Flöge y Klimt (o el amor latente)
"No esperéis una novela romántica" leí hace poco (en un enlace que no he podido recuperar) al respecto de El Beso, de Elizabeth Hickey. Esta novela recoge la historia de Emilie Flöge, la amante, amiga y compañera de Gustav Klimt durante la mayoría de su vida. Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre la naturaleza de su relación y el único testimonio físico es el retrato que le hizo el artista.
Por ello no nos encontramos ni ante una novela romántica ni ante un ensayo sobre el pintor, ni siquiera ante un retrato de las costumbres de la época. La autora define su libro como ficción histórica y se justifica de la siguiente manera: "El propósito de la ficción histórica no es tanto reflejar el pasado como sucedió exactamente, tarea imposible, sino imaginarlo como debió suceder".
Por ello, Hickey nos ofrece una novela extrañamente romántica, pues sin adecuarse totalmente al término que intenta definirla es romántica en esencia. Es la historia de una mujer que ofrece su vida al hombre que ama, aunque ninguno de los dos tenga claros sus sentimientos. Klimt lo es todo para ella, su maestro, su tutor, su mecenas, su amante... Su relación con el pintor cambia drásticamente su vida y la de su familia y la sumerge de lleno en el mundo de las artes y la bohemia. Para Emilie es también el camino hacia el éxito, pues gracias a sus contactos, a su inteligencia y a su saber estar consigue llevar adelante uno de los salones de modas más famosos de la época.
El beso nos hace transitar por algunos de los cuadros más famosos del genio simbolista, nos describe las situaciones que les dieron lugar y cuya descripción seguramente no se aleje mucho de la realidad. De soslayo, también nos habla de la guerra y de cómo arrancó de cuajo las esperanzas de una Viena de inmenso potencial cultural; nos habla de cómo la guerra pone fin a todo y deja sólo devastación a su paso. En la superficie de la novela, sin embargo, hay grandes notas de esplendor cultural, descritas con tanta precisión que nos parece oír el rasgar de las carísimas telas de los vestidos, acariciar los lienzos de los artistas o contemplar las creaciones del resto de genios del arte que se dieron cita en una época y un lugar determinados.
Esta obra es un retrato de emociones y de tránsito de la infancia a la madurez. El tono cambia sensiblemente hasta hacer que nos identifiquemos plenamente con la edad que tiene Emilie Flöge en cada momento de la novela. Vemos todo desde su particular y privilegiada óptica: contemplamos a Klimt como un mago ante sus ojos de niña inocente, asistimos a los primeros contactos de ambos con el temblor de una hoja, conocemos las inseguridades de una joven que se mueve en un entorno al que no sabe si pertenece y finalmente vemos cómo la mujer en que se ha convertido es capaz de hacerse un hueco en ese mundo y sentirse orgullosa de lo que hace. La sexualidad late bajo las líneas de la novela, haciéndose explícita muy pocas veces y sin necesidad de ello.
No llegamos nunca a conocer a Klimt. Lo mudable de su personalidad junto con la inexactitud de los datos crean a su alrededor una atmósfera misteriosa. Sabemos de sus múltiples relaciones con mujeres, pero no nos explicamos el porqué de sus relaciones (la ternura, la caridad, la sensualidad, el vicio, la costumbre, el favor...) Sabemos de su relación de dependencia con el arte, pero no nos explicamos hasta qué punto era un pintor comercial o controvertido. Era un hombre optimista y pesimista a la vez, oscuro y brillante, feliz y atormentado... Hickey no deja claro qué procede de la verdad histórica y qué de su imaginación, pero el caso es que, real o no, consigue crear un personaje enigmático y magnético del que, nos hace pensar, cualquiera se podría enamorar.
El beso es realmente una obra que enamora y por eso de qué otra forma podríamos llamarla sino romántica.
Por ello no nos encontramos ni ante una novela romántica ni ante un ensayo sobre el pintor, ni siquiera ante un retrato de las costumbres de la época. La autora define su libro como ficción histórica y se justifica de la siguiente manera: "El propósito de la ficción histórica no es tanto reflejar el pasado como sucedió exactamente, tarea imposible, sino imaginarlo como debió suceder".
Por ello, Hickey nos ofrece una novela extrañamente romántica, pues sin adecuarse totalmente al término que intenta definirla es romántica en esencia. Es la historia de una mujer que ofrece su vida al hombre que ama, aunque ninguno de los dos tenga claros sus sentimientos. Klimt lo es todo para ella, su maestro, su tutor, su mecenas, su amante... Su relación con el pintor cambia drásticamente su vida y la de su familia y la sumerge de lleno en el mundo de las artes y la bohemia. Para Emilie es también el camino hacia el éxito, pues gracias a sus contactos, a su inteligencia y a su saber estar consigue llevar adelante uno de los salones de modas más famosos de la época.
El beso nos hace transitar por algunos de los cuadros más famosos del genio simbolista, nos describe las situaciones que les dieron lugar y cuya descripción seguramente no se aleje mucho de la realidad. De soslayo, también nos habla de la guerra y de cómo arrancó de cuajo las esperanzas de una Viena de inmenso potencial cultural; nos habla de cómo la guerra pone fin a todo y deja sólo devastación a su paso. En la superficie de la novela, sin embargo, hay grandes notas de esplendor cultural, descritas con tanta precisión que nos parece oír el rasgar de las carísimas telas de los vestidos, acariciar los lienzos de los artistas o contemplar las creaciones del resto de genios del arte que se dieron cita en una época y un lugar determinados.
Esta obra es un retrato de emociones y de tránsito de la infancia a la madurez. El tono cambia sensiblemente hasta hacer que nos identifiquemos plenamente con la edad que tiene Emilie Flöge en cada momento de la novela. Vemos todo desde su particular y privilegiada óptica: contemplamos a Klimt como un mago ante sus ojos de niña inocente, asistimos a los primeros contactos de ambos con el temblor de una hoja, conocemos las inseguridades de una joven que se mueve en un entorno al que no sabe si pertenece y finalmente vemos cómo la mujer en que se ha convertido es capaz de hacerse un hueco en ese mundo y sentirse orgullosa de lo que hace. La sexualidad late bajo las líneas de la novela, haciéndose explícita muy pocas veces y sin necesidad de ello.
No llegamos nunca a conocer a Klimt. Lo mudable de su personalidad junto con la inexactitud de los datos crean a su alrededor una atmósfera misteriosa. Sabemos de sus múltiples relaciones con mujeres, pero no nos explicamos el porqué de sus relaciones (la ternura, la caridad, la sensualidad, el vicio, la costumbre, el favor...) Sabemos de su relación de dependencia con el arte, pero no nos explicamos hasta qué punto era un pintor comercial o controvertido. Era un hombre optimista y pesimista a la vez, oscuro y brillante, feliz y atormentado... Hickey no deja claro qué procede de la verdad histórica y qué de su imaginación, pero el caso es que, real o no, consigue crear un personaje enigmático y magnético del que, nos hace pensar, cualquiera se podría enamorar.
El beso es realmente una obra que enamora y por eso de qué otra forma podríamos llamarla sino romántica.
Comentario:
Lo has definido estupendamente: es un retrato de emociones.





