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A través del espejo...
Sindicación
 
Entre perros y crepúsculos
El perro negro, grande, elegante, con su porte formal que embellecía toda la acera de aquella gran avenida universitaria, con nombre del escritor de Cañas y Barro, comenzó a ladrar descontroladamente ante la incrédula mirada de su pintoresca ama, la cual no conseguía dominar los impulsos frenéticos de su canino amigo que se dirigía irremediablemente al hombre misterioso, cámara de video última tecnología en mano. Tal vez en ese momento, la propietaria del espontáneo y enorme animal, hubiera deseado tener un perrito de bolsillo, aún no por ello menos elegante. ¿Quién sabe el porqué de aquella perruna reacción? Tal vez sea verdad aquello de que los animales pueden oler la maldad en las personas, y tal vez aquel perro prevenía a la gente de no acercarse demasiado a aquel hombre (en aquel momento menos perplejo de lo que debería estar por la situación, tal vez acostumbrado a ese tipo de reacciones), para evitar alguna posible malquerencia inducida por el extraño sujeto. No sería eso lo que estaría pensando la dueña, ni en el momento en que estaba desgarrándose las células del epitelio de su mano al frotar, mientras agarraba fuertemente,contra la cuerda rasposa, ni en ningún momento: se consideraba una persona libre de las ataduras de la superstición, e infravaloraba a todo aquel que tuviese creencias esotéricas, ocultistas, mágicas, o simplemente que consultase el horóscopo todas las mañanas en la 20minutos que recogía en la esquina de siempre, de la mano de la chica de siempre, a la hora de siempre.






El chico de mochila azul había permanecido observando la escena, impactado en principio, pero abandonando la visión del temerario perro a medida que sus decididos pasos, marcados por el ritmo que invadía constantemente su cuerpo, pasos melódicos y constantes que no se detenían por nada, avanzaban sin dilación ni consideración alguna: tenía ganas de llegar a casa y escribir lo que estaba sintiendo.

Últimamente había estado flotando en un mundo imaginario, pero tan real que era capaz de asustar incluso al menos asustadizo. Cuando caminaba por las aceras, le encantaba oler el aire otoñal, que le brindaba briznas de aire fresco, mezcladas con bocanadas de respiraciones de ajetreados ciudadanos y suspiros marítimos, ya que no se encontraba muy lejos del Mediterráneo en aquella rancia, sosa, pero bella ciudad: Valencia. En sus paseos a velocidades casi cósmicas, con el único objetivo de desplazarse aquí y allá, descubría cosas que antes pasaban desapercibidas ante sus ojos, negros y grandes, favorecidos aún más por el brillo y grandiosidad especial que le conferían las lentillas. Él lo sabía, y le gustaba. De repente, se sorprendía a sí mismo viendo una hoja mustia y marchita por el paso del tiempo y el acaecer de una nuevo otoño marrón, que caía sin dilación de forma natural a aquel suelo, mullido por las últimos síntomas estivales que prometían algo de lluvia, y que dejaban entrever en el cielo unas nubes que, sin estar enfadadas, ni siquiera tristes, comenzaban a llorar. Y se daba cuenta de que el curso de caída de las hojas no mermaba, no se aceleraba, no se inmutaba. Los lóbulos marrones seguían cayendo de los árboles estáticos. El chico de la mochila azul seguía mirando la primera hoja, del tamaño de una mano abierta. Se preguntaba por qué todo lo bueno en esta vida tiene que acabarse, y se consolaba pensando que también lo malo lo hacía. Además, qué aburrido lo eterno, qué aburrido el infinito. Y qué miedo da pensar en el infinito, ¿verdad? Como un mecanismo de autodefensa, el chico de la mochila azul desvió los impulsos eléctricos de sus neuronas hacia otra parte de su mente por el mero hecho de la mención de algo tan desconcertante como es el infinito. Solía hacerlo muy a menudo, pero no solo él, todo el mundo. Cuando algo le inquieta excesivamente, o se siente infeliz al pensarlo, aparta esa reflexión de su pensante cabecita y lo dirige hacia mundos diferentes. Y esto no es malo del todo.





A veces escribía lo que pensaba simplemente por pereza. Pereza de hacer otras cosas más fructíferas, y que den resultados a corto plazo, pero que supongan un trabajo mayor, o más incómodo de realizar, como sentarse frente a un libro de trescientas páginas a repasar las estructuras embrionarias. Pero era una forma de evasión tan deliciosa… ¡y el hecho de pulsar las teclas de su nueva maquinita portátil, que respondían a sus dedos con una reacción membranosa, inigualable en los teclados convencionales, le parecía tan estimulante!



En ese verano no había mirado a través del espejo, ni siquiera para oler la hedor de abandono que desprendía aquella dimensión, a la que no había aportado nada en las aparentemente lejanas vacaciones que, sin ser demasiado consciente de ello, serían las más largas de su vida. A pesar de todo, estaba dispuesto a atravesar su espejo y volver con más fuerza a este mundo que había ido construyendo sin quererlo; un mundo que poco a poco era descubierto por nuevas existencias, las cuales no se limitaban a verse reflejadas, sino que conseguían atravesarlo, y cada vez con más frecuencia, algo que hacía feliz al Reflejo del chico de la mochila azul.



Pero volvamos a aquella avenida vestida de árboles rebosantes de vida, que en contraste marchitaban sus extremos para continuar el dulce ajetreo de la vida y sus caprichos. El chico de la mochila azul indagaba en sus sentimientos, por aquel entonces algo desestabilizados, haciendo especial hincapié en las vivencias de aquel verano que vino lentamente, y se fue tan rápido que el acúmulo de recuerdos experimentó una especie de retorcimiento espacio-temporal, tan inquietante como misterioso. Retornó a sus experiencias parisinas, a sus sueños madrileños, a los desfiles despilfarradores de Moros y Cristianos, a las fauces de los más estrambóticos e impúdicos ambientes. Todo ello le provocaba una inusitada sonrisuela pícara, que adornaba su tez de criajo adulto, a la vez que recibía los impulsos de los rayos solares que avanzaban implacablemente hacia el horizonte indicando que el día acababa… y el verano… y el relato…






"Reflejo"

 
Se abre el telón...
En ese misógino libro que leíste, decía que las mujeres siempre pretenden alargar algo que les ha gustado aunque sepan que ya han sonado los último aplausos, que retumbaron en la sala después de la exitosa función.
Te lo decían muchos de los periódicos gratuitos de los que sólo lees los horóscopos.
Pero, incluso después de saber que los críticos ya no podían hablar peor de vuestra obra, fuiste incapaz de decir que el telón debía cerrarse por última vez.
Todo seguirá igual, la función, ahora con actores mediocres y en una sala humilde donde se huele la humedad y también el tedio, seguirá celebrándose cada noche, previo pago de unas cuantas lágrimas en tu maloliente camerino, donde guardas ramos de flores secas y dedicatorias de quién ya te ha olvidado.
Qué más da, continuarás pensando que llegarán tiempos mejores en los que las ovaciones llenen el escenario. Bien sabes que ya no te acuerdas de todas esas cosas, esas cosas que te hacían tan feliz en tu magnífica obra, pobre Sybil Vane.
Dónde está tu Romeo?Sé que lo buscas en los ojos de ese principiante principillo que se las da de actor curtido y consagrado, experto en el amor y que en ocasiones se compadece de tí e intenta secarte las lágrimas que se deslizan por tus mejillas antes de que los espectadores tomen asiento.
La función debe continuar, o no?


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