Mas dura será la caida...
Vamos, que la reentrada en la atmosfera ha sido más dura que la del transbordador espacial. Me he olividado tanto de mi vida pasada (es decir, anterior a Semana Santa) que volver ha sido un latigazo de realidad un tanto duro... aunque, tengo que reconocerlo, me quejo por vicio.
La verdad es que esta semana son las fiesta de Primavera de la ciudad donde vivo hoy, y el martes fue fiesta local (fiesta con mayúsculas, recuerdo, escasamente, las dos primeras horas, el resto está nublado por el etilo...) y, además, tenemos horario reducido de trabajo, pero, pese a lo progresivo de mi adaptación, me ha sentado a cuerno quemado el volver, ja ja ja, pero ya estoy casi puesto al día...
Quizá haya otro motivo para mi desgana y total falta de creatividad, es que ayer, a mi pesar, cumplí años, y van 33. El llegar a los treinta ya fue un golpe duro, pero esta cifra fatídica me rondaba hasta que me ha dado de pleno en la cara, sin avisar ni nada, de aquí p'alante cuesta abajo, ja ja ja, eso espero.
Hasta los veinte todo te parece de una importancia soberana, los amigos, las parejas, tus problemas, que son mayores a tu juicio que los de cualquier otro, por supuesto, pero nadie te entiende, eres un rebelde que lucha contra corriente. De los veinte a los treinta todo va demasiado deprisa, se te exige trabajar, comprar casa, casarte, tener hijos y meterte en el perfil y en el rol de la mayoría, pasas de "comunista" a "solicialista", es decir, tu radical perspectiva del mundo se suaviza bastante, ya no eres tan rebelde, pero si crees que las cosas van a cambiar, y que vas a ser tu el que las cambie... solo que no ahora, por que estás muy ocupado viviendo los veintitantos, carrera, amigos, amores, niños, bodas y demás zarandajas.
Y, de repente, como quien no quiere la cosa, te llegan los treinta, de sopetón, un día te tocan en el hombro, vuelves la cara, y son los treinta, que te sonrien como diciéndote "ya estoy aquí, chavalin, no sabes lo que te espera". No eres Bill Gates, no has escrito ninguna novela, el arbol que plantaste se ha secado por que se te olvidó regarlo, y, pese a que no eres un fracaso, desde luego el montón de tareas que escribiste en una pizarra hace diez años, se ha reducido mucho, y ahora, casi siendo un conformista de "centro", te dedicas a respirar y a vivir ajustado a la norma. Aquí me aburrió yo, ja ja ja, y corté con el perfil que la vida me tenía asignado. Ahora veremos que tal me va, pero, por ahora no me quejo.
Por cierto, que nadie se tome a mal las referencias a las opciones políticas, solo era un pequeño (aunque quizá poco afortunado) ejemplo de que, con la edad, se cambia casi de todo, al menos lo que yo he visto, pero claro, soy una persona pequeña en un mundo muy grande, un pez pequeño en un lago muy muy grando.
Muchos besos y bienvenidos todos de nuevo.
La verdad es que esta semana son las fiesta de Primavera de la ciudad donde vivo hoy, y el martes fue fiesta local (fiesta con mayúsculas, recuerdo, escasamente, las dos primeras horas, el resto está nublado por el etilo...) y, además, tenemos horario reducido de trabajo, pero, pese a lo progresivo de mi adaptación, me ha sentado a cuerno quemado el volver, ja ja ja, pero ya estoy casi puesto al día...
Quizá haya otro motivo para mi desgana y total falta de creatividad, es que ayer, a mi pesar, cumplí años, y van 33. El llegar a los treinta ya fue un golpe duro, pero esta cifra fatídica me rondaba hasta que me ha dado de pleno en la cara, sin avisar ni nada, de aquí p'alante cuesta abajo, ja ja ja, eso espero.
Hasta los veinte todo te parece de una importancia soberana, los amigos, las parejas, tus problemas, que son mayores a tu juicio que los de cualquier otro, por supuesto, pero nadie te entiende, eres un rebelde que lucha contra corriente. De los veinte a los treinta todo va demasiado deprisa, se te exige trabajar, comprar casa, casarte, tener hijos y meterte en el perfil y en el rol de la mayoría, pasas de "comunista" a "solicialista", es decir, tu radical perspectiva del mundo se suaviza bastante, ya no eres tan rebelde, pero si crees que las cosas van a cambiar, y que vas a ser tu el que las cambie... solo que no ahora, por que estás muy ocupado viviendo los veintitantos, carrera, amigos, amores, niños, bodas y demás zarandajas.
Y, de repente, como quien no quiere la cosa, te llegan los treinta, de sopetón, un día te tocan en el hombro, vuelves la cara, y son los treinta, que te sonrien como diciéndote "ya estoy aquí, chavalin, no sabes lo que te espera". No eres Bill Gates, no has escrito ninguna novela, el arbol que plantaste se ha secado por que se te olvidó regarlo, y, pese a que no eres un fracaso, desde luego el montón de tareas que escribiste en una pizarra hace diez años, se ha reducido mucho, y ahora, casi siendo un conformista de "centro", te dedicas a respirar y a vivir ajustado a la norma. Aquí me aburrió yo, ja ja ja, y corté con el perfil que la vida me tenía asignado. Ahora veremos que tal me va, pero, por ahora no me quejo.
Por cierto, que nadie se tome a mal las referencias a las opciones políticas, solo era un pequeño (aunque quizá poco afortunado) ejemplo de que, con la edad, se cambia casi de todo, al menos lo que yo he visto, pero claro, soy una persona pequeña en un mundo muy grande, un pez pequeño en un lago muy muy grando.
Muchos besos y bienvenidos todos de nuevo.
10 Propósitos para estas vacaciones.
Diez propósitos para estas vacaciones:
1º.- Olvidarme de lo mundano, lo racional y lo metódico. Fin a los horarios. Voy a dejarme el reloj en casa. Voy a olvidarme hasta de mi nombre.
2º.- Buscar en las paredes de los sitios que conoceré las huellas de los que allí estuvieron.
3º.- No tener telarañas en la mirada, y verlo todo como un niño, como si todo fuera nuevo.
4º.- Dar muchos besos, abrazos y caricias a quien corresponda y no necesariamente en ese orden.
5º.- Dormir hasta despertarme por mi mismo, librarme de la tiranía del despertador.
6º.- Disfrutar de los aperitivos y las tertulias junto a los míos que el café me alarge la tarde.
7º.- Sonreir mucho, y a mucha gente.
8º.- Terminar de leer el libro que siempre llevo pendiente.
9º.- No conducir por encima de los límites, quiero que el viaje sea más importante que el destino.
10º.- Volver como si el próximo lunes, que hoy parece tan lejano, todo empezara de nuevo, como un curso nuevo.
Felices vacaciones a todos.
1º.- Olvidarme de lo mundano, lo racional y lo metódico. Fin a los horarios. Voy a dejarme el reloj en casa. Voy a olvidarme hasta de mi nombre.
2º.- Buscar en las paredes de los sitios que conoceré las huellas de los que allí estuvieron.
3º.- No tener telarañas en la mirada, y verlo todo como un niño, como si todo fuera nuevo.
4º.- Dar muchos besos, abrazos y caricias a quien corresponda y no necesariamente en ese orden.
5º.- Dormir hasta despertarme por mi mismo, librarme de la tiranía del despertador.
6º.- Disfrutar de los aperitivos y las tertulias junto a los míos que el café me alarge la tarde.
7º.- Sonreir mucho, y a mucha gente.
8º.- Terminar de leer el libro que siempre llevo pendiente.
9º.- No conducir por encima de los límites, quiero que el viaje sea más importante que el destino.
10º.- Volver como si el próximo lunes, que hoy parece tan lejano, todo empezara de nuevo, como un curso nuevo.
Felices vacaciones a todos.
Estoy que lo tiro
Vamos, que, finalemente, la vida, como mandataria única y ama de llaves virtual de mi existencia, ha decidido que esta Semana Santa yo visite Astorga, y yo, como simple pluma al viento, he decidido dejarme llevar, o mas bien llevarme, y aceptar con resignación presurosa semejante imposición, sin mas duelo ni quebranto.
Por ello me declaro en huelga de dieta, por que visitar la cuna del botillo, el cocido Maragato y la cecina, y estar a dieta en tan absurdo como negarse a la "pringá" en Sevilla, al ajo arriero en Cuenca, a las carcamusas en Toledo, al cochinillo en Segovia, al cordero en Aranda de Duero, al gazpacho manchego en Albacete, a esos buñuelos de calabaza de Valencia, al cocido madrileño, al pulpo en Murcia, no se, así no voy a estar a dieta en la vida... ja ja ja.
Bueno, también puedo pasarme por el barrio húmedo de Leon a tomar algo de morcilla y unos cortos, o bien unos vasos de limonada bien fresquita.
El caso es que, este pais, es una condena para las personas con propension a engordar, en únos pocos kilómetros, a parte de la lengua, las costumbres, las tradiciones, cambia la gastronomía, y puedes encontrar, en cada esquina de España, un pincho que te sorprenda, un sabor nuevo, una especia desconocida...
Una maravilla, oiga, se lo dice un entendido, ja ja ja. ¿Habrá mejor vicio que el viajar?.
Felices vacaciones a todos, mucho cuidado por las carreteras, que hay mucho cafre, que nos leamos todos el lunes próximo.
Por ello me declaro en huelga de dieta, por que visitar la cuna del botillo, el cocido Maragato y la cecina, y estar a dieta en tan absurdo como negarse a la "pringá" en Sevilla, al ajo arriero en Cuenca, a las carcamusas en Toledo, al cochinillo en Segovia, al cordero en Aranda de Duero, al gazpacho manchego en Albacete, a esos buñuelos de calabaza de Valencia, al cocido madrileño, al pulpo en Murcia, no se, así no voy a estar a dieta en la vida... ja ja ja.
Bueno, también puedo pasarme por el barrio húmedo de Leon a tomar algo de morcilla y unos cortos, o bien unos vasos de limonada bien fresquita.
El caso es que, este pais, es una condena para las personas con propension a engordar, en únos pocos kilómetros, a parte de la lengua, las costumbres, las tradiciones, cambia la gastronomía, y puedes encontrar, en cada esquina de España, un pincho que te sorprenda, un sabor nuevo, una especia desconocida...
Una maravilla, oiga, se lo dice un entendido, ja ja ja. ¿Habrá mejor vicio que el viajar?.
Felices vacaciones a todos, mucho cuidado por las carreteras, que hay mucho cafre, que nos leamos todos el lunes próximo.
Hace un año me pasó esto
Mirarla a los ojos no era bastante, él necesitaba tomarla de la mano y devorarla de silencios dulces y caricias por encima de la mesa, al abrigo de la esquina en la que aquella mesa los ocultaba del resto de los comensales del salón. El restaurante italiano en el que habían decidido comer ocultos de miradas indiscretas era pequeño e incómodo, pero los salvaguardaba de los regueros de pólvora que habrían tomado cuerpo si alguien los hubiera visto juntos por la ciudad, y, en parte por eso, el sabía que la única violación de aquel acuerdo tácito que se le permitiría era mirarla a los ojos hasta que se le secaran las pupilas, puesto que cada parpadeo sería un instante perdido de la imagen que adoraba y que había decidido abandonar de una vez por todas en un abismo de recuerdos que retendría al marcharse de allí. Era su quinto traslado, la quinta vez que cambiaba su lugar, de sitio y que trasladaba los muebles de su vida a otra; comenzaba a cansarse a empezar de nuevo. Pero era su propia decisión y tenía que asumirla como tal, una escapada, una huida hacia delante, le gustaba pensar que, en realidad, tan solo cambiaba la piel del tambor para darle más sonoridad a una vida que, en siete años de vida casi hermética en Toledo, se le estaba quedando sorda. Mari Ángeles, una vieja amiga que también había dejado atrás hacía muchos años, le habría dicho que huía, que llevaba huyendo toda la vida de un lugar a otro, pero para él no era cierto, él avanzaba, un poco zigzagueando entre lugares, seres y estares. Y ahora estaba allí, intentando cerrar todos los expedientes que había ido abriendo a lo largo de su estancia en Toledo, había comenzado por recorrer los lugares que nunca visitó, paseando como un turista despistado por las callejuelas del casco antiguo, en busca de alguna excusa para quedarse, algún impedimento a su traslado que le hiciera arrepentirse a tiempo. Pero estaba todo decidido desde hacía tiempo. Luego se dejó caer por las tabernas habituales en las que, hacía ya algunos años, había sido parte del mobiliario, para determinar si había dejado algún rincón por pisar, pero estaba todo decidido. Y finalmente se dedicó a las personas, a todas las almas que habían sido su cobijo en las frías noches de Toledo y las largas tardes de soledades compartidas. Se despidió de los conocidos con gozo, de los cercanos con alegría, de los amigos con pena, de sus hermanos con tristeza, y, finalmente, decidió también despedirse de los amores incompletos que un día deseó haber acariciado. Y allí estaba ahora, mirando fijamente a los ojos pardos de su añorado bien en la mesa mas discreta de un restaurante italiano, removiendo con desgana la ensalada que se le presentaba a sus ojos como un manjar poco exquisito, mucho menos apetecible que los labios de la mujer que, frente a él, evitaba su mirada con gestos coquetos y ambiguos.
Habían estado jugando al perro y el gato durante algunos meses, él, como siempre, con sus miedos y fronteras autoimpuestas, no había sido capaz ni tan siquiera de imaginar que ella tuviera el más mínimo interés en su persona, se había forjado una coraza de temores impenetrable que había logrado su objetivo final, es destruir cualquier posibilidad que el azar hubiera tenido a bien otorgarles. Y finalmente habían dejado caer en el abandono del olvido aquel sueño, rescatándolo tan solo algunas tardes al amparo de tristezas que vendrían sin avisar como el viento que pasa bajo la puerta arrastrando al tiempo. Ella le contaba sus momentos, los malos, los menos malos, sus deseos, sus problemas, y él, hipnotizado, solo podía escucharla sin saber ni tan siquiera si podría cerrar esa parte de su vida con una despedida tan simple.
La hora se tropezó con ellos antes del postre, tras evitar los dos primeros platos, y, con miradas que interrogaban se levantaron con desgana hasta el coche, que los llevo entre pequeños restos de conversación cerca del trabajo donde ella tendría que pasar encerrada aquella tarde de jueves. La despedida fue tan escueta como dolorosa, y él, en su afán de escapar, pisó a fondo el acelerador hasta que la lluvia lo hizo disminuir la velocidad y pudo pensar, pensar en que las despedidas que no se llevan a cabo no cierran expedientes, si no que dejan pendientes del alma los quehaceres que nunca se hacen y las frases que nunca se dicen, dejan pendientes del alma anzuelos que arrastran los miedos y anclan las almas a las mentiras. El automóvil lo condujo a través de la lluvia hasta un futuro ignoto, arrastrando, siempre, las miradas perdidas en las despedidas.
Habían estado jugando al perro y el gato durante algunos meses, él, como siempre, con sus miedos y fronteras autoimpuestas, no había sido capaz ni tan siquiera de imaginar que ella tuviera el más mínimo interés en su persona, se había forjado una coraza de temores impenetrable que había logrado su objetivo final, es destruir cualquier posibilidad que el azar hubiera tenido a bien otorgarles. Y finalmente habían dejado caer en el abandono del olvido aquel sueño, rescatándolo tan solo algunas tardes al amparo de tristezas que vendrían sin avisar como el viento que pasa bajo la puerta arrastrando al tiempo. Ella le contaba sus momentos, los malos, los menos malos, sus deseos, sus problemas, y él, hipnotizado, solo podía escucharla sin saber ni tan siquiera si podría cerrar esa parte de su vida con una despedida tan simple.
La hora se tropezó con ellos antes del postre, tras evitar los dos primeros platos, y, con miradas que interrogaban se levantaron con desgana hasta el coche, que los llevo entre pequeños restos de conversación cerca del trabajo donde ella tendría que pasar encerrada aquella tarde de jueves. La despedida fue tan escueta como dolorosa, y él, en su afán de escapar, pisó a fondo el acelerador hasta que la lluvia lo hizo disminuir la velocidad y pudo pensar, pensar en que las despedidas que no se llevan a cabo no cierran expedientes, si no que dejan pendientes del alma los quehaceres que nunca se hacen y las frases que nunca se dicen, dejan pendientes del alma anzuelos que arrastran los miedos y anclan las almas a las mentiras. El automóvil lo condujo a través de la lluvia hasta un futuro ignoto, arrastrando, siempre, las miradas perdidas en las despedidas.
La tristeza de Sofia
El mar no era lo bastante profundo para Sofía, ella necesitaba ahogar su tristeza en el mismo centro de la tierra y esconderse a llorar tras un manzano en flor. Muchos días, a Sofía se le caía el alma entre los dedos, como arena y sal, y ella se quedaba allí, mirándola caer, inerme, con una lágrima diamantina en la pupila, sin poder sentir más el dolor que le causaba aquella tristeza, aquel molino de su ser que hacía harina sus sentimientos mas profundos, tanto que el mar no era lo bastante profundo para Sofía. Los relojes de su vida marcaban una cuenta atrás oscura y funesta, pero morían todos en el mismo segundo, eran las agujas que clavaban sus tic-tac en la mente de Sofía, tiempo detenido a la sombra de su miedo, miedo convertido en abandono, abandono en pena, pena en tristeza, rebozada de arena y sal, como el alma de Sofía al caer de sus manos, de sus lágrimas.
Vestida de gasas y blancos caminaba sobre la playa de su abandono cada tarde, dejándose acariciar por el sol marchito del ocaso, hasta llegar a la oscuridad de su tarde de melazas, endulzadas con las tristezas que Sofía guardaba entre las celosías de su corazón herido y apuñalado. Abría el cajón donde años atrás escondió las caricias que le dieron, las miraba sonriente recordando aquellas manos pequeñas y suaves, y lo cerraba de nuevo por que temía marchitaran las caricias si el aire las encontraba sobre su piel. Luego, desde los espejos, se regalaba sus miradas de otoño para verse como fue antes de que la tristeza la encontrara sobre la playa, y se deshacía como la mantequilla de las mañanas de verano. Releía poemas almidonados por el tiempo y rancios por sabores que no supo encontrar, y, en la escasa cordura de sus momentos, festejaba cada palabra hermosa que los poetas del sueño le dedicaron con suspiros que la llenaban de nuevo de aliento y tristezas.
Y, al llegar la noche, Sofía se dejaba devorar por la oscuridad, que la abrazaba como un oscuro traje de noche tiñendo sus gasas de sombras y su alma de recuerdos, y las lágrimas se hacían huéspedes de sus ojos, y la pasión desorientada de sus recuerdos acampaba en su corazón maltrecho, mirando al tiempo como se mira al enemigo que se lleva, con cada grano de arena, un trozo de una vida que nunca recuperaría, como no recuperó sus sueños ni sus deseos. En el dosel de su cama se dibujaba el universo, las estrellas se afanaban por techar su noche, pero ella las nublaba con miradas borrosas y eclipsaba la luna con sueños que ya no le pertenecían. Y le era ajeno el sueño y el descanso, sentada sobre sus tobillos, abrazada a sus rodillas, Sofía miraba pasar la noche de sus tristezas llorando con lágrimas ya secas de amores ya perdidos, hasta que, la mañana, la encontraba temblorosa y fría a la orilla del mar, un mar que no era lo bastante profundo para ahogar la tristeza de Sofía.
Vestida de gasas y blancos caminaba sobre la playa de su abandono cada tarde, dejándose acariciar por el sol marchito del ocaso, hasta llegar a la oscuridad de su tarde de melazas, endulzadas con las tristezas que Sofía guardaba entre las celosías de su corazón herido y apuñalado. Abría el cajón donde años atrás escondió las caricias que le dieron, las miraba sonriente recordando aquellas manos pequeñas y suaves, y lo cerraba de nuevo por que temía marchitaran las caricias si el aire las encontraba sobre su piel. Luego, desde los espejos, se regalaba sus miradas de otoño para verse como fue antes de que la tristeza la encontrara sobre la playa, y se deshacía como la mantequilla de las mañanas de verano. Releía poemas almidonados por el tiempo y rancios por sabores que no supo encontrar, y, en la escasa cordura de sus momentos, festejaba cada palabra hermosa que los poetas del sueño le dedicaron con suspiros que la llenaban de nuevo de aliento y tristezas.
Y, al llegar la noche, Sofía se dejaba devorar por la oscuridad, que la abrazaba como un oscuro traje de noche tiñendo sus gasas de sombras y su alma de recuerdos, y las lágrimas se hacían huéspedes de sus ojos, y la pasión desorientada de sus recuerdos acampaba en su corazón maltrecho, mirando al tiempo como se mira al enemigo que se lleva, con cada grano de arena, un trozo de una vida que nunca recuperaría, como no recuperó sus sueños ni sus deseos. En el dosel de su cama se dibujaba el universo, las estrellas se afanaban por techar su noche, pero ella las nublaba con miradas borrosas y eclipsaba la luna con sueños que ya no le pertenecían. Y le era ajeno el sueño y el descanso, sentada sobre sus tobillos, abrazada a sus rodillas, Sofía miraba pasar la noche de sus tristezas llorando con lágrimas ya secas de amores ya perdidos, hasta que, la mañana, la encontraba temblorosa y fría a la orilla del mar, un mar que no era lo bastante profundo para ahogar la tristeza de Sofía.
Una semana y semana Santa... pues mira tu que bien
El caso es que todos los años por estas fechas yo ya tenía mas que planeadas mis vacaciones de Semana Santa. Habitualmente mi grupo de amig@s y yo salimos esos cuatro días a cruzarnos la península para acabar en lugares tan fantásticos y maravillosos como Galicia, Asturias, Cantabria, pero mira tu por donde, plegados a la irreversible marcha del perfil medio del español medio, este año han tenido a bien regalarme un sobrino-amigo (dicese del hijo de un amigo que es como un hermano) y una cuñada-amiga (sobran explicaciones), por lo que, al desgajarse el grupo, todo se ha ido un poco al garete...
Reconozco que yo tengo también algo de culpa. De haber sido un soltero empedernido, decidido, convencido, orgulloso de ello, desde hace poco menos de un año tengo a bien compartir mis mejores momentos (que no los de más lucidez, por que su mirada me ciega y sus lábios me hacen perder el ripio y el sentido) con una ninfa de ojos verdes que me tiene a sus pies, en cualquier sentido que queráis imaginar, je je je, y es posible (y lo digo mirando para el techo y silbando ligeramente) que haya tenido algo abandonado a mi entorno habitual... un poco abandonado... bastante abandonado, vale, pero yo vivo en una ciudad, mi pareja a cuatrocientos kilómetros de aquí, y mis amigos a ciento cincuenta. Coincidir es como acertar la primitiva, imposible o cuestión de suerte.
El caso es que, como habitualmente yo era el comité organizador de las actividades SemanaSanteras, este año estoy más colgado que los pollos del Simago, y me veo, a mi pesar, procesionando a lo largo y ancho de este país buscando un alojamiento a precio de oro, o quedarme en casa con mis padres en un acto de penitencia familiar, por otra parte precisa de vez en cuando. Ya veremos.
Respecto a mi dieta, bueno, en dos días he perdido... 48 horas, me temo. Habrá que tener paciencia. Gracias por vuestros apoyos. Hoy, a mi pesar peso 103.
Reconozco que yo tengo también algo de culpa. De haber sido un soltero empedernido, decidido, convencido, orgulloso de ello, desde hace poco menos de un año tengo a bien compartir mis mejores momentos (que no los de más lucidez, por que su mirada me ciega y sus lábios me hacen perder el ripio y el sentido) con una ninfa de ojos verdes que me tiene a sus pies, en cualquier sentido que queráis imaginar, je je je, y es posible (y lo digo mirando para el techo y silbando ligeramente) que haya tenido algo abandonado a mi entorno habitual... un poco abandonado... bastante abandonado, vale, pero yo vivo en una ciudad, mi pareja a cuatrocientos kilómetros de aquí, y mis amigos a ciento cincuenta. Coincidir es como acertar la primitiva, imposible o cuestión de suerte.
El caso es que, como habitualmente yo era el comité organizador de las actividades SemanaSanteras, este año estoy más colgado que los pollos del Simago, y me veo, a mi pesar, procesionando a lo largo y ancho de este país buscando un alojamiento a precio de oro, o quedarme en casa con mis padres en un acto de penitencia familiar, por otra parte precisa de vez en cuando. Ya veremos.
Respecto a mi dieta, bueno, en dos días he perdido... 48 horas, me temo. Habrá que tener paciencia. Gracias por vuestros apoyos. Hoy, a mi pesar peso 103.
Primavera en ciernes...
En ello estamos. Abriendo las puertas a la esquiva primavera. La verdad es que es una época jodida, no nos engañemos, viene a ser una navidad con alergias y calorcito, es decir, todo el mundo tiene que ir espírico por la calle, observando como los pajaritos cantan y estándo enamorado hasta las cejas... bueno, a esto si me adhiero, pero vamos, tanto en invierno como en verano, es decir, cuando toque. Y para los chicos es malo, pero no quiero ni llegar a imaginar lo que debe ser para las mujeres el comenzar a enseñar piel, de hecho en televisión ya están machacando con los anuncios de Corporación noseque en el que chicas estupendas nos demuestran lo que un kilo de billetes puestos bajo la mano de un cirujano puede hacer... que barbaridad, y nada os comento de la soja, la lecitina, los aminoácidos, los bifidos, el especial K y no se cuantas cosas más que nos van a dejar estupendos, frustrados, pero estupendos, para lucir palmito cuando nos vayamos como desesperados dentro de un par de meses a la playa. Tiene la cosa... bemoles.
Yo, por si acaso, y para ver si se produce de nuevo (que lo dudo) el milagro de que mi peso baje de las tres cifras (a esto me ha llevado la informática, el sedentarismo laboral, mi propia morfología, la herencia genética y, sobre todo, los bocadillos de lomo con queso) me he apuntado a un Endocrino, y, tengo que reconocerlo, la primera consulta ha sido francamente desilusionante.
Todo iba bien, yo ya me dejé guiar hace más de un año por un nutricionista que, de modo más que acertado, me hizo perder una cantidad escandalosa de kilos, ahora bien, el traslado y el abandono de las buenas costumbres (por otras que, aunque parezcan mejores no lo son, snif, snif) me han hecho recuperar un par de ellos, y ahora me dispongo a iniciar la segunda fase de la operación "por debajo de noventa también se puede vivir". El caso es que la visita de ayer a la endocrina fue algo "triste". Me dio una fotocopia de una dieta (cualquier revista lleva cuatro iguales) y me dijo "vuelva usted en un mes", cosa que me ha dejado más frío que el tacto de un maniqui.
No se que hacer, si intentarlo con otro endocrino, probar este régimen (más que una dieta es una condena, lo puedo asegurar) o dejarme de pamplinas y confiar en que, si la madre naturaleza ha decidido hacerme redondito por algo será...
Yo, por si acaso, y para ver si se produce de nuevo (que lo dudo) el milagro de que mi peso baje de las tres cifras (a esto me ha llevado la informática, el sedentarismo laboral, mi propia morfología, la herencia genética y, sobre todo, los bocadillos de lomo con queso) me he apuntado a un Endocrino, y, tengo que reconocerlo, la primera consulta ha sido francamente desilusionante.
Todo iba bien, yo ya me dejé guiar hace más de un año por un nutricionista que, de modo más que acertado, me hizo perder una cantidad escandalosa de kilos, ahora bien, el traslado y el abandono de las buenas costumbres (por otras que, aunque parezcan mejores no lo son, snif, snif) me han hecho recuperar un par de ellos, y ahora me dispongo a iniciar la segunda fase de la operación "por debajo de noventa también se puede vivir". El caso es que la visita de ayer a la endocrina fue algo "triste". Me dio una fotocopia de una dieta (cualquier revista lleva cuatro iguales) y me dijo "vuelva usted en un mes", cosa que me ha dejado más frío que el tacto de un maniqui.
No se que hacer, si intentarlo con otro endocrino, probar este régimen (más que una dieta es una condena, lo puedo asegurar) o dejarme de pamplinas y confiar en que, si la madre naturaleza ha decidido hacerme redondito por algo será...
Siempre hay un antes...
Y un después, y, la verdad, antes de convertirme en el cenutrin actual en el que me encuentro preso, era un tipo con algo de chispa. Pues bien durante una época algo oscura de mi vida (mayormente por que se desarrollaba, sobre todo, de noche) escribí algo de poesía.
La poesía es una actividad muy egoista, mucha gente gusta de escribirla, pero poca de leerla, cosas que tiene, pero, en definitiva, dice mucho sobre un instante, o sobre un sentir que puede quedar, para siempre, plasmado ahí, entre palabras.
Esta que os pongo por aquí es de las que más me gustan, el resto, en general, mejor olvidarlas.
La noche me ha encontrado en una esquina
mirando
los callejones oscuros que recorrimos atados
tu de mi mano, yo de tus labios,
y que hoy son tan solo lienzos mal pintados
de sombras y recuerdos oscuros.
Miro las calles que nos ampararon, los portales
en los que los furtivos cazaban besos
perseguidos
por lanceros del pudor y la vergüenza ajena
y creo verte entre mis caricias, lejana
la noche que me diste tu corazón en almíbar
para ser mi dulce postre de ocasos,
sabor que ahora envejece en tu ausencia.
He caminado por nuestros pasos, desdibujados
caminantes que no volverán cual golondrinas,
que no treparan, madreselvas ya marchitas
que fuimos esa noche
esa noche que hoy es toda mi vida.
La noche me ha encontrado en una esquina
lamiendo
el sabor agridulce de tu lejana presencia
pues puedo sentirte a mi lado aunque no estés
y saber que una vez
cuando la luz nos dejó perdernos en sombras
me amaste sobre cualquier sueño.
La poesía es una actividad muy egoista, mucha gente gusta de escribirla, pero poca de leerla, cosas que tiene, pero, en definitiva, dice mucho sobre un instante, o sobre un sentir que puede quedar, para siempre, plasmado ahí, entre palabras.
Esta que os pongo por aquí es de las que más me gustan, el resto, en general, mejor olvidarlas.
La noche me ha encontrado en una esquina
mirando
los callejones oscuros que recorrimos atados
tu de mi mano, yo de tus labios,
y que hoy son tan solo lienzos mal pintados
de sombras y recuerdos oscuros.
Miro las calles que nos ampararon, los portales
en los que los furtivos cazaban besos
perseguidos
por lanceros del pudor y la vergüenza ajena
y creo verte entre mis caricias, lejana
la noche que me diste tu corazón en almíbar
para ser mi dulce postre de ocasos,
sabor que ahora envejece en tu ausencia.
He caminado por nuestros pasos, desdibujados
caminantes que no volverán cual golondrinas,
que no treparan, madreselvas ya marchitas
que fuimos esa noche
esa noche que hoy es toda mi vida.
La noche me ha encontrado en una esquina
lamiendo
el sabor agridulce de tu lejana presencia
pues puedo sentirte a mi lado aunque no estés
y saber que una vez
cuando la luz nos dejó perdernos en sombras
me amaste sobre cualquier sueño.
Carta de Despedida
Estaba yo de lo mío, repasando antiguos correos y me he topado con la carta que envié a los compañeros más cercanos a mi para mi despedida, hace ya más de un año. Os la pongo por aquí, por ver que os parece, la verdad es que al leerla, y al hacer un poco de balance de este año que ha pasado creo que, en parte, ha merecido la pena el cambio. Esperemos que los que me quedan por hacer sean también merecedores de cartas similares:
Estimados todos (algunos mas que otros, claro).
Por mucho que me cueste creerlo, se me encoje el alma en las despedidas, y se me transforma en un nudo anguloso que me oprime las ideas y los recuerdos, empujando siempre miedos a los nuevos vientos, sean estos propicios o no. Han de serlo, esta vez han de serlo. Por eso me decidí a sentarme hace algún tiempo, tiempo que para mi es hoy, a redactar con mente clara (al menos con la claridad habitual, que, bien sabido, es poca) esta despedida, que no morirá de humildad, seguro, pero que ha de ser un pequeño testamento de seres y estares, y ha de valer como un punto y seguido al final de una novela, la narración termina, pero todo lo demás sigue, que ya se encarga la vida de ponernos a cada uno en nuestro sitio (a veces con un poco de ayuda, vale). No me confesaré ante vosotros, pues mis pecados son mis virtudes y hago abuso de ellas cuando buenamente puedo, tampoco me declararé bajo un balcón a Julieta alguna, no es mi estilo, pero si quiero dejar caer mis simpatías hacia vosotros, por acoger a este trovador descerebrado durante los últimos años de mi, bien podría parecerme, extraño periplo a lo largo y ancho de esta vida nuestra, que he compartido en la parte más injusta, con vosotros.
Queden las risas y los buenos momentos como luceros de los recuerdos que recorrimos, queden las penas y enfados como sombras a la orilla de la carretera, y que los que vengan detrás teman si es su gusto, que no el mío, queden los proyectos como el aroma a estofados de futuro que, sin duda, terminaremos por devorar juntos, y queden las lágrimas en sus lagrimales, que ni es momento de llantos ni de pesares, esos vendrán por su parte sin que nadie los llame, más tarde.
Era mi deseo huir hacia delante, como los locos, sin mirar demasiado bien lo que hago no fuera el miedo una cadena demasiado gruesa para romperla con tan poco peso, y eso haré, y puedo prometeros que no miraré atrás, no me atormentaré con pasados venturosos si no que me esperanzaré con las ansias de próximos encuentros más que espléndidos y menos que fugaces, no debo permitir que los buenos momentos que he tenido a vuestro lado, que han quedado prendidos de mi alma como fotos en una pared desordenada, me anclen, así que he pulido mi mascarón de proa, untado de brea el casco de mi nave y desplegado todas las velas de mi barco, que llevaba varado demasiado tiempo
al amparo de este puerto sin mar. Quizá debería haberlo hecho antes, pero me entretuvo la creencia de ser buen marinero en tierra, y el sueño de que, algún día, los barcos no serían patroneados por piratas borrachos de poder y de ira, si no por capitanes intrépidos con alas en los timones y sueños en las velas. Y es que a uno se le mueren los sueños en puerto. ¡¡Dios!!, con la cantidad de mar que todavía queda por recorrer, ¿que hago yo en este punto de amarre?, así que voy a deshacer mis nudos, pero a conservar mis maromas, que en ellas llevo parte del puerto que abandono. En realidad con un buen jubón y una manta para las noches al raso será bastante si me acunan vuestros recuerdos, no necesito (y no quiero) llevarme nada más, ya la vida proveerá.
Por último, mis grumetes, si alguna vez pasáis cerca de mi barco, no dudéisen abordarlo, pues seréis bienvenidos a bordo, y habrá fiesta y jolgorio, descorcharemos ron y recuerdos, y construiremos un futuro de pasados gloriosos o, al menos, de pasados con sonrisas en los labios, bailaremos sobre cubierta y tendremos todo el tiempo del mundo para perderlo. A los demás, cañonazos en la línea de flotación, que muchos son los grumetes que he conocido, pero tantos otros han sido loros de capitanes, apoyados tan solo en los malicientos poderes que los sustentan, aquí se quedan, con sus barcos pudríendose entre mareas, y les deseo, cruelmente, naufragios y tormentas, tantas, al menos, como han producido. Nada mas merecen de mi, ni mi desprecio, que mucho me cuesta despreciar para estar desperdiciando fuerzas.
Bueno, y me despido, que tengo la bodega algo desorganizada, como corresponde a mi ser, y debo empaquetar tantos minutos... que no se si tendré bastantes horas.
Vuestro jefe de cubierta sexta b con dos trienios de servicio a su graciosa majestad.
Garvidal.
P.D. Me llevo, eso sí, un garfio bien afilado por que, a buen seguro, encontraré piratas en mi viaje, que harán palidecer a los que aquí conocí, un relicario de imágenes para que no marchiten los recuerdos, y una brújula de madera por si alguna vez me creo perdido no importarme donde está el norte.
Estimados todos (algunos mas que otros, claro).
Por mucho que me cueste creerlo, se me encoje el alma en las despedidas, y se me transforma en un nudo anguloso que me oprime las ideas y los recuerdos, empujando siempre miedos a los nuevos vientos, sean estos propicios o no. Han de serlo, esta vez han de serlo. Por eso me decidí a sentarme hace algún tiempo, tiempo que para mi es hoy, a redactar con mente clara (al menos con la claridad habitual, que, bien sabido, es poca) esta despedida, que no morirá de humildad, seguro, pero que ha de ser un pequeño testamento de seres y estares, y ha de valer como un punto y seguido al final de una novela, la narración termina, pero todo lo demás sigue, que ya se encarga la vida de ponernos a cada uno en nuestro sitio (a veces con un poco de ayuda, vale). No me confesaré ante vosotros, pues mis pecados son mis virtudes y hago abuso de ellas cuando buenamente puedo, tampoco me declararé bajo un balcón a Julieta alguna, no es mi estilo, pero si quiero dejar caer mis simpatías hacia vosotros, por acoger a este trovador descerebrado durante los últimos años de mi, bien podría parecerme, extraño periplo a lo largo y ancho de esta vida nuestra, que he compartido en la parte más injusta, con vosotros.
Queden las risas y los buenos momentos como luceros de los recuerdos que recorrimos, queden las penas y enfados como sombras a la orilla de la carretera, y que los que vengan detrás teman si es su gusto, que no el mío, queden los proyectos como el aroma a estofados de futuro que, sin duda, terminaremos por devorar juntos, y queden las lágrimas en sus lagrimales, que ni es momento de llantos ni de pesares, esos vendrán por su parte sin que nadie los llame, más tarde.
Era mi deseo huir hacia delante, como los locos, sin mirar demasiado bien lo que hago no fuera el miedo una cadena demasiado gruesa para romperla con tan poco peso, y eso haré, y puedo prometeros que no miraré atrás, no me atormentaré con pasados venturosos si no que me esperanzaré con las ansias de próximos encuentros más que espléndidos y menos que fugaces, no debo permitir que los buenos momentos que he tenido a vuestro lado, que han quedado prendidos de mi alma como fotos en una pared desordenada, me anclen, así que he pulido mi mascarón de proa, untado de brea el casco de mi nave y desplegado todas las velas de mi barco, que llevaba varado demasiado tiempo
al amparo de este puerto sin mar. Quizá debería haberlo hecho antes, pero me entretuvo la creencia de ser buen marinero en tierra, y el sueño de que, algún día, los barcos no serían patroneados por piratas borrachos de poder y de ira, si no por capitanes intrépidos con alas en los timones y sueños en las velas. Y es que a uno se le mueren los sueños en puerto. ¡¡Dios!!, con la cantidad de mar que todavía queda por recorrer, ¿que hago yo en este punto de amarre?, así que voy a deshacer mis nudos, pero a conservar mis maromas, que en ellas llevo parte del puerto que abandono. En realidad con un buen jubón y una manta para las noches al raso será bastante si me acunan vuestros recuerdos, no necesito (y no quiero) llevarme nada más, ya la vida proveerá.
Por último, mis grumetes, si alguna vez pasáis cerca de mi barco, no dudéisen abordarlo, pues seréis bienvenidos a bordo, y habrá fiesta y jolgorio, descorcharemos ron y recuerdos, y construiremos un futuro de pasados gloriosos o, al menos, de pasados con sonrisas en los labios, bailaremos sobre cubierta y tendremos todo el tiempo del mundo para perderlo. A los demás, cañonazos en la línea de flotación, que muchos son los grumetes que he conocido, pero tantos otros han sido loros de capitanes, apoyados tan solo en los malicientos poderes que los sustentan, aquí se quedan, con sus barcos pudríendose entre mareas, y les deseo, cruelmente, naufragios y tormentas, tantas, al menos, como han producido. Nada mas merecen de mi, ni mi desprecio, que mucho me cuesta despreciar para estar desperdiciando fuerzas.
Bueno, y me despido, que tengo la bodega algo desorganizada, como corresponde a mi ser, y debo empaquetar tantos minutos... que no se si tendré bastantes horas.
Vuestro jefe de cubierta sexta b con dos trienios de servicio a su graciosa majestad.
Garvidal.
P.D. Me llevo, eso sí, un garfio bien afilado por que, a buen seguro, encontraré piratas en mi viaje, que harán palidecer a los que aquí conocí, un relicario de imágenes para que no marchiten los recuerdos, y una brújula de madera por si alguna vez me creo perdido no importarme donde está el norte.
Ni te cases..
Era cuestión de martes, ya sabía yo que algo vendría hoy. ¿Habéis leído "La Venganza de Don Mendo" de Pedro Muñoz Seca?, al principio del segundo acto (cito de memoria, claro) dice algo así como "ya trina el ruiseñor, ya canta el gallo, trece de mayo, quién lo diría, llevo en esta prisión un mes y un día sin por nadie saber lo que acontece, y hoy es martes, martes y trece", ja ja ja, es genial, pues algo así me pasa a mi hoy, tengo un colosal dolor de cabeza y, para más Inri, solo a mi se me ocurre reinstalar mi viejo sistema Windows 2000 por que mi Linux anda algo desentonadillo ultimamente. Así que tengo la cabeza como una jauría de coyotes, los ojos como "dos mojas de pisto" y unas ganas de tirarme a la cama locas, así que no seré yo el que de luz a esta tarde oscura, no imaginais cuanto lo siento.
Al final, la suerte negra, ha decidido que, los vendedores de mi próxima casa tengan a bien aplazar un mes la entrega de dichas llaves, queriendo con ello que yo les pague el piso el jueves y espere un mes a tenerlo. Que va a ser que no, claro, esta vez llevo yo las de ganar, que ya iba siendo hora. Aun así, como esta mandado, me dejaré ganar, que los que no sabemos ser malos somos una lacra, o más bien un comodín, ya no sabría decirte. Esta vez aplazaré la firma a la última semana del mes y les daré una semana de plazo, no te fastidia...
Que no sea nada, ánimo, que mañana ya es miércoles y seguro que amanece un bonito día.
Al final, la suerte negra, ha decidido que, los vendedores de mi próxima casa tengan a bien aplazar un mes la entrega de dichas llaves, queriendo con ello que yo les pague el piso el jueves y espere un mes a tenerlo. Que va a ser que no, claro, esta vez llevo yo las de ganar, que ya iba siendo hora. Aun así, como esta mandado, me dejaré ganar, que los que no sabemos ser malos somos una lacra, o más bien un comodín, ya no sabría decirte. Esta vez aplazaré la firma a la última semana del mes y les daré una semana de plazo, no te fastidia...
Que no sea nada, ánimo, que mañana ya es miércoles y seguro que amanece un bonito día.
Odio los Martes
Si, ya, ya lo se, hoy es lunes, pero bueno, medio lo soporto, es más sencillo, los lunes te los encuentras de sopetón, sin querer, vienes a toda velocidad del fin de semana y cuando quieres darte cuentas estás del lunes hasta las cejas, y te pilla, como siempre, en pelotas y sin saber de donde ha venido, por eso no me importan demasiado los lunes, en cambio los martes, día fatal donde los haya, están ahí, conscientes, impertinentes, a sabiendas de que ya estás incorporado a la semana y de que no vas a levantarte pensando que puede ser domingo o que te queda ya menos de lo que llevas, cosa que si pasa los miércoles, jueves y viernes.
Al menos soy uno de esos pocos afortunados que no trabaja los sábados ni los fines de semana. Ahora, claro, por que hace un año y algo estaba enfrascado siempre con lo mismo, diario, fines de semana, incluso dormido.
Pero bueno, al menos hoy es solamente lunes (como si esto fuera un consuelo). Esta semana me he propuesto empaquetar mis pertenencias de un modo paulatino, me mudo de casa en (espero) un par de semanas, si los vendedores de mi nuevo "hogar" se dignan a mudarse en un plazo ranozable, claro.
Lo de la librería, desde luego, lo sigo pensando. El problema es no saber si yo sería un buen jefe para mi mismo, si soy demasiado benigno la cosa podría irse a pique, y tampoco es eso. Lo bueno de trabajar para otros es que solo tienes que hacer eso, ir, cumplir, y volver a casa. No quiero decir no trabajar, eso nunca, yo me aburriría soberanamente si no tuviera trabajo, pero si ser capaz de dormir tranquilo por las noches sabiendo que cobrarás el día estipulado. Esa seguridad, también es cierto, adormece considerablemente cualquier ansia o ambición, pero también te deja respirar tranquilo.
Mucho hablar y tengo el trabajo aquí amontonado. Voy a ello.
Al menos soy uno de esos pocos afortunados que no trabaja los sábados ni los fines de semana. Ahora, claro, por que hace un año y algo estaba enfrascado siempre con lo mismo, diario, fines de semana, incluso dormido.
Pero bueno, al menos hoy es solamente lunes (como si esto fuera un consuelo). Esta semana me he propuesto empaquetar mis pertenencias de un modo paulatino, me mudo de casa en (espero) un par de semanas, si los vendedores de mi nuevo "hogar" se dignan a mudarse en un plazo ranozable, claro.
Lo de la librería, desde luego, lo sigo pensando. El problema es no saber si yo sería un buen jefe para mi mismo, si soy demasiado benigno la cosa podría irse a pique, y tampoco es eso. Lo bueno de trabajar para otros es que solo tienes que hacer eso, ir, cumplir, y volver a casa. No quiero decir no trabajar, eso nunca, yo me aburriría soberanamente si no tuviera trabajo, pero si ser capaz de dormir tranquilo por las noches sabiendo que cobrarás el día estipulado. Esa seguridad, también es cierto, adormece considerablemente cualquier ansia o ambición, pero también te deja respirar tranquilo.
Mucho hablar y tengo el trabajo aquí amontonado. Voy a ello.
Tardes de Invierno
El frío parecía pesarle tanto como las cadenas que ataban su alma a su pasado, eslabones que se hundían en sus recuerdos para sacar a la luz brillos de tristezas que creía oscurecidas por el sol del nuevo amanecer que se le presentaba como preludio de una primavera cercana y esquiva. Ese frío que brillaba sobre el pavimento, como una sonrisa irónica del invierno, se le presentaba siempre entre sus pasos, al caminar pausado que lo dirigía al ocaso de sus miradas, perdidas entre sus piernas, entre las brozas y los sarmientos que brotaban y morían bajo las suelas de sus zapatos, desgastados de caminar sin destino, rozados en las esquinas áridas contra las que se golpeaban una y otra vez, al caminar contra el viento, contra el invierno, sobre el terrazo infranqueable de las mañanas deshilachadas de soledades. Los colores pastel de las primaveras se le hacían recuerdos lejanos, entre los mates contornos de semanas que le semblanban pobladas de martes, y un blues lo esperaba entre los bostezos de las tardes, preñadas de tempranos atardeceres y almidonadas como la piel anciana de una momia.
El sesgo de un ladrido lo sacó de su ensueño, y las nubes que lo observaban miraron para otro lado temerosas de ser descubiertas por su mirada inquisidora. La luna, que ya se dejaba acunar por la malva luz de la tarde, se mecía en su piscina de estrellas, juguetona, ignorante, y lanzaba tempranos avisos de que la noche, oscura y fría, estaba por venir de nuevo. Se arrebujó en su gabán roído de inviernos, buscando cobijo, alentando sus manos marcadas por los años y las prisas. Buscó en sus bolsillos un hueco para esconderse y subió los hombros para proteger su cuello, desguarnecido e indefenso del ataque de aquel viento gélido que acuchillaba su atardecer. Comenzaron a arder las ventanas de los edificios, a perderse las gentes entre las aceras, y él continuó su deambular solitario, contando con el eco de sus pisadas como única compañía, y con su sombra como refugio de su mirada. Comenzó a morir el día, a licuarse la luz de las vidrieras y a florecer en las farolas un amarillento lacrimal, presto a verter su llanto sobre el asfalto.
Los olores que bajaban de las cocinas, se posaban sobre sus hombros, mezcla de aromas que enloquecían sus deseos, los perfumes sórdidos de la calle, de los cuerpos que se escondían en las sombras para subastarse al mejor postor, los sabores evaporados, el sonido de las vajillas al ser sacadas de su letargo, le hicieron recordar que, de nuevo, al amanecer, desearía contar sus sueños y no tendría a nadie con quien hacerlo. Así que buscó unas monedas en el fondo de su esperanza y las lanzó hacia la ya reinante luna para dejar en manos del destino su decisión. Cara. Siempre salía cara. Guardó los retazos de cordura, deshilachados como los dedos de sus guantes, y se consoló. Volvería a casa. Pronto.
Se dejó engullir por la niebla.
El sesgo de un ladrido lo sacó de su ensueño, y las nubes que lo observaban miraron para otro lado temerosas de ser descubiertas por su mirada inquisidora. La luna, que ya se dejaba acunar por la malva luz de la tarde, se mecía en su piscina de estrellas, juguetona, ignorante, y lanzaba tempranos avisos de que la noche, oscura y fría, estaba por venir de nuevo. Se arrebujó en su gabán roído de inviernos, buscando cobijo, alentando sus manos marcadas por los años y las prisas. Buscó en sus bolsillos un hueco para esconderse y subió los hombros para proteger su cuello, desguarnecido e indefenso del ataque de aquel viento gélido que acuchillaba su atardecer. Comenzaron a arder las ventanas de los edificios, a perderse las gentes entre las aceras, y él continuó su deambular solitario, contando con el eco de sus pisadas como única compañía, y con su sombra como refugio de su mirada. Comenzó a morir el día, a licuarse la luz de las vidrieras y a florecer en las farolas un amarillento lacrimal, presto a verter su llanto sobre el asfalto.
Los olores que bajaban de las cocinas, se posaban sobre sus hombros, mezcla de aromas que enloquecían sus deseos, los perfumes sórdidos de la calle, de los cuerpos que se escondían en las sombras para subastarse al mejor postor, los sabores evaporados, el sonido de las vajillas al ser sacadas de su letargo, le hicieron recordar que, de nuevo, al amanecer, desearía contar sus sueños y no tendría a nadie con quien hacerlo. Así que buscó unas monedas en el fondo de su esperanza y las lanzó hacia la ya reinante luna para dejar en manos del destino su decisión. Cara. Siempre salía cara. Guardó los retazos de cordura, deshilachados como los dedos de sus guantes, y se consoló. Volvería a casa. Pronto.
Se dejó engullir por la niebla.
¿No va a parar de llover nunca?
Me dijeron, "vente, vente, que aquí siempre es primavera", ja ja ja, pues no veas, que pedazo de invierno, y eso que yo estaba acostumbrado a los fríos casi siberianos. Y ahora la lluvia. El caso es que todos me dicen que no es normal, que es la primera vez que ven un invierno tan frío y tan lluvioso, y aquí las casas no tienen calefacción ni aunque se la pinten. Cosas del clima. El caso es que empiezo a pensar, ¿seré yo quien lleva el invierno encima?, creo que no, por que este verano si doy fe que casi me derrito sobre las aceras.
El caso es que llueve. Si fuera martes (odio los martes) no me importaría, sería una tarde perfecta para hibernar bajo una manta mientras la televisión ablanda mis neuronas, o mientras me entrego en cuerpo y alma a la lectura del "Hijo del Acordeonista", que me está costando más de lo acostumbrado. Por que ponerme a cocinar con mi nueva y flamante Thermomix igual no es demasiada buena idea, tengo que mantener la línea difusa que tan proclive soy a perder. Es lo que tiene pesar en tres cifras.
En definitiva, que llueve y es viernes, lo que promete más bien poco. Igual un cine, Audrey Tautou sigue por ahí, si encuentro una sala donde la expongan será toda mía. El caso es que todavía me queda un buen rato de carretera por delante, voy a buscar a mi cuarto de naranja (yo soy casi tres cuartos, la dieta no termina de funcionar de nuevo), y tengo por delante cuatrocientos kilómetros lluviosos, fríos, y quien sabe que más.
¿No va a parar de llover nunca?. A ver si hay suerte y la gente no sale a la calle y la mañana es tranquila, que no se por que, me da a mi que hoy va a ser un día muyyyyyy largo.
El caso es que llueve. Si fuera martes (odio los martes) no me importaría, sería una tarde perfecta para hibernar bajo una manta mientras la televisión ablanda mis neuronas, o mientras me entrego en cuerpo y alma a la lectura del "Hijo del Acordeonista", que me está costando más de lo acostumbrado. Por que ponerme a cocinar con mi nueva y flamante Thermomix igual no es demasiada buena idea, tengo que mantener la línea difusa que tan proclive soy a perder. Es lo que tiene pesar en tres cifras.
En definitiva, que llueve y es viernes, lo que promete más bien poco. Igual un cine, Audrey Tautou sigue por ahí, si encuentro una sala donde la expongan será toda mía. El caso es que todavía me queda un buen rato de carretera por delante, voy a buscar a mi cuarto de naranja (yo soy casi tres cuartos, la dieta no termina de funcionar de nuevo), y tengo por delante cuatrocientos kilómetros lluviosos, fríos, y quien sabe que más.
¿No va a parar de llover nunca?. A ver si hay suerte y la gente no sale a la calle y la mañana es tranquila, que no se por que, me da a mi que hoy va a ser un día muyyyyyy largo.
Cuentos
A lucelle, gracias por tu anotación, es totalmente cierta. Ahora bien, hay veces que, lo peor de los sueños es alcanzarlos.
Un cuento.
Existía un chico, hace ya más de mil años, pudo ser ayer, que se perdió entre las tripas de la intrincada informática. Como si hubiera sido un carpientero, poco importa. Dejó sus momentos, sus noches, al amparo único de alcanzar su sueño, trabajar como informático en una empresa tamaño medio (talla L, con eso valía). El caso es que, un día, por que la verdad es que fue así, este chico se encuentra trabajando como técnico de sistemas en un banco ( o caja, tanto da), estaba donde quería, donde había soñado...
Bueno, pues siento comunicaros que, al menos para mi, trabajar en lo que me gusta, casi me cuesta la vida, al menos casi me cuesta no vivir la vida. Lograron arrancarme el gusto por mi trabajo, y, al tiempo, por lo que más me gustaba, así que un día, como cualquier otro, me vi en pelotas frente a la vida pensando que no me apetecía levantarme para irme a trabajar, pero que si me quedaba en casa haciendo lo que me gustaba... era como ir al trabajo.
Lo dejé, hice las maletas y me fui a otra ciudad a quinientos kilómetros. Ahora toca empezar de nuevo, pero tengo la sensación de ir siempre despidiéndome de todo. Será parte de la vida, imagino.
Ahora me he descubierto de nuevo leyendo, de nuevo escribiendo, de nuevo queriendo conocer y ver, tocar, sentir, ya no tengo un sueño que implique un destino, que implique un puesto o un status, ahora sueño con estar, y no levantarme cada mañana pensando que no me apetece levantarme.
No os engañaré, hay días malos, de esos en los que te entra el miedo terrible de pensar que, posiblemente, lo que has dejado atrás era lo mejor de tu vida. Pero muchos días, los más, salgo del nuevo trabajo y me olvido inmediatamente de él. A partir de ese momento retorno a mi vida.
Una cosa, he cambiado de trabajo, pero no de empresa, ja ja ja, no era lo bastante valiente. Quizá un próximo paso. Estoy pensando en dejarlo todo de nuevo y montar una librería en alguna ciudad de tamaño medio (talla L, una ciudad mediana me vale).
Ya os iré contando.
Un cuento.
Existía un chico, hace ya más de mil años, pudo ser ayer, que se perdió entre las tripas de la intrincada informática. Como si hubiera sido un carpientero, poco importa. Dejó sus momentos, sus noches, al amparo único de alcanzar su sueño, trabajar como informático en una empresa tamaño medio (talla L, con eso valía). El caso es que, un día, por que la verdad es que fue así, este chico se encuentra trabajando como técnico de sistemas en un banco ( o caja, tanto da), estaba donde quería, donde había soñado...
Bueno, pues siento comunicaros que, al menos para mi, trabajar en lo que me gusta, casi me cuesta la vida, al menos casi me cuesta no vivir la vida. Lograron arrancarme el gusto por mi trabajo, y, al tiempo, por lo que más me gustaba, así que un día, como cualquier otro, me vi en pelotas frente a la vida pensando que no me apetecía levantarme para irme a trabajar, pero que si me quedaba en casa haciendo lo que me gustaba... era como ir al trabajo.
Lo dejé, hice las maletas y me fui a otra ciudad a quinientos kilómetros. Ahora toca empezar de nuevo, pero tengo la sensación de ir siempre despidiéndome de todo. Será parte de la vida, imagino.
Ahora me he descubierto de nuevo leyendo, de nuevo escribiendo, de nuevo queriendo conocer y ver, tocar, sentir, ya no tengo un sueño que implique un destino, que implique un puesto o un status, ahora sueño con estar, y no levantarme cada mañana pensando que no me apetece levantarme.
No os engañaré, hay días malos, de esos en los que te entra el miedo terrible de pensar que, posiblemente, lo que has dejado atrás era lo mejor de tu vida. Pero muchos días, los más, salgo del nuevo trabajo y me olvido inmediatamente de él. A partir de ese momento retorno a mi vida.
Una cosa, he cambiado de trabajo, pero no de empresa, ja ja ja, no era lo bastante valiente. Quizá un próximo paso. Estoy pensando en dejarlo todo de nuevo y montar una librería en alguna ciudad de tamaño medio (talla L, una ciudad mediana me vale).
Ya os iré contando.





