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Porque no podría centrarme en una sola cosa
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Me llamo Patricia y estudio Periodismo y Comunicación Audiovisual. Los fines de semana trabajo como maquetadora en La Tribuna de Ciudad Real. Podéis escribirme a soylaveraARROBA hotmailPUNTOcom
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Crónicas sevillanas
A la vuelta de Sevilla, ya un poco más descansada, me atrevo a contaros mis impresiones.

Dado el revuelo armado en la ciudad por motivo del concierto de Héroes del Silencio (del que ya hablaré en otra ocasión), un mes antes de mi viaje encontré, tras arduas averiguaciones, el único alojamiento libre de todo Sevilla (y parte de alrededores). Lo cierto es que ha resultado ser un apartamento muy cómodo y bonito. Se trataba de una habitación de unos 25 metros donde había una pequeña cocina y un pequeño saloncito y, separado por una estantería, la cama de matrimonio con un estante y un armario empotrado. Al lado, un baño completo. Todo ello decorado muy de Ikea, con las paredes blancas y el sofá y la cama en colores llamativos. Muy jovial y atractivo. Lo malo era que había que tener las ventanas siempre cerradas porque todo el que pasaba por ahí nos veía (o eso suponíamos, porque resulta que en los tres días que estuvimos no nos cruzamos con nadie). No sé si nuestra ausencia de vecinos se debía a algo en particular o es que nuestras horas de salidas y entradas eran tan intempestivas que no coincidíamos con ningún ser humano.

¿Qué hemos hecho en Sevilla? Básicamente caminar, beber cerveza y comer jamón. Y muchas fotos (que pronto podréis ver en mi space, para quienes no repriman su deseo de cotillear). No ha sido una visita turística, no hemos visto ningún monumento salvo la Giralda (y por fuera). Me costó hacerme a la idea de que el viaje iba a ser así y el primer día ya tenía yo mi primera pequeña crisis de ansiedad. Al menos ya lo voy controlando y no me pongo a gritar como loca, pero puedo asegurar que me vuelvo insoportable (y eso convierte a mi novio en un santo).

Y es que el viernes ya fue un día agotador. Como no hubo manera humana de aparcar el coche cerca del apartamento, pedimos a nuestro casero que nos llevara primero al aparcamiento que también nos alquilaba y que estaba, más o menos, en la otra punta de Sevilla. Una vez dejado el coche a buen recaudo caminamos, arrastrando maletas, hasta el apartamento. Para unas personas normales con algo de sentido de la orientación el paseo hubiera durado aproximadamente quince minutos; para gente como nosotros, desprovistos además de todo plano, se alargó durante una hora, durante la cual atravesamos calles empedradas arrastrando dos maletas bajo el justiciero sol de mediodía. Podéis imaginaros cuán relajante resultó la ducha posterior y la gran siesta de tres horas que nos regalamos.

Después fuimos a conocer la ciudad, atravesando calles, ojeando comercios y fotografiando todo lo fotografiable. La mañana siguiente se desarrolló más o menos del mismo modo, con la particularidad de que, después de mucho peregrinar por bares atestados, llegamos a un pequeño refugio de comida deliciosa cuyo nombre no recuerdo. Y entre las dos jarras de sangría que nos bebimos y los chupitos de ron miel posteriores a cuenta del restaurante cualquiera se movía de allí.

No obstante, no podíamos despistarnos. Averiguar el funcionamiento de los autobuses sevillanos nos llevó largo rato. Al final cogimos uno que nos llevaba justo en dirección contraria pero, como la línea era circular, después de más de una hora llegamos a nuestro destino: el Estado Olímpico de La Cartuja.

Faltaban unas dos horas para el comienzo del concierto y había muchísima gente. Muchos habían pasado allí la noche para coger la posición más ventajosa en la cola de entrada. Una vez que pudimos pasar, esperamos una hora y media de pie derecho. Y después saltamos, como nunca antes habíamos saltado, durante tres horas menos cuarto. Ni siquiera nos planteamos coger un autobús o un taxi de vuelta. Inútil. Comenzamos a caminar siguiendo la marea de camisetas negras, atravesando descampados, aparcamientos y campo mal iluminado hasta llegar a algo parecido a la civilización sevillana. Después recorrimos toda la Avenida Kansas City hasta llegar cerca de Triana, lo cual en minutos pateados viene a ser como más de una hora.

Hambrientos, sedientos y cojeando (cada uno de una pierna, para complementarnos) intentamos que alguien nos diera de comer. Era más de la una de la noche y sólo estaban abiertos los bares de copas. Ningún bar servía comida ni tapas y no había ninguna sucursal de comida basura abierta. Volvimos a caminar, en dirección al centro, y sólo encontramos un Kentucky Fried Chicken cuya cola de espera daba una vuelta a la manzana. Las dos de la mañana. Recorrimos todo el centro. A las dos y media ya habíamos perdido toda la esperanza de comer algo y todos nuestros esfuerzos se centraban en encontrar un sitio donde descansar y, al menos, beber algo. Cerca del apartamento donde nos alojábamos se hallaba un café de sillones mullidos. Nuestra cena de aquel largo día consistió en dos zumos de naranja bebidos casi sin respirar, un pedazo de tarta y una tarrina de helado. Y a la cama.

No había quien se levantara al día siguiente. Una vez superadas las dificultades materiales, tales como apoyar las piernas sin gritar de dolor, y desentumecer los músculos lo mejor posible, vagabundeamos por la ciudad, advirtiendo a nuestro paso cómo otros muchos, curiosamente ataviados de negro y con señas que los identificaban como seguidores de Héroes, intentaban encontrar algún lugar donde pasar el día. Según informaciones, más bien rumores, al menos el 20% de las entradas (de 72500 entradas, que no son pocas) se vendieron a gente de fuera de Sevilla que no logró encontrar alojamiento.

El cansancio pudo con nosotros. Pasamos la tarde tumbados en la cama, leyendo el periódico y mirando la carrera de Fórmula 1. Había sido nuestro último día de vacaciones y teníamos que madrugar.

Nos levantamos a las tres y media de la mañana. A las 4.15 abandonamos Sevilla, echando no tanto de menos la ciudad (la verdad es que la recordaba mucho más bonita) como lo que en ella habíamos vivido, con sueño en los ojos y muchísimas ganas de llegar a casa (y a la cama). Llegué a la estación del AVE de Ciudad Real a las 8 de la mañana, embarqué en el de las 8.45 y llegué a Madrid a las 9.40. Un cercanías después llegaba a Getafe a dejar la maleta y a las 10.45 esperaba en la puerta de clase para hacer el examen más absurdo de mi vida (el cual, obviamente, suspendí).

Pasé la tarde ordenando fotos, mirándolas una y otra vez… recordando la promesa que hice hace poquito tiempo, ante mi incompetencia para lidiar con los avatares del destino, de no volver a planear un viaje así. Con el sabor en los labios de que pese a todo ha merecido la pena. Porque son estas palizas de diversión las que luego recordamos toda la vida, de las cuales en un futuro nos reiremos. Y, junto a la promesa de no volver a planear nada hasta que la carrera no me devuelva mi libertad, la noticia de que hemos sido premiados con un viajecito de dos noches a (posible destino) Ibiza.

Qué dura es esta vida… ¿verdad?
 
Comentario:
La primera vez que visité Sevilla, en la Expo´92, dije una y no más santo tomás. La segunda vez que volví a Sevilla fue una feria de Abril, annesica de mí... y volví a decir una y no más santo tomás... Y como no hay dos sin tres, seguro que volveré, por aquello de que el Ave nos la pone a los ciudarrealeños a tiro, pero no, no resultó nada acogedora, y sus gentes menos, van al degüello del turista, antipáticos y muy poco hospitalarios... y eso que van de gracioso ¡todo un tópico echado por tierra!
No