¿Tirante? Mejor tirarlo
Es difícil, hoy en día, hacer una película tan objetivamente mala que no tenga nada, pero nada, que merezca la pena.
Tirante el Blanco es el mejor ejemplo. Es mala, pero mala de verdad. Lo único que se me ocurre pensar es que está hecha tan mal aposta para que el espectador se crea que hasta él la puede hacer mejor.
Los actores están pésimos. Y, yo no sé si por el doblaje o porque Vicente Aranda se va quedando sordo, tienen un acento extrañísimo. Dirás... al menos quedan los desnudos. Pues te desanimo: hasta los desnudos son malos. Los personajes son poco convincentes, nada definidos... la única que se salva un poco es Victoria Abril, pero sólo un poco. Además, unos hablan en verso, otros en prosa, otros en castellano antiguo y otros en castellano del siglo XX. Una misma persona a veces se acuesta con hombres y en la escena siguiente está manoseando a mujeres. ¡Ah! El hípervaliente Tirante deja mucho que desear.
Los vestidos no están demasiado mal y los decorados son pasables, pero se nota a la legua que los fondos son de mentira. Y digo yo que para rodar en un campo con árboles (sin nada más) no hace falta complicarse la vida.
La historia, que a priori puede parecer buena, está contanda de una manera insoportablemente indefinida. Hasta los cuarenta minutos no empecé a entender de qué iba, cuál era el conflicto y todas esas cosas que se tienen que dejar claras en los diez o quince primeros minutos. Y sigo sin entender cuál es el problema si él la quería a ella y ella a él y si los padres pasaban de todo porque bastante tenían con sostener el imperio.
Luego están las batallas, que son en total, creo, dos. Rodadas con desenfoque y ralentizadas, la credibilidad va descendiendo a medida que pasa el tiempo.
Las escenas de sexo son punto y aparte. Aunque rodadas con luz sensual y musiquilla de ambiente, son tan absurdas que hacen reír. Y es que lo bueno que tiene la película es que te ríes de lo absurdo que es todo. Sólo hay que ver el ansiado polvo de la pérdida de la virginidad.
¡Y la música! Qué decir de la música. Una musiquilla estridente que se vuelve más aún cuando hablan o se miran a los ojos. La música debe enfatizar los momentos cumbre de la película, pero no todas y cada una de las miradas y todas y cada una de las palabras.
Tirante el Blanco me ha hecho recordar, sin embargo, a aquellos días lejanos, cuando teníamos doce o trece años y quedábamos todos los amigos para ver una película en casa y reírnos de todo lo que hicieran los personajes. Así, avanzábamos la acción, les poníamos voces y nos dedicábamos a buscar lo fallos ya las exageraciones del guión. Si queréis probar este divertido pasatiempo, Tirante el Blanco es perfecto para ello.
Tirante el Blanco es el mejor ejemplo. Es mala, pero mala de verdad. Lo único que se me ocurre pensar es que está hecha tan mal aposta para que el espectador se crea que hasta él la puede hacer mejor.
Los actores están pésimos. Y, yo no sé si por el doblaje o porque Vicente Aranda se va quedando sordo, tienen un acento extrañísimo. Dirás... al menos quedan los desnudos. Pues te desanimo: hasta los desnudos son malos. Los personajes son poco convincentes, nada definidos... la única que se salva un poco es Victoria Abril, pero sólo un poco. Además, unos hablan en verso, otros en prosa, otros en castellano antiguo y otros en castellano del siglo XX. Una misma persona a veces se acuesta con hombres y en la escena siguiente está manoseando a mujeres. ¡Ah! El hípervaliente Tirante deja mucho que desear.
Los vestidos no están demasiado mal y los decorados son pasables, pero se nota a la legua que los fondos son de mentira. Y digo yo que para rodar en un campo con árboles (sin nada más) no hace falta complicarse la vida.
La historia, que a priori puede parecer buena, está contanda de una manera insoportablemente indefinida. Hasta los cuarenta minutos no empecé a entender de qué iba, cuál era el conflicto y todas esas cosas que se tienen que dejar claras en los diez o quince primeros minutos. Y sigo sin entender cuál es el problema si él la quería a ella y ella a él y si los padres pasaban de todo porque bastante tenían con sostener el imperio.
Luego están las batallas, que son en total, creo, dos. Rodadas con desenfoque y ralentizadas, la credibilidad va descendiendo a medida que pasa el tiempo.
Las escenas de sexo son punto y aparte. Aunque rodadas con luz sensual y musiquilla de ambiente, son tan absurdas que hacen reír. Y es que lo bueno que tiene la película es que te ríes de lo absurdo que es todo. Sólo hay que ver el ansiado polvo de la pérdida de la virginidad.
¡Y la música! Qué decir de la música. Una musiquilla estridente que se vuelve más aún cuando hablan o se miran a los ojos. La música debe enfatizar los momentos cumbre de la película, pero no todas y cada una de las miradas y todas y cada una de las palabras.
Tirante el Blanco me ha hecho recordar, sin embargo, a aquellos días lejanos, cuando teníamos doce o trece años y quedábamos todos los amigos para ver una película en casa y reírnos de todo lo que hicieran los personajes. Así, avanzábamos la acción, les poníamos voces y nos dedicábamos a buscar lo fallos ya las exageraciones del guión. Si queréis probar este divertido pasatiempo, Tirante el Blanco es perfecto para ello.





