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TERAPIA EXTREMA
Te puede gustar o no, pero no te dará lo mismo.
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ESTULTO. ESTULTA.
No sé qué me ha pasado este fin de semana. El viernes empecé a fumar no sé qué mierda y el domingo cuando ya no sabía ni cómo me llamaba, acabé perseguido de manera implacable por una panda de rumanos rapados que exclamaban puño en alto que me había follado a sus lumis sin pagar. Por poco que no puedo colgar el Post.

La persona estulta -al igual que la culta- no nace. Se hace. Es verdad que el que no da para más y se esfuerza por pura satisfacción personal, merece respeto; como también es cierto que de donde no hay no se puede sacar.

Sin embargo, el que nace en plenas facultades mentales y se convierte -en un punto de su vida- en estulto irreversible por pura desidia cerebral, es un estulto soberbio; sabe que es tonto, gilipollas y, se siente cómodo con ello. Se revuelca feliz en su condición de necio voluntario, cual cerdo en su pocilga mierdosa. Nada hace para remediarlo y por el contrario, parece que se obstina en demostrarlo alegremente al mundo entero.

La persona estulta es aquella que no quiere saber de nada y sabe de todo. O por pura vagancia mental no aplica lo que sabe. Por consiguiente: miente, es holgazana y enseguida le pillas la medida.

El hombre estulto, por ejemplo, y sin atisbo de rubor, te explicará detalladamente el funcionamiento de una bomba de fisión nuclear -no porque lo haya leído o interese- sino porque el hijo del hermano que es amigo de la cuñada de aquel que se casó con la prima que vende ollas a presión es un químico, y como se conocen de pequeños, quedan una vez al año para la fiesta mayor de su pueblo y se pasan toda la noche hasta el amanecer dando por culo tirando petardos.

La mujer estulta también es osada, atrevida,y es dificilísimo privarla de su condición de tonta profunda. La madre tierra debiera engullirla en la más fría oscuridad para no escupirla jamás. Algunas se ponen a escribir Post y es entonces cuando el mundo de la blogosfera -si alguna vez fue serio- se convierte en una puta broma sin gracia.

Porque te puedes encontrar de todo. No es que en el mundo de la blogosfera haya más estultos y estultas que en la vida misma. Encontrarás a tipos como yo, con un blog escasamente visitado. A recalcitrantes hombres de fe, inquisitivas maestras de las buenas costumbres y puritanos pacatos. A hijoputas que ensalzan al fascista y la patria, funcionarios de comités de censura, insufribles defensores del Papa con ganas de manifestar y culpar a algún chivo expiatorio en pro de sus causas, feministas devoradoras de almas y maltratadores y mujeres que ponen los cuernos. Mujeres que creen ir a contra corriente y siguen en la corriente de sus ancestros y...

Mujeres -dicen ser; poco importa- que inauguran un blog y dicen que no pondrán tildes porque les da pereza aun conociendo las normas de acentuación. Todo lo antes citado es soportable y uno se ríe de ello. Pero la estulticia voluntaria, producto de una desidia elevada con soberbia insultante a su máxima hijoputez se hace menester condenarla.

Si ese par de rastreras mujerzuelas (jajajaja) leen esto -de manera fortuita- como me ha pasado a mí con sus indigestos Post de debut, que sepan que más vale sentir sus entrañas desgarradas por un leopardo, o su corazones devorados por un cerdo salvaje, que sus putos culos pateados por un burro.

Si las estultas entran, los lametones de polla y culo al salir. Gracias.
 
PRECOZ.
Qué suerte la mía, el haber disfrutado en mi idílica infancia de aquella cajera de apellido afrancesado. Por aquellos tiempos tan tiernos yo tenía cinco años, y una vez más, como en otras tantas y veneradas ocasiones, me aproximaba a la caja de cobro asido de la mano de mi madre. Nuestras siluetas negras contrastaban con el fuerte resplandor que se colaba por las cristalerías del complejo.

Era mi cajera preferida. Su escote era siempre el más pronunciado de todo el supermercado. Desde mi corta estatura, la contemplaba embelesado con los ojos más abiertos que un dibujo manga ¡Qué sobrecogedora habilidad a la hora de contar los billetes! ¡Qué desbordante rapidez en manipular las monedas!

Como si fuera en cámara lenta, la cajera de apellido afrancesado entornaba los párpados y su calurosa mirada me transportaba a extraños mundos imaginarios reconociendo en mi inocente turbación el deseo inequívoco de perderme en su hipnotizador escote.

Las manos de mi cajera eran de dedos largos y suaves; olían a moneda, baratija barata y a tique de compra. Mi cajera me arrancaba de mi ensimismamiento divino con delicadeza transpirenaica pellizcándome inmisericorde los mofletes hasta el punto de deformarme la carita.

Cuando mi cara tornaba a su aspecto normal, su afectuosa sonrisa de dientes perfectos se convertía en un revitalizante beso en la frente que sabía a música de ruiseñores trinando y riachuelos de agua cristalina descendiendo de cumbres nevadas. Entonces, el escote lo envolvía todo. Todo quedaba desenfocado: mi madre, la caja de cobro, las pilas alcalinas, los potes de tomate y las cuchillas de afeitar.

El tiempo se detenía; el sistema solar se volatilizaba, la vía láctea se hacía pedazos y sólo quedábamos ella y yo. En la nada permanecíamos ingrávidos en una prodigiosa simetría perfecta - mientras que en esos momentos- yo alcanzaba con velocidad meteórica los siete chakras de luz de todos los mantras de la creación.

Un segundo después, el beso cesaba, la magia desaparecía y la realidad se hacía sólida. Toda la materia conocida volvía a su estado original. Y con la imagen del escote de mi cajera de apellido afrancesado, mi mente bullía con todo aquel abanico de efímeras e intensas sensaciones vividas.

Volví a coger la mano de mi madre. Al tiempo que nos encaminábamos hacia la puerta del supermercado, nuestras siluetas negras atravesaban haces de luz que perfilaban millones de minúsculas partículas de polvo en suspensión.

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VUELTA DE TUERCA.
Ya lo dijo uno que sabía mucho: dejemos lo justo en las manos menos apropiadas: la justicia.

No, señor juez, no confío en usted; ni siquiera en los que tiene detrás. Se le ha otorgado demasiado poder, y con el tiempo se acomoda, se rasca los cojones y comete errores. Tengo un ambivalente sentimiento de esperanza y frustración ante las sentencias, resoluciones, vistas previas, órdenes de alejamiento y demás jerga. Me recito a mí mismo mantras y engullo píldoras de sabiduría que con frecuencia me llenan ¡Qué digo, me llenan! Busco, anhelante, con ardiente sed de consuelo para el alma y júbilo para el ánimo.

Entre vigilias de alcohol y bilis amarga, acudo en busca de inspiración y de animosa exaltación a la sabiduría de todos los tiempos en busca de estímulo para, no sólo atravesar mejor o peor este triste y lacrimógeno valle, sino gozar dichoso de la vida como si de un lujurioso cuerpo de puta en celo se tratara, y nada más cerrar el libro de Paulo Coelho, el cómic de Spiderman o la última revista de private, vuelvo a tropezar una y otra vez con los mismos torpes afanes, frustrantes rutinas y ridículas complicaciones de cada jodido día.

Vuelven a morir personas; mujeres a manos de sus parejas. El sistema vuelve a fallar una vez más con notable y estrepitosa incompetencia. Es una contundente y monolítica realidad. Todas las llamadas a la búsqueda de algo que me haga creer en la justicia se estrellan una y otra vez como espumeante y fútil marejada, y al menor contacto con el agua, la estatua de la balanza y los ojos tapados desaparece como si fuera de barro.

Cierto es que muchas personas tienen sus días contados a manos de sus parejas. Es verdaderamente inquietante. Amor y odio parece ser que va ligado, y muchas relaciones, por no decir todas, tienen fecha de caducidad. Bien es verdad que debo poner un poquito de esfuerzo por propia parte. Pero una vez más las denuncias se repiten sin causar efecto. Los jueces consienten.

El panorama es descorazonador, me desengaña, me despeja como agua fría en la cara y me ofrece una visión clara como diciendo: pero, coño, si esto lo he sabido yo siempre en mi más profundo y recóndito interior. Estoy harto de verlo ¿A qué complicarse la vida y perder tanto tiempo en lamentaciones, recuentos de fracasos y lametones de heridas, ya que, encima, no llego a lamerme cosas más interesantes?

Es difícil afrontar la vida cuando además de que ésta te da de hostias, también te las da la persona con la que vives, y por otro lado, los que llevan toga consienten y van coleccionando denuncias. La vida ya no es maravillosa, ni es ilusionante. Se convierte en una despiadada y retorcida aventura de indefensión hasta acabar en sangre.

Pero nada. Me fumo un porro y bebo del mismo vaso una y otra vez. Leo las noticias de la suciedad (sociedad). Los titulares negros en hoja blanca. No es fácil ni frecuente; en ese momento recuerdo las advertencias, consejos y avisos de los que superaron a su agresor/a: lo más sensato y práctico es echarle dos cojones, o mejor dicho, dos ovarios, sin mover un músculo de la cara. Desalojar airosamente todos los capítulos y rutinas pasadas como el que ladea la espalda para dejar caer ese “inservible exceso de equipaje para la vida”. El miedo está tan pegado a la piel que cuesta desprenderse de él.

Así pues, cuando vuelvo -y siempre vuelvo- de mi embriaguez a la puta y cruel realidad que sufren los maltratados/as, revivo mi dichosa incredulidad, mi enorme escepticismo para con aquellos que imparten desde lo más alto del estrado.

Ni puedo evitar un cierto desdén rencoroso como el de quien se siente estafado -en el mejor de los casos, para echar balones fuera- o torpemente inútil -en el más grave, por asumir la responsabilidad- para aplicarse de una vez y con éxito los sabios avisos de serenidad, conciencia, meditación, supresión del yo, supresión del ello, supresión del super-ego, y no sé qué pollas más, porque lo que me jode es que no encuentro algo que me haga creer en la justicia, pero si puede impartirse, va a resultar que yo soy incapaz de creer en ella, o que algo se me escapa y que no voy a encontrar quien me la enseñe.

He aquí, pues, señor Juez, la agonía que me lleva a desistir y abdicar de tanta desdicha y sinrazón. Yo hubiera querido creer en usted y de paso, darme un último atracón de placeres sensuales y otras mierdas, incluyendo un último viaje con visitas a etapas significativas de mi historia personal.

Banquetazo de lujo en restaurante chulo a diez mil el cubierto y polvo no va más con una bella dama que guíe mis pasos en un baile, como Al Pacino en "Esencia de Mujer", pero tengo la cuenta de la Caja de Ahorros en números rojos desde mediados de enero. Además,estoy con Doménica; ella no me maltrata, así que creo que voy a aprovechar, porque, a dos vasos más que me casque, casco.

Y no creo en usted, juez cabrón infame de las pelotas.
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X.
Esto lo escribí por vez primera en el 2001. Lo colgué en mi primer blog en el 2006 y lo cuelgo aquí sensiblemente mejorado. La verdad que es bastante malo, pero me hace gracia.

Otra vez aquí, y pese a mi denodado y fútil esfuerzo por arrojar luz y combatir con obstinada determinación las casi invencibles hordas de la estupidez humana, el enemigo ha ganado una vez más y sobradamente la batalla. La dictadura de la imbecilidad parece no resquebrajarse. La avaricia se folla a la honestidad y la libertad deambula por la calle pidiendo para comer.

Mientras estos negros pensamientos infectan mi mente, se me ocurre el contar una historia que bien puede ser verídica. Un día cualquiera, en un sitio cualquiera de cualquier país: los viejos están con sus nietos, los hijos con sus padres, las novias con sus "mansos". Las familias, las amiguitas y los coleguillas, se lo pasan muy bien en el McDonald's, comiendo carne picada, aros de cebolla, helados de colores y hamburguesas.

Hablan, mastican, se ríen y se lanzan perdigones. Están todos muy entretenidos comiendo comida americana a dos carrillos. La niña de la mesa del fondo rasca el cartón de la bolsa de patatas a ver si hay suerte...¡Anda! Ha salido la cara del bufón sonriente, toca menú con batido de regalo, y todos son felices y se divierten, todo parece apacible y perfecto hasta que llega X.

Porque X entra y empieza a disparar contra todos ellos. Hoy el destino de los desdichados comedores de papeo basura tiene otro color; hoy para ellos es el día del infortunio más despiadado e injusto.

X cree que toda esa gente son los culpables de su ruina, y no duda en disparar una y otra vez. Escucha disparos entre llantos, lamentos y alaridos, y ve como toda esa gente caen adoptando posturas absurdas.

Todo acaba rápido. Hay mucha sangre, olor a cordita y sesos salpicando la lista de precios... Los que siguen vivos logran huir menos dos que deciden tentar su suerte y desarmarle, ¡qué idiotas! Duran muy poco los héroes caseros.

X repara en que ahora se encuentra solo/a, o mejor, dicho, solo/a con un montón de cadáveres...Mañana habrá horas extras en el cementerio. Mientras se apoya en la pared y se deja caer hasta el suelo, oye las sirenas. Ahí vienen los que trabajan para el estado, los que tienen licencia para portar armas y matarle. Les respalda el poder, pero no hará falta, X ya sabe que esto es un camino sin retorno y decide que la última bala será para él/ella.

Piensa en cómo ha llegado a esta situación. Recuerda que desde que tiene uso de razón su vida ya se la vendieron rota, no obstante, nunca traspasó el límite de lo correcto, siempre respetando el margen. La buena suerte no quería saber nada con él/ella. Muchas veces las circunstancias tumbaron a X, y siempre, aunque cada vez le costaba más, se levantaba.

Intentó integrarse muchas veces: trabajo, familia, amistades. Todo le salía mal. Cada día que pasaba se veía más y más sumido/a en un bucle de infortunios. Cada vez más y más encorvado/a a causa de los palos en la espalda. Nadie quiso ayudar a X, ni la gente, las administraciones... Lentas, burocracia...Todo el mundo ocupándose de sus asuntos...X, jódete tú, yo vivo bien.

Las ganas de querer hacer las cosas bien, de integrarse, de seguir respetando el margen, de luchar contra su mala suerte, los deseos de buscar ayuda allí dónde le dijeron, dónde le aconsejaron, todo eso se iba esfumando y daba paso a un odio creciente y virulento contra todo lo que veía.

Pero hoy hablarán de él/ella. Hoy no le dirán "vuelva mañana", "quizá lo tengamos listo para el próximo mes", "tenga paciencia, todo se solucionará", X, usted no es el único/a, como usted hay muchos".

X sólo quiere acabar con su vida llena de infelicidad, desengaño, frustración y dolor, y, para lo que muchos sería cobardía, para él/ella es una liberación.
Nunca se había sentido tan vivo/a en toda su vida hasta que se le ocurrió matar, y con ese pensamiento, X gasta su última bala.

Locura y cordura dicen que es un fino hilo que a veces puede llegar a romperse, peligrosamente, con demasiada facilidad.

Y a veces resulta que hay muchos X que son una olla a presión, y como vulgarmente se dice: se le ha ido la olla y se ha llevado a unos cuántos por delante.
¿Por qué?
¿Se está haciendo algo mal?
¿El qué?
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