Los malos malísimos
Debo tener alguna disfunción grave porque me gustan los malos, los malos de película, se entiende.
Ayer dediqué un par de horitas a ver Eragon (Stephen Fangmeier, 2006), una película entretenida, sin demasiadas pretensiones pero que logra mantener cierto interés hasta el final. De ella tengo que decir que tiene unos diálogos pésimos, demasiado forzados, y un ritmo que no consigue atraparte de todo pero tiene, sobre todo, un malo malísimo que me encantó. Robert Carlyle, un Durza estupendo, con un maquillaje excepcional y cierto carisma gótico que da bastante el pego.
Esto no sería preocupante de no ser porque, en mi obsesiva afición a Prison Break, mi interés se ha ido desplazando (que no abandonando) desde el guapísimo e inteligentísimo Michael Scofield (Wentworth Miller) hasta el desagradable, maquiavélico y esquizofrénico T-Bag (Robert Knepper). Lo cierto es que esta serie, en su tratamiento de la difusa línea que separa el bien del mal, hace que cojas cariño a cada uno de sus personajes, sean buenos o malos. Prison Break hace gala de mostrar dos (o más) caras de cada personaje. Con T-Bag el espectador establece un intensa relación amor-odio, que más bien debería llamarse admiración-repugnancia. T-Bag no es un asesino inteligente sino que se mueve por impulsos que nacen de ciertos instintos enterrados. La repugnancia viene ocasionada por la forma aséptica, improsivada, de matar y salir indemne de ello (con una mano más o una mano menos). Este monstruo, sin embargo, es capaz de amar (amar tanto como para no matar a su amada), es capaz de sentirse traicionado y es capaz de hundirse cuando algo sale mal.
Lograr matizar en tan elevado grado un personaje de tal calado, hacerlo mucho más creíble que cualquier otro, lograr la identificación del espectador con alguien horrible debe ser uno de los puntos culminantes de la carrera de un guionista. Un malo bien creado supera con creces al bueno más bueno de todos los tiempos y suele asegurar el éxito. El espectador se identifica en la pantalla (pequeña pantalla en este caso) con cosas que en su vida diaria detesta y quizá por ello el cine es una forma de catarsis de nuestros instintos más primitivos.
Ayer dediqué un par de horitas a ver Eragon (Stephen Fangmeier, 2006), una película entretenida, sin demasiadas pretensiones pero que logra mantener cierto interés hasta el final. De ella tengo que decir que tiene unos diálogos pésimos, demasiado forzados, y un ritmo que no consigue atraparte de todo pero tiene, sobre todo, un malo malísimo que me encantó. Robert Carlyle, un Durza estupendo, con un maquillaje excepcional y cierto carisma gótico que da bastante el pego.
Esto no sería preocupante de no ser porque, en mi obsesiva afición a Prison Break, mi interés se ha ido desplazando (que no abandonando) desde el guapísimo e inteligentísimo Michael Scofield (Wentworth Miller) hasta el desagradable, maquiavélico y esquizofrénico T-Bag (Robert Knepper). Lo cierto es que esta serie, en su tratamiento de la difusa línea que separa el bien del mal, hace que cojas cariño a cada uno de sus personajes, sean buenos o malos. Prison Break hace gala de mostrar dos (o más) caras de cada personaje. Con T-Bag el espectador establece un intensa relación amor-odio, que más bien debería llamarse admiración-repugnancia. T-Bag no es un asesino inteligente sino que se mueve por impulsos que nacen de ciertos instintos enterrados. La repugnancia viene ocasionada por la forma aséptica, improsivada, de matar y salir indemne de ello (con una mano más o una mano menos). Este monstruo, sin embargo, es capaz de amar (amar tanto como para no matar a su amada), es capaz de sentirse traicionado y es capaz de hundirse cuando algo sale mal.
Lograr matizar en tan elevado grado un personaje de tal calado, hacerlo mucho más creíble que cualquier otro, lograr la identificación del espectador con alguien horrible debe ser uno de los puntos culminantes de la carrera de un guionista. Un malo bien creado supera con creces al bueno más bueno de todos los tiempos y suele asegurar el éxito. El espectador se identifica en la pantalla (pequeña pantalla en este caso) con cosas que en su vida diaria detesta y quizá por ello el cine es una forma de catarsis de nuestros instintos más primitivos.





