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Me llamo Patricia y estudio Periodismo y Comunicación Audiovisual. Los fines de semana trabajo como maquetadora en La Tribuna de Ciudad Real. Podéis escribirme a soylaveraARROBA hotmailPUNTOcom
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Las entrañas del acordeón
Lo primero que destaca en El hijo del acordeonista, novela de Bernardo Atxaga traducida al castellano en 2004, es la estructura. Nos lleva a retazos por los recovecos de la memoria de David Imaz, en una suerte de hilván de relatos cuya densidad y extensión dependen de lo que la historia necesite. Podría decirse que es asimismo un mosaico cultural, donde se unen cuatro lenguas (castellano, euskera, francés e inglés) que los personajes utilizan sin distinción.

El hijo del acordeonista es todo un logro en cuanto a profundidad de la historia, que goza de una trama entrelazada entre personajes y épocas. Es sobre todo una novela de tiempos, en la que el protagonista parece vivir más en el pasado que en el presente y, ya siendo adolescente, se aferra a una raíces difusas que él cree distinguir perfectamente. Su adolescencia está marcada por los recuerdos callados de la Guerra Civil española, por los fantasmas de Guernika, por las reuniones clandestinas... David se mete en un mundo secreto donde algunas palabras que desconoce (desnacionalizar, por ejemplo) están por encima de la moral. Atxaga es, en este sentido, valiente; valiente porque no elude el tema, porque mete a David de lleno en la lucha armada, como ellos dicen, pero es asimismo objetivo (o cobarde, si quieren) al hacer que David no se pronuncie al respecto. Al lector le parece que el protagonista va a parar allí casi por casualidad, porque sus amigos también están, porque conjuga ciertos vagos principios que hay en él. Realmente, la vida de David es para mí (si Freud me leyera...) sólo una reacción contra su padre, fascista casi reconocido, también casi por amistad; Atxaga mezcla la política y las afrentas que todos viven en la adolescencia contra sus progenitores y lleva al protagonista a unos hechos que marcan su vida.

Por todo ello, el personaje de David es ciertamente inconsistente. Los secundarios le roban terreno. Pese a que David lleva el peso de la historia, justificamos la abundancia de secundarios, y su particular importancia, en que se pretende recuperar la memoria a través de las personas que conoció, que fueron importantes para él, que lo llevaron adonde está, que lo condenaron o lo salvaron. En la novela, las personas tienen extremada relevancia, casi más que los hechos, y los pequeños detalles (de los que a veces se abusa) como las mariposas y el sombrero americano Hoston. Sin embargo, no podemos olvidar que la memoria se forja a partir de estos fragmentos de mundo que se nos quedan prendidos de las retinas.

Frente a David, tenemos a Joseba. Es imposible desligarse de la realidad y no ver que Joseba es el propio Atxaga (sólo hay que mirar su biografía), adornado con las fantasías de la ficción, pero con el corazón de un Atxaga que también decidió dedicar su vida a la escritura y a la lengua vasca. Como personaje, Joseba está y no está. Tiene una presencia continua a lo largo de toda la historia, pero no llega a crear un personaje que adoremos u odiemos, como ocurre con otros.

Podemos leer esta novela remontándonos a los clásicos relatos de añoranza, de nostalgia, de (como digo siempre) salto de la infancia a la madurez. Empiezo a pensar, y alguien que no recuerdo lo dijo alguna vez, que todos los relatos dibujan un camino metafórico que el protagonista debe seguir, que normalmente se identifica con el que todo ser humano recorre desde su infancia a su vejez. El hijo del acordeonista lo hace, si bien de forma no lineal, como no puede ser de otra manera tratándose de un libro de memorias, ficticias o no.
 
Comentario:
Me han gustado mucho los dos últimos post que has publicado. A mucha gente le gustaría llegar a escribir como tu (y entre ellos yo). Sigue así guapa.

Un besico y feliz verano (o lo que queda de él)
No