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EN LA PLAYA.
Aquella mujer trotaba alegremente por la playa carente de todo complejo. Como tiene que ser. Sus carnes sobrantes ondulaban majestuosamente como sábanas desplegadas al viento. La mujer obesa trotaba, trotaba y trotaba hasta que un traspiés hizo que toda su grasienta anatomía se desplomara aparatosamente, y de morros, contra el suelo arenoso como si de una pesada losa se tratara.

Cuando los 160 kilos de masa corporal apisonaron poderosamente la arena, la inercia, ya de por sí considerable, dada la velocidad con que cayó más su generoso peso, propiciaron que las piernas robustas de la mujer se arquearan hacia arriba llegando los tobillos, casi, casi, a los omoplatos. Un par de segundos a continuación, más o menos, las piernas también se derrumbaron como el resto del cuerpo.

La mujer obesa se incorporó trabajosamente como si nada hubiese pasado, y es que no le quedaba otra. Ya no trotaba, se dirigía con andar calmo hacia las aguas no tan calmas para abandonarse placenteramente a las imprevisibles corrientes de las aguas saladas.

El oleaje parecía crecer en intensidad. La mujer obesa aprovechaba con cierta habilidad la inevitable llegada de las olas, y cada vez que llegaba una, ascendía un par de metros, sonriendo, para luego volver a tocar tierra y esperar la siguiente caricia del mar.

Hay olas que engañan. Siempre ocurre. La gorda, divertida, se sentía entretenida y confiada y se disponía a seguir con su particular jueguecito de hacer levitar sus generosas carnes aprovechando el caprichoso oleaje.

Presenciar aquello era como estar disfrutando de los mejores efectos especiales de las pelis americanas. Una ola de proporciones más que considerables elevó a la mujer obesa unos seis o siete metros. En ese punto, digamos, álgido, ya no reía, su boca era una perfecta “O” de sorpresa, y en el punto decreciente de la ascensión su boca era un aaaaaaahhhhhhhhhgggjjjjj totalmente audible en varios metros a la redonda.

Después de dos parpadeos, la ola engulló a la gorda, a un chaval con gafas de buzo y a dos tías que iban con las tetillas al aire. Cuando reaparecieron a la superficie, movían las manos frenéticamente con los brazos hacia arriba como si quisieran atrapar el aire que tanto necesitaban sus pulmones en aquellos momentos de submarinismo súbito y forzado.

Las gafas de buzo del chaval aparecieron colgadas del codo de una de las chicas. La otra chica perdió la única prenda del bikini que cubría sus vergüenzas pero no reparo en ello hasta que no hubo recuperado el resuello y empezó a sentir silbidos de admiración. Al chaval lo perdí de vista y la mujer obesa, que a esas alturas ya me caía simpática, emergía de las aguas tambaleándose y tosiendo ruidosamente como si fuera “la cosa del pantano”.

Y es que a veces, está muy bien hacer una escapadita a la playa, sobretodo cuando hay osadas mujeres obesas y las aguas están notablemente alteradas.

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CRÍTICOS.
Bienvenidos, grandes y pequeños, a una de las pocas bitácoras en las que el autor, mientras escribe, va remojándose el gaznate con alcohol de garrafa a falta de esnifar pegamento. Una vez más me sumergí, como si de un buceador se tratara, en el creciente a la vez que caduco océano de la blogosfera con la débil esperanza de encontrar algún blog que no me provoque llantos incontrolables ni deseos suicidas de arrancarme la vida arrojándome desde lo más alto de un barranco en nombre de vete tú a saber qué deidad inventada.

La mayoría de escritos leídos no servirían ni para envolver grasientos bocatas. Ni siquiera son aptos para disfrutarlos en el cagadero en un apretón de emergencia. Sin embargo, el destino, siempre invisible y amigo de nadie, ha propiciado que en un momentáneo y rarísimo estado de lucidez reparara en un cosquilleante fenómeno bloguero.

Quizá la mayoría ya estáis enterados pero... ¡Por los pelos recién depilados de mis pelotas! ¡Yo no sabía que existían los críticos de blogs! Pero así es, nadie, parece ser, escapa a la ácida prosa, al más despiadado y meticuloso desmembramiento, a la más afilada, despiadada y fustigante pluma de este colectivo de críticos.

Para que nos entendamos, esta especie, digamos, de cofradía de critiblogs, se nutren de lo que nosotros, aficionadillos y pésimos escritorcillos plasmamos en nuestras bitácoras. Por consiguiente, los susodichos no tienen un tema propio con el que obsequiarnos salvo el de despedazar con más o menos saña y habilidad letrística cualquier blog que se precie, ya sea porque has caído en gracia, porque realmente escribes de manera envidiable o porque tu blog no es más que un insoportable, indescifrable e interminable papiro egipcio a ojos de ellos.

No voy a mencionar sus nicks ni voy a poner sus enlaces, no tiene la menor importancia y siempre pensé que las críticas - al fin y al cabo no son más que opiniones- son más innecesarias que los anuncios de teletienda, pero obedeciendo a mi siempre inquieta amplitud de miras particularmente creo que el puñado de cofrades en cuestión enriquecen el mundo blogosférico. De vez en cuando le lavan la cara, lo asean y lo cubren con vistosos y cómodos ropajes dotándole de una apariencia sana y atractiva haciéndonos olvidar por unos momentos que es un mundo algo enfermo, que viste mal de narices y que se halla empobrecido en demasía.

Nadie mejor que yo mismo es y será mi más exigente, atroz y desalmado crítico. ¿Vosotros qué pensáis de ellos?

Me los imagino como el gremlin malo, travieso y malicioso esperándonos silencioso debajo de nuestra cama a que nos acostemos para hacernos presa, mientras se friega las manos con sonrisa malévola, de sus perversas tendencias.


P.D. Todavía estoy buscando una plantilla que me guste plenamente, ¿habrá alguna?
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ACTO DIVINO.
Algo está pasando. El pasado, el presente y el devenir cotidiano me conducen irremediablemente al más férreo de los ateísmos, al más sólido agnosticismo, y sin embargo, hoy, voy a hablar con el Altísimo.

Porque si resulta que hay quien habla con Raticulín, hay personas locuaces que mantienen ilustres conversaciones con animales y plantas, existen los adictos al tripi que dicen hablar con mujeres de cuatro tetas azul celeste y habitan en pueblos de tres casas de piedra chachas que atestiguan haber visto a la Virgen una mañana de rocío, pues yo hablaré con quien me salga del cipote.

Señor, sé lo que has hecho, sólo tú has podido lograr que este blog se encuentre, inexplicablemente, en el punto de mira, crítico y escrutador, de mis antiguos maestros de gramática, y que además me digan con brillo en los ojos que les agrada.

¿Cómo has hecho, Señor, para que se percataran de la existencia de mi amada bitácora?

No han podido ser los humanos, pese a su manifiesta necedad y falta de rigor mental, los que hayan propiciado que dos de las personas que gastaron su tiempo en adiestrarme y educarme en el mundo de las vocales y las consonantes se dejen caer por estos, a veces, sacrílegos lares.

Sé que muchas veces me he cagado en ti, que realizo salvajes, alocados y rítmicos movimientos pélvicos durante largas horas con Doménica Cazarnosa sin estar casados y gastando montones de condones y demás medios antiembarazo. Que he vivido en un estado de pecado constante, que incluso e miccionado sin apenas rubor en la fachada de varias de tus iglesias. Incluso muchas veces quise dar rienda suelta a mi instinto homicida y linchar al cura de mi pueblo, atarlo al parachoques del todoterreno de mi padre y pasearlo por la viña hasta convertirlo en un espantoso amasijo de carne sanguinolenta…entonces…¿Por qué yo, Señor?

¿Qué te ha empujado a colocar mi mediocre bitácora en el camino de mis amados y siempre respetados profesores de lengua? ¿Acaso es un gesto de simpatía? ¿Una pequeña muestra de luz que tengo que seguir como si fuera la típica oveja descarriada escapando de la oscuridad?

Señor, que sepas que yo nunca te he odiado, pero sí te diré una cosa,

Haz que mis antes profesores de lengua y gramática recuperen la cordura y la lucidez mental que a mí tanto me cautivó. De aquí a unos cuantos lustros quizá sí seré digno de que me lean.

Señor, eres un cachondo.
 
BENDITA GRAVEDAD.
Pese a la acechante sequía, ha llovido mucho desde que sucedió lo que a continuación voy a relatar. Traigo este artículo tal y como pasó y lo sentí: algo crudo y no cocido.

ACTO SEGUNDO.

Todos en el barrio conocíamos a Irene. La muchacha contaba con 26 saludables años y se encontraba recién casada. Como otras muchas casadas, Irene daba rienda suelta a sus voraces apetencias sexuales erigiéndose con insultante alegría en portaestandarte del adulterio más aberrante y vil que cabe imaginar. El bueno de su engañado marido, Paco, era un buen hombre, valga la redundancia, aunque algo idiota debido a su evidentísima carencia de dignidad y amor propio de la que hacía gala de forma hiriente por todo el vecindario.

Paco trabajaba en la industria del tocho como albañil. Muchas madrugadas invernales lo había visto en lo alto del andamio calentándose con su aliento las manos amoratadas de frío y en verano quemándose la piel bajo el sol, al tiempo que se echaba un poco de agua encima, en ambos casos, a veces, incluso le había visto besar la alianza.

Mientras, su mujer, se restregaba viscosamente los sentimientos de su cornudo marido por sus flujos vaginales, desatascando con arrojo los penes erectos de fontaneros, electricistas, informáticos, dependientes, etc., y dejándose ocupar con total receptividad y lujuria todos los orificios de su cuerpo excepto oídos y fosas nasales.

Lo que estaba ocurriendo entre el matrimonio nos importaba a todos menos que los esputos de un mandril. Estábamos demasiado ocupados con nuestros propios problemas, pero indudablemente, eran la comidilla de los caraculo, seres que habitan en todas las partes del mundo y que hablan y analizan la vida de los demás descuidando la suya propia.

Una noche de tantas, estaba con mi amigo Santi en no recuerdo ahora que antro. Sólo recuerdo que la música era nauseabunda. Creo que los “entendidos” la llaman bakalao; cacota similar al house, trance, rave y demás sonidos repletos de notas inmundas.

Nos hallábamos en la planta de arriba; por aquel entonces éramos muy guapos, apuestos, chulos e indeseables.
A ojos de muchos y muchas no éramos más que unos mierdas asquerosos que íbamos cargados de porros y consumíamos sustancias de ésas que están al otro lado de la ley y que te hacen ver cosas que no son. Atrevida ignorancia, lo sé.

A Santi le divertían las acrobacias, sabía que repetiría el mismo numerito de las narices unas 4 ó 5 veces.
Asía el cubata por el borde y cuán largo era su brazo describía un giro de 360 grados sin derramar una sola gota. Solía hacerlo ebrio, sereno o drogado. El éxito de tan estúpida coreografía con el cubata residía en la rapidez, precisión y ejecución del movimiento requerido.

Puede que fuera la ley de Murphy, puede que Santi estaba demasiado ebrio o emporrado, pero el cubata salió despedido hacía las oscuras alturas del antro con extraña belleza. Yo me quedé mirándolo con cara de estúpido, las drogas ingeridas, supongo, me hacían ver el vaso en un estado de hipnotizadora ingravidez, pero irremediablemente caía hacia el vacío adoptando brillos mareantes e histéricos dada la frenética luz cambiante de la sala.

Los de la planta de arriba, observamos con estupor que la caída del vaso no concluyó en el suelo sino que fue a parar con soberana contundencia a la cara de una de las chicas que allí se encontraban.

Nadie que nos hubiera visto nos señaló a Santi y a mí con dedo acusatorio. Toda la gente de la sala, al completo, tratando de satisfacer su odiosa curiosidad de mierda fruto del morbo, estiraban el cuello para alcanzar a ver como la chica sangraba alarmantemente por su ceja izquierda.

Nos dimos cuenta que la que detuvo la calamitosa trayectoria del vaso con tan mala fortuna no era otra que Irene. Contemplábamos con regocijo, escupiendo, miserables, nuestro júbilo.
Aquella pobre putilla infiel sangraba como si de una jodida cerda paridera degollada se tratara, mientras sus insufribles capas de maquillaje desaparecían a causa de un llanto torrencial mezclado con sangre, confiriéndole un aspecto risible a la vez que lastimoso y grotesco.

Fue una buena noche, sin lugar a dudas, mucho mejor que otras. Y sin pretenderlo ni desearlo, vimos sufrir un poco a la zorrilla de Irene, y yo, unos 20 minutos después más o menos, conocía a Doménica Cazarnosa, la persona que ocuparía parte de mis futuros pensamientos desde ese momento hasta el día de hoy.


P.D. A quién pueda interesar, para tener un concepto más preciso de Doménica, leanse los artículos de los primeros meses.
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