logotipo

img_google
ALGO DE TODO
Porque no podría centrarme en una sola cosa
Acerca de
Me llamo Patricia y estudio Periodismo y Comunicación Audiovisual. Los fines de semana trabajo como maquetadora en La Tribuna de Ciudad Real. Podéis escribirme a soylaveraARROBA hotmailPUNTOcom
Sindicación
 
Las grandes historias
La Catedral del Mar, de Ildefonso Falcones, me ha traído a la mente sabores de otros platos cocinados antes. Se trata de una novela tejida sobre unos mimbres usados, pero igualmente efectiva, y deslumbrante, como sus predecesoras en el género de las grandes historias.

Mis libros preferidos siempre han estado apoyados en lo que yo llamo una gran historia. Los personajes no suelen ser grandes héroes, a menudo tienen cierta doble moral pero, paradójicamente, se atienen a sus principios. Cada reacción a cada suceso, por inverosímil que resulte a veces, está plenamente justificada en el desarrollo del texto. No sólo encontramos una justificación mirando hacia atrás sino que, una vez terminada la historia, podemos reconocer una serie de motivos significativos que estaban ahí sin que nos percatáramos de ello.

Los personajes protagonistas cometen errores, aman a sus parejas pero también suelen tener profundos afectos hacia la familia y hacia aquellos que los han ayudado. Son agradecidos, pero alimentan poco a poco su sed de venganza por algo que les marcó en el pasado. Sin llegar al extremo de mi amado Edmundo Dantés, cualquier personaje que ha sido atado, por caprichos del autor, a un destino que no puede controlar termina vengándose de los que le hicieron daño.

Puede parecer que dicha venganza está presente en cada pieza de literatura para satisfacer los más profundos deseos del lector, a menudo también caprichoso como el autor, pero totalmente decidido a enamorarse de unos personajes de ficción que va conociendo poco a poco. Esto hace que las grandes historias se reconozcan también por la rabia y la desidia que generan en el lector. Todavía recuerdo cuando me leí, hace años ya, Los Pilares de la Tierra (de Ken Follet, pieza inaugural del nuevo subgénero denominado novela de catedrales): trabajaba por la mañana, solía leer a mediodía y por la tarde, en el trabajo, aún me mordía las uñas, aún tenía ganas de dar un sonoro puñetazo sobre la mesa, al recordar una trama que me había dejado en vilo. Es la única novela, dicho sea de paso, por la que he perdonado la siesta en verano.

Las grandes historias, al fin y al cabo, tienen éxito por lo que nos dicen de nosotros mismos y de la raza humana en general. Nos permiten conocer el origen y el destino de toda una estirpe de gente común, con sus valores y sus desgracias, de modo que se convierten, durante el tiempo que dura la ficción, en nuestra familia. Las grandes historias están siempre en nuestro origen y en nuestro destino, las llevamos con nosotras por la calle, las subimos al autobús, les pedimos explicaciones, discutimos con ellas, las adoramos y renegamos. Las grandes historias nos deleitan y nos hacen sufrir y, cuando terminan, dejan un pequeño vacío, el mal sabor de una despedida que no se produce, la tristeza de saber que esos personajes, esas vidas, han quedado atrapadas, para bien y para mal, en un papel del que no podemos sacarlas. El único consuelo es volver al inicio, entregarnos de nuevo al placer pero, seamos sinceros, nunca, nunca, el placer, el dolor, la pasión, la tristeza y la rabia son iguales que cuando nos acercamos a una gran historia por primera vez.
 
Comentario:
Entiendo bien las sensaciones que muestras en los últimos párrafos de tu post.

Muchas veces me ha pasado que, cuando he terminado de leer un libro que me ha gustado mucho, intento buscar como sea otro libro del mismo autor con la esperanza de poder seguir leyendo de alguna manera la continuación de esa historia porque me niego a creer que todo se acabe con la palabra "Fin".

Me acuerdo de un verano de mi niñez en el que me leí Olvidado Rey Gudú (su autora es Ana María Matute). Estaba tan absorta en la historia que apenas mostraba interés por lo que pasaba en el exterior y, mientras viajabamos por Cazorla, me imaginaba que esos parajes eran los mismos en los que ocurría la acción medieval del libro.

Me acuerdo que cuando terminé de leerlo volvé al mundo real con un mal sabor de boca. No podía creer que todos los personajes (con gran personalidad y presencia fuerte) desaparecieran de repente de un plomazo.

En cierto modo nos da pena abandonar la ficción porque hemos formado parte de ella, hemos estado en ella aunque sólo fuera como meros observadores, y los personajes se convierten en entes casi reales. Lo bueno de todo ello es que debemos pensar que cuando terminamos el libro algo cambia en nosotros, vemos y nos enfrentamos a las cosas de otra manera y eso es, en parte, gracias a todos aquellos personajes que para nosotros serán siempre eternos.


Besos; para que veas que no hago campaña publicitaria sino que simplemente me gusta leer tus post de vez en cuando.

La dama de Shalott
No