Tiranos
Mi experiencia tras el mostrador me ha enseñado, que no demostrado, que el cliente siempre lleva la razón. Generalmente el consumidor es un tirano: quiere que se satisfagan sus deseos cuando quiera, donde quiera y como quiera, al mejor precio, con la máxima rapidez y excelencia posible. Los trabajadores al servicio del cliente final son humanos y, por tanto, tienen limitaciones, a veces psicológicas y a veces meramente técnicas. A veces lo imposible no es posible y hay que aguantarse.
Entre someterse a la humillación del consumidor y marcar los gustos y circunstancias del cliente hay un buen trecho, pero a veces esa balanza entre lo posible y lo imposible se mantiene en un inestable equilibrio que hay que esforzarse en mantener. Es ahí donde surgen los grandes profesionales y los grandes clientes.
Nos habíamos citado a las siete con los pintores, que estaban trabajando en un pueblo cercano. A las seis y media recibimos la llamada de que ya estaban allí. Justo a esa hora me disponía a salir de mi casa para recoger un papel pintado, todo cronometrado para poder estar a las siete en el lugar indicado. Supuestamente la reunión con los pintores tenía lugar para hablar de los colores y los tiempos de trabajo, para lo cual tener de antemano el papel pintado facilitaba las explicaciones.
He salido de casa con toda la rapidez que me permitían mis piernas para hacerles el favor de llegar un poco antes de lo acordado, para que así ellos pudieran irse a casa lo antes posible, dado que su jornada laboral había terminado. En los diez minutos que he tardado en llegar a la tienda, esperar a que me tocara mi turno (y aguantar a una mujer que se ha colado), que buscaran el papel encargado y me lo cobraran (esto es... sumando todo, unos veinte minutos) y llegar, con atasco a la salida de la ciudad incluido, hasta donde habíamos quedado, los pintores han llamado unas cuatro veces instándonos a que estuviéramos allí ya porque tenían mucha prisa.
Si ellos se han adelantado a la hora fijada y tienen que esperar, lo siento, pero no es problema mío. Que hubieran llegado a su hora. Para cuando me toque a mí esperar.
Hemos llegado. Mi novio ha salido del coche y ellos, de su furgoneta. Detrás, yo. El saludo ha sido: "Hombreeeee, cómo has tardado tanto, a ver para qué traes a tu novia". Me he quedado de piedra. Una estatua de piedra que les ha lanzado una mirada de desprecio capaz de avivar volcanes. No contentos con ello, mientras abríamos la puerta han seguido quejándose, en clave de broma, de lo mucho que habíamos tardado. Y, por supuesto, nos han regalado toda una serie de topicazos dignos de entrar en el Guiness. Para llamar la atención, resaltemos que hasta les ha llamado la atención que yo, una chica joven, tenga ¡coche!
Me debe haber empezado a sangrar la lengua de tanto mordérmela. Yo, que no suelo callarme nada, estaba tan atónita que dudaba entre cruzarles la cara o echarles a patadas de mi casa.
La visita en total ha durado cinco minutos, durante los cuales apenas han mirado las paredes que tenían que pintar, no han preguntado nada sobre los colores, no le han hecho ni caso al papel pintado y, eso sí, se han reído mucho. Todo ello adornado con improperios maquillados de alegría, tomándose todas las confianzas del mundo (entre ellas la pérdida de respeto) y exigiendo que estemos allí a la hora que ellos digan el día que ellos digan.
Pues oiga, que me parece a mí que esto no debería ser así. Que si yo pago tengo derecho a elegir cuándo y cómo se lleva a cabo el trabajo y, sobre todo, tengo derecho a que se me respete como a cualquier ser humano. No voy a hablar de machismo, creo que todo esto se resume simplemente en la palabra gilipollez. Vamos que, como dije en una ocasión, gilipollas tiene que haber en todas partes.
Y aquí estamos, condicionados por unos pintores que harán lo que les dé la gana cuando les dé la gana (como hacen todos los que se dicen profesionales y que abundan mucho en esto de la construcción, sobre todo en las "chapuzas"). "Profesionales" que dictan qué tienes que hacer en tu propia casa, que te atan de pies y manos en la toma de decisiones y que, por si fuera poco, te faltan al respeto.
Entre someterse a la humillación del consumidor y marcar los gustos y circunstancias del cliente hay un buen trecho, pero a veces esa balanza entre lo posible y lo imposible se mantiene en un inestable equilibrio que hay que esforzarse en mantener. Es ahí donde surgen los grandes profesionales y los grandes clientes.
Nos habíamos citado a las siete con los pintores, que estaban trabajando en un pueblo cercano. A las seis y media recibimos la llamada de que ya estaban allí. Justo a esa hora me disponía a salir de mi casa para recoger un papel pintado, todo cronometrado para poder estar a las siete en el lugar indicado. Supuestamente la reunión con los pintores tenía lugar para hablar de los colores y los tiempos de trabajo, para lo cual tener de antemano el papel pintado facilitaba las explicaciones.
He salido de casa con toda la rapidez que me permitían mis piernas para hacerles el favor de llegar un poco antes de lo acordado, para que así ellos pudieran irse a casa lo antes posible, dado que su jornada laboral había terminado. En los diez minutos que he tardado en llegar a la tienda, esperar a que me tocara mi turno (y aguantar a una mujer que se ha colado), que buscaran el papel encargado y me lo cobraran (esto es... sumando todo, unos veinte minutos) y llegar, con atasco a la salida de la ciudad incluido, hasta donde habíamos quedado, los pintores han llamado unas cuatro veces instándonos a que estuviéramos allí ya porque tenían mucha prisa.
Si ellos se han adelantado a la hora fijada y tienen que esperar, lo siento, pero no es problema mío. Que hubieran llegado a su hora. Para cuando me toque a mí esperar.
Hemos llegado. Mi novio ha salido del coche y ellos, de su furgoneta. Detrás, yo. El saludo ha sido: "Hombreeeee, cómo has tardado tanto, a ver para qué traes a tu novia". Me he quedado de piedra. Una estatua de piedra que les ha lanzado una mirada de desprecio capaz de avivar volcanes. No contentos con ello, mientras abríamos la puerta han seguido quejándose, en clave de broma, de lo mucho que habíamos tardado. Y, por supuesto, nos han regalado toda una serie de topicazos dignos de entrar en el Guiness. Para llamar la atención, resaltemos que hasta les ha llamado la atención que yo, una chica joven, tenga ¡coche!
Me debe haber empezado a sangrar la lengua de tanto mordérmela. Yo, que no suelo callarme nada, estaba tan atónita que dudaba entre cruzarles la cara o echarles a patadas de mi casa.
La visita en total ha durado cinco minutos, durante los cuales apenas han mirado las paredes que tenían que pintar, no han preguntado nada sobre los colores, no le han hecho ni caso al papel pintado y, eso sí, se han reído mucho. Todo ello adornado con improperios maquillados de alegría, tomándose todas las confianzas del mundo (entre ellas la pérdida de respeto) y exigiendo que estemos allí a la hora que ellos digan el día que ellos digan.
Pues oiga, que me parece a mí que esto no debería ser así. Que si yo pago tengo derecho a elegir cuándo y cómo se lleva a cabo el trabajo y, sobre todo, tengo derecho a que se me respete como a cualquier ser humano. No voy a hablar de machismo, creo que todo esto se resume simplemente en la palabra gilipollez. Vamos que, como dije en una ocasión, gilipollas tiene que haber en todas partes.
Y aquí estamos, condicionados por unos pintores que harán lo que les dé la gana cuando les dé la gana (como hacen todos los que se dicen profesionales y que abundan mucho en esto de la construcción, sobre todo en las "chapuzas"). "Profesionales" que dictan qué tienes que hacer en tu propia casa, que te atan de pies y manos en la toma de decisiones y que, por si fuera poco, te faltan al respeto.
Comentario:
Es que en el tema de las obras en casa es muy difícil encontrar gente buena y seria, que lo sé porque todavía tengo en la mente la última macro-obra que se llevó a cabo en este piso. Además, los que trabajan bien suelen cobrar un pastón, tener una disponibilidad de mierda y, en muchos casos, son unos plastas. De tener la casa empantanada durante ni se sabe cuánto tiempo (porque tú sabes cuando van a empezar pero no cuando terminarán) ya no digo nada porque se da por hecho.
No desesperes. O sino hazlo a lo Ikea: móntalo tú misma, que es más divertido (y si las paredes están bien te lo puedes permitir).
No desesperes. O sino hazlo a lo Ikea: móntalo tú misma, que es más divertido (y si las paredes están bien te lo puedes permitir).
Comentario:
Una puntualización, al respecto del anterior comentario: no se puede contratar a otros pintores (y donde digo pintores entiéndase cualquier otra profesión relacionada con la construcción) porque hoy en día todos ponen millones de objeciones para trabajar. Dirán que hay paro y crisis, pero cuando necesitas que te hagan algo, nadie va.
Valga como ejemplo el de una amiga mía, que necesitaba que le pintaran el salón y el pasillo y de momento ya han pasado cuatro pintores, algunos de los cuales le han hecho una chapuza y otros simplemente no han regresado.
Por todo eso digo que te tienen atada de pies y manos, porque hay que suplicarles que trabajen aparte de pagarles, obviamente.
Valga como ejemplo el de una amiga mía, que necesitaba que le pintaran el salón y el pasillo y de momento ya han pasado cuatro pintores, algunos de los cuales le han hecho una chapuza y otros simplemente no han regresado.
Por todo eso digo que te tienen atada de pies y manos, porque hay que suplicarles que trabajen aparte de pagarles, obviamente.
Comentario:
¿Y por qué no buscas a otros pintores?...es tu dinero ¿no? pues ya que tu tienes el poder en ese sentido haberles mandado a la mierda...
...Bueno ya se que no es fácil, pero al leer lo que ponías a mi también me hervía la sangre. Piensa que algún día, cuando estés en tu casa, con tu marido y tus hijos no te acordarás de lo que costó "levantarla".
Un beso,
yo
...Bueno ya se que no es fácil, pero al leer lo que ponías a mi también me hervía la sangre. Piensa que algún día, cuando estés en tu casa, con tu marido y tus hijos no te acordarás de lo que costó "levantarla".
Un beso,
yo





