en cualquier miembro de la humanidad.
Pero aquella noche hizo algo que NECESITABA hacer. No era por capricho. No era por casualidad. Lo necesitaba.
Impulsó su tórax hacia el cielo, y dando una vuelta hacia atrás cual acróbata del más bello espectáculo, atravesó la ciudad en búsqueda de la catedral. Una vez en lo más alto voló sigilosamente hacia la cornisa que daba al norte mientras admiraba el esplendor barroco de tal sublime obra de arte arquitectónico. Con un golpe de talón aterrizó en un recinto en el tejado donde se encontraban cuatro gárgolas. Esos seres de piedra parecían mirar al infinito, con un porte formal y agresivo, que prevenía a todo aquel que osara al acercarse a ellas. El hombre alado rozó suavemente la cabeza de la tercera. La gárgola respondió al contacto con un ronroneo, el cual nunca nadie podría haber imaginado que saldría de tal despreciable ser. Posteriormente el hombre pasó su mano por la frente de la gárgola, bajando hasta sus colmillos, rozando su cuello. A continuación desvió la trayectoria de su palpitante mano hacia la parte genital de la gárgola. Tenía un falo enorme, robuso, erecto como nunca. El hombre sonrió, y le apretó el glande. Estaba áspero y frío. Mientras lo hacía se dio cuenta de que él también había tenido una erección: estaba cachondo. El monstruo tembló cuando le agarró fuerte el pene y estrujándolo abarcó toda su envergadura con un movimiento hacia la base del mismo. La piedra de la gárgola se resquebrajaba, pero nada podía hacer el monstruo que veía como se agrietaba bajo espasmos de placer cada vez que el hombre alado agarraba su miembro frío y rígido y lo pajeaba con ímpetu, con fuerza.

Cuando se cansó de masturbar a la gárgola, se sentó a unos metros de ella, dispuesto a deleitarse con el espectáculo, tal vez más impaciente que las primeras veces que lo vio. La estatua abandonó su naturaleza estática para arrancar los pies del podio en el que se encontraba, y como si de un ritual mágico se tratara, se abalanzó muy, muy lentamente hacia otra gárgola que ya se retorcía de deseo. Poco a poco acercó su falo al ano de aquella otra, y fue penetrandola con movimientos adustos, hoscos y brutalmente aparatosos. La otra parecía estar muriendo de dolor, pero era incapaz de emitir sonidos. En el vaivén de pelvis se denotaba pasión escondida a lo largo del tiempo, como si fuera algo prohibido que al realizarse aporta un placer extra al que ya se sentía. Y es que a cada penetración entraban oleadas de placer más intensas, hasta el punto en que escalofríos helados y electrizantes llegaban a la nuca de la gárgola pasiva y se distribuían por cuerpo y extremidades.
Mientras tanto el ángel se masturbaba. Lo hacía con tanto ímpetu que corría el peligro de sufrir un desgarro en el frenillo. Su polla chorreaba, se lubricaba sin control de forma antinatural. Sus testículos, con las venas hinchadas, grandes, saltaban juguetones a cada embestida que su mano propiciaba. Pero no le importaba nada. Le daba igual todo en el mundo, porque luego le tocaría a él ser follado bruscamente por la gárgola. Y esperaba impaciente el momento en que aquel coloso acabara con las tres gárgolas para que después le penetra a él y ambos se corrieran juntos en un colofón de placer
…de deseo,
……de tentación,
……….de lujuria
………….de goce
……………..de pasión

"Reflejo"
El caso es que a este hombre, señor, chico, o tómese la nomenclatura con la que más cómodo se sintiese nuestro sujeto, volvía de hacer deporte. Estaba cansado. Sus brazos, poderosos ya por naturaleza, fibrados como regalo divino, flaqueaban y desfallecían por el mero hecho de llevarse la mochila al hombro, una mochila cargada con un libro que había cogido esa misma tarde, a eso de las dos, cuando todo el mundo comía. Y es que le gustaba transitar por las calles intentando estar lo más solo posible. Comulgaba con el silencio y a su vez éste le admiraba por respetarle como nadie. Se puede decir que era un varón sosegado, taciturno, pero no por ello apagado, sino que en él se apreciaba una energía y un ímpetu como nadie jamás había visto, una energía que irradiaba a los cuatro vientos en el transcurrir de su vida, pero de una forma tan efímera, tan sutil, que podría decirse que vivía en otro mundo.
…y de hecho lo hacía…

Y es que como cada noche par en el calendario, al llegar a casa después de tal esfuerzo físico, y buscando la afinidad con el sosiego, abría la ventana cuidadosamente, evitando los ruidos; luego miraba a derecha y a izquierda, y luego otra vez a la derecha. Inmediatamente después, trepaba por la mesa que yace en su escritorio adjunta a la ventana, y se deslizaba hacia el alféizar con la vista fija en el horizonte. Los ojos se le encendían y parecían describir un brillo especial que giraba y giraba alrededor de su iris, como si un punto brillante intentara describir un círculo contínuo y tuviese prisa por rodar a su alrededor para que el rastro de luz que emitía no muriera mientras él estaba dando la vuelta. A continuación, daba un paso al frente, y justo cuando estaba a punto de caer ¡desplegaba unas preciosas alas aterciopeladas blancas, al compás de un sinfín de plumas que volaban arrancadas de la base de aquellos inusuales miembros! Plumas que describían círculos vívidos y turbulentos alrededor de aquella extraña presencia.
Y agitando las alas con una elegancia inconfundible, propia de los que son como él, volaba a apenas metros de distancia sobre esa nocturna e iluminada ciudad. Atravesaba parques, surcaba edificios, se acercaba al mar… y todo ello lo hacía con una única finalidad: sentir el frío…. Sentir la soledad… sentirse vivo…. Sentir que él es el único que está disfrutando ese momento… ¡sí! Sentirse único. Un perpetuo anhelo en cualquier miembro de la humanidad.
Pero aquella noche hizo algo que NECESITABA hacer. No era por capricho. No era por casualidad. Lo necesitaba.
Impulsó su tórax hacia el cielo, y dando una vuelta hacia atrás cual acróbata del más bello espectáculo, atravesó la ciudad en búsqueda de la catedral. Una vez en lo más alto voló sigilosamente hacia la cornisa que daba al norte mientras admiraba el esplendor barroco de tal sublime obra de arte arquitectónico. Con un golpe de talón aterrizó en un recinto en el tejado donde se encontraban cuatro gárgolas. Esos seres de piedra parecían mirar al infinito, con un porte formal y agresivo, que prevenía a todo aquel que osara al acercarse a ellas. El hombre alado rozó suavemente la cabeza de la tercera. La gárgola respondió al contacto con un ronroneo, el cual nunca nadie podría haber imaginado que saldría de tal despreciable ser. Posteriormente el hombre pasó su mano por la frente de la gárgola, bajando hasta sus colmillos, rozando su cuello. A continuación desvió la trayectoria de su palpitante mano hacia la parte genital de la gárgola. Tenía un falo enorme, robuso, erecto como nunca. El hombre sonrió, y le apretó el glande. Estaba áspero y frío. Mientras lo hacía se dio cuenta de que él también había tenido una erección: estaba cachondo. El monstruo tembló cuando le agarró fuerte el pene y estrujándolo abarcó toda su envergadura con un movimiento hacia la base del mismo. La piedra de la gárgola se resquebrajaba, pero nada podía hacer el monstruo que veía como se agrietaba bajo espasmos de placer cada vez que el hombre alado agarraba su miembro frío y rígido y lo pajeaba con ímpetu, con fuerza.

Cuando se cansó de masturbar a la gárgola, se sentó a unos metros de ella, dispuesto a deleitarse con el espectáculo, tal vez más impaciente que las primeras veces que lo vio. La estatua abandonó su naturaleza estática para arrancar los pies del podio en el que se encontraba, y como si de un ritual mágico se tratara, se abalanzó muy, muy lentamente hacia otra gárgola que ya se retorcía de deseo. Poco a poco acercó su falo al ano de aquella otra, y fue penetrandola con movimientos adustos, hoscos y brutalmente aparatosos. La otra parecía estar muriendo de dolor, pero era incapaz de emitir sonidos. En el vaivén de pelvis se denotaba pasión escondida a lo largo del tiempo, como si fuera algo prohibido que al realizarse aporta un placer extra al que ya se sentía. Y es que a cada penetración entraban oleadas de placer más intensas, hasta el punto en que escalofríos helados y electrizantes llegaban a la nuca de la gárgola pasiva y se distribuían por cuerpo y extremidades.
Mientras tanto el ángel se masturbaba. Lo hacía con tanto ímpetu que corría el peligro de sufrir un desgarro en el frenillo. Su polla chorreaba, se lubricaba sin control de forma antinatural. Sus testículos, con las venas hinchadas, grandes, saltaban juguetones a cada embestida que su mano propiciaba. Pero no le importaba nada. Le daba igual todo en el mundo, porque luego le tocaría a él ser follado bruscamente por la gárgola. Y esperaba impaciente el momento en que aquel coloso acabara con las tres gárgolas para que después le penetra a él y ambos se corrieran juntos en un colofón de placer
…de deseo,
……de tentación,
……….de lujuria
………….de goce
……………..de pasión

"Reflejo"
