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Diario de un Alma Hipotecada
¿Alguno de vosotros tenía sueños y esperanzas?, yo también, los dejé al otro lado.
Acerca de
Tengo 32(+1) años, que se le va hacer, y todo lo que soñé o pensé acerca de la vida que me esperaba se quedó en la esquina de no se que año, por que, estoy seguro, yo no lo dejé pasar. Tengo mis sueños incumplidos por ahí, en cualquier cajón, pero me temo que van a caducar si no les presto la atención que se merecen.
Ahora estoy leyendo:

El hijo del acordeonista

De Bernardo Atxaga

Sindicación
 
La caja de Música
Este cuento no es nuevo, en realidad es una pequeña parte de algo que escribí hace mucho años que se llamaba "El sueño de un Sauce", pero me gusta especialmente la idea, y quería enviarlo. Los personajes que aparecen son Triste y Caramelo, la segunda acaba de ser "abandonada" por Lejano (ya, los nombres de los personajes son un poco peculiares, pero es que es una historia de Hadas), y está algo triste. El narrador se llama Plomo.
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A veces me acusan de que en mis historias las cosas pasan demasiado deprisa, pero yo se que la vida es mucho más rápida que mis cuentos tristes, y esta vez desde luego que lo fue. Muchos de mis... amigos, ex-amigos y otros, decían que, después de decidir que Caramelo no era apta para el test de su vida, a Lejano deberíamos de haberle cambiado el nombre por "MuyLejano", puesto que dejó de estar entre nosotros con excusas tan inverosímiles que casi parecían verdad, una tarde nos dejó y no regresó hasta que... bueno, eso es otra historia que ni tan siquiera ha tenido lugar, o quizá si, no lo se, realmente no lo se.

Ella no lo entendió, realmente nadie lo entendió, la magia de la amistad consistía en aceptarlo sin juicios, pero hay veces que se pierde la magia... o la amistad, Caramelo cayó a un lugar que yo conozco muy pero que muy bien, comenzó a compadecerse de si misma y a culparse, es algo tan estúpido y normal que casi parece que estoy hablando de mi, bueno, no dejaré que mi pluma se pierda como tantas otras veces en historias que, como la mía, carecen de interés. Comenzó a resbalar por la pendiente que lleva a la tristeza, por ese terraplén en el que las piedras arañan el corazón con ponzoñas y venenos, y en el que la arena de su deseo le impedía trepar hacia la luz, yo hace siglos... o minutos, no lo se, que no lo intento. Y se arrastró a si misma hasta un lugar en el que se encontraba, como no, Triste.

Él estaba allí desde hacía mucho tiempo, todavía guardaba en su corazón el sonido de una caja de música, el rostro de una triste bailarina que se despedía, y entre las brumas pudo ver un corazón de piruleta roto en pedazos por un sabor amargo.

- ¿A que sabe la tristeza?, por mas que la pruebo y la paladeo no puedo encontrar el sabor, ese nombre que ronda la punta de la lengua una y otra vez como queriendo encontrar el momento justo para surgir que nunca llega, Caramelo.

- no lo se, Triste, creo que la tristeza es dulce, demasiado dulce para que no te guste, pero al tiempo dañina, es como devorar demasiados pasteles de chocolate, por mucho que te guste termina haciéndote daño, la tristeza es un terrón de azúcar que chupas sin darte cuenta, y cuando lo haces ves que no puedes dejar de chuparlo, te hace daño, pero te gusta su dulce sabor. Hada dice que la tristeza sabe a noche de verano, en la que el aire frío te encuentra sin ropa y sin calor y te roba todo el aliento, cuenta que la tristeza es el postre del amor, una tarde, sentadas en su carrasca me dijo que Plomo contaba una historia...

» Decía que el amor eran millones de cajas de música, pequeñas cajas repletas de magia, unas grandes, otras pequeñas, todas diferentes, y que cuando te enamoras buscas una que te atraiga de un modo especial y la abres, entonces la música te atrapa y tan solo puedes escucharla, es lo único que deseas, pero un día la cuerda se termina y la bailarina deja de girar al compás de su organillo, la música termina y entonces llega la hora de cerrar la caja. Hay gente que no lo hace y vive ensimismada en el recuerdo de la dulce música, vive con el sabor en los labios de aquello que un día tuvo en la lengua, sin embargo otros son capaces de cerrar la cajita y buscar otra con la magia que a ellos les falta, y si la encuentran son capaces de volver a escuchar esa música y tener de nuevo el dulce sabor del amor en su boca, es un manjar tan exquisito que nunca te hastía.«

- Eso es muy hermoso, pero... ¿y si la caja se cierra mientras todavía queda cuerda?, ¿y si la música sigue sonando pero la caja está cerrada?, yo no quise cerrarla y la música no terminó, ¿que se hace entonces, Caramelo?.

- No lo sé, yo también puedo escuchar la música lejana de mi pequeña caja, todavía tengo el sabor de ese soniquete en mi boca, no lo sé Triste.

Y lo hicieron, ambos descubrieron que escuchaban la misma música, la misma caja, y la abrieron, hoy todavía tiene cuerda la pequeña bailarina de cera que gira una y otra vez, incansablemente sobre si misma, y quizá cuando la cuerda termine ellos ya habrán partido hacia la estrella que de fin a sus historias, quizá haya pasado ya, no podría saberlo, el tiempo ya no rige en mi mente, en mi historia.
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De mudanza...
Llevo una semana de mudanza, y tengo la sensación de tener mi vida metida en cajas, es como si, esto de trasladarse de una casa a otra, se hubiera convertido en una especie de catarsis, un ritual de renacimiento en el que, quieras o no, haces que todas tus, por otro lado escasas, pertenencias pasen por el tamiz mas absurdo de la conveniencia, por la balanza en la que hay que medir si merece la pena volver a llevarte esa caja llena de entradas de cine que hace mil años que no miras, y que pesa una tonelada, o si los cuadros que otrora se adormecían en las paredes van ahora a renacer en otras, de otros colores y con otras luces.

Y tener la vida repartida en cajas es una sensación de vació absoluta, te das cuenta de que, al final, todo lo que uno tiene es nada, solo son mil o dos mil pequeños pedazos de nada que recubres con papel y metes en cajas. Y las pocas cosas que de verdad necesitas y añoras, los libros, los dvd's, son las que menos a mano tienes, son cuadraditos y entran tan bien en las cajas que es lo primero que guardas y lo último que recuperas. Pero lo mejor de una mudanza son los recuerdos, los que, de repente, te encuentras en objetos que creías perdidos u olvidados, esa foto que te asalta, en la que hacía siglos que no reparabas, el chaleco que llevabas en el viaje a no se que extraño lugar, los recuerdos de mil ciudades que dejas por ahí perdidos y que, como si no quisieran caer en el olvido, ahora graznan los recuerdos que quedaron guardados con ellos en cajas, cajas y más cajas.

El empezar de nuevo en otra casa, en tener que hacer tuyos los rincones, el buscar ese espacio que precisas para leer, el intentar que la casa huela a uno mismo, que te reconozca al entrar, acariciar las paredes cuando andas por el pasillo sin darte cuenta, caminar por ella hasta poder hacerlo a oscuras, todo esto tiene su mágia, a veces se logra, a veces no, esperemos que esta casa, esta vez, al menos por un día, sea mi casa.

Y si no, siempre hay otras.

Ya tengo internet de nuevo, vuelvo al mundo. Nos leemos.
 
El silencio
A veces tengo miedo al silencio. No al silencio que produce la soledad, no, esa clase de silencio, para mi, muchas veces es paz, relajación, tranquilidad. Tengo miedo al silencio compartido, que no al silencio cómplice, al silencio incómodo que se produce cuando, realmente, no tienes nada que decir, al silencio de ascensor, que se rompe siempre con un comentario insulso sobre la meteorología... la verdad es que los silencios de ascensor nos convierten a todos en meteorólogos consumados, incluso con estadísticas confirmadas sobre otros años... "el año pasado por esta época no veas el calor que hacía ya... y , bueno, cuando yo era pequeño ni te cuento, desde Abril todos con el pantalón corto...", todo lo que sea con tal de no compartir el silencio, de no escuchar el motor monótono del ascensor, el devenir de un piso tras otro, el panel que no cambia de número...

Hay un silencio terrible, es el silencio que afirma, ese silencio que responde a una pregunta con una afirmación que daña, ese silencio que desvía la mirada hacia abajo, intentando siempre evitar cruzarse con la mirada que interroga esperanzada con que, al menos una mentira rompa ese silencio.

Otro silencio es el de la página en blanco, un silbido que hiere la mirada, un silencio que termina por marchitar la blanca y desafiante madre infertil, borrando las palabras que surgen y se esparcen en niebla antes de imprimirse sobre la hoja en blanco. Es el silencio de los escritores, de los creadores, de los cuentos, un silencio que suscribe que, quizá, el autor tenga seco su pozo de historias, y su vida, detenida en el andén de una estación sin vías, sin trenes.

El silencio cómplice es diferente, es aquel en el que no hace falta hablar, en el que la piel, las miradas, los lábios ya hablan su propio lenguaje, en el que tan solo hace falta mirarse para entenderse y el mundo, ese envoltorio inerme, está tan solo a nuestras espaldas.

Al final, siempre el silencio nos acompaña, en nuestros sueños, es como la amante infiel a la que deseamos y tememos, que nos acaricia y nos araña el alma, y será, a la postre, nuestro lecho, lejos de todo, cerca tan solo del silencio.
 
El Rey de los Buhos.
Hace mucho, pero que mucho tiempo, pudo ser ayer, que existió un hada llamada Myri Ariam. Había nacido del pétalo de una orquídea, una tarde, con el último rayo de luz al ocaso. Cuando despertó todo eran sombras, la luz que despedían sus alas eran su única guía, y pese a que tenía miedo a la oscuridad, el hambre la hizo despegar de su orquídea. Se lanzó a volar hacia un castaño cercano, donde un búho tan viejo como el tiempo, la miraba con gesto indiferente. Los búhos no son demasiado amigos de las hadas, creen que son coquetas y frívolas, las hadas, a su vez, tampoco son amigas de los búhos, creen que son altivos y orgullosos, y, en realidad, ninguno de los dos está demasiado equivocado sobre el otro, pero Myri Ariam acababa de salir de su orquídea y todavía sabía poco sobre búhos y hadas, tan solo sabía que tenía hambre y que, a buen seguro, en aquel castaño enorme que coronaba un hermoso bosque de cedros llamado Deldorf, podría encontrar algo para libar. Fue a parar a la rama desde la que búho la observaba, y quedó impresionada por el hermoso plumaje blanco de Shar Harana, el rey de los búhos, que refulgía como la plata. Se acercó a él, y sin mediar palabra, acarició su plumaje y lo miró con una sonrisa hermosa pero triste, entonces Shar Harana decidió que aquella hada, aquel ser tan hermoso y tan triste al mismo tiempo, debía tener un nombre, y la llamó Myri Ariam, que en el lenguaje de los elfos significa "de la sonrisa triste". Ella lo miraba desde su inocencia dulce y aquel búho, algo molesto por no poder despreciar como era habitual a aquella pequeña hada, desplegó sus enormes alas y se marchó. Myri Ariam se quedó sola, en aquel castaño enorme, pensando en lo bellas que eran las plumas del búho, tan solo un instante, por que las hadas pueden pensar en cualquier cosa, pero solo un instante, y voló de nuevo planeando entre unos rosales cercanos, evitando en lo posible las espinas que podían dañar sus delicadas alas.

Cuando el búho se posó sobre uno de los cedros que, hacía más de mil años habían sido plantados por Milmusas el elfo, se quedó pensativo, miró su plumaje y lo vio mortecino, iluminado tan solo por la luz de la luna que le sonreía con un brillo en Venus desde el cielo y desde el reflejo de su gemela sobre las aguas del lago de cuarzo. Y pensó, pensó que, en realidad, el brillo de sus plumas provenía tan solo de la luz que las alas de Myri Ariam emitían, y que todo lo hermoso que él podía haber sido hacía tan solo un minuto era gracias a ella, y pensó que no somos en realidad lo que somos, si no lo que los demás nos iluminan, y durante un minuto, por que los búhos pueden pensar en cualquier cosa, pero solo por un minuto, se sintió desgraciado, por que, comprendió que para ser hermoso, para ser fuerte, para ser el dios de los búhos, el gran Shar Harana siempre necesitará la luz de una pequeña hada, la luz de las alas de Myri Ariam, "de la sonrisa triste". Y un minuto después, el gran búho alzó el vuelo de nuevo sobre los cedros, sobre el lago, para regresar a su cedro, desde el que miraría como las hadas nacen en los pétalos de las orquídeas, hadas hermosas de sonrisas tristes que le dan la belleza al mundo que las rodean.

Hoy los búhos pasan las noches en vela esperando, siempre, que las hadas los iluminen para ser hermosos, al menos por un instante, y ya no piensan que las hadas son coquetas y frívolas, o quizá si, poco importa, por que si lo piensan es tan solo durante un minuto.
 
La historia
¿No dudais a veces si vuestra historia es vuestra o tan solo algo que otro está inventando?, a mi me pasa.


Pedro se quitó las gafas y las dejó junto al teclado, un instante antes de frotarse el rostro de un modo áspero, como si buscara exprimir de él los miedos que lo atormentaban frente al vacío en blanco de otra historia que no era capaz de terminar. El borroso iluminar de la pantalla lo aterrorizaba más que el despertar a la verdad de su soledad seca, de su mundo sin nada que contar, sin mas cuentos que los que leía a sus deseos para dormirlos cuando se cruzaba de nuevo por la escalera con María. Desde que la conocía ningún cuento había salido de su imaginación marchita, era como si todas aquellas historias que un día no dejaba de escribir ahora estuvieran todas esperando a que él tuviera el valor preciso para dirigirse a María y confesarle que, sin ella, no tenía mas historias que las precisas para no soñar, para respirar cada instante y acordarse de respirar al siguiente. Ni los poemas le venían a la mente como aquellos empalagosos versos de los que no podía desprenderse hacía unos meses, cuando las tristezas que él mismo se procuraba sembradas en los maceteros de sus ventanas cerradas lo marchitaban entre las colillas humeantes de sus horas de soledad y los trozos de hielo que se deshacían ahogados en sus vasos de ron. Ahora, por mucho que frotaba sus ojos, no podía ver ni un principio tan siquiera para aquella historia que no se atrevía a inventar por miedo a no saber terminarla, o, más bien, por que fuera la propia historia la que terminara con él, sin más decisión que utilizarlo como mero medio de transporte a la realidad de un papel en blanco, de un cuento descontrolado.

Cada vez que una palabra se atrevía a asomarse a la cruel pantalla, Pedro la borraba de inmediato, a sabiendas que él no era el autor de aquel cuento, si no, más bien el personaje errático y abandonado de un cortometraje oscuro y anodino, y tenía miedo, mucho miedo a que, en algún lugar, otro autor, estuviera siendo guiado por la historia de Pedro, no podía dejar de imaginar como un enjambre de avispas laceraban algún teclado lejano, más allá de su propia realidad, inventando su propia historia, y dejándolo abandonado al capricho de un cuento, dibujándolo como un personaje instantáneo, sin pasado, sin futuro, vacío de recuerdos.

Asustado intentó recordar, a sus padres, su infancia, pero o bien sus miedos ocultaban los restos de su pasado o, realmente, estaba a merced del deseo de la historia que lo había creado, puesto que era incapaz de retener instante alguno de su memoria, tan solo podía darse a si mismo el beneficio de la duda, dudar de su propia existencia más allá de ese instante de duda, asustado por la posibilidad certera de que aquella historia que le daba la vida como personaje se detuviera de repente a las puertas de un encuentro con María, en la escalera, así que intentó imaginar como sería hablarle, pensando que si alguien contaba su historia, en parte, contaría sus deseos, sus pensamientos, y dejó llevar su imaginación a momentos tan falaces como los que él mismo bosquejaba en sus cuentos, tendiendo puentes a mundos que otros deseaban visitar a través de
sus palabras.

Primero imaginó, con desgana, una tarde de verano, calurosa, podía casi sentir como el calor ascendía en pausada tromba desde la planta baja de aquel edificio, por la escalera, haciendo pesado el aire al respirar. Podía, incluso, imaginar como su ropa se adhería a su piel, empapada, como surcos de sudor recorrían su espalda con la intención de reducir la temperatura de sus más ardientes deseos. El olor a sudor lo acompañaba, pese a imaginarse recién duchado, con una ligera camisa de lino blanco que franqueaba sus costados hasta dejarse caer en unos pantalones, también blancos, ligeros, que ni tan siquiera notaba. El roce de su reloj le parecía tan insufrible que decidió que no llevaría, así que no sabía a que hora ocurría todo aquello, pero, a buen seguro, era poco entrada la tarde. Los silencios de las tardes de siesta llenaban de ecos toda la escalera, así que, caminando tranquilo, para no sudar todavía más, Pedro se imaginó comenzar a bajar peldaño a peldaño aquella escalera, con su mano sobre la balustrada de madera desgastada, a tan solo un milímetro de la misma como si quisiera evitar las huellas de otros mil vecinos que también imaginaba. Sabía que María llegaría aquella tarde temprano, incluso sabía la ropa que llevaría puesta, un vestido corto, que dejaría adivinar las formas de guitarra que lo enloquecían, aquellos pechos sometidos a la clausura de un sujetador que tan solo se dejaba entrever por los tirantes delatores en sus hombros, incluso la sombra de su diminuta ropa interior se dibujaba en la arboladura de su vestido. Calzaría, extrañamente, unos zapatos planos que se ataban en volutas de cuero a sus infinitas piernas como él mismo desearía abrazarse a su cuerpo desde los tobillos para devorarla en lo más profundo del océano. Ella también comenzaría a subir las escaleras despacio, como si supiera que iba a encontrárselo en el rellano del segundo, como cada tarde, pero esta vez no tuviera ninguna prisa por llegar, como si quisiera disfrutar de cada instante de aquella calurosa cita inventada por Pedro. Comenzó a imaginar como ella silbaba una vieja canción de Burning mientras ascendía, y se vio a si mismo recordando un concierto en el rockodromo muchos años atrás, lo cual, por un instante lo asustó, puesto que comenzó a barajar la posibilidad de que si aquel era un recuerdo real su historia no era tal, más que un pensamiento y no se cruzaría con María en el rellano del segundo puesto que nadie lo contaría. Se tranquilizó cuando intentó recordar el nombre de su padre y nada surgió, así que continuó bajando peldaño a peldaño escuchando los silbidos de María que ascendían pesaroso desde el primer piso. Cada vez sudaba más, las manos le resbalaban allí donde acertaba a tocar, comenzaba a respirar con dificultad y cada vez hacía más y más calor, como si la inventada cercanía de María infundiera de una insoportable calima toda la escalera, él, desde el tercero, casi podía oler su perfume, una de esas fragancias caras de perfumería que le era imposible sustantivar. Nada de etiquetas, no era el momento del miedo, doce escalones mas abajo se cruzaría con ella e inventaría un comienzo para aquella historia, la miraría y todo se llenaría de magia, ¿magia?, ¿cómo podía esperar que un recurso tan taimado funcionara en su historia? ¿acaso de verdad pensaba que el autor culpable de todo este sueño sería tan mal escritor?, once escalones, y comenzaba a tener mucho, mucho miedo, la historia cumplía con su deseo, con su imaginación, con su sueño, pero había algo más, él lo sabía, había escrito muchos cuentos y sabía que no sería tan fácil, los diez escalones se le hacían eternos, nueve, el sudor comenzaba a escocer en sus ojos, sus cejas no eran capaces de contener el raudal de miedo que bajaba de su frente, ocho escalones mas abajo María lo esperaba, seguro, él lo podía sentir como se siente la tarde, y los siete escalones que tenía todavía que jalonar no eran barrera par frenar la pasión que lo guiaba, seis escalones mas abajo se encontraba la musa que daría de nuevo rienda suelta a su imaginación a sus cuentos, en cinco, cuatro, tres, una sombra rompía contra la balustrada un poco mas abajo, el perfume se filtraba contra su rostro mezclado con el calor insoportable de la tarde, del miedo, dos mínimos peldaños y sería suya.

Pedro se quedó en blanco. La pantalla se burlaba de él, en blanco, intentaba imaginar a María, la tarde de verano, pero tan solo tenía aquel papel inmáculo frente a él. Así que se frotó los ojos como si de ellos pudiera surgir la historia que tenía enquistada en su alma, y miró de nuevo aquel teclado que lo burlaba a cada paso.
 
Mucho cuento tengo yo...
... es verdad, ya me lo decía mi madre (santa, como todas las madres, no confundir con un Edipo malcriado), que tengo mucho cuento, así pasa, que llevo haciendo copi-paste (termino informático que viene a ser algo así como "no tengo ganas de teclear, copio y pego y a tomar por...) casi un mes, y, para lo principalmente principal, que es contar mis hazañas (pocas) y desventuras (más) no doy un palo al agua.

El caso es que, como ya dije... o creo que no dije pero si quise decir, me he dado una vuelta por Egipto (como si lo hiciera todos los días, que lástima) durante una semana y he venido con los ojos secos de tanto mirar, la boca seca de no poder cerrarla y la piel seca, por lo que viene a ser la deshidratación mayormente, que no veas como aprieta el Lorenzo en el desierto... que por eso está desierto, claro. Se que esta teoría no me va a permitir acceder al nobel de ciencias, pero tranquiliza mi espíritu aventurero y me demuestra lo fluido de mi prosa y lo anarquico de mis pensamientos.

A lo que iba, que me pierdo más fácil que el alambre del pan bimbo, he visto que, hace más de 5000 años (casi tantos como tiene la Montiel) había una civilización tan avanzada que no acierto a entender (tampoco soy ninguna lumbrera en historia, claro) como degeneramos hasta la edad media y de ahí pasamos a tener de presidente del mundo a Bush. Cualquier día se hace una pirámide el gacho este.

El caso es que he gastado tanto en fotografías, recuerdos y demás que he tenido que sacar una segunda hipoteca sobre mi alma, que a este paso voy a deber tres vidas, y es que los que hemos nacido pobres de alma tenemos que tirar de pactos con el maligno para que nos insufle viento en las velas y poder navegar por ahí para asaltar barcos y visitar vergeles.

Pues bien, recién llegado de nuevo a mi vida, anodina, monótona y demás, venía yo con la intención de mudarme definitivamente al apartamento (no tiene 30 m, pero no tiene muchos mas) que compré hace un mes... pero ¡¡ah!!, infiel, los vendedores (a los que prometo colgar del palo de mesana) todavía no se han mudado y siguen viviendo en... MI CASA... estas cosas solo me pasan a mi, por bueno, o por tonto, más de lo segundo que de lo primero, claro.

Me pidieron quince días para poder mudarse... y ya llevan casi veinte, y esto no tiene pinta de mejorar. Por contrato me tienen que entregar las llaves antes de fin de mes, por educación deberían habermelas entregado hace una semana, y por casualidad me temo que voy a tener que cargar mis cañones y lanzar mis huestes contra el sarraceno...

Me veo viviendo bajo un puente, esto de cambiar de barco no es tan sencillo, puedes cambiar de vida, pero un tonto siempre es un tonto... ya os contaré.

P.D. ¿Os he dicho que he estado en Egipto?, nadie debería perderse un viaje así, de veras.
 
Despertar
Todas las mañanas Cesar soñaba con despertar a su lado. Los recuerdos de aquellos días con su piel acariciada por sus lábios le daban las horas más felices de la mañana, los momentos en los que encontraba algún rastro de su presencia entre las sábanas, en el sofá, en la cocina, eran sus momentos más felices, y el resto, tan solo, momentos en los que tenía que respirar una y otra vez para soportar su ausencia. Las mañanas se eternizaban en la distancia, el desamparo de un despertar sin besos lo arrastraba a no querer despertar, a dormir en la eterna soledad que le era ajena más allá de sus sueños, y la frontera del amanecer muchas mañanas le semblaba la hora de su muerte, de la muerte de sus sueños, de la pérdida de su amor que se le escapaba entre los dedos como un viento lejano cada vez que volvía a estar despierto.

Los primeros minutos eran de desconsuelo, ya que todavía tenía en sus lábios los sabores a ella, luego venía la tristeza, como un desayuno empalagoso que lo hacía desearla más, si cabe, como se desean las fresas y los croisants, como se añora la nata en el café, como se recuerda el sabor del primer beso, y después, cuando la tristeza se retiraba a descansar, le dejaba en el alma un pesar herrumbroso que lo hacía arrastrar sus anhelos todo el día, hasta que llegaba, de nuevo, el sueño reparador y plácido en el que podría encontrarla.

A veces se descubría rememorando los instantes mas dulces, recordándola atada a él, con sus brazos alrededor de su cintura y sus ojos mirándolo desde cerca, desde muy cerca, recordaba los saludos en susurros, las verdades desnudas de sus pieles, asediadas por caricias ahora marchitas y por besos que se convertían en arena cayendo pesarosos a sus pies y llenando de lágrimas secas sus ojos, aquellos ojos donde ella podía verse reflejada, ojos llenos de besos y de miradas que ahora se perdían en el infinito horizonte de los recuerdos. Se descubría buscando entre sus dedos los olores, los sabrosos placeres de tocarla, la dulce música de sus suspiros y el amable tacto de sus abrazos, recordaba el tildar de la lluvia en la ventana, el repliquetéo de la lluvia sobre sus silencios en un despertar cercano, tan cercano como labio sobre labio, y mientras que el mundo fuera se levantaba, ellos solo tenían fuerzas para mirarse sin dejar el abrazo que les daba la vida.

Cesar, algunas mañanas, no quería despertar de sus sueños por no perderla, por que era mucho perder, cada mañana, sus recuerdos.
 
Regreso
He estado perdido una semana y media, en un viaje de ensueño que ya os contaré, mil perdones por abandonaros, pero he regresado, con los ojos llenos de Arena, Arena de Egipto.

Julieta trabaja todas las tardes, siempre. A las doce en punto dejaba su pequeño apartamento de la Rue de la Fontane en Paris y, tras cuatro estaciones de metro, dos autobuses urbanos y una docena de escaleras llegaba a su trabajo, le encantaba su trabajo. Era la segunda ascensorista del cuarto ascensor de la pata noreste de la torre Eiffel, ella era la encargada de hacer subir y bajar a todos los soñadores, poetas, románticos, parejas, ella veía el amor en cada rostro, la fascinación que una ciudad como París causaba en las gentes, escuchaba mil idiomas, veía mil diferentes formas de soñar París cada día, cada tarde. Siempre, al llegar, ella subía a toda prisa las escaleras hasta el primer piso, para sentirse viva, para sentirse fuerte, y allí tomaba la ruta de las taquillas para los trabajadores de la gigantesca mole, se vestía con su bonito uniforme, y daba una vuelta completa a toda la planta para ver París, para ver como el sol llenaba la ciudad de girasoles y malvas, y, finalmente, cada tarde, miraba desde la imponente torre a su propio reflejo en el río... y al alguien más.

Roden trabajaba todo el día en el río, con su pequeña barca de remos se encargaba de mantener límpias las riveras del Sena de despojos que la ciudad se empeñaba en abandonar sobre las orillas. Cada día, desde hacía muchos años, Roden tomaba un RER, un tren de largo recorrido, desde Ville Neuve, el pueblecito donde vivía desde que era un niño, hasta La Gare du Nord, allí tomaba un autobus hasta el Pont de l'ame, y bajaba hasta el sena por una pequeña escalera excavada en la roca sobre la ribera del río. Cada mañana recorría el Sena hacia arriba, hacia abajo, hasta que, sobre las doce de la mañana, tomaba rumbo al trocadero, evitando los devoradores Bateau Mouche repletos de turistas que tan solo miraban hacia arriba, hacia el Paris de los que le eran tan extraños como su propia vida. Y al llegar al trocadero , dejaba su barca flotar sobre el reflejo de la gigantesca torre eiffel, sobre un reflejo que lo encogía, como la ciudades grandes encogen las almas de los hombres, como el amor encoge las tristezas y las distancias. Y allí, sobre aquel increíble reflejo, la veía.

Julieta, cada tarde, se dejaba caer siempre, antes de trabajar, con su reflejo sobre el Sena. Alli, como cada tarde, una pequeña barca flotaba solitaria emborronando en ondas su propio reflejo, y sobre la barca, un pequeño barquero que, cada tarde, miraba el reflejo de Julieta, y a ella le hacía soñar, soñar con ser el reflejo sobre el Sena, sobre París, en las tardes de Girasoles y Malvas.

Roden la miraba siempre sobre el río, como la dama del lago, como la más hermosa de las sirenas. A él le gustaba imaginarla allí, sobre el París de los demás, mirándolo, cada tarde, las tardes de río y barcas, las tardes de Roden. Cuando ella desaparecía, casi le adivinaba un gesto, una cita, para el día siguiente.

Cuando él se marchaba, Julieta regresaba unos instantes para verlo partir, y tomaba su ascensor para ver a toda esa gente que invadía París por la tarde, para subir a la torre Eiffel, y siempre esperaba poder ver, algún día entre ellos, a aquel barquero que la miraba en el reflejo del Sena.

A veces, cuando se está enamorado de un reflejo, el miedo a que se pierda sobre el agua hace que los hombres puedan vivir tan solo un minuto cada tarde, en las tardes de Girasoles y Malvas.
 
Marta Vive en los espejos.
Luis se quedó con la piel de cartón cuando, al despertar, descubrió que estaba solo de nuevo. Recordaba con precisión cada detalle de Marta, cada surco de su rostro, cada matiz de su sonrisa, podía olerla en la funda de la almohada y saborear todavía sus labios en su rostro, pero, de nuevo, como cada mañana, Marta se había marchado con el amanecer, dejando su abrazo vació como el despertar de una siesta. Se levantó, su desnudez le molestaba como el sol de la mañana, y se dirigió a la ducha para asegurarse de que estaba despierto, evitando mirar al espejo del baño, evitando cruzarse con su mirada, con esa mirada que, cada mañana, le preguntaba por Marta. El agua tibia le dio la bienvenida como un beso cálido, y se terminó de despertar girando de un golpe el mando del grifo para que un torrente de frío le hiciera casi gritar, como gritó su alma a la soledad del amanecer, como gritaba su corazón sobre los reflejos que le interrogaban con miradas desde atrás en los espejos.

Se vistió deprisa, no le importaba la hora, pero tenía que salir cuanto antes de casa donde todavía flotaba aquel perfume que lo enloquecía cuando lo saboreaba sobre el cuello de su amante, todavía quedaban los restos de los abrazos sobre las sábanas y él necesitaba alejarse cuanto antes de la desazón que le causaba el abandono, la extraña soledad de las frías mañanas que tanto le dolía tras noches de fuego grabadas de entrecortados hálitos y susurrantes saludos, tenía que alejarse de Marta, aunque sabía que le sería imposible, porque Marta vive en los espejos.

La encontró en una sombra en el espejo del ascensor, como cada mañana intentó no mirarla, ignorarla, y revisó solo su propia mirada, aun así estaba seguro de que ella lo observaba. No giraría la cabeza para buscarla, sabía que no estaba allí, como cada vez que se le dibujaba sobre los escaparates, en los cristales de los vehículos, en el retrovisor de su coche, ella solo estaba allí, sobre la imagen del espejo, sobre cada sombra, escondida, agazapada, pero lo suficientemente nítida para que Luis la descubriera. Se reflejaba en los rostros de las mujeres que vivían en contra dirección en la calle, en las miradas de las cajeras del supermercado, en las manos de las delicadas floristas que vendían ramos de rosas en la plaza del Salvador, en las sonrisas de las camareras de aquel café que se cargaba de aromas de desayuno cada mañana, mientras ojeaba el periódico evitando los retazos de Marta en las fotografías, en los anuncios de moda, en las firmas de los artículos.

Luis se dejó llevar, como cada día, hacia la rutina, hasta que la tarde devoró los recuerdos y ablandó las conciencias, y regresó a su casa, cansado, tras su trabajo, y comenzó a ceder a los espejos, a las miradas que Marta le lanzaba desde los reflejos. La vio a su lado en el coche, sobre el retrovisor, ella sonreía, la encontró en los cristales del portal de casa, esperándolo, y llenándolo de esperanza, y luego se abrazó a él desde el espejo del ascensor, aunque iba solo, como cada tarde. Llegó a casa y ella ya estaba en el espejo del baño, sonriéndole, cenó solo, no quería dejarse llevar, pero no pudo evitar apresurarse, desvestirse y meterse en su cama para dormir. Cuando apagó la luz, todo quedó a oscuras. El espejo de la cómoda quedó negro, no había luz que reflejar y los espejos quedaban mudos. Entonces Marta salía de cualquiera de ellos, el de la entrada todavía con el abrigo, el del baño, recien duchada, o el de la habitación, desnuda, se metía en la cama con Luis, sin hablar, tan solo mirándolo con ojos dulces y amables, y se abrazaban, y se amaban, hasta que, la primera luz de la mañana llenaba de nuevo los espejos, y con un último beso se despedía de Luis para marcharse de nuevo.

Luis se quedó con la piel de cartón cuando, al despertar, descubrió que estaba solo de nuevo, añoraba a Marta, pero sabía que volvería, que esa noche, cuando la luz se apagara, Marta regresaría, porque Marta vivía en los espejos.
 
Hombres de Todo a Cien
Sebastián siempre temió estar al fondo de la estantería, donde nadie lo viera, entre un montón más de hombres del todo a cien, tercer pasillo a la derecha, justo entre las escobillas de baño y las aceiteras de metacrilato. Allí era donde cualquiera que lo deseara podía encontrar hombres del todo a cien, normales y molientes como lo somos todos en el fondo, sin mas actitud ni más perspectiva que la que da la altura de una estantería de metal, fría como la vida. Sebastián vivía en un mundo sin espejos, podía verse reflejado en cualquiera de su alrededor, era igual que todos, un elemento numerado, con su número de serie, su estandarizada ropa y sus zapatos normalizados, su peinado ecléctico y su mirada vacía, tan solo tenía una cosa que sus compañeros no tenían, miedo a estar al fondo de la estantería, miedo a ser el resto de serie que quedaba solitario, como aquel oso de peluche que siempre se había jactado de ser el último de su partida, y que, ahora, estaba entre los cuchillos de la mantequilla y los imanes de nevera sin que nadie reparara en él, otras partidas de osos de peluche más modernos y baratos había invadido su estantería hacía meses y él había quedado ahí, relegado para siempre, eso era lo que más temía Sebastián. Por eso, cada mañana se atusaba el pelo para parecer diferente, se pellizcaba las mejillas para tener algo mas de color y corría a ponerse al frente de todos los hombres del todo a cien para ser el primero en ser vendido. Pero la vida decide siempre a su favor y poco podía hacer Sebastián por evitar que todas las mujeres eligieran siempre a los hombres de todo a cien que había a su alrededor, a veces lo miraban con anhelo y decían "coge uno de atrás que estará más limpio", o bien "mírale bien el precio por que este parece más caro", así que poco a poco la estantería se fue vaciando de Sebastianes de todo a cien y fue quedando solo. A veces, de reojo, miraba al oso de peluche, que jugaba al esgrima con una muñeca de porcelana de las mantequilleras como sin nada, aunque Sebastián sabía que, algunas noches, cuando caía la persiana de la tienda, el oso lloraba su soledad con silenciosos gemidos.

Poco a poco la estantería se vació, y Sebastián se quedó allí, como un resto de serie. A veces, algún otro Sebastián era devuelto por una clienta insatisfecha, pero duraba poco a su lado, era como si, casi de inmediato, otra clienta deseara comprar a su acompañante en la estantería de los hombres de todo a cien. Finalmente fue a parar a la estantería entre los cuchillos de mantequilla y los imanes de nevera, junto a aquel oso solitario y otros restos de serie más, como una bicicleta de alambre, una docena de relojes de cuenta atrás, dos ensaladeras que estaban todo el día discutiendo y algunos elementos únicos más.

Un día como cualquier otro, sin número ni nombre, por que los días en los todo a cien no tienen ni número ni nombre, una hermosa niña pasó por aquella estantería. Ella siempre había deseado un Sebastián como aquel, montones de veces había estado tentada en comprarlo, por que era diferente, especial, hermoso, las demás tan solo buscaban a sus Sebastianes iguales a los demás, eran meras cumplidoras del trámite de llevar un Sebastián a casa, pero ahora, allí, sobre esa repisa, estaba su hombre del todo a cien, su Sebastián especial, con el pelo arregladito, su mirada de miedo a quedarse atrás en la estantería y sus mejillas coloradas con rubores de vergüenza por haber sido un resto de serie entre cientos de estandarizados Sebastianes. Ella lo miró, esperando que, esta vez, él le devolviera la mirada que cientos de veces le había evitado, pero esta vez le giró la cara para que la viera bien, de frente, con sus propios ojos, y lo besó. Sebastián se deshizo en lágrimas y se fue con aquella niña, por que la vida siempre decide para ella, pero a veces, algunas veces, acierta y une los corazones de los hombres de todo a cien con niñas hermosas para amar y ser amados.