Eva
A Eva se le marchitaban las mañanas como melocotones al sol, sin dar más razón que el lacerante abandono al tiempo, la lánguida rampa en la que dejaba resbalar sus momentos de vida sin intensidad con sonrisas prendidas de alfileres y pieles insensibles al frío de la aurora, caricias ya olvidadas y tercos despertares llenos de ecos en las esquinas de su cama, perdidos sus sueños entre los pliegues de las sábanas que eran las únicas manos que la abrazaban desde hacía un millón de suspiros. Se dejaba llevar entre una multitud de cuerpos sin rostros, sudorosos sauces que plantaban sus ramas a lo largo de los vagones del metro, y, cuando los túneles voraces bamboleaban su cuerpo contra la fría pared de latón y acero, tan solo el crujir de su propia alma rota despertaba a Eva de su ensoñación para ser vomitada entre otros mil a un andén donde los silencios de la masa la arropaban dándole un espacio no vació para no soñar, a remolque de las escaleras mecanizadas, y luego, deslumbrada por un sol traidor, se dejaba acariciar por el frío viento que regaba las calles de hojarasca otoñal. La sensación de sentirse perdida desaparecía al acostumbrase su mirada a la cegadora luz, como una mentira aprendida, se dejaba empujar de nuevo hasta un edificio gris en el que, tras escalar sus entrañas, la arrojaba a una mesa inválida e inundada de mil asuntos pendientes de abandono y otros cientos escondidos en los cajones junto a fotos ya amarillentas de otros momentos que le fueron más propicios que los vientos de otoño. Eva tomaba el agrio café de la tristeza con dos terrones de azúcar y algo de leche, junto a la soledad del zumbido de la máquina expendedora de bocadillos y el grifo de agua sabor yeso que se anunciaba en los pasillos vigorosos de su empresa. Con voz de contestador dibujaba las llamadas que el teléfono le regalaba, hasta dejarse perder entre sus recuerdos y sus deseos, alentando a su alma a seguir despierta una mañana mas, aunque, finalmente, a Eva se le marchitaban las mañanas.
Cuando el reloj se dejaba vencer por el tiempo, levantaba su mirada a la tarde incipiente y virgen, y gustaba de imaginar citas, llamadas, reuniones, encuentros, pero, como cada tarde, dejaba las mondas marchitas de la mañana sobre su mesa, se calzaba su vida y su abrigo, y salía a respirar el viciado aire de la ciudad que la exhortaba a marcharse a vivir si quería vivir, retornaba a la madriguera del metro y se dejaba, otra vez, violar en su espacio mínimo por otros seres para poder llegar cansada a casa, donde la esperaba un oscuro silencio que impregnaba las paredes con sombras húmedas y solitarias. La televisión gritaba mentiras estudiadas al salón en el que ella abandonaba su cuerpo sobre el sofá, la música asíncrona de la calle se poblaba de motores y enloquecidos rumores que florecían en las esquinas, y las persianas de los comercios al topar con el suelo, componían una sinfonía que le impedía abandonarse al silencio. Finalmente el sueño la encontraba encogida sobre el sofá, con una breve manta de viaje acosando su plegado cuerpo y abrazada a un cojín de plumas que se transformaba en un amante silencioso y fiel, ciego y mudo, pero dulce y amable.
Eva se despertaba entrada la noche en las ventanas, pintando de negro las persianas que la tarde había enrojecido. Se desperezaba y, arrastrando la manta y el cojín, reptaba hasta la cama donde la esperaba una nueva noche llena de secretos intangibles, y Eva se preguntaba donde estaba la vida que le prometieron cuando era niña, con la boca llena de azúcar y miel, y los abrazos de una madre que marchitó, como los melocotones al sol, como marchitaban sus mañanas.
Cuando el reloj se dejaba vencer por el tiempo, levantaba su mirada a la tarde incipiente y virgen, y gustaba de imaginar citas, llamadas, reuniones, encuentros, pero, como cada tarde, dejaba las mondas marchitas de la mañana sobre su mesa, se calzaba su vida y su abrigo, y salía a respirar el viciado aire de la ciudad que la exhortaba a marcharse a vivir si quería vivir, retornaba a la madriguera del metro y se dejaba, otra vez, violar en su espacio mínimo por otros seres para poder llegar cansada a casa, donde la esperaba un oscuro silencio que impregnaba las paredes con sombras húmedas y solitarias. La televisión gritaba mentiras estudiadas al salón en el que ella abandonaba su cuerpo sobre el sofá, la música asíncrona de la calle se poblaba de motores y enloquecidos rumores que florecían en las esquinas, y las persianas de los comercios al topar con el suelo, componían una sinfonía que le impedía abandonarse al silencio. Finalmente el sueño la encontraba encogida sobre el sofá, con una breve manta de viaje acosando su plegado cuerpo y abrazada a un cojín de plumas que se transformaba en un amante silencioso y fiel, ciego y mudo, pero dulce y amable.
Eva se despertaba entrada la noche en las ventanas, pintando de negro las persianas que la tarde había enrojecido. Se desperezaba y, arrastrando la manta y el cojín, reptaba hasta la cama donde la esperaba una nueva noche llena de secretos intangibles, y Eva se preguntaba donde estaba la vida que le prometieron cuando era niña, con la boca llena de azúcar y miel, y los abrazos de una madre que marchitó, como los melocotones al sol, como marchitaban sus mañanas.
Anotación en el diario:
Y a pesar de no ser lo que nos contaron, hay momentos que nos dicen que esa vida merece ser vivida.
"...perdidos sus sueños entre los pliegues de las sábanas que eran las únicas manos que la abrazaban desde hacía un millón de suspiros."
Preciosa frase, gracias por ella.
Besos de una maia.
"...perdidos sus sueños entre los pliegues de las sábanas que eran las únicas manos que la abrazaban desde hacía un millón de suspiros."
Preciosa frase, gracias por ella.
Besos de una maia.
Anotación en el diario:
La vida no suele ser casi nunca como nos contaron...o imaginamos, la vida nos sorprende con el más inesperado de los presentes..a cada momento, temiendo y anhelando en muchos otros el futuro..
Buen post.
Un beso :)
Buen post.
Un beso :)





