PhotoEspaña 08: acto de PHE
Es el primer año que he acudido a las exposiciones de PhotoEspaña. Me gusta la idea en la que se basa porque da la oportunidad de conocer las mejores salas de exposiciones de Madrid algo que, para los que no estamos iniciados en el tema, siempre es prometedor. No sé si por ser primeriza o por mala suerte, creo que he ido a las peores exposiciones, así que mi balance no puede ser del todo positivo.
La Fábrica (en la calle Alameda) exponía la obra de Félix Curto, llamada Menonitas, fuera de la Sección Oficial del festival. Aunque pretende mostrar la vida rural de los habitantes de la Pampa Argentina (una comunidad religiosa llamada Guatraché, según leo en la web), las imágenes (de excelente calidad y brillante composición) solamente me recordaron a los anuncios de Levi's. Excepto alguna que otra fotografía, especialmente aquellas donde la inocencia de los niños contrastaba con la dureza del campo, el resto no inspiraron en mí la menor admiración.
El Instituto Cervantes, edificio imponente donde los haya, presentaba varias exposiciones diferentes, todas ellas dentro de la Sección Oficial, unidas por un mismo tema: los viajes. A continuación, las que más me gustaron:
- Pablo López captura con su cámara las imponentes selvas de America Latina y también la aglomeración de sus ciudades. Pese a que la composición de colores de las selvas de Chiapas era exhuberante, la presencia del hombre parecía interferir de alguna manera. Al contrario, en las panorámicas urbanas el hombre no estaba presente, lo cual le daba mucha más fuerza.
-Mateo López presenta en Diarios de una motocicleta una instalación donde recoge recuerdos de su viaje desde Bogotá a Medellín. Las fotografías están colgadas en folios, como si fuera la habitación del autor, y hay un tríptico gratuito que contiene toda la información como si de un cuaderno se tratara. Personalmente me gustó más este catálogo que la exposición en sí.
-Ana Paula Paiva y Fernando Martinho fotografiaron el primer año de vida de su hijo mientras viajaban por toda América Latina. En mi opinión, es la mejor exposición de todas las que he visto. Aunque algunas fotografías parecían un space personal, hay que reconocer la altísima calidad compositiva de la mayoría de ellas. Destaca la contraposición de abismos y primeros planos, de espacios planos con formas sugerentes y de la inmensidad de la naturaleza con la vida cotidiana de un bebé. La mirada de los padres cala en todas las fotografías de forma que se crea cierto magnetismo hacia la vida de estas personas.
Minerva Cuevas y Ramón Mateos presentan en la Casa de América su trabajo Interferencias. Yo no entiendo de arte. Yo no entiendo de fotografía. Pero esta obra me pareció... absurda. Me pareció un increíble desperdicio de dinero en tecnología para una cosa que no merecía la pena. Minerva Cuevas proyecta pequeñas películas sobre planetas, galaxias y animales que parecen diapositivas del colegio. Ramón Mateos expone, en una sala totalmente a oscuras y en varias pantallas pequeñas, personas cantando frente a la cámara como en un coro. Junto a ellos, una instalación de videoarte. Aunque en la web se explica la concepción artísticas de los autores, he de decir que a mí y a mi acompañante sólo nos provocó... risa.
Yasumasa Morimura es el autor de Requiem for the XX Century, obra sobre la identidad que transforma a los grandes iconos en meros disfraces donde la puesta en escena y la fuerza del discurso son todo. Aunque no lo entendí muy bien (el discurso de un hitler ficcionado era en japonés traducido al inglés), me pareció una idea interesante e innovadora, pero he de decir que tampoco me emocionó.
FNAC propuso, acorde a su imagen comercial, una exposición llamada Smoking is bad, a cargo de varios autores. En ellas aparecían personas famosas (Nick Nolte, Steve McQueen, Javier Bardem...) fumando en poses sugerentes. Apenas pude disfrutar de esta exposición, que en principio prometía, porque acababa de terminar un concierto de hiphop y los fans estaban intentado hacerse fotos con sus ídolos.
La alegría de la Plaza Colón para un partido de Eurocopa nos impidió (entre que nos revisaron la mochila, hicimos fotos a los hinchas españoles disfrazados y contemplamos los litros de alcohol derramados e ingeridos) entrar a la exposición de Eugene Smith en el Teatro Fernán Gómez. He visto las fotografías en internet y son deliciosas así que puedo decir, casi con seguridad, que hubiera sido mi preferida. Como me quedé con las ganas, sólo puedo decir que toca esperar a la próxima edición de PhotoEspaña. Para entonces, espero acertar con las exposiciones que elija.
La Fábrica (en la calle Alameda) exponía la obra de Félix Curto, llamada Menonitas, fuera de la Sección Oficial del festival. Aunque pretende mostrar la vida rural de los habitantes de la Pampa Argentina (una comunidad religiosa llamada Guatraché, según leo en la web), las imágenes (de excelente calidad y brillante composición) solamente me recordaron a los anuncios de Levi's. Excepto alguna que otra fotografía, especialmente aquellas donde la inocencia de los niños contrastaba con la dureza del campo, el resto no inspiraron en mí la menor admiración.
El Instituto Cervantes, edificio imponente donde los haya, presentaba varias exposiciones diferentes, todas ellas dentro de la Sección Oficial, unidas por un mismo tema: los viajes. A continuación, las que más me gustaron:
- Pablo López captura con su cámara las imponentes selvas de America Latina y también la aglomeración de sus ciudades. Pese a que la composición de colores de las selvas de Chiapas era exhuberante, la presencia del hombre parecía interferir de alguna manera. Al contrario, en las panorámicas urbanas el hombre no estaba presente, lo cual le daba mucha más fuerza.
-Mateo López presenta en Diarios de una motocicleta una instalación donde recoge recuerdos de su viaje desde Bogotá a Medellín. Las fotografías están colgadas en folios, como si fuera la habitación del autor, y hay un tríptico gratuito que contiene toda la información como si de un cuaderno se tratara. Personalmente me gustó más este catálogo que la exposición en sí.
-Ana Paula Paiva y Fernando Martinho fotografiaron el primer año de vida de su hijo mientras viajaban por toda América Latina. En mi opinión, es la mejor exposición de todas las que he visto. Aunque algunas fotografías parecían un space personal, hay que reconocer la altísima calidad compositiva de la mayoría de ellas. Destaca la contraposición de abismos y primeros planos, de espacios planos con formas sugerentes y de la inmensidad de la naturaleza con la vida cotidiana de un bebé. La mirada de los padres cala en todas las fotografías de forma que se crea cierto magnetismo hacia la vida de estas personas.
Minerva Cuevas y Ramón Mateos presentan en la Casa de América su trabajo Interferencias. Yo no entiendo de arte. Yo no entiendo de fotografía. Pero esta obra me pareció... absurda. Me pareció un increíble desperdicio de dinero en tecnología para una cosa que no merecía la pena. Minerva Cuevas proyecta pequeñas películas sobre planetas, galaxias y animales que parecen diapositivas del colegio. Ramón Mateos expone, en una sala totalmente a oscuras y en varias pantallas pequeñas, personas cantando frente a la cámara como en un coro. Junto a ellos, una instalación de videoarte. Aunque en la web se explica la concepción artísticas de los autores, he de decir que a mí y a mi acompañante sólo nos provocó... risa.
Yasumasa Morimura es el autor de Requiem for the XX Century, obra sobre la identidad que transforma a los grandes iconos en meros disfraces donde la puesta en escena y la fuerza del discurso son todo. Aunque no lo entendí muy bien (el discurso de un hitler ficcionado era en japonés traducido al inglés), me pareció una idea interesante e innovadora, pero he de decir que tampoco me emocionó.
FNAC propuso, acorde a su imagen comercial, una exposición llamada Smoking is bad, a cargo de varios autores. En ellas aparecían personas famosas (Nick Nolte, Steve McQueen, Javier Bardem...) fumando en poses sugerentes. Apenas pude disfrutar de esta exposición, que en principio prometía, porque acababa de terminar un concierto de hiphop y los fans estaban intentado hacerse fotos con sus ídolos.
La alegría de la Plaza Colón para un partido de Eurocopa nos impidió (entre que nos revisaron la mochila, hicimos fotos a los hinchas españoles disfrazados y contemplamos los litros de alcohol derramados e ingeridos) entrar a la exposición de Eugene Smith en el Teatro Fernán Gómez. He visto las fotografías en internet y son deliciosas así que puedo decir, casi con seguridad, que hubiera sido mi preferida. Como me quedé con las ganas, sólo puedo decir que toca esperar a la próxima edición de PhotoEspaña. Para entonces, espero acertar con las exposiciones que elija.
Distintos niños, los mismos miedos
El domingo pasado tuve ocasión de charlar con una niña de diez años. Pertenece a una familia de clase media, vive en una casa muy grande, en un pueblo, tiene un hermano pequeño y acaba de terminar, si no me equivoco, cuarto de primaria. Emplea su tiempo libre en jugar en el ordenador o con la videoconsola portátil, domina el móvil e internet, le gusta bailar y cantar y sigue entusiasmada los éxitos de High School Musical y Operación Triunfo. Tiene madera de líder, es viva y respondona, le gusta llamar la atención pero atiende a razones cuando se le explican las cosas. Como todas las niñas de su edad, de mayor quiere ser maestra, actriz y cantante.
Pertenece a esa generación de niños que ha marcado y marcará un antes y un después. Esos niños a los que todos criticamos, creyendo que han perdido los valores y que pagarán la hipoteca de sus padres hasta que sus hijos puedan pagar la suya.
He de decir que mi generación debe ser el último eslabón de "los viejos niños". Los que crecimos con el cassette y el VHS, con Oliver y Benji, Heidi y Marco en la televisión, con las canicas y el trompo en el patio. Yo he jugado descalza en las calles en verano, quemándome bajo el sol manchego, y he llamado a mis amigas de puerta en puerta para salir, mucho antes de que existiera el móvil. Yo nací en el 85, cuando ya se empezaba a vivir la incredulidad y escepticismo de los noventa y caí de lleno en la revolución tecnológica que algunos demonizan.
Me han pillado todos los cambios educativos. Llegué con doce años al instituto en la primera o segunda promoción que entraba a algo llamado Educación Secundaria Obligatoria, que casi parecía un ensayo. Mi hermano me llevaba unos años de adelanto. Por aquel entonces todavía existía aquella fantástica (en el recuerdo) serie llamada Salvados por la Campana, de la que me fascinaban sobre todo las taquillas, y que compartía mediodías con Leticia Sabater haciendo aerobic y Al Salir de Clase. Recuerdo preguntarle a mi hermano, cuando comenzó el instituto, si usaban taquillas, ese espacio mágico donde cabía de todo y que narrativamente se constituía como escenario de las más variadas tramas. Él, obviamente, me miró estupefacto y creo que ni siquiera respondió. El instituto, a nuestros diez u once años, nos parecía un mundo tan atractivo como temible del que sólo teníamos referencias por la televisión. El instituto era, sin duda alguna, mucho más que un edificio que estaba a trescientos metros del colegio.
Y sin más preámbulos os transcribo parte de la conversación. Llamaré "N" a la niña y "P" a mí misma.
N: ¿Tú cuando fuiste al instituto no tenías miedo?
P: Sí, claro que tenía, y mis amigas también. Lo que más nos preocupaba era que nos separaran.
N: Es que yo no sé con quién me va a tocar, porque cada uno va a un lado.
P: Pero cuando llegues al instituto harás nuevos amigos. Te gustará un montón porque conocerás mucha gente nueva. Y siempre puedes ver a tus amigas aunque no sea en clase.
N: Ya. Y encima tendré que ir en autobús todos los días...
P: Es muy aburrido, sí. Pero seguro que te acostumbras enseguida. Además, a mí me han dicho que es muy divertido.
N: Y... ¿te puedo preguntar una cosa?
P: Claro.
N: ¿En el instituto tenéis taquillas?
Pertenece a esa generación de niños que ha marcado y marcará un antes y un después. Esos niños a los que todos criticamos, creyendo que han perdido los valores y que pagarán la hipoteca de sus padres hasta que sus hijos puedan pagar la suya.
He de decir que mi generación debe ser el último eslabón de "los viejos niños". Los que crecimos con el cassette y el VHS, con Oliver y Benji, Heidi y Marco en la televisión, con las canicas y el trompo en el patio. Yo he jugado descalza en las calles en verano, quemándome bajo el sol manchego, y he llamado a mis amigas de puerta en puerta para salir, mucho antes de que existiera el móvil. Yo nací en el 85, cuando ya se empezaba a vivir la incredulidad y escepticismo de los noventa y caí de lleno en la revolución tecnológica que algunos demonizan.
Me han pillado todos los cambios educativos. Llegué con doce años al instituto en la primera o segunda promoción que entraba a algo llamado Educación Secundaria Obligatoria, que casi parecía un ensayo. Mi hermano me llevaba unos años de adelanto. Por aquel entonces todavía existía aquella fantástica (en el recuerdo) serie llamada Salvados por la Campana, de la que me fascinaban sobre todo las taquillas, y que compartía mediodías con Leticia Sabater haciendo aerobic y Al Salir de Clase. Recuerdo preguntarle a mi hermano, cuando comenzó el instituto, si usaban taquillas, ese espacio mágico donde cabía de todo y que narrativamente se constituía como escenario de las más variadas tramas. Él, obviamente, me miró estupefacto y creo que ni siquiera respondió. El instituto, a nuestros diez u once años, nos parecía un mundo tan atractivo como temible del que sólo teníamos referencias por la televisión. El instituto era, sin duda alguna, mucho más que un edificio que estaba a trescientos metros del colegio.
Y sin más preámbulos os transcribo parte de la conversación. Llamaré "N" a la niña y "P" a mí misma.
N: ¿Tú cuando fuiste al instituto no tenías miedo?
P: Sí, claro que tenía, y mis amigas también. Lo que más nos preocupaba era que nos separaran.
N: Es que yo no sé con quién me va a tocar, porque cada uno va a un lado.
P: Pero cuando llegues al instituto harás nuevos amigos. Te gustará un montón porque conocerás mucha gente nueva. Y siempre puedes ver a tus amigas aunque no sea en clase.
N: Ya. Y encima tendré que ir en autobús todos los días...
P: Es muy aburrido, sí. Pero seguro que te acostumbras enseguida. Además, a mí me han dicho que es muy divertido.
N: Y... ¿te puedo preguntar una cosa?
P: Claro.
N: ¿En el instituto tenéis taquillas?
De favores y otros mimbres...
Una amiga de una amiga me llamó por teléfono:
- Me ha dicho X que vas a subir mañana a Madrid… ¿te importaría llevarte un abrigo mío para descambiar? Te pilla de paso.
- Aún no sé si voy a ir. Si voy te aviso y quedamos para que me lo des.
Al día siguiente, cuando yo ya había decidido que no iba a ir, me llamó:
- ¿Vas a ir?
- He pensado que no, que tengo muchas cosas que hacer. Lo siento. No es por no hacerte el favor…
- Tranquila, no pasa nada.
Días después, X me contó que le había pedido el mismo favor y, ante su negativa, estuvo días sin hablar con ella salvo para echárselo en cara.
A partir de esta situación y otras parecidas igualmente injustas, X y yo elaboramos una serie de definiciones que, ampliadas, paso a resumir a continuación:
Un favor es algo que se pide siempre que no cause demasiadas molestias al prestatario y, si no nos lo hace, no tenemos derecho a enfadarnos. Un favor se agradece se haga o no se haga. Nunca se exige. En el caso de que no se haga, jamás (JAMÁS) lo echaremos en cara.
Si el favor merece un agradecimiento, el regalo será proporcional al favor realizado. Que cada cual juzgue qué quiere decir “proporcional”. Un regalo que la otra persona considere inferior será símbolo de menosprecio. Un regalo que considere superior puede ponerla en aprietos.
Un favor se agradece una vez, o dos, nunca más. Insistir nos hace pesados. Es mejor demostrar el agradecimiento con actos que con palabras. El prestatario nunca valorará las palabras que empleemos si después lo ignoramos cuando nos necesita.
No cuesta nada mandar un e-mail o un sms para agradecer un favor a una persona que está lejos. Nunca está de más preguntar qué tal le va y demostrar interés. No se pide un favor a personas que no nos interesan lo más mínimo; un favor tiene que ir acompañado de confianza.
Un favor se pide, nunca se hace sin una previa petición de aquel que lo desea. Nuestras buenas intenciones nos pueden llevar a hacer favores creyendo que nos lo agradecerán, pero debemos contenernos porque, de lo contrario, corremos el riesgo de que crean que intervenimos en su vida. Si hay un clima de confianza, nadie tendrá reparos en pedirnos un favor. En algunas relaciones los favores se dan por supuestos, pero nunca (NUNCA) hemos de hacer algo que no esté claramente expresado.
Cuando hagamos un favor (nos lo pidan o no) nos limitaremos al cometido del favor, no nos extralimitaremos e intentaremos abarcar otras áreas de la vida de la otra persona. Eso es control. Y a nadie le gusta que lo controlen.
Cuando hacemos un favor lo hacemos desinteresada y gratuitamente, sin esperar nada a cambio. Exigir agradecimiento no es hacer un favor, es vender un servicio. Jamás podemos echar en cara algo que hemos hecho como favor. Jamás reprocharemos que hemos hecho algo que nadie nos ha pedido. Eso es manipulación. Y a nadie le gusta que lo manipulen.
Los favores se pagan con favores. Pensadlo dos veces antes de pedir un favor, porque puede ser que lo tengáis que devolver (y con creces). En el caso de tener que devolver un favor se hará con gusto o no se hará, expresando las oportunas explicaciones.
Esto, por supuesto, en un mundo ideal. En el mundo real todos pecamos de exigentes, de desagradecidos y de idiotas, no se libra nadie (ni yo), y cada vez es más difícil arreglar enfrentamientos sencillos con el diálogo. Es muy fácil recurrir al puñetazo en la mesa o a retirar la palabra a alguien. Todos deberíamos controlarnos. Pero controlarnos no quiere decir callarnos. A veces es mejor zanjar las situaciones violentas con medidas radicales porque, como dicen, “más vale ponerse una vez rojo, que ciento colorao”.
- Me ha dicho X que vas a subir mañana a Madrid… ¿te importaría llevarte un abrigo mío para descambiar? Te pilla de paso.
- Aún no sé si voy a ir. Si voy te aviso y quedamos para que me lo des.
Al día siguiente, cuando yo ya había decidido que no iba a ir, me llamó:
- ¿Vas a ir?
- He pensado que no, que tengo muchas cosas que hacer. Lo siento. No es por no hacerte el favor…
- Tranquila, no pasa nada.
Días después, X me contó que le había pedido el mismo favor y, ante su negativa, estuvo días sin hablar con ella salvo para echárselo en cara.
A partir de esta situación y otras parecidas igualmente injustas, X y yo elaboramos una serie de definiciones que, ampliadas, paso a resumir a continuación:
Un favor es algo que se pide siempre que no cause demasiadas molestias al prestatario y, si no nos lo hace, no tenemos derecho a enfadarnos. Un favor se agradece se haga o no se haga. Nunca se exige. En el caso de que no se haga, jamás (JAMÁS) lo echaremos en cara.
Si el favor merece un agradecimiento, el regalo será proporcional al favor realizado. Que cada cual juzgue qué quiere decir “proporcional”. Un regalo que la otra persona considere inferior será símbolo de menosprecio. Un regalo que considere superior puede ponerla en aprietos.
Un favor se agradece una vez, o dos, nunca más. Insistir nos hace pesados. Es mejor demostrar el agradecimiento con actos que con palabras. El prestatario nunca valorará las palabras que empleemos si después lo ignoramos cuando nos necesita.
No cuesta nada mandar un e-mail o un sms para agradecer un favor a una persona que está lejos. Nunca está de más preguntar qué tal le va y demostrar interés. No se pide un favor a personas que no nos interesan lo más mínimo; un favor tiene que ir acompañado de confianza.
Un favor se pide, nunca se hace sin una previa petición de aquel que lo desea. Nuestras buenas intenciones nos pueden llevar a hacer favores creyendo que nos lo agradecerán, pero debemos contenernos porque, de lo contrario, corremos el riesgo de que crean que intervenimos en su vida. Si hay un clima de confianza, nadie tendrá reparos en pedirnos un favor. En algunas relaciones los favores se dan por supuestos, pero nunca (NUNCA) hemos de hacer algo que no esté claramente expresado.
Cuando hagamos un favor (nos lo pidan o no) nos limitaremos al cometido del favor, no nos extralimitaremos e intentaremos abarcar otras áreas de la vida de la otra persona. Eso es control. Y a nadie le gusta que lo controlen.
Cuando hacemos un favor lo hacemos desinteresada y gratuitamente, sin esperar nada a cambio. Exigir agradecimiento no es hacer un favor, es vender un servicio. Jamás podemos echar en cara algo que hemos hecho como favor. Jamás reprocharemos que hemos hecho algo que nadie nos ha pedido. Eso es manipulación. Y a nadie le gusta que lo manipulen.
Los favores se pagan con favores. Pensadlo dos veces antes de pedir un favor, porque puede ser que lo tengáis que devolver (y con creces). En el caso de tener que devolver un favor se hará con gusto o no se hará, expresando las oportunas explicaciones.
Esto, por supuesto, en un mundo ideal. En el mundo real todos pecamos de exigentes, de desagradecidos y de idiotas, no se libra nadie (ni yo), y cada vez es más difícil arreglar enfrentamientos sencillos con el diálogo. Es muy fácil recurrir al puñetazo en la mesa o a retirar la palabra a alguien. Todos deberíamos controlarnos. Pero controlarnos no quiere decir callarnos. A veces es mejor zanjar las situaciones violentas con medidas radicales porque, como dicen, “más vale ponerse una vez rojo, que ciento colorao”.
Última hornada de Frases Cumbre
Lamento anunciar (lo de "lamento" es un decir) que con el fin de la Universidad también termina una de las actividades que más sentido le han dado a estos cinco años: recopilar Frases Cumbre. En estos últimos cuatro meses apenas he ido a clase, por lo que el listado es sensiblemente menor que en otras ocasiones (la otra razón puede ser que nuestros profesores son más inteligentes, pero eso lo descarto -todo esto dicho, como dice mi amiga Silvy, desde el cariño-). Tengo que agradecer a María y a Laura (entre otras) sus aportaciones, sin las cuales la recogida de payasadas no hubiera sido posible. Como siempre, resalto en negrita las que más me gustan. Ahora, a disfrutarlas y a votar la mejor.
- Esto no quiero que salga de aquí, y menos que lo he dicho yo, porque si no les mato a ustedes.
- Los consultorios económicos tienen algo de gorilas.
- ¿En qué programa estuviste?
- En el de Rajoy.
- Ah, tuviste mucha audiencia, no sabemos si fue por ti o por Mariano.
- La gomina no existía en España hasta que apareció Mario Conde.
- Yo quiero un blog de grandes cachondadas.
- ¿Dónde pongo yo mis huevos publicitarios? ¿En qué cesta?
- Yo os doy un consejo: si entráis en páginas porno hacedlo desde Google, que no deja rastro.
- Con Z de Zapatero y con D de Madiano.
- La Coca-Cola es un líquido negro con agujeritos que sabe amargo.
- Lo que tienen que hacer es escucharlo sin sonido.
- Por las que le digas, Rajoy no puede tener otra cara.
- He conseguido que tengan una imagen: ustedes saben que un pollo hay que cocerlo, por lo tanto, saben que la imagen corporativa hay que cocinarla.
- No es que sea muda sino que no habla.
- No es que dos más dos son cuatro, que lo parece, es que dos más dos son cinco.
- Esta situación me lleva a una cosa: a pensar que tengo la bragueta abierta.
- ¿Dónde estoy que no me veo?
- Los planes anuales normalmente se hacen para un año.
- Van a hablar más con los periodistas que con sus parejas.
- Dicen que los mayores encuentros gays se dan en los baños de los grandes almacenes de El Corte Inglés. Esto lo he visto yo. ¡Matizo..., matizo..., matizo!. No es que lo haya visto yo, es que lo he visto publicado en un medio.
- A ver si van a ir a una rueda de prensa y les van a dar un boli y un llavero y van a decir: esto es soborno.
- Mercados cariñosos. ¡Te quiero, mercado!
- Ton Criús.
- ¿Ustedes no han ido a los viajes esos de los jubilados donde te venden cosas?
- Diga lo que diga Llamazares, nadie le cree. Pobrecito, es que es así, es su desgracia.
- Honradez pero no honradez de ahora. No es lo mismo la honradez aristotélica que la honradez de ahora.
- Olvidaros de la práctica 3, que se ha perdido en las profundidades informáticas de Aula Global.
- Siempre es importante tener en el equipo una voz distorsionante.
- Se está haciendo un periodismo verdaderamente petardesco.
- La economía del lenguaje significa que todos acabaremos hablando en andaluz.
- No tienes que estar delante del salón de tu casa para ver la tele.
- En casi todos los aspectos de la vida hay dos elementos que cambian: el espacio y el tiempo... De verdad... Es así.
- Si estuviera diciendo “uno” y consiguiera decir “uno" antes de terminar de decir “uno”… ¿me seguís?
- Mi hermana es psiquiatra y consumidora de drogas frecuente... no, sólo psiquiatra.
- ¿Alguien puede mi decir? ¿Decirme? En portugués es justo lo contrario. ¡Yo no entiendo por qué ustedes hablan tan raro!
- ¡Él no quiere nos dejar!
- Vosotros podéis criar vuestra propia programación.
- Una encuesta sobre racismo que es más o menos blanca.
- ¿Nos podría dar un ejemplo de circuito de festivales de serie de televisión para nuestro trabajo?
- Si pones en google “festivales televisió” te aparece… yo dirigí una serie de televisión.
Nota: si alguien desea las Frases Cumbre al completo puede dejar un comentario o mandarme un correo y las enviaré personalmente.
- Esto no quiero que salga de aquí, y menos que lo he dicho yo, porque si no les mato a ustedes.
- Los consultorios económicos tienen algo de gorilas.
- ¿En qué programa estuviste?
- En el de Rajoy.
- Ah, tuviste mucha audiencia, no sabemos si fue por ti o por Mariano.
- La gomina no existía en España hasta que apareció Mario Conde.
- Yo quiero un blog de grandes cachondadas.
- ¿Dónde pongo yo mis huevos publicitarios? ¿En qué cesta?
- Yo os doy un consejo: si entráis en páginas porno hacedlo desde Google, que no deja rastro.
- Con Z de Zapatero y con D de Madiano.
- La Coca-Cola es un líquido negro con agujeritos que sabe amargo.
- Lo que tienen que hacer es escucharlo sin sonido.
- Por las que le digas, Rajoy no puede tener otra cara.
- He conseguido que tengan una imagen: ustedes saben que un pollo hay que cocerlo, por lo tanto, saben que la imagen corporativa hay que cocinarla.
- No es que sea muda sino que no habla.
- No es que dos más dos son cuatro, que lo parece, es que dos más dos son cinco.
- Esta situación me lleva a una cosa: a pensar que tengo la bragueta abierta.
- ¿Dónde estoy que no me veo?
- Los planes anuales normalmente se hacen para un año.
- Van a hablar más con los periodistas que con sus parejas.
- Dicen que los mayores encuentros gays se dan en los baños de los grandes almacenes de El Corte Inglés. Esto lo he visto yo. ¡Matizo..., matizo..., matizo!. No es que lo haya visto yo, es que lo he visto publicado en un medio.
- A ver si van a ir a una rueda de prensa y les van a dar un boli y un llavero y van a decir: esto es soborno.
- Mercados cariñosos. ¡Te quiero, mercado!
- Ton Criús.
- ¿Ustedes no han ido a los viajes esos de los jubilados donde te venden cosas?
- Diga lo que diga Llamazares, nadie le cree. Pobrecito, es que es así, es su desgracia.
- Honradez pero no honradez de ahora. No es lo mismo la honradez aristotélica que la honradez de ahora.
- Olvidaros de la práctica 3, que se ha perdido en las profundidades informáticas de Aula Global.
- Siempre es importante tener en el equipo una voz distorsionante.
- Se está haciendo un periodismo verdaderamente petardesco.
- La economía del lenguaje significa que todos acabaremos hablando en andaluz.
- No tienes que estar delante del salón de tu casa para ver la tele.
- En casi todos los aspectos de la vida hay dos elementos que cambian: el espacio y el tiempo... De verdad... Es así.
- Si estuviera diciendo “uno” y consiguiera decir “uno" antes de terminar de decir “uno”… ¿me seguís?
- Mi hermana es psiquiatra y consumidora de drogas frecuente... no, sólo psiquiatra.
- ¿Alguien puede mi decir? ¿Decirme? En portugués es justo lo contrario. ¡Yo no entiendo por qué ustedes hablan tan raro!
- ¡Él no quiere nos dejar!
- Vosotros podéis criar vuestra propia programación.
- Una encuesta sobre racismo que es más o menos blanca.
- ¿Nos podría dar un ejemplo de circuito de festivales de serie de televisión para nuestro trabajo?
- Si pones en google “festivales televisió” te aparece… yo dirigí una serie de televisión.
Nota: si alguien desea las Frases Cumbre al completo puede dejar un comentario o mandarme un correo y las enviaré personalmente.
La comunicación ignorada
"En los diarios gratuitos los periodistas trabajan gratis ¿verdad?", "¿En los diarios gratuitos se gana dinero?", ¿Quién paga los periódicos gratuitos? ¿El Ayuntamiento?"... Son preguntas formuladas, en charlas de café, por jóvenes universitarios españoles con unas notas más que aceptables. Gente que supuestamente está en la vanguardia del conocimiento y que, en unos años, formarán parte de los intelectuales del país. ¿Por qué se sabe tan poco del mundo de la comunicación, que tendría que ser materia de aquello que llamamos "cultura general"?
Estas preguntas no son una excepción. Preguntas parecidas me he encontrado a lo largo y ancho del mundo de las conversaciones, a veces referentes a algo tan presente en nuestras vidas como es la televisión. Si las estadísticas nos dicen que el español medio se pasa casi tres horas al día delante del televisor... ¿cómo se explica que conozca tan escasamente lo que "hay detrás"?
Y la culpa no es de los estudiantes, sino de los que les dictan qué tienen que estudiar y qué no. Ellos bastante tienen con ocuparse de los amplios (pero poco concretos) planes de estudio de algunas universidades. Además, la cultura general no es patrimonio de las Universidades, que supuestamente te forman para el saber concreto de un área del conocimiento y de las que se sale sabiendo más de cualquier otra cosa que de lo que uno comenzó a estudiar. A mi entender, la cultura general se forma en los institutos.
Durante los interminables años que pasamos en el instituto (aproximadamente desde los 12 a los 18, depende de los lugares) los estudiantes somos esponjas y, como tales, absorbemos todo lo que hay a nuestro alrededor, bueno y malo, útil o inútil. En los planes de estudio hay asignaturas comunes y, el resto, llámese optativas o como se quiera llamar, suelen ser marías (es decir, asignaturas que se aprueban sin estudiar nada y que normalmente sirven como relleno de horas lectivas). ¿Por qué no dedicar esas horas sueltas a entender el mundo que nos rodea? Y aunque es obvio que me interesa el tema porque estudio comunicación (casi de la manera más amplia que se puede estudiar), todo el mundo estará de acuerdo conmigo en que no se entiende el mundo que nos rodea sin entender la comunicación.
Los medios son un elemento imprescindible en las estructuras sociales, económicas y de poder de cualquier sociedad, cualquiera que sea su nivel de desarrollo. Pero, sobre todo, tienen una incidencia directa en las decisiones que tomamos, en las actividades que realizamos en el tiempo libre y en nuestra forma de relacionarnos con los demás (todas ellas entre otras muchas cosas). Y sé que es pedir mucho que se integre la comunicación, de alguna manera, en las aulas, siempre encaminada a entender los medios de comunicación que intervienen en nuestras vidas. Pero, al menos, podrían citarse de pasada.
Yo estudié el bachillerato de sociales, así que durante dos años estudié los conceptos más básicos de la economía. En ningún momento se citó a los medios de comunicación, aunque fuera como las únicas empresas que son distintas a todas las demás, por su organización, por sus fines y por su complejidad. Digamos que esto se puede perdonar. Lo que no entiendo es por qué en ningún plan de estudios de las carreras universitarias de empresariales, administración y dirección de empresas, etc., etc., etc., se encuentra una asignatura, aunque sea optativa, sobre el funcionamiento de los medios.
Quizá si ampliáramos el conocimiento que la gente tiene de los medios contribuyéramos a lavar su imagen, a salvar su credibilidad o, al menos, a hacer que el público diferencie los distintos tipos de comunicación a los que se enfrenta. Y a lo mejor entonces la libertad de la sociedad para pensar, opinar y hasta sentir sería verdadera. Porque no se puede entender lo que los medios nos presentan (y ya se sabe que lo que no sale en la televisión - y, por extensión, en los medios-, no existe) si no sabemos qué hay detrás.
Estas preguntas no son una excepción. Preguntas parecidas me he encontrado a lo largo y ancho del mundo de las conversaciones, a veces referentes a algo tan presente en nuestras vidas como es la televisión. Si las estadísticas nos dicen que el español medio se pasa casi tres horas al día delante del televisor... ¿cómo se explica que conozca tan escasamente lo que "hay detrás"?
Y la culpa no es de los estudiantes, sino de los que les dictan qué tienen que estudiar y qué no. Ellos bastante tienen con ocuparse de los amplios (pero poco concretos) planes de estudio de algunas universidades. Además, la cultura general no es patrimonio de las Universidades, que supuestamente te forman para el saber concreto de un área del conocimiento y de las que se sale sabiendo más de cualquier otra cosa que de lo que uno comenzó a estudiar. A mi entender, la cultura general se forma en los institutos.
Durante los interminables años que pasamos en el instituto (aproximadamente desde los 12 a los 18, depende de los lugares) los estudiantes somos esponjas y, como tales, absorbemos todo lo que hay a nuestro alrededor, bueno y malo, útil o inútil. En los planes de estudio hay asignaturas comunes y, el resto, llámese optativas o como se quiera llamar, suelen ser marías (es decir, asignaturas que se aprueban sin estudiar nada y que normalmente sirven como relleno de horas lectivas). ¿Por qué no dedicar esas horas sueltas a entender el mundo que nos rodea? Y aunque es obvio que me interesa el tema porque estudio comunicación (casi de la manera más amplia que se puede estudiar), todo el mundo estará de acuerdo conmigo en que no se entiende el mundo que nos rodea sin entender la comunicación.
Los medios son un elemento imprescindible en las estructuras sociales, económicas y de poder de cualquier sociedad, cualquiera que sea su nivel de desarrollo. Pero, sobre todo, tienen una incidencia directa en las decisiones que tomamos, en las actividades que realizamos en el tiempo libre y en nuestra forma de relacionarnos con los demás (todas ellas entre otras muchas cosas). Y sé que es pedir mucho que se integre la comunicación, de alguna manera, en las aulas, siempre encaminada a entender los medios de comunicación que intervienen en nuestras vidas. Pero, al menos, podrían citarse de pasada.
Yo estudié el bachillerato de sociales, así que durante dos años estudié los conceptos más básicos de la economía. En ningún momento se citó a los medios de comunicación, aunque fuera como las únicas empresas que son distintas a todas las demás, por su organización, por sus fines y por su complejidad. Digamos que esto se puede perdonar. Lo que no entiendo es por qué en ningún plan de estudios de las carreras universitarias de empresariales, administración y dirección de empresas, etc., etc., etc., se encuentra una asignatura, aunque sea optativa, sobre el funcionamiento de los medios.
Quizá si ampliáramos el conocimiento que la gente tiene de los medios contribuyéramos a lavar su imagen, a salvar su credibilidad o, al menos, a hacer que el público diferencie los distintos tipos de comunicación a los que se enfrenta. Y a lo mejor entonces la libertad de la sociedad para pensar, opinar y hasta sentir sería verdadera. Porque no se puede entender lo que los medios nos presentan (y ya se sabe que lo que no sale en la televisión - y, por extensión, en los medios-, no existe) si no sabemos qué hay detrás.





