El éxito de un vasco en La Mancha
Mikel Erentxun ofreció en Alcázar de San Juan (Ciudad Real) un concierto atípico. Lejos de llenar algo más de hora y media con una lista de canciones más que predecibles, se intentó adecuar al ritmo manchego, mezcló lo más nuevo con sus clásicos y se marchó feliz de haberse conocido.
La gran protagonista de la noche no fue sólo su voz preadolescente, sino su guitarra. Una guitarra que destacaba en la noche alcazareña con una brillantez pocas veces vista. En algunos momentos me recordó al concierto que Bryan Adams ofreció también en esta localidad hace ya un año. Acompañado de Rubén a la guitarra, de Manolo al bajo y de Rufo a la batería, Mikel Erentxun ofreció sobre todo un concierto musical por todo lo alto. No faltó un falso erotismo, disfrazado de cachondeo, que enfervorizó al personal.
La Plaza Mayor, que parecía tímida al inicio de la noche, terminó por ofrecer un buen ambiente y un marco inolvidable para un concierto singular. Gente de todas las edades, animados por algún que otro éxito conocido y, sobre todo, por la gratuidad de las entradas, tarareó y se agitó la ritmo de las canciones de siempre. Algunos fans en la primera fila dieron la nota de color y arrancaron la sonrisa de un Mikel que fue, más que nunca, un niño grande.
La gran protagonista de la noche no fue sólo su voz preadolescente, sino su guitarra. Una guitarra que destacaba en la noche alcazareña con una brillantez pocas veces vista. En algunos momentos me recordó al concierto que Bryan Adams ofreció también en esta localidad hace ya un año. Acompañado de Rubén a la guitarra, de Manolo al bajo y de Rufo a la batería, Mikel Erentxun ofreció sobre todo un concierto musical por todo lo alto. No faltó un falso erotismo, disfrazado de cachondeo, que enfervorizó al personal.
La Plaza Mayor, que parecía tímida al inicio de la noche, terminó por ofrecer un buen ambiente y un marco inolvidable para un concierto singular. Gente de todas las edades, animados por algún que otro éxito conocido y, sobre todo, por la gratuidad de las entradas, tarareó y se agitó la ritmo de las canciones de siempre. Algunos fans en la primera fila dieron la nota de color y arrancaron la sonrisa de un Mikel que fue, más que nunca, un niño grande.





