Ni un bodrio ni todo lo contrario
Una película basada en una idea original, distinta, puede venirse abajo por detalles nimios pero básicos. Prueba de ello es El número 23 (Joel Schumacher,2007).
El objetivo de la película es mostrar cómo algo aparentemente absurdo consigue obsesionar a una persona hasta llevarla a la locura. El comienzo es brillante, atractivo, y presenta una estética reconocible. El entramado de obsesiones que se nos va presentando logra sostenerse sólo por los pelos, hasta llegar a un final que podría haber sido brillante pero que se queda únicamente en sorprendente. El número 23 es un thriller psicológico en el que hay que rebuscar para encontrar el significado. No puede verse únicamente como una película hecha para el entretenimiento, que también lo es, sino como la puesta en imágenes de una teoría sobre la obsesión. Schumacher podía haberlo hecho mejor, sin duda, podía haber limado más los flecos, haber cohesionado mejor las piezas, haber retorcido una y otra vez a los personajes hasta hacerlos dar todo de sí mismos. La película no pasará a la historia del cine, pero no es un bodrio, como dicen algunos.
El número 23 tiene dos puntos fuertes, dependientes el uno del otro. El primero, aunque no el más importante, es la puesta en escena. El filme utiliza recursos, tanto narrativos como estilísticos, que le dan gran personalidad. La oposición pasado-presente y fantasía-realidad está muy trabajada. El otro gran punto fuerte es la interpretación. No es sólo un gran acierto que un mismo actor/actriz interprete dos papeles (lo que pone de relieve la variedad de registros de los profesionales), es que Jim Carrey está excelente en ambos. Ya probó algo parecido en Olvídate de mí (Michel Gondry, 2004) - con un título mucho más sugerente en inglés "eternal sunshine of the spotless mind"-, que le salió mejor pero que no caló demasiado entre el público comercial.
No hay que sobrevalorar El número 23. Es sólo -y sobra- la historia de la obsesión de un hombre por una nimiedad, que le lleva a perder la cabeza, a convertirse en otra persona, a no reconocerse. Personalmente eliminaría la apología de la justicia que subyace en el final y hubiera preferido que Walter Sparrow no asumiera las consecuencias de sus actos. Pero esto, como todo, es discutible.
El objetivo de la película es mostrar cómo algo aparentemente absurdo consigue obsesionar a una persona hasta llevarla a la locura. El comienzo es brillante, atractivo, y presenta una estética reconocible. El entramado de obsesiones que se nos va presentando logra sostenerse sólo por los pelos, hasta llegar a un final que podría haber sido brillante pero que se queda únicamente en sorprendente. El número 23 es un thriller psicológico en el que hay que rebuscar para encontrar el significado. No puede verse únicamente como una película hecha para el entretenimiento, que también lo es, sino como la puesta en imágenes de una teoría sobre la obsesión. Schumacher podía haberlo hecho mejor, sin duda, podía haber limado más los flecos, haber cohesionado mejor las piezas, haber retorcido una y otra vez a los personajes hasta hacerlos dar todo de sí mismos. La película no pasará a la historia del cine, pero no es un bodrio, como dicen algunos.
El número 23 tiene dos puntos fuertes, dependientes el uno del otro. El primero, aunque no el más importante, es la puesta en escena. El filme utiliza recursos, tanto narrativos como estilísticos, que le dan gran personalidad. La oposición pasado-presente y fantasía-realidad está muy trabajada. El otro gran punto fuerte es la interpretación. No es sólo un gran acierto que un mismo actor/actriz interprete dos papeles (lo que pone de relieve la variedad de registros de los profesionales), es que Jim Carrey está excelente en ambos. Ya probó algo parecido en Olvídate de mí (Michel Gondry, 2004) - con un título mucho más sugerente en inglés "eternal sunshine of the spotless mind"-, que le salió mejor pero que no caló demasiado entre el público comercial.
No hay que sobrevalorar El número 23. Es sólo -y sobra- la historia de la obsesión de un hombre por una nimiedad, que le lleva a perder la cabeza, a convertirse en otra persona, a no reconocerse. Personalmente eliminaría la apología de la justicia que subyace en el final y hubiera preferido que Walter Sparrow no asumiera las consecuencias de sus actos. Pero esto, como todo, es discutible.





