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TERAPIA EXTREMA
Te puede gustar o no, pero no te dará lo mismo.
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ESTIMULA EL HIPOCAMPO CON...
MÚSICAS QUE MERECEN LA PENA.
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CONEJILLA CONEJILLA.
¡Aaaaaaah! Conejilla conejilla, que no Gongorilla Gongorilla. Heme aquí en tu jardín totalmente en pelotas; embriagado de dulces olores, arropado tiernamente por fragancias embelesadoras que me hacen entornar los párpados.

Las delicadas hojas de la mimosa tiemblan débilmente por las caricias que propicia una brisa inquieta que no se deja atrapar y en la punta de mi cipote palpitante refulge como una mágica perla una gota de baba pre-eyaculatoria.

Como la declaración de la renta en verano, tornan los recuerdos y el deseo ¡Ah! conejilla conejilla, parece que fue ayer; no podemos retener el tiempo, atraparlo. Se escurre entre nuestros dedos, se vuelve soluble, insustancial, se fragmenta, se diluye y desaparece caprichosamente como un analgésico efervescente para el dolor de escroto y músculos en general.

Conejilla conejilla, siento en mi piel tan sólo adornada de aromas silvestres, tu mirada nerviosa a través del cristal de la ventana, y el brillo chispeante de tus ojos a través de los gruesos cristales de tus gafas que corrigen la severa curvatura de tus córneas porque estás más miope que una capibara de plastilina.

Tumbado a pleno sol; dorada mi silueta y rodeado de domada maleza ajardinada mengua mi porro entre mis dedos arrugados y se engrandece la reputación de mi entrepierna al contacto de mis otros dedos no tan arrugados. No es navidad, claro que no, pero como si de una zambomba única del reino animal se tratara... comienzan los afinados, rítmicos, ardorosos y celestiales acordes de la música de la carne cilíndrica.

Tras el ventanal, apoyas el codo en la repisa y dejas descansar tu mentón prominente en tu mano. Absorta, embobada, admiras como mi glande rivaliza en esplendor con los otros capullos de las flores que engalanan tu Edén.

Ayyy, conejilla conejilla, estás tan abstraída en esta bella y provocadora coreografía que te brindo que no te das cuenta que te cae un hilillo de mucosidad que desciende lacio hasta fusionarse con el hilillo de saliva que cae de tu boca espantosamente desdentada.

Llega la esperada culminación, anhelante catarsis. Como si se tratara de un macro-increíble y mega-apoteósico baile de fuegos de artificio, los chorros de la felicidad son expelidos entre revoltosas mariposas con tal poder y enormidad que me hunden un par de metros en el suelo y éstos salen como proyectiles de destrucción masiva a conquistar la inmensidad del universo.

¡Ah! Conejilla conejilla, cuánto lo siento. Justamente, cuando desaparecía convertido en esqueleto de las mullidas, verdes y frescas arenas de tu paraíso y esparcía todo aquel colosal torrente de vida potencial a los rigores del hiperespacio, resbalose tu codo de la repisa produciendo doloroso hostiazo a tu mentón y dejándote, injusta pero comprensiblemente, sin ningún diente.

Las afeadoras gafas antiestéticas saltan de tu nariz aguileña para caer con un chapoteo ahogado en el charco de babas que has creado y tu mirada, antes danzando en fulgurantes destellos, no es más que dos ojos semejantes a dos puñaladas traperas en un tomate quedando tan magno y divino evento desenfocado. Ay, conejilla conejilla...

(Prosa chorra dedicada a todos y cada uno de los blogs de temática erótica. Que son una mierda, vaya).
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B.O.E.
Tanto si eres un inútil votante como una votante inútil: desecha el necio pensamiento de que los que cada cuatro años gestionan nuestros supuestos intereses (o los suyos) van a ofrecerte una remuneración económica por ser ama o amo de casa.

Lavar los platos, quitar el polvo, hacer papeo, barrer, fregar el suelo, hacer la colada, tender la ropa, planchar, etc., no cotiza en la seguridad social si lo haces para ti mismo o para la familia.

Sufridor amo de casa y abnegada ama de casa: ha llegado el momento de que bajéis de la nube o que cambiéis de camello. Si todavía creéis que algún día el gobierno os pagará por hacer todas aquellas labores que nunca deben dejar de hacerse por higiene y amor propio, es que sufrís de ablepsia.

Sólo serán recompensados con pasta aquellos trabajos de los cuales los gobernantes se aprovechan (a devolver o a ingresar). Así como también es cierto que los mandatarios del país gustarían de que cuando te queden uno o dos segundos para jubilarte te sobrevenga la muerte súbita y te hospedes al lado de los cipreses.

Al estado le importa cuatro pares de mierdas si tienes la casa como una sagrada patena o como una persona afectada del síndrome de Diógenes.
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QUERIDO PAPEL, REY DE LA VIDA REAL.
Hoy me lo han vuelto a decir, he tenido que oírlo de nuevo.

Aquellos afortunados -entre los que me cuento- que nunca han padecido una vida comparable a la de las ratas de cloaca y desconocen en sus propias carnes la vida del vagabundo, del tercermundista, del indigente, y del miserable, vuelven a atiborrar su hediondo paladar con la conocida frase de: el dinero no da la felicidad.

La mayoría gastamos dinero en las apuestas del estado con la esperanza anhelante de que el azar se ponga de nuestro lado y nos lluevan cantidades ingentes de tan deseado papel. A quienes les toca, no importa si en la calle hace un frío que te puede congelar los mocos o encogerte los huevos, salen alborozados de sus casas a apelotonarse todos juntos a chupar cámara y empinar el codo ya sea directamente de la botella o en copa. No es precisamente un ataque repentino de practicar el botellón, es una muestra palpable de felicidad.

Las mismas personas que acatan el refrán también compran décimos, no les falta dinero para subsistir y se gastan una parte en las rebajas. Te dirán que lo importante es la salud y el trabajo, de lo otro ya tienen.

Para quien es hijo de obrero la esclavitud laboral se torna vital, sin ella, no hay dinero, sin dinero, no vives tal y como estamos acostumbrados. ¿Por qué? Porque nos hemos criado en occidente, en la sociedad del bienestar, eso que llaman mundo libre, salvo que hables del Papa, del Rey y de su mantenida generación de "azules" bastardos.

La salud es importante, incluso para el que sobrevive debajo de un puente, o en construcciones de cartón (qué suerte, no tienen que pagar contribución) o tienen por almohada el bordillo de una sucia calle. Seamos realistas sin llegar a sacar las cosas de quicio. Tu salud y tu esperanza de vida dependerá, en gran medida, de tu cuenta corriente. Sin dinero, no comes (descartamos los restos que nosotros tiramos en los contenedores), sin comer, caerás enfermo, una fuerte desnutrición se apoderará de ti. Los medicamentos y las drogas legales que venden en la farmacia te pueden ayudar si tu salud no está muy mermada, pero no aparecen debajo de las piedras.

Nuestra concepción y uso del dinero sería otra si hubiéramos nacido en otra cultura o entorno. Bien podríamos pertenecer a una de las innumerables tribus del Amazonas o de otras partes del mundo. Podría haber sido un aborigen de la lejana Australia o porque no, un integrante de alguna comunidad Amish.

Sin embargo, no es así. Soy feliz con lo que el dinero me ha permitido obtener. Porque puedo tener un coche, puedo comprarme libros que leer y literatura erótica para limpiarme el culo. Puedo agotar las existencias de alguna licorería, no pasar hambre, tener ropa. Contratar a un par de matones que apalicen a algún mafioso poderoso de la televisión otrora famoso ventrílocuo (cuánto he llorado lo sucedido, Moreno). Puedo irme de vacaciones, regalarle algo a mis padres, invitar a Doménica a cenar y tener un pc donde escribir.

Entonces, si tengo todo eso ¿por qué participo en las apuestas del estado? ¿No tengo ya suficiente dinero? ¿No estoy satisfecho? ¿O es que estoy harto de ser un esclavo, pese a que algún pobre estúpido se atrevió a decir una vez que el trabajo dignifica?

El dinero no dará la felicidad; carecer de él, tampoco. Convertirse en millonario aumentará lo bueno o lo malo que hay en cada unos de nosotros. O puede que nada. O puede que te convierta en la persona más triste y solitaria del planeta y seas tan pobre que sólo tengas dinero.

Tengo una lucha de sentimientos encontrados. Panda de hipócritas retrasados y anormales, me dais tanto asco como el mismo dinero y lo que éste incita a hacer.

Pero que jamás se aleje de mí.
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SUCIO.
Hoy será un gran día. Lo noté al despertar en mis extremidades, en la boca del estómago. Como tantas otras veces, iría al encuentro de algo nuevo, deseando experimentar y poniendo mi atrevimiento a prueba.

Cumpliendo con lo acordado, me dirigí a la dirección que me fue entregada. Las instrucciones recibidas me condujeron a una edificación ostentosa en las afueras de la ciudad.

La puerta estaba abierta, esperándome a que la empujara para poder entrar y desaparecer de la fachada. Una vez en el interior, la persona con la que había quedado me condujo a una de las varias habitaciones que conformaban la mansión.

Era el cuarto encuentro con mi Ama, sólo que esta vez iríamos más lejos, claro que ella, embriagada de confianza, no tenia ni idea de lo que iba a ocurrir.

Una vez más y esta vez, en una habitación con las paredes cubiertas de espejos, el ritual de la sumisión y la dominación empieza de nuevo. Mi Ama es una experta y yo un sumiso entregado, receptivo, abriéndome a los exquisitos dolores que ella me profesa. Arrodillado levanto mi cabeza y ella lee mis ojos a través del cuero; quiero que mi Ama despliegue sobre mí su arte. Que me flagele es lo que anhelo, que subyugue cada fibra de mi cuerpo con su extrema disciplina.

Deseo ascender un escalafón en la más extasiante de las agonías. No hacen falta palabras en esta unión, vínculo inquebrantable de carne, látex y sensaciones. Aprieta más las esposas, tira con fuerza del cuero que rodea mis ingles ¡Sí! Quiero sentir otra vez ese agradable escozor, pero no es suficiente, ella sabe hasta donde puede llegar. Bríndame alcanzar la culminación de la agonía extrema, pellizca mis testículos, ¡golpéalos! Tensa la soga que rodea mi cuello y silencia mis gemidos de placer y aprobación. No es suficiente, dame más. Ofréceme tus tacones, clávalos en mi lengua, deja que me regocije, permíteme que me humille.

El tacón casi me llega a la garganta, ella empuja pese a mis arcadas hasta que me tira al suelo. De pie sobre mí, mientras toso, derrama sobre mi torso una lluvia de tonos dorados. Me baño en ella con regocijo, sabe que me ha provocado una erección que cubre con su sexo.

A los pocos minutos eyaculo en su interior con la fuerza de mil titanes. Es ahora cuando debe apretar la soga de mi cuello; lo ha notado, nota el calor y hace que se me nuble la vista. Se levanta y me ofrece sus flujos amargos junto con los míos para bañar con ellos mi lengua, transportándome, una vez más, a una galaxia de sensaciones indescriptibles

Me quita las esposas con desdén, se levanta y dice que se acabó. Pero no es así.

De hecho, acaba de empezar. La despojo de su máscara de cuero y desfiguro su rostro golpeándolo con furia contra todos los espejos de la habitación.

Está aturdida, entre un amasijo de sangre y piel rota por los cristales afloran lágrimas de sorpresa e incomprensión. Se ha roto el fino hilo que había entre sumisión y dominación. Ahora es ella la que está en el suelo retorciéndose de dolor. No era lo previsto, pero tenía ganas de hacerlo. La descalzo con lentitud mientras ella trata de decirme algo, pero tiene la cara tan arruinada que no puede articular palabra.

El tacón de la bota aún está húmedo, lleva mi saliva. Le aparto un poco el pelo y se lo clavo en el ojo. Chilla con la vehemencia de todos los hombres que llegó a someter, y mientras la adoro por todo lo que me ha hecho disfrutar empiezo a apretar su cuello.

Ahora ya no llora, empieza a gemir mientras mueve brazos y piernas espasmódicamente como si de un baile disparatado se tratara. Sigo apretando, apretando hasta que sus movimientos cada vez se hacen más débiles

Ahora sí acabo. La contemplo largo rato, bañada en su propia sangre, tumbada en un colchón de cristales, el tacón de la bota clavado en el ojo donde una vez hubo una cara.

Me siento bien, me doy cuenta de lo que he hecho, de que mi verdadera pasión es el asesinato de Amas que les gusta la dominación, y es lo que haré a partir de ahora. Seré el mejor, el más sumiso de los hombres. Colmaré el ansia de todas las Amas que se me crucen en mi camino, lo que nunca sabrán es que traeré el infierno conmigo.

Ya sabía yo que hoy sería un gran día.
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PERMISIVO.
No me hice ni me hago nunca una lista de propósitos a cumplir para el nuevo año. Aparte de que es una soberana soplapollez de notables dimensiones, por lo general y sin que me guste generalizar, los objetivos enumerados en las listas suelen abandonarse como hacen algunos malnacidos con sus familiares de la tercera edad quedándose incumplidos.

Sin embargo, este nuevo año voy a tratar de ser, si cabe, más permisivo todavía con lo políticamente incorrecto o no aceptado. También, claro está, defenderé a ultranza el pedo sonoro en la mesa, el eructo estentóreo como síntoma de salud y la arcada voluntaria expelida con poder y vigor ante tanto paisaje tétrico y descorazonador.

Hace unos días, dormitaba en el sofá con un libro abierto sobre mi pecho cuando el sonido del timbre quebró mi sueño. Me incorporé, me encamine a la puerta y la abrí.

Delante de mí había una mujer de unos 40 años que dijo:

-Buenas tardes. Soy la presidenta de la asociación de vecinos y estamos recogiendo firmas por toda la urbanización. Como ya sabrá, van a inaugurar un club de alterne en las proximidades de nuestros inmuebles y necesitamos las firmas del 95% de la comunidad para evitar la presencia del prostíbulo en las inmediaciones de nuestras casas.

-Sí, estoy enterado, pero hija mía, las putas, zorras, rameras, meretrices, fulanas, prostitutas y demás mujeres de dudosa reputación, también son criaturas del señor y forzadas por una sociedad que les niega elección y les ciega se ven abocadas a tan denigrante trabajo. No debemos rechazarlas, debemos integrarlas.

La mujer adopta una expresión un tanto extraña, como si quisiera salir de allí como una manga de aire, y dice:

-No está hablando en serio, ¿verdad? Le pediría que no me tome el pelo.

-No le tomo el pelo, además, las prostitutas hacen un bien a aquellos hombres que debido a su físico o a su timidez no logran tener relaciones sexuales si no es por este medio que usted rechaza y quiere condenar.

-Dígame una cosa y me marcho, porque veo que estoy perdiendo el tiempo. Usted no tiene hijos, ¿verdad?

-No, no tengo, pero, por favor, no meta a los niños en esto, y no se preocupe. Las putas, y que el señor las tengas en su gloria, no se ponen a copular en la calle y tienen terminantemente prohibido ejercer su noble y respetable profesión con los menores, aunque éstos pagaran. Debemos buscar otra solución que no sea darles una patada en el trasero para que se larguen a otro sitio.
Qué le parece algo así como..."no al prostíbulo, sí a la casa de putas".

En este punto de la conversación, hago unos difícilmente disimulables esfuerzos para tratar de evitar el maremoto de risa que me asciende por el pecho, cosa que no se me da nada bien. La mujer, agarra la lista de las firmas con fuerza, tiene los nudillos blancos de apretar, está notablemente enfadada y dice:

-Me voy, y perdón por las molestias, payaso.

Acto seguido, se va con andares decididos y apresurados sin volver la vista atrás, y un segundo antes de que salga del portal, alcanzo a decirle con el tono de voz más amigable que pude imitar:

-Que la paz del señor esté contigo, hija mía.

Al cabo de unas dos horas llegó Doménica Cazarnosa. Olía a frío, dejó caer su pesado abrigo en la cama y preguntó:

-Hola nene, ¿qué has estado haciendo?

Le expliqué con todo lujo de detalles mi encuentro con la presidenta de la asociación de vecinos. En ocasiones, Doménica adoptaba expresión de incredulidad, otras soltaba alguna risotada; a veces cambiaba de postura y de vez en cuando profería un ¿qué? ¿de verdad? Pero por último su semblante era un cuadro de seriedad, detrás de sus ojos había tormenta, me miró como diciendo (no sé que coño pude ver en ti) y dice:

-Anti, además de payaso, eres bastante capullo, y que sepas que no me ha hecho ni puta gracia.

Entonces, me acerco más a ella, nuestros alientos casi se mezclan y le digo:

-Hay que ser permisivo Doménica, hay que ser permisivo. Por cierto, ya preparo yo la cena.
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