El arte de la escritura
Hace tiempo que no sé escribir. Hace tiempo (y no tanto, y parece una eternidad) yo vivía de la escritura, es decir, no podía pasar un día sin escribir una línea, sin reservarme ese pedacito de intimidad que me daba buscar en lo más hondo de mí y expresarlo de cualquier manera. Antes, podía pasar horas escribiendo, viviendo en esos mundos irreales que diseñaba a mi antojo, moviendo los peones en busca de la jugada perfecta. A veces escribir era una afición como cualquier otra; otras veces, escribir era costumbre; la mayoría de las veces, escribir era como respirar.
Solía leer que una escritora no es aquella que publica, sino la que se levanta pensando en escribir y se acuesta pensando en escribir y cualquier cosa que hay a su alrededor le recuerda que ella tiene el poder de trascender a esos mundos mágicos.
Escribir es una droga y, como tal, es posible la desintoxicación. En mi caso, la desintoxicación ha venido de la falta de tiempo, pero de algo más. Cuando una es feliz, cuando tiene todo lo que necesita, no necesita buscar más allá, no siente la necesidad de reflexionar a cada instante sobre qué es su vida. Ahora mismo, mi vida es hacer trabajo tras trabajo, estudiar, trabajar e intentar salir lo más posible para no sentir que la vida se me escapa entre los dedos. Mi afán principal es estirar el tiempo tanto como se puedae, intentando saber que cuando me acuesto es porque no puedo más, porque irme a dormir es para mí el fin de un día que ya no volverá, el tiempo perdido.
Un post me recuerda qué era aquello de vomitar historias. Y es que en ocasiones la ficción se mezcla de tal manera con eso que llamamos realidad que es difícil separar una cosa de otra. Esas piezas que diseñas, como obra de orfebrería, los hijos de tu imaginación, son realmente tus amigos, con quienes compartes tu tiempo, quienes te conocen mejor que nadie porque han nacido de ti. Muchas veces esos hijos se rebelan y cobran vida propia y una no puede sino intentar guiar sus pasos en una trama coherente.
Hace tiempo que no sé escribir. Y esas tres ideas para tres novelas, guardadas en algún rincón de mi cabeza, me gritan cada día, cada semana, que quieren vivir. Me he sentado alguna vez, pero la hora del vómito no llega. La falta de costumbre, quizá, hace que falte grasa para que la maquinaria funcione. Y cuando estoy en el periódico me hormiguean los dedos, porque esas historias quieren surgir, pero nunca hay tiempo y, peor, nunca hay el suficiente grado de oscuridad para dar a luz.
Por eso el arte de la escritura es un arte, un arte que algunos dominan y al que otros se enganchan. El arte de la escritura es una droga, porque aunque haya un parón muy grande siempre queda un mono pesadísimo que no deja de martillear en tu cabeza. El arte de la escritura es una necesidad vital, como lo es la necesidad de conocerse a uno mismo y de expresarse a los demás. Lo que pasa es que cuantos más lenguajes aprendes (y eso en periodismo y en audiovisual tiene mucho que ver), menos dominas, menos segura se siente una de cada palabra, menos confianza se tiene en una misma.
Hace tiempo que no sé escribir y, supongo, que pronto llegarán tiempos en que yo también vomite palabras.
Solía leer que una escritora no es aquella que publica, sino la que se levanta pensando en escribir y se acuesta pensando en escribir y cualquier cosa que hay a su alrededor le recuerda que ella tiene el poder de trascender a esos mundos mágicos.
Escribir es una droga y, como tal, es posible la desintoxicación. En mi caso, la desintoxicación ha venido de la falta de tiempo, pero de algo más. Cuando una es feliz, cuando tiene todo lo que necesita, no necesita buscar más allá, no siente la necesidad de reflexionar a cada instante sobre qué es su vida. Ahora mismo, mi vida es hacer trabajo tras trabajo, estudiar, trabajar e intentar salir lo más posible para no sentir que la vida se me escapa entre los dedos. Mi afán principal es estirar el tiempo tanto como se puedae, intentando saber que cuando me acuesto es porque no puedo más, porque irme a dormir es para mí el fin de un día que ya no volverá, el tiempo perdido.
Un post me recuerda qué era aquello de vomitar historias. Y es que en ocasiones la ficción se mezcla de tal manera con eso que llamamos realidad que es difícil separar una cosa de otra. Esas piezas que diseñas, como obra de orfebrería, los hijos de tu imaginación, son realmente tus amigos, con quienes compartes tu tiempo, quienes te conocen mejor que nadie porque han nacido de ti. Muchas veces esos hijos se rebelan y cobran vida propia y una no puede sino intentar guiar sus pasos en una trama coherente.
Hace tiempo que no sé escribir. Y esas tres ideas para tres novelas, guardadas en algún rincón de mi cabeza, me gritan cada día, cada semana, que quieren vivir. Me he sentado alguna vez, pero la hora del vómito no llega. La falta de costumbre, quizá, hace que falte grasa para que la maquinaria funcione. Y cuando estoy en el periódico me hormiguean los dedos, porque esas historias quieren surgir, pero nunca hay tiempo y, peor, nunca hay el suficiente grado de oscuridad para dar a luz.
Por eso el arte de la escritura es un arte, un arte que algunos dominan y al que otros se enganchan. El arte de la escritura es una droga, porque aunque haya un parón muy grande siempre queda un mono pesadísimo que no deja de martillear en tu cabeza. El arte de la escritura es una necesidad vital, como lo es la necesidad de conocerse a uno mismo y de expresarse a los demás. Lo que pasa es que cuantos más lenguajes aprendes (y eso en periodismo y en audiovisual tiene mucho que ver), menos dominas, menos segura se siente una de cada palabra, menos confianza se tiene en una misma.
Hace tiempo que no sé escribir y, supongo, que pronto llegarán tiempos en que yo también vomite palabras.
Comentario:
Pues para no saber escribir te sale genial. Y por supuesto que vendrán tiempos en los que tedrás eso, tiempo, de sentarte a dar vida a tu creatividad. Me quedo con una frase...la mayoría de las veces, escribir era como respirar.
Es como respirar.
Un beso y anímo, date tiempo.
Es como respirar.
Un beso y anímo, date tiempo.
Comentario:
Estoy segura que un día pasaré por delante de una librería y veré un libro tuyo en el escaparate. Asi que por favor, hazlo por tus futuros lectores (entre los que me incluyo), no pierdas el gusto por escribir que lo haces genial.
Besitos
Besitos





