TORBELLINO.
Lo recuerdo como si lo viera en un claro y contrastado blanco y negro. A veces, en lugar de ir a los grandes almacenes a comprar cualquier basura que probablemente no vaya a necesitar, me monto en mi vehículo y me voy a dar unos rulos. Blanco y negro el recuerdo, y es que son las 18 horas de una tarde de enero fría, tan fría que casi cuesta dar un paso, mientras que los insustituibles fulgores del sol parecen un añorado vestigio del pasado del que nadie se acuerda.
El motor del trasto que conduzco es muy silencioso, como silenciosas y vacías se encuentran las calles mientras las peino con mi coche.
Entre giros de volante y cambios de dirección voy mirando los vapores que se desprenden perezosos de las zonas calientes del asfalto, adoptando formas curiosas e indescriptibles, tal visión, aun dentro del coche con la calefacción funcionando, hace que se me clave un escalofrío despiadado que me llena de la nuca a los pies.
Decido que quiero comprarme un libro, y como tampoco soy muy diferente del resto de gente mema que me rodea, dejo el coche en la zona del parquin de unos grandes almacenes para encaminarme presto a la sección de literatura.
Al entrar al iluminado complejo me parece estar en otra vida que contrasta casi de forma feroz con el mundo en blanco y negro, frío, vaporoso y con matices grises que dejé atrás cuando estacioné mi vehículo.
Desde dónde estoy, sólo me restan unos 70 metros para llegar a la sección de libros. Breve trayecto en el que empieza mi escrutinio a medida que un paso sucede a otro paso entre potentísimos haces de luz que caen sobre mí desde el techo donde penden carteles de propaganda.
Algunos van solos, con la familia o con los colegas. Los hay patosillos y muchos se tropiezan con el carro de la compra, mirando bobalicones a las nenas que van con patines para poder cubrir con rapidez y presteza la gran superficie de los grandes almacenes donde ellas trabajan y donde nosotros gastamos más de lo que quisiéramos, debiéramos…¿O no?
Veo a marujas de obesidad difícilmente disimulable que hablan muy alto repasando todas las estanterías. Que si la mayonesa, los desnatados, los pre-cocinados, los enlatados, los pasteurizados, los re-concentrados, los embutidos…manoseándolo todo con sus dedos de uñas pintadas de rojo chillón.
La sección de audio/video y telefonía móvil es bastante variopinta a la vez que cotidiana y huele a plástico nuevo.
La familia numerosa va a comprarse lo último en visión panorámica, home cinema y no sé que más… Es que la tele que tenemos se ve bien, pero está obsoleta…Con esta novedosa tecnología el culebrón de las 15.00 y gran hermano se verán de puta madre.
El grupo de amiguetes vacilones que van rapados, visten chándal y se abrigan con bómber, van a adquirir el móvil de última generación, la gran sensación de la comunicación a distancia. Es que los móviles que tienen están anticuados, pese a que tienen GPS, multiconferencia, dvd, video, cámara...Eso ya no vale “Pa na”. Quieren lo más de los más.
Las niñas monas que visten con ropa ligerita e insinuante pese al frío cortante que hace en el exterior se encuentran en la sección de ropa y perfumería, cosmética o como coño se le quiera llamar. Compran montones de ropa que solo lucen una o dos veces, se la intercambian entre ellas…Sobretodo queremos ropa guay, de ahora, ¿me queda bien? Tía, no sé, ya te has probado 237 trajes, a ver este...
Vestimentas que disimulen las incipientes varices, el sujetador que realza las tetas no puede faltar, ya que nos mola poner cachondos a los nenes. Ropa, ropa y más ropa, si hace falta, el cretino de mi papá me agrandará el armario y colocará otra estantería en mi habitación para los 4.834 perfumes que tengo… Es que me gusta ir bien arreglada, para eso trabajo… Mis caprichos.
Me parece bien darse un capricho, y no ser un comprador estúpido-compulsivo carente de cualquier atisbo de conciencia.
Mientras, los grandes almacenes, regocijándose en su triunfo sobre el consumidor, se sienten los líderes, los más competitivos. Si alguna empresilla del tres al cuarto osa meterse molestamente en medio, la compran, la absorben o simplemente la aniquilan.
Son los amos de las grandes áreas, son los grandes almacenes. Son los mismos que a muchos dejan sin trabajo para dárselo a otros y te venden lo que otros compran habiéndolo producido antes en fábricas.
Así que continue el pasodoble y la juerga flamenca, que divertido es ir a comprar, ¿verdad?
¡Cuántos productos! ¡Cuántas ofertas! (antes 5.000, ahora 4.999)¡Viva el autoservicio!
Y si tienes tarjeta no vaciles en comprar montones de cosas inútiles y cacharradas. Adquiere kilos y kilos de mierda liberando tu inercia acumulada.
El torbellino del consumismo me tienta, quiero enredarme en su tela de araña, pero finalmente compro lo que necesito. Un puñado de páginas cuyo título es "Ensayo sobre la ceguera" y habiendo efectuado el pago salgo otra vez al exterior. Ya ha oscurecido, sigue haciendo frío, siguen emergiendo del asfalto vapores de formas caprichosas y lo que antes era gris ahora es negro.
Contemplo a través del parabrisas a la gente que sigue en el mundo de luz amarilla artificial, preguntándome cuántos se encuentran en el torbellino sin saberlo, y se me ocurre que lo único que pienso o les diría sería algo así como...
Hasta otra imbécil, que te diviertas.
El motor del trasto que conduzco es muy silencioso, como silenciosas y vacías se encuentran las calles mientras las peino con mi coche.
Entre giros de volante y cambios de dirección voy mirando los vapores que se desprenden perezosos de las zonas calientes del asfalto, adoptando formas curiosas e indescriptibles, tal visión, aun dentro del coche con la calefacción funcionando, hace que se me clave un escalofrío despiadado que me llena de la nuca a los pies.
Decido que quiero comprarme un libro, y como tampoco soy muy diferente del resto de gente mema que me rodea, dejo el coche en la zona del parquin de unos grandes almacenes para encaminarme presto a la sección de literatura.
Al entrar al iluminado complejo me parece estar en otra vida que contrasta casi de forma feroz con el mundo en blanco y negro, frío, vaporoso y con matices grises que dejé atrás cuando estacioné mi vehículo.
Desde dónde estoy, sólo me restan unos 70 metros para llegar a la sección de libros. Breve trayecto en el que empieza mi escrutinio a medida que un paso sucede a otro paso entre potentísimos haces de luz que caen sobre mí desde el techo donde penden carteles de propaganda.
Algunos van solos, con la familia o con los colegas. Los hay patosillos y muchos se tropiezan con el carro de la compra, mirando bobalicones a las nenas que van con patines para poder cubrir con rapidez y presteza la gran superficie de los grandes almacenes donde ellas trabajan y donde nosotros gastamos más de lo que quisiéramos, debiéramos…¿O no?
Veo a marujas de obesidad difícilmente disimulable que hablan muy alto repasando todas las estanterías. Que si la mayonesa, los desnatados, los pre-cocinados, los enlatados, los pasteurizados, los re-concentrados, los embutidos…manoseándolo todo con sus dedos de uñas pintadas de rojo chillón.
La sección de audio/video y telefonía móvil es bastante variopinta a la vez que cotidiana y huele a plástico nuevo.
La familia numerosa va a comprarse lo último en visión panorámica, home cinema y no sé que más… Es que la tele que tenemos se ve bien, pero está obsoleta…Con esta novedosa tecnología el culebrón de las 15.00 y gran hermano se verán de puta madre.
El grupo de amiguetes vacilones que van rapados, visten chándal y se abrigan con bómber, van a adquirir el móvil de última generación, la gran sensación de la comunicación a distancia. Es que los móviles que tienen están anticuados, pese a que tienen GPS, multiconferencia, dvd, video, cámara...Eso ya no vale “Pa na”. Quieren lo más de los más.
Las niñas monas que visten con ropa ligerita e insinuante pese al frío cortante que hace en el exterior se encuentran en la sección de ropa y perfumería, cosmética o como coño se le quiera llamar. Compran montones de ropa que solo lucen una o dos veces, se la intercambian entre ellas…Sobretodo queremos ropa guay, de ahora, ¿me queda bien? Tía, no sé, ya te has probado 237 trajes, a ver este...
Vestimentas que disimulen las incipientes varices, el sujetador que realza las tetas no puede faltar, ya que nos mola poner cachondos a los nenes. Ropa, ropa y más ropa, si hace falta, el cretino de mi papá me agrandará el armario y colocará otra estantería en mi habitación para los 4.834 perfumes que tengo… Es que me gusta ir bien arreglada, para eso trabajo… Mis caprichos.
Me parece bien darse un capricho, y no ser un comprador estúpido-compulsivo carente de cualquier atisbo de conciencia.
Mientras, los grandes almacenes, regocijándose en su triunfo sobre el consumidor, se sienten los líderes, los más competitivos. Si alguna empresilla del tres al cuarto osa meterse molestamente en medio, la compran, la absorben o simplemente la aniquilan.
Son los amos de las grandes áreas, son los grandes almacenes. Son los mismos que a muchos dejan sin trabajo para dárselo a otros y te venden lo que otros compran habiéndolo producido antes en fábricas.
Así que continue el pasodoble y la juerga flamenca, que divertido es ir a comprar, ¿verdad?
¡Cuántos productos! ¡Cuántas ofertas! (antes 5.000, ahora 4.999)¡Viva el autoservicio!
Y si tienes tarjeta no vaciles en comprar montones de cosas inútiles y cacharradas. Adquiere kilos y kilos de mierda liberando tu inercia acumulada.
El torbellino del consumismo me tienta, quiero enredarme en su tela de araña, pero finalmente compro lo que necesito. Un puñado de páginas cuyo título es "Ensayo sobre la ceguera" y habiendo efectuado el pago salgo otra vez al exterior. Ya ha oscurecido, sigue haciendo frío, siguen emergiendo del asfalto vapores de formas caprichosas y lo que antes era gris ahora es negro.
Contemplo a través del parabrisas a la gente que sigue en el mundo de luz amarilla artificial, preguntándome cuántos se encuentran en el torbellino sin saberlo, y se me ocurre que lo único que pienso o les diría sería algo así como...
Hasta otra imbécil, que te diviertas.
EL TOQUE.
Toda persona, ya fuera de manera fortuita o por incomprensibles sesgos del destino que llegó a conocer a Hosseini Gun–Afta, coincidió en su fuero interno, como yo, que si existe alguna divinidad, ésta, caprichosa e inalcanzable en sus propósitos para los meros mortales, dotó al marroquí antes citado de una habilidad tan curiosa y extraordinaria que bien merece una mención en esta mediocre bitácora donde casi todo tiene cabida.
El gran Gun-Afta o gran fenómeno Afta como le llamaban los foráneos y no foráneos del lugar, se crió con leche de cabra debidamente racionada junto con 5 hermanas más en una humilde aldea constituida por débiles construcciones de arcilla, que a su vez, formaban polvorientos caminos donde se derramaba, inmisericorde, un sol desalmado que al parecer solo eran capaces de soportar millares de moscas tocacojones. Aquel lugar, tan inhóspito para mí, se denominaba Ait Kamra.
Pese al calor sofocante, decidí salir de la sombra que me cobijaba y me aproximé con creciente curiosidad a una numerosa multitud de gente morena que proferían gritos y reían con estridencia. Lo que presencié, al principio, me sumió en una perplejidad más pesada que la losa de un mamut, y después de unos minutos de atenta observación no cabía otra reacción que la de carcajear sin reparos como el resto de marroquíes entre los que me hallaba.
No sé si se debía a alguna tradición, o si todo apuntaba a una rara costumbre para divertirse, pero mi mente, que recibió programación occidental supuestamente civilizada no atinaba a comprender el porqué de todo aquello. Sea como fuere, una de las personas allí congregadas se situaba en medio de un descampado, podía elegir el estar sentada o de pie, mientras otra, alejada un puñado de metros más allá, chutaba un balón hacia la cara del otro. El receptor, inmóvil, recibía un balonazo en pleno rostro sin querer evitarlo y el resto se partían el culo de risa. Lo mismo daba que chutador y receptor fueran hombres, niños, mujeres o ancianos y es que había muchos de los últimos citados con algún ojo morado o el labio partido.
Reparé estupefacto, que si algún chutador rozaba la oreja del receptor sin lastimarle, de repente, cesaban las risas y el respetable enmudecía y miraba con expectación, mientras el que era objeto del enigmático escrutinio, con mucha lentitud, se metía el dedo en la oreja y lo hacía girar en semicírculo muy serio.
Giro de dedo y silencio, giro de dedo y silencio, giro de dedo y silencio, giro y silencio, giro y silencio, giro y… El receptor extrae el dedo, lo muestra al populacho y éste mira con expresión de gilipollas que está lleno de cera hasta la primera falange. Un segundo después, toda la gente congregada abuchea al chutador entre sonoras carcajadas mientras el receptor mira al suelo sonriendo y negando con la cabeza. Todos empiezan a hablar a la vez, todos riendo, parece fiesta mayor, venga jolgorio y cachondeo hasta que se oye una voz en la lejanía que dice algo así como... ¡Aroa tusa tajme!
Todos nos giramos y vemos a unos 40 metros a un anciano de edad indefinida con la cara más arrugada que una momia y que por su estatura más que andar parece que vaya a ras de suelo. Avanza unos dos pasos y pide que le pasen el balón, y de pronto, se apodera de aquel sitio un clamor estentóreo y ensordecedor donde a duras penas logro entender algo así como ¡Él lo hará! ¡Nunca falla! ¡Gun-Afta lo hará!
Yo me estremezco, Hosseini señala a una anciana enjuta que parece está haciendo ganchillo muy entretenida, ajena a toda aquella hilarante locura, y la colocan encima de una silla, mientras, ésta no para de articular palabras en una jerga extraña, como si estuviera insultando sin levantar la vista.
No quería presenciarlo, no quería ver como el gran fenómeno Afta chutaba, si es que podía, a una distancia de 40 metros y volatilizar la cabeza de la pobre anciana de un pelotazo, pero me cago en los santos testículos del Minotauro, como si lo viera a cámara lenta, el balón pasó justa y limpiamente rozando la oreja derecha de la anciana sin inmutarse ésta lo más mínimo. Y nunca mejor dicho limpiamente, porque ahí radicaba la extravagante habilidad divina de Hosseini Gun Afta: en limpiarte la cera de las orejas con un balón proyectado a cualquier distancia por su pierna enclenque sin lastimarte lo más mínimo.
Únicamente Hosseini poseía “el toque”. Jamás erraba un tiro y de paso se ahorraba, él y los suyos, un buen puñado de dinero en bastoncitos de cortísima longitud con algodón en ambos extremos.
El gran Gun-Afta o gran fenómeno Afta como le llamaban los foráneos y no foráneos del lugar, se crió con leche de cabra debidamente racionada junto con 5 hermanas más en una humilde aldea constituida por débiles construcciones de arcilla, que a su vez, formaban polvorientos caminos donde se derramaba, inmisericorde, un sol desalmado que al parecer solo eran capaces de soportar millares de moscas tocacojones. Aquel lugar, tan inhóspito para mí, se denominaba Ait Kamra.
Pese al calor sofocante, decidí salir de la sombra que me cobijaba y me aproximé con creciente curiosidad a una numerosa multitud de gente morena que proferían gritos y reían con estridencia. Lo que presencié, al principio, me sumió en una perplejidad más pesada que la losa de un mamut, y después de unos minutos de atenta observación no cabía otra reacción que la de carcajear sin reparos como el resto de marroquíes entre los que me hallaba.
No sé si se debía a alguna tradición, o si todo apuntaba a una rara costumbre para divertirse, pero mi mente, que recibió programación occidental supuestamente civilizada no atinaba a comprender el porqué de todo aquello. Sea como fuere, una de las personas allí congregadas se situaba en medio de un descampado, podía elegir el estar sentada o de pie, mientras otra, alejada un puñado de metros más allá, chutaba un balón hacia la cara del otro. El receptor, inmóvil, recibía un balonazo en pleno rostro sin querer evitarlo y el resto se partían el culo de risa. Lo mismo daba que chutador y receptor fueran hombres, niños, mujeres o ancianos y es que había muchos de los últimos citados con algún ojo morado o el labio partido.
Reparé estupefacto, que si algún chutador rozaba la oreja del receptor sin lastimarle, de repente, cesaban las risas y el respetable enmudecía y miraba con expectación, mientras el que era objeto del enigmático escrutinio, con mucha lentitud, se metía el dedo en la oreja y lo hacía girar en semicírculo muy serio.
Giro de dedo y silencio, giro de dedo y silencio, giro de dedo y silencio, giro y silencio, giro y silencio, giro y… El receptor extrae el dedo, lo muestra al populacho y éste mira con expresión de gilipollas que está lleno de cera hasta la primera falange. Un segundo después, toda la gente congregada abuchea al chutador entre sonoras carcajadas mientras el receptor mira al suelo sonriendo y negando con la cabeza. Todos empiezan a hablar a la vez, todos riendo, parece fiesta mayor, venga jolgorio y cachondeo hasta que se oye una voz en la lejanía que dice algo así como... ¡Aroa tusa tajme!
Todos nos giramos y vemos a unos 40 metros a un anciano de edad indefinida con la cara más arrugada que una momia y que por su estatura más que andar parece que vaya a ras de suelo. Avanza unos dos pasos y pide que le pasen el balón, y de pronto, se apodera de aquel sitio un clamor estentóreo y ensordecedor donde a duras penas logro entender algo así como ¡Él lo hará! ¡Nunca falla! ¡Gun-Afta lo hará!
Yo me estremezco, Hosseini señala a una anciana enjuta que parece está haciendo ganchillo muy entretenida, ajena a toda aquella hilarante locura, y la colocan encima de una silla, mientras, ésta no para de articular palabras en una jerga extraña, como si estuviera insultando sin levantar la vista.
No quería presenciarlo, no quería ver como el gran fenómeno Afta chutaba, si es que podía, a una distancia de 40 metros y volatilizar la cabeza de la pobre anciana de un pelotazo, pero me cago en los santos testículos del Minotauro, como si lo viera a cámara lenta, el balón pasó justa y limpiamente rozando la oreja derecha de la anciana sin inmutarse ésta lo más mínimo. Y nunca mejor dicho limpiamente, porque ahí radicaba la extravagante habilidad divina de Hosseini Gun Afta: en limpiarte la cera de las orejas con un balón proyectado a cualquier distancia por su pierna enclenque sin lastimarte lo más mínimo.
Únicamente Hosseini poseía “el toque”. Jamás erraba un tiro y de paso se ahorraba, él y los suyos, un buen puñado de dinero en bastoncitos de cortísima longitud con algodón en ambos extremos.
DESDE LAS CLOACAS.
El otro día, mientras bebía alcohol de quemar, sentí impulsos irrefrenables de acudir al cuarto trastero y revisar mi preciada colección de revistas Private. Como esperaba, las encontré en perfecto estado, entre los panfletos de contracultura que guardo con celo y las sabias escrituras de Mijaíl Bakunin.
Cuál fue mi sorpresa cuando entre tanta pornografía de calidad asomaba un papel blanco que desentonaba de forma hiriente contra la sobria estética de ver tantas y tantas revistas perfectamente apiladas horizontalmente como si de un puente de impecable factura arquitectónica se tratara.
Extraje el papel de entre las publicaciones guarras y me dispuse a leer su contenido. Mi sorpresa aumentó como lo haría un pene ante la visión del culo de Beyonce en pompa al darme cuenta de todo lo que mi maltratado cerebro estaba procesando.
Era una carta. La escribí yo y reza así:.
Hierve mi sangre en deseos de odiarte, pero sería deshonesto e hipócrita por mi parte. Todas las células de mi ser se revuelven de asco al tener que aceptar que una vez llegué a ser igual o peor que tú, porque yo también fui infiel a la persona que amé, creyéndome, ahora lo sé, falsamente superior, mirándola desde arriba, cuando siempre estuve muy por debajo de su exquisita sencillez, de su bella simplicidad.
Ya han transcurrido tres años desde que la engañé contigo y como has comprobado, ni lo fui ni seré nunca una estúpida oveja baladora más escupidora de halagos como ese triste séquito de tíos a los que seduces y te rinden bochornosa y abyecta pleitesía.
Me parece muy bien que te sientas la más deseada por cuántos te rodean, probablemente sea así, pero se hace patente contigo que la masa no es nunca lo especial y selecto, y tú, lo sé bien, no eres ni una cosa ni otra. Yo te conozco, o mejor, te conocí una vez, alardeando con arrogancia de tu posición social, despreciando cual tirano al que tiene menos y burlándote abiertamente de quién no poseyera un cuerpo cautivador que casi roza la perfección como es el tuyo, cuando tu vida, no es más que un culebrón guarro salpicado de actos oscuros e inconfesables que muchos no osarían ni escribir en una bitácora anónimamente.
Sigues siendo tremendamente atractiva. La naturaleza te dotó de una fascinante belleza exterior y evoco, de repente, todas las veces que follábamos hasta quedar rendidos y totalmente exhaustos y siento que querría volver a acostarme contigo…no sin antes ponerte una almohada sobre la cara para así no vomitar.
Qué alivio me supuso el comprobar por fin que ya no me llamabas al móvil, que dejaste de dar el coñazo, que aceptaste con forzada resignación que nunca lograrías subyugarme como a otros tantos calzonazos de mierda, que entendiste que no todos los hombres pueden enamorarse de ti, y de que, pese a que fui igual o peor que tú, existe el amor propio.
Sé que lo pasaste mal, lo sé, pero esta carta no es una disculpa, ni está escrita desde el rencor o el arrepentimiento, pero ¿ves? Siento venenoso regocijo cuando pienso que tuviste que tragar con amargura dosis de tu propia medicina como si de alfileres en tu garganta se tratara, y es que alcancé a ser igual o peor que tú, y eso me da asco, y hoy te vi.
Te vi, y me hubiera gustado acercarme a ti, posar delicadamente mis manos sobre tu cabeza, escrutar en tu mirada y tratar de encontrar esperanzado algún leve destello de eso que tanto te falta. Humildad.
Obviamente es algo que no sucederá.
Ni tú te acercarás a mí, ni yo permitiré que lo hagas.
Levanté pausadamente la cabeza, arrugué la carta, empecé a recordar y salí del trastero.
Las revistas, ahora sí, permanecían en un apilamiento sereno, imperturbable.
Cuál fue mi sorpresa cuando entre tanta pornografía de calidad asomaba un papel blanco que desentonaba de forma hiriente contra la sobria estética de ver tantas y tantas revistas perfectamente apiladas horizontalmente como si de un puente de impecable factura arquitectónica se tratara.
Extraje el papel de entre las publicaciones guarras y me dispuse a leer su contenido. Mi sorpresa aumentó como lo haría un pene ante la visión del culo de Beyonce en pompa al darme cuenta de todo lo que mi maltratado cerebro estaba procesando.
Era una carta. La escribí yo y reza así:.
Hierve mi sangre en deseos de odiarte, pero sería deshonesto e hipócrita por mi parte. Todas las células de mi ser se revuelven de asco al tener que aceptar que una vez llegué a ser igual o peor que tú, porque yo también fui infiel a la persona que amé, creyéndome, ahora lo sé, falsamente superior, mirándola desde arriba, cuando siempre estuve muy por debajo de su exquisita sencillez, de su bella simplicidad.
Ya han transcurrido tres años desde que la engañé contigo y como has comprobado, ni lo fui ni seré nunca una estúpida oveja baladora más escupidora de halagos como ese triste séquito de tíos a los que seduces y te rinden bochornosa y abyecta pleitesía.
Me parece muy bien que te sientas la más deseada por cuántos te rodean, probablemente sea así, pero se hace patente contigo que la masa no es nunca lo especial y selecto, y tú, lo sé bien, no eres ni una cosa ni otra. Yo te conozco, o mejor, te conocí una vez, alardeando con arrogancia de tu posición social, despreciando cual tirano al que tiene menos y burlándote abiertamente de quién no poseyera un cuerpo cautivador que casi roza la perfección como es el tuyo, cuando tu vida, no es más que un culebrón guarro salpicado de actos oscuros e inconfesables que muchos no osarían ni escribir en una bitácora anónimamente.
Sigues siendo tremendamente atractiva. La naturaleza te dotó de una fascinante belleza exterior y evoco, de repente, todas las veces que follábamos hasta quedar rendidos y totalmente exhaustos y siento que querría volver a acostarme contigo…no sin antes ponerte una almohada sobre la cara para así no vomitar.
Qué alivio me supuso el comprobar por fin que ya no me llamabas al móvil, que dejaste de dar el coñazo, que aceptaste con forzada resignación que nunca lograrías subyugarme como a otros tantos calzonazos de mierda, que entendiste que no todos los hombres pueden enamorarse de ti, y de que, pese a que fui igual o peor que tú, existe el amor propio.
Sé que lo pasaste mal, lo sé, pero esta carta no es una disculpa, ni está escrita desde el rencor o el arrepentimiento, pero ¿ves? Siento venenoso regocijo cuando pienso que tuviste que tragar con amargura dosis de tu propia medicina como si de alfileres en tu garganta se tratara, y es que alcancé a ser igual o peor que tú, y eso me da asco, y hoy te vi.
Te vi, y me hubiera gustado acercarme a ti, posar delicadamente mis manos sobre tu cabeza, escrutar en tu mirada y tratar de encontrar esperanzado algún leve destello de eso que tanto te falta. Humildad.
Obviamente es algo que no sucederá.
Ni tú te acercarás a mí, ni yo permitiré que lo hagas.
Levanté pausadamente la cabeza, arrugué la carta, empecé a recordar y salí del trastero.
Las revistas, ahora sí, permanecían en un apilamiento sereno, imperturbable.
VIVENCIAS.
Como a otros tantos, se nos agotó la libertad condicional de la que nos permite disfrutar la gigantesca mafia laboral, así que vamos a olvidar las siempre ansiadas vacaciones para volver a ser esclavos propiciatorios de la empresa que nos paga por venderle parte de nuestro tiempo vital. Volvamos a mantener la oligarquía impuesta y la economía; ya dejarán que nos desprendamos de las cadenas y el yugo el año que viene.
Iba a relatar parte de mis vacaciones pero no voy a hacerlo, sería el típico artículo, así que no lo haré a no ser que sea por presión popular blogera.
Sin embargo, he aquí una vivencia acaecida en mis días de libertad condicional tan real como las porras de los antidisturbios ensañándose con tu lomo.
ACTO PRIMERO.
Aunque joven, es ya casi una tradición que se remonta 4 años atrás, y no es otra que la de acudir más o menos por estas fechas veraniegas a la residencia de mi buen amigo Roberto. Un “hijoputa” adinerado en exceso aún no corrupto por el peso de los billetes en una de sus cartillas de cliente preferente.
Llego, nos vemos, nos damos un abrazo, me pregunta como está mi primo (el que se casó con la francesa que parece sacada de una película de Tim Burton) y antes de que le pueda contestar me dice con entusiasmo que todo está preparado: la piscina, el pub de la planta de abajo, la sauna, el hidromasaje y toda la agradable mierda y lujo que le rodea debido a la privilegiada posición social que le es otorgada por ser poseedor de tantísimos billetes y demás pertenencias.
De cara al sol, con nuestras gafas caras de cristal oscuro, nos hallamos sentados en las cómodas sillas desplegables de una de las terrazas de la vivienda.
Bebiendo con lentitud los cubatas, disfrutando de la calma que se palpa, por fin le contesto diciendo que mi primo se encuentra mejor que bien, felizmente casado, hasta que le pregunto por nuestro vecino. Un hombrecillo calvo de unos cincuenta y tantos años que vive sometido por su mujer a la que llamamos “la superabuela” . Porque está muy apetecible y deseable pese a su edad, porque deseamos repasar con ella el kamasutra y porque a su marido le da hostias, copones, collejas, paraguazos y le aplica a menudo presión psicológica hasta que el pobre hombre a menudo se siente más inferior que una excrecencia de jilguero pinchada en un palo.
Al tercer vaso de vodka con limón suena el timbre y nos encaminamos los dos hacia la entrada ( no sé porque los dos, ahora que lo pienso) y Roberto abre la puerta.
El hombre calvo marido de la superabuela está delante nuestro: moreno, camisa blanca de manga corta, pantalones tejanos cortos y sandalias; con los brazos extendidos hacia abajo y los dedos entrelazados.
Con voz calma, en una dicción perfecta, absolutamente cordial y educado pregunta:
-Vecino, ¿puede dejarme la pala que tiene en su jardín? Es para enterrar a mi pobre mujer, tuve que defenderme y le pegué demasiado fuerte.
Acto seguido, ladea ligeramente la cabeza y sonríe como si fuera el mismísimo gato Chesire.
Iba a relatar parte de mis vacaciones pero no voy a hacerlo, sería el típico artículo, así que no lo haré a no ser que sea por presión popular blogera.
Sin embargo, he aquí una vivencia acaecida en mis días de libertad condicional tan real como las porras de los antidisturbios ensañándose con tu lomo.
ACTO PRIMERO.
Aunque joven, es ya casi una tradición que se remonta 4 años atrás, y no es otra que la de acudir más o menos por estas fechas veraniegas a la residencia de mi buen amigo Roberto. Un “hijoputa” adinerado en exceso aún no corrupto por el peso de los billetes en una de sus cartillas de cliente preferente.
Llego, nos vemos, nos damos un abrazo, me pregunta como está mi primo (el que se casó con la francesa que parece sacada de una película de Tim Burton) y antes de que le pueda contestar me dice con entusiasmo que todo está preparado: la piscina, el pub de la planta de abajo, la sauna, el hidromasaje y toda la agradable mierda y lujo que le rodea debido a la privilegiada posición social que le es otorgada por ser poseedor de tantísimos billetes y demás pertenencias.
De cara al sol, con nuestras gafas caras de cristal oscuro, nos hallamos sentados en las cómodas sillas desplegables de una de las terrazas de la vivienda.
Bebiendo con lentitud los cubatas, disfrutando de la calma que se palpa, por fin le contesto diciendo que mi primo se encuentra mejor que bien, felizmente casado, hasta que le pregunto por nuestro vecino. Un hombrecillo calvo de unos cincuenta y tantos años que vive sometido por su mujer a la que llamamos “la superabuela” . Porque está muy apetecible y deseable pese a su edad, porque deseamos repasar con ella el kamasutra y porque a su marido le da hostias, copones, collejas, paraguazos y le aplica a menudo presión psicológica hasta que el pobre hombre a menudo se siente más inferior que una excrecencia de jilguero pinchada en un palo.
Al tercer vaso de vodka con limón suena el timbre y nos encaminamos los dos hacia la entrada ( no sé porque los dos, ahora que lo pienso) y Roberto abre la puerta.
El hombre calvo marido de la superabuela está delante nuestro: moreno, camisa blanca de manga corta, pantalones tejanos cortos y sandalias; con los brazos extendidos hacia abajo y los dedos entrelazados.
Con voz calma, en una dicción perfecta, absolutamente cordial y educado pregunta:
-Vecino, ¿puede dejarme la pala que tiene en su jardín? Es para enterrar a mi pobre mujer, tuve que defenderme y le pegué demasiado fuerte.
Acto seguido, ladea ligeramente la cabeza y sonríe como si fuera el mismísimo gato Chesire.
