Los presuntos implicados no sólo confiesan que realizaron botellón, añaden además que fueron a una chupitería de garrofón, cantaron a un karaoke y, lo más grave, bailaron en un pub pachanguero de la zona Woody. Después de esta desenfrenada velada amanecieron agotados y hambrientos en la calle Polo y Peyrolón, domicilio de Preciado. Los cuatro amigos se aposentaron en el salón de diseño. Estaban esperando que Jaime preparara chocolate con churros como solía hacer después de sus eventuales salidas nocturnas. Los amigos estaban hambrientos y no pudiendo esperar más enviaron a la señorita Requejo para averiguar por qué motivo Jaime no saciaba su hambre como otras veces. La víctima era capaz de preparar el festín en 10 minutos, y ya habían pasado 15. Requejo fue a buscarlo. Estaba preocupada porque se le había corrido todo el rímel y frotándose los ojos entró en la cocina. De repente vio churros por el suelo y enseguida, la mano inerte de Jaime agarrando con fuerza la bolsa. Vio la sangre vertida en el inmaculado azulejo blanco. Y, de pronto, lo entendió todo: su amigo estaba muerto aunque una extraña sonrisa se dibujaba en su rostro. Durante unos segundos quedó fascinada por la visión sin poder articular palabra. Después fue hasta el salón y al mismo tiempo que contaba lo ocurrido a sus amigos, con la mano todavía manchada por el rímel cogió el teléfono y llamó al cuerpo de policía.





