El patrimonio desconocido
Los viajes son aventuras para compartir. Nos hacen descubrir el mundo, abrir nuestras mentes, vivir experiencias únicas, conocer gente curiosa, aprender costumbres nuevas... en definitiva, viajar es una de las actividades que más gratificaciones proporciona al ser humano. Ahora que los viajes al extranjero se han generalizado (por influencia de la globalización y, cómo no, de las compañías low-cost) viajar dentro del propio país parece algo, de alguna manera, inferior. Parece que quien no ha salido al extranjero no es nadie. Hay sitios de visita obligada (Londres, Roma, París, Viena...) y algunos más exóticos (China, Tanzania...) y parece que cualquier aventurero que se precie tiene que tener unos cuantos de estos viajes en su currículum.
Pues bien, yo ayer me fui de excursión al campo. No diré que cerquita de casa porque hicimos casi trescientos kilómetros casi sin darnos cuenta, pero improvisamos un tour por el Valle de Alcudia y alrededores.
Nuestra primera visita nos llevó hasta las Minas del Horcajo, diminuto pueblecito en ruinas que en sus días llegó a tener unos ocho mil habitantes que vivían, como su nombre indica, de la minería. La Guerra Civil y el declive del carbón dejaron sólo algunas paredes de tierra que difícilmente se sostienen y una Iglesia en ruinas dedicada a San Juan Bautista. En los alrededores han crecido alguna que otra casita (con parabólica y piscina), un merendero-mirador y un impresionante puente elevado que el AVE recorre a toda velocidad en su paso hacia Córdoba. Las vistas no tienen desperdicio.
En dirección hacia el sur llegamos al término municipal de Fuencaliente. Un poco antes de llegar nos desviamos por un camino pedregoso y empinado buscando unas desconocidas, al menos para nosotros, pinturas rupestres. Una vez que pudimos aparcar el coche en lo que parecía la casa de unos guardeses, descendimos por un camino de piedra hasta llegar al lecho de un río, pasando el cual deberían encontrarse las pinturas. Las piedras estaban perfectamente pulidas por el paso del agua día tras día, año tras año. Las últimas lluvias habían dejado que el agua serpenteara entre ellas, formando finalmente pequeñas cascadas que parecían cantar en el silencio de la naturaleza.
Las pinturas rupestres, divididas en tres pequeños grupos, estaban protegidas por una valla. Ciertamente yo sólo aprecié uno de los grupos, pues el resto eran casi indistinguibles (al menos para ojos poco avispados como los míos).
Pasamos de largo Fuencaliente, famoso por sus baños termales, para dirigirnos a Azuel, ya en la provincia de Córdoba. Azuel es un pueblo pequeño, encaramado en las rocas, con todas sus fachadas pintadas de blanco y unas extraordinarias calles en cuesta. Por la carretera que lleva hasta Conquista hay gran cantidad de fincas dedicadas a la cría de animales. Ovejas, vacas y toros pastaban tranquilamente bajo el sol del mediodía, espantando las primeras moscas que ha traído la primavera y bostezando ante la llegada del visitante. Cerdos ibéricos y caballos andaluces resultaban más llamativos. Caballos y yeguas, con sus potros recién nacidos difícilmente sostenidos sobre sus débiles patas, componían el paisaje como si de una poesía bucólica se tratase.
Tras pasar largo tiempo fotografiando toda aquella inesperada belleza, nos decidimos a volver a casa. Paramos a comer en Piedrabuena, en un famoso (porque estaba lleno) restaurante llamado Los Pucheros. Nos abalanzamos sobre una ensalada y un chuletón de ternera y, cuando nos pudo el sueño, llegamos a casa y nos regalamos una merecida siesta.
Aunque esta mañana de domingo pueda parecer sencilla, disfruté como si hubiera sido la excursión de mi vida. El aire limpio, el primer sol de la primavera tras las lluvias, la buena compañía, la sensación de tener toda la tarde libre por delante para hacer lo que quisiera... esas sensaciones son las que hacen, a fin de cuentas, un buen viaje. Lástima que gran parte de nuestro patrimonio (natural, humano) permanezca escondido, a la espera de que alguien se decida a hacerle publicidad.
Pues bien, yo ayer me fui de excursión al campo. No diré que cerquita de casa porque hicimos casi trescientos kilómetros casi sin darnos cuenta, pero improvisamos un tour por el Valle de Alcudia y alrededores.
Nuestra primera visita nos llevó hasta las Minas del Horcajo, diminuto pueblecito en ruinas que en sus días llegó a tener unos ocho mil habitantes que vivían, como su nombre indica, de la minería. La Guerra Civil y el declive del carbón dejaron sólo algunas paredes de tierra que difícilmente se sostienen y una Iglesia en ruinas dedicada a San Juan Bautista. En los alrededores han crecido alguna que otra casita (con parabólica y piscina), un merendero-mirador y un impresionante puente elevado que el AVE recorre a toda velocidad en su paso hacia Córdoba. Las vistas no tienen desperdicio.
En dirección hacia el sur llegamos al término municipal de Fuencaliente. Un poco antes de llegar nos desviamos por un camino pedregoso y empinado buscando unas desconocidas, al menos para nosotros, pinturas rupestres. Una vez que pudimos aparcar el coche en lo que parecía la casa de unos guardeses, descendimos por un camino de piedra hasta llegar al lecho de un río, pasando el cual deberían encontrarse las pinturas. Las piedras estaban perfectamente pulidas por el paso del agua día tras día, año tras año. Las últimas lluvias habían dejado que el agua serpenteara entre ellas, formando finalmente pequeñas cascadas que parecían cantar en el silencio de la naturaleza.
Las pinturas rupestres, divididas en tres pequeños grupos, estaban protegidas por una valla. Ciertamente yo sólo aprecié uno de los grupos, pues el resto eran casi indistinguibles (al menos para ojos poco avispados como los míos).
Pasamos de largo Fuencaliente, famoso por sus baños termales, para dirigirnos a Azuel, ya en la provincia de Córdoba. Azuel es un pueblo pequeño, encaramado en las rocas, con todas sus fachadas pintadas de blanco y unas extraordinarias calles en cuesta. Por la carretera que lleva hasta Conquista hay gran cantidad de fincas dedicadas a la cría de animales. Ovejas, vacas y toros pastaban tranquilamente bajo el sol del mediodía, espantando las primeras moscas que ha traído la primavera y bostezando ante la llegada del visitante. Cerdos ibéricos y caballos andaluces resultaban más llamativos. Caballos y yeguas, con sus potros recién nacidos difícilmente sostenidos sobre sus débiles patas, componían el paisaje como si de una poesía bucólica se tratase.
Tras pasar largo tiempo fotografiando toda aquella inesperada belleza, nos decidimos a volver a casa. Paramos a comer en Piedrabuena, en un famoso (porque estaba lleno) restaurante llamado Los Pucheros. Nos abalanzamos sobre una ensalada y un chuletón de ternera y, cuando nos pudo el sueño, llegamos a casa y nos regalamos una merecida siesta.
Aunque esta mañana de domingo pueda parecer sencilla, disfruté como si hubiera sido la excursión de mi vida. El aire limpio, el primer sol de la primavera tras las lluvias, la buena compañía, la sensación de tener toda la tarde libre por delante para hacer lo que quisiera... esas sensaciones son las que hacen, a fin de cuentas, un buen viaje. Lástima que gran parte de nuestro patrimonio (natural, humano) permanezca escondido, a la espera de que alguien se decida a hacerle publicidad.
Rompiendo las reglas
A mi entender, el cine nació como espectáculo y sólo después encontró su vertiente más social, instructiva, ideológica y cualquier otra cosa que se apartara (o que agregara) del mero espectáculo visual. El cine es movimiento, es sonido, es música y es emoción irracional. Asumo que puede ser también cualquier otra cosa y quizá de esta versatilidad surge su gran magia, pero me parece totalmente legítimo que alguien entienda el cine únicamente como un espectáculo. Después pensaremos que hay espectáculos mejores o peores, o simplemente mediocres, pero eso vendrá después.
Aparte de todo esto está la taquilla. El cine es una industria cara y no conviene arriesgar, así que si podemos meter un todo-en-uno para que guste (si no a toda la familia sí a un amplio espectro de público), mejor que mejor. Así que ponemos chicos guapos y chicas guapas, decorados lujosos y un poquito de sentimiento aquí y allá para justificar medianamente las conductas de los personajes y algún que otro diálogo aparentemente profundo por si hay alguien al que se le ocurra rebuscar más allá de la superficie. Tatatachán ¡tenemos una película!
Esto es Rompiendo las reglas (Jeff Wadlow, 2008). He escuchado críticas muy desalentadoras en Internet (por ejemplo, en Filmaffinity), que sólo destacan que la película es entretenida. ¿Qué más queremos, pues? Rompiendo las reglas es espectáculo y no hace demasiados esfuerzos en ir más allá. Tiene un trama secundaria cogida con alfileres que se desvela en diálogos obvios. Los personajes apenas tienen personalidad. Y, sin embargo, la película magnetiza y te mantiene pegada a la butaca.
No hemos venido a ver la historia de un chico mono (porque es mono) e inadaptado (porque intenta parecer inadaptado) intentado encajar en un típico instituto norteamericano donde, por supuesto, hay una rubia tonta (porque es tonta) y un malo que le mete en líos. Como no puede faltar en toda historia, tenemos a los ayudantes del bueno (el amigo friki) y a algún que otro personaje con el que mantiene una particular relación amor-odio (el entrenador).
Pero no hemos venido a ver esto. Hemos venido a ver, simple y llanamente, hostias. Wadlow apuesta por una estética de videoclip con un montaje ágil y apropiado y una banda sonora estupenda. Con todo ello configura un relato que no pasará a la Historia del Cine pero que consigue lo más importante: identificación con el personaje (por muy plano que sea), sensaciones a flor de piel y un rato emocionante. Y lo demás, sobra.
Yo sólo había visto el trailer, ningún referente más. Pero si han vendido esta película como un remake de Karate Kid (que no lo es en ningún momento) el problema es de la promoción, no de la película. Si queréis pasar dos horas entretenidas y liberar sádica adrenalina, es vuestra película. Si os gustaría hurgar más allá, cambiad de sala.
Aparte de todo esto está la taquilla. El cine es una industria cara y no conviene arriesgar, así que si podemos meter un todo-en-uno para que guste (si no a toda la familia sí a un amplio espectro de público), mejor que mejor. Así que ponemos chicos guapos y chicas guapas, decorados lujosos y un poquito de sentimiento aquí y allá para justificar medianamente las conductas de los personajes y algún que otro diálogo aparentemente profundo por si hay alguien al que se le ocurra rebuscar más allá de la superficie. Tatatachán ¡tenemos una película!
Esto es Rompiendo las reglas (Jeff Wadlow, 2008). He escuchado críticas muy desalentadoras en Internet (por ejemplo, en Filmaffinity), que sólo destacan que la película es entretenida. ¿Qué más queremos, pues? Rompiendo las reglas es espectáculo y no hace demasiados esfuerzos en ir más allá. Tiene un trama secundaria cogida con alfileres que se desvela en diálogos obvios. Los personajes apenas tienen personalidad. Y, sin embargo, la película magnetiza y te mantiene pegada a la butaca.
No hemos venido a ver la historia de un chico mono (porque es mono) e inadaptado (porque intenta parecer inadaptado) intentado encajar en un típico instituto norteamericano donde, por supuesto, hay una rubia tonta (porque es tonta) y un malo que le mete en líos. Como no puede faltar en toda historia, tenemos a los ayudantes del bueno (el amigo friki) y a algún que otro personaje con el que mantiene una particular relación amor-odio (el entrenador).
Pero no hemos venido a ver esto. Hemos venido a ver, simple y llanamente, hostias. Wadlow apuesta por una estética de videoclip con un montaje ágil y apropiado y una banda sonora estupenda. Con todo ello configura un relato que no pasará a la Historia del Cine pero que consigue lo más importante: identificación con el personaje (por muy plano que sea), sensaciones a flor de piel y un rato emocionante. Y lo demás, sobra.
Yo sólo había visto el trailer, ningún referente más. Pero si han vendido esta película como un remake de Karate Kid (que no lo es en ningún momento) el problema es de la promoción, no de la película. Si queréis pasar dos horas entretenidas y liberar sádica adrenalina, es vuestra película. Si os gustaría hurgar más allá, cambiad de sala.
Esto se acaba
Ayer me dijo mi amiga María: "¿Te das cuenta, Patri, de que esta puede ser la última tarde que pasemos así?". Me pareció una sentencia demasiado apocalíptica, pero cargada de razón. Cuanto más lo pienso, más me doy cuenta de la cantidad de "últimas veces" que estoy viviendo. Y esto va acompañado, claro, de "primeras veces".
Ahora que estoy a punto de acabar un ciclo en mi vida (o, al menos, esa es la sensación que tengo yo) intento atrapar los momentos que creo que recordaré dentro de algunos años. En la tarde de ayer hubo unos cuantos:
- El bocata a tres euros en un bar, justito debajo de la Puerta del Sol, repleto de obreros que nos comían con los ojos.
- La odisea de buscar asiento en el Starbucks de Gran Vía a las tres y media de la tarde. El placer de poder echar toda la canela que quieras al café.
- Paseo arriba y paseo abajo por la calle Montera buscando la entrada a un cine. Búsqueda de la sesión más barata, que los estudiantes no estamos para derroches.
- Los comentarios frikis ante una película cualquiera. ¿La gente "normal" habla de iluminación, de construcción de personajes, de puntos de giro... mientras ve una película?
- Cueva-taberna recién descubierta. Caña a 2,50 detrás de la Plaza Mayor. Mantones de manila y paredes de piedra. Qué típico es todo. Fotos, fotos, fotos.
- Ataque de risa ante un escaparate. Un coche para montar a los niños a cambio de moneditas junto a los muebles más barrocos (y pijos) inimaginables. Imposible controlar la risa. Todos nos miran.
- Veinte minutos sentadas en las escaleras del metro de La Latina. Frente al teatro. Bajo la lluvia. Con un aire que helaba.
- Carcajadas hasta llorar. Situación cumbre: "Oh, María, me has descubierto el increíble mundo de la prostitución", "Calla", "Tía, has puesto cara de mi reputación es aquello que está en el suelo". Todos miran. Risas, risas, risas, risas...
- Taberna Txakolí. Risas. Vino y tapas de diseño. Risas. Acoso al camarero. Risas.
- Conversación profunda, sin risas, sobre la prostitución en la línea uno de metro, hora punta. La gente no está acostumbrada a escuchar conversaciones interesantes, con distintos puntos de vista.
- Caminar bajo la lluvia hacia casa de María. La alineación del Getafe. Tortilla de calabacín. Sueño. Las campanas de la Catedral.
A mediodía...
- Diez minutos mirando las tortugas del jardín de Atocha. Dos besos antes de subirme al tren. Retraso en el AVE.
Esta tarde...
- Bailar pegados en nuestra cocina nueva, naranja, recién puesta. Cualquier canción de la radio. Solos. Nadie molesta. La lluvia cae afuera. Ya queda menos para el cambio de ciclo... Ya queda menos para estar contigo para siempre.
Y esta noche...
- Arde el secador. Quemo los enchufes del baño. ¿Podría haber muerto?
Ahora que estoy a punto de acabar un ciclo en mi vida (o, al menos, esa es la sensación que tengo yo) intento atrapar los momentos que creo que recordaré dentro de algunos años. En la tarde de ayer hubo unos cuantos:
- El bocata a tres euros en un bar, justito debajo de la Puerta del Sol, repleto de obreros que nos comían con los ojos.
- La odisea de buscar asiento en el Starbucks de Gran Vía a las tres y media de la tarde. El placer de poder echar toda la canela que quieras al café.
- Paseo arriba y paseo abajo por la calle Montera buscando la entrada a un cine. Búsqueda de la sesión más barata, que los estudiantes no estamos para derroches.
- Los comentarios frikis ante una película cualquiera. ¿La gente "normal" habla de iluminación, de construcción de personajes, de puntos de giro... mientras ve una película?
- Cueva-taberna recién descubierta. Caña a 2,50 detrás de la Plaza Mayor. Mantones de manila y paredes de piedra. Qué típico es todo. Fotos, fotos, fotos.
- Ataque de risa ante un escaparate. Un coche para montar a los niños a cambio de moneditas junto a los muebles más barrocos (y pijos) inimaginables. Imposible controlar la risa. Todos nos miran.
- Veinte minutos sentadas en las escaleras del metro de La Latina. Frente al teatro. Bajo la lluvia. Con un aire que helaba.
- Carcajadas hasta llorar. Situación cumbre: "Oh, María, me has descubierto el increíble mundo de la prostitución", "Calla", "Tía, has puesto cara de mi reputación es aquello que está en el suelo". Todos miran. Risas, risas, risas, risas...
- Taberna Txakolí. Risas. Vino y tapas de diseño. Risas. Acoso al camarero. Risas.
- Conversación profunda, sin risas, sobre la prostitución en la línea uno de metro, hora punta. La gente no está acostumbrada a escuchar conversaciones interesantes, con distintos puntos de vista.
- Caminar bajo la lluvia hacia casa de María. La alineación del Getafe. Tortilla de calabacín. Sueño. Las campanas de la Catedral.
A mediodía...
- Diez minutos mirando las tortugas del jardín de Atocha. Dos besos antes de subirme al tren. Retraso en el AVE.
Esta tarde...
- Bailar pegados en nuestra cocina nueva, naranja, recién puesta. Cualquier canción de la radio. Solos. Nadie molesta. La lluvia cae afuera. Ya queda menos para el cambio de ciclo... Ya queda menos para estar contigo para siempre.
Y esta noche...
- Arde el secador. Quemo los enchufes del baño. ¿Podría haber muerto?
Blackjack a los 21
Un juego de azar. Eso es la vida. Por muy inteligentes que seamos, nunca se pueden calcular todas las variables. Y qué difícil es "calcularnos" a nosotros mismos. 21 Blackjack (Robert Luketic, 2008) habla de la escalada a la cumbre y de la caída hacia el abismo. Habla del éxito, del fracaso y de las ecuaciones impredecibles. Y todo eso con agilidad, frescura y sin grandes pretensiones.
Kevin Spacey impulsa toda la película y, gracias a él, el resto de personajes, interpretados por actores casi desconocidos a excepción de Kate Bosworth, adquieren un gran relieve. 21 Blackjack tiene mucho de videoclip, pero también de comedia de sobremesa. La cámara sólo toma protagonismo en ocasiones muy puntuales, en una mezcla de ortodoxia e innovación que se hace de todo menos incómoda.
Se agradece que el guión no se pierda en múltiples tramas. La historia principal es lo suficientemente fuerte como para sostener el peso de la película. Conforme avanza la acción, la identificación del espectador con el protagonista (el inglés Jim Sturgess en el papel de Ben Campbell) crece, impulsada por planos cercanos y preciosas composiciones. En una ocasión, la impresionante vista nocturna de Las Vegas le sirve de fondo para presentarse, en un primer plano, como dueño del mundo. Tiene el poder, en su mente, de conseguir todo lo que desee y sólo de su responsabilidad, de su destreza para controlar sus sentimientos, depende su éxito en la vida. En ese plano, corto, que se ve como de pasada, el espectador entiende que sólo es un niño en la cima del mundo y será el peso de sus 21 años lo que le haga caer.
21 años. Todo discurso sobre esta edad implica hablar de sueños, de primeros amores, del valor de la verdadera amistad y de la importancia, en la mentalidad norteamericana, de ingresar en la Universidad más prestigiosa del mundo.
El mundo del juego, con todo el lujo que ello conlleva, no es más que una metáfora del viaje a la madurez. En este filme se presenta como algo divertido, espectacular, casi abrasador, que les quema en las manos, que se les escapa, que absorben con toda la fuerza de la que son capaces. Las Vegas se convierte en un oasis donde el jugador-contador de cartas puede convertirse en lo que desee durante una noche, unos momentos, una partida. Qué mejor reflexión sobre el abandono de la adolescencia que sumergir a un grupo de jóvenes en un país de las maravillas donde todo es posible... hasta que llega la realidad.
Kevin Spacey impulsa toda la película y, gracias a él, el resto de personajes, interpretados por actores casi desconocidos a excepción de Kate Bosworth, adquieren un gran relieve. 21 Blackjack tiene mucho de videoclip, pero también de comedia de sobremesa. La cámara sólo toma protagonismo en ocasiones muy puntuales, en una mezcla de ortodoxia e innovación que se hace de todo menos incómoda.
Se agradece que el guión no se pierda en múltiples tramas. La historia principal es lo suficientemente fuerte como para sostener el peso de la película. Conforme avanza la acción, la identificación del espectador con el protagonista (el inglés Jim Sturgess en el papel de Ben Campbell) crece, impulsada por planos cercanos y preciosas composiciones. En una ocasión, la impresionante vista nocturna de Las Vegas le sirve de fondo para presentarse, en un primer plano, como dueño del mundo. Tiene el poder, en su mente, de conseguir todo lo que desee y sólo de su responsabilidad, de su destreza para controlar sus sentimientos, depende su éxito en la vida. En ese plano, corto, que se ve como de pasada, el espectador entiende que sólo es un niño en la cima del mundo y será el peso de sus 21 años lo que le haga caer.
21 años. Todo discurso sobre esta edad implica hablar de sueños, de primeros amores, del valor de la verdadera amistad y de la importancia, en la mentalidad norteamericana, de ingresar en la Universidad más prestigiosa del mundo.
El mundo del juego, con todo el lujo que ello conlleva, no es más que una metáfora del viaje a la madurez. En este filme se presenta como algo divertido, espectacular, casi abrasador, que les quema en las manos, que se les escapa, que absorben con toda la fuerza de la que son capaces. Las Vegas se convierte en un oasis donde el jugador-contador de cartas puede convertirse en lo que desee durante una noche, unos momentos, una partida. Qué mejor reflexión sobre el abandono de la adolescencia que sumergir a un grupo de jóvenes en un país de las maravillas donde todo es posible... hasta que llega la realidad.
Milagro azul
El fútbol, como la vida, es maravilloso y es injusto y a veces no se entiende un término sin el otro. Quizá la emoción y la admiración que nos hace sentir es lo que lo hace tan grande. Cuando consiguen ponerte los pelos de punta y retorcerte el estómago estás viendo fútbol de verdad.
El Getafe se ha quedado al borde del milagro y ha dejado sin coronar su hazaña épica. Después de la decepción queda un espacio para el orgullo y para el reconocimiento de que ha sido superior al rival en todos los aspectos. Pero a veces ser el mejor no basta.
Pese a todo, ha conseguido algo más grande que si hubiera entrado en semifinales de UEFA: ha logrado aunar las emociones de toda España durante unos minutos eternos y, con ello, hacerse un hueco en el corazón de la multitud. El Getafe se está convirtiendo en grande, pero el camino hacia la grandeza está lleno de obstáculos. Ya vendrán más semifinales, llegarán más copas, pero el recuerdo de lo imposible permanece. Es la entrada en la historia por la puerta grande. Y algún día le llegará lo que merece.
La afición azulona tiene motivos para celebrar esta derrota como si fuera una victoria, porque ha conseguido sacar lo mejor y lo peor que todos tenemos dentro, le ha dado la vuelta a nuestros intestinos y ha hecho que todos los corazones palpiten a la vez. Eso no tiene precio. Y no lo digo por consuelo, sino por convicción. El Geta es grande y lo será más aún pero siempre, siempre, será nuestro Geta (y lo dice una que es madridista).
Ahora más que nunca, ¡Vamos azules, vamos Getafe, vamos contigo!
*María, espero tu crónica de ambiente.
El Getafe se ha quedado al borde del milagro y ha dejado sin coronar su hazaña épica. Después de la decepción queda un espacio para el orgullo y para el reconocimiento de que ha sido superior al rival en todos los aspectos. Pero a veces ser el mejor no basta.
Pese a todo, ha conseguido algo más grande que si hubiera entrado en semifinales de UEFA: ha logrado aunar las emociones de toda España durante unos minutos eternos y, con ello, hacerse un hueco en el corazón de la multitud. El Getafe se está convirtiendo en grande, pero el camino hacia la grandeza está lleno de obstáculos. Ya vendrán más semifinales, llegarán más copas, pero el recuerdo de lo imposible permanece. Es la entrada en la historia por la puerta grande. Y algún día le llegará lo que merece.
La afición azulona tiene motivos para celebrar esta derrota como si fuera una victoria, porque ha conseguido sacar lo mejor y lo peor que todos tenemos dentro, le ha dado la vuelta a nuestros intestinos y ha hecho que todos los corazones palpiten a la vez. Eso no tiene precio. Y no lo digo por consuelo, sino por convicción. El Geta es grande y lo será más aún pero siempre, siempre, será nuestro Geta (y lo dice una que es madridista).
Ahora más que nunca, ¡Vamos azules, vamos Getafe, vamos contigo!
*María, espero tu crónica de ambiente.
Tiempo perdido
Hay días en los que no se hace nada de provecho, ni siquiera descansar. Esos días no deberían existir. De hecho, esos días no existen. Es como si no existieran.
Últimamente sólo voy a clase los jueves, que tengo unas prácticas obligatorias, y algún que otro día según los turnos que me he repartido con mis compañeras. Cada viaje en AVE me cuesta casi 30 euros, levantarme a las seis de la mañana y comer fuera de casa, así que cuando vengo pretendo aprovechar el día.
Ayer a las nueve de la noche una amiga me avisó de que no había clase a primera hora. Conduje entonces hasta la estación del AVE y pude cambiar el billete que tenía comprado para llegar a Madrid una hora más tarde, aunque de todas formas tenía que esperar otra hora antes de ir a clase. Es lo que tiene que el AVE no sea un cercanías, pero hay que agradecerles los estupendos horarios que dejaron con la última remodelación tras el incremento de trenes.
Así pues, me he levantado a las siete y media (ya había vida en la ciudad aparte de los barrenderos), me he tomado un café con mi novio en la cafetería de la estación y he leído y dormitado durante los cincuenta minutos que dura el viaje. A las diez menos cuarto he llegado a Getafe y he estado con una amiga en la biblioteca leyendo unos textos. Mientras charlábamos en las escaleras ha llegado el profesor que teníamos a segunda hora para informarnos de que se suspendía la clase para que pudiéramos acudir a una reunión sobre un proyecto de Primer Empleo de la Asociación de la Prensa de Madrid. Como no me interesaba me he ido con otra amiga a la cafetería para ponernos al día de nuestras cosas, pues últimamente nos vemos menos.
Mientras hacíamos hora para la última clase, que es la práctica obligatoria que me condiciona a ir a clase todos los jueves, nos ha interceptado una chica mexicana para proponernos una entrevista para un documental. Durante cinco minutos hemos hablado, delante de las cámaras, sobre la relación entre padres e hijos en España. La excusa es un documental, que se llamará "Expedición 1808" y que están haciendo unos jóvenes mexicanos sobre las diversas independencias en Latinoamérica y las diferencias sociales respecto a España. Esto es, sin lugar a dudas, lo más interesante que he hecho en todo el día.
El profesor ha llegado con media hora de retraso a la práctica obligatoria. Internet ha dejado de funcionar y no se podía descargar el texto que necesitábamos para fingir una entrevista (que, ante el asombro de muchos, es lo que nos enseñan a hacer aquí... o ni siquiera). Así que, en vez de dejarnos el texto en la carpeta común y permitirnos entregar las prácticas impresas, ha pospuesto la práctica para la semana que viene. Alegría para todos, lógicamente. Pero yo, entonces... ¿para qué he venido?
Ahora estoy haciendo hora para comer con una amiga hasta las cinco, que he quedado con una profesora que no sé si estará y, de estar, no sé si podrá ayudarme. Después podré marcharme y, Dios mediante, llegar a mi casa para ver tranquilamente el partido del Getafe. Sólo falta que también suspendan el partido...
No me digáis que este último año no está siendo una completa pérdida de tiempo. Menos mal que me anima mi proyecto de fin de carrera, con el que tengo hasta septiembre. Debe ser que en esta Universidad es difícil entrar... pero luego no te dejan escapar.
Últimamente sólo voy a clase los jueves, que tengo unas prácticas obligatorias, y algún que otro día según los turnos que me he repartido con mis compañeras. Cada viaje en AVE me cuesta casi 30 euros, levantarme a las seis de la mañana y comer fuera de casa, así que cuando vengo pretendo aprovechar el día.
Ayer a las nueve de la noche una amiga me avisó de que no había clase a primera hora. Conduje entonces hasta la estación del AVE y pude cambiar el billete que tenía comprado para llegar a Madrid una hora más tarde, aunque de todas formas tenía que esperar otra hora antes de ir a clase. Es lo que tiene que el AVE no sea un cercanías, pero hay que agradecerles los estupendos horarios que dejaron con la última remodelación tras el incremento de trenes.
Así pues, me he levantado a las siete y media (ya había vida en la ciudad aparte de los barrenderos), me he tomado un café con mi novio en la cafetería de la estación y he leído y dormitado durante los cincuenta minutos que dura el viaje. A las diez menos cuarto he llegado a Getafe y he estado con una amiga en la biblioteca leyendo unos textos. Mientras charlábamos en las escaleras ha llegado el profesor que teníamos a segunda hora para informarnos de que se suspendía la clase para que pudiéramos acudir a una reunión sobre un proyecto de Primer Empleo de la Asociación de la Prensa de Madrid. Como no me interesaba me he ido con otra amiga a la cafetería para ponernos al día de nuestras cosas, pues últimamente nos vemos menos.
Mientras hacíamos hora para la última clase, que es la práctica obligatoria que me condiciona a ir a clase todos los jueves, nos ha interceptado una chica mexicana para proponernos una entrevista para un documental. Durante cinco minutos hemos hablado, delante de las cámaras, sobre la relación entre padres e hijos en España. La excusa es un documental, que se llamará "Expedición 1808" y que están haciendo unos jóvenes mexicanos sobre las diversas independencias en Latinoamérica y las diferencias sociales respecto a España. Esto es, sin lugar a dudas, lo más interesante que he hecho en todo el día.
El profesor ha llegado con media hora de retraso a la práctica obligatoria. Internet ha dejado de funcionar y no se podía descargar el texto que necesitábamos para fingir una entrevista (que, ante el asombro de muchos, es lo que nos enseñan a hacer aquí... o ni siquiera). Así que, en vez de dejarnos el texto en la carpeta común y permitirnos entregar las prácticas impresas, ha pospuesto la práctica para la semana que viene. Alegría para todos, lógicamente. Pero yo, entonces... ¿para qué he venido?
Ahora estoy haciendo hora para comer con una amiga hasta las cinco, que he quedado con una profesora que no sé si estará y, de estar, no sé si podrá ayudarme. Después podré marcharme y, Dios mediante, llegar a mi casa para ver tranquilamente el partido del Getafe. Sólo falta que también suspendan el partido...
No me digáis que este último año no está siendo una completa pérdida de tiempo. Menos mal que me anima mi proyecto de fin de carrera, con el que tengo hasta septiembre. Debe ser que en esta Universidad es difícil entrar... pero luego no te dejan escapar.
El reflejo en la mirada
Hoy me he encontrado con alguien que no veía desde hacía muchos años y que significó mucho para mí. Me he obligado a mirarlo, a saludarlo y a hundirme en sus ojos porque mirándolo a él me miro a mí misma. Creo que las personas somos realmente lo que otros ven en nosotros pues, a través de la mirada ajena, nos reconocemos. Y así hoy, con una mirada de ojos titubeantes, mientras caminaba pensando en otras mil cosas, me he encontrado de repente conmigo misma, con lo que soy y con lo que fui.
Las personas construyen imágenes sobre nosotros que nos ayudan a reconocernos. Me gusta que me miren porque en la mirada orgullosa, vanidosa, humillante, lasciva, curiosa o enamorada me reconozco.
La imagen que proyectamos, no obstante, no siempre coincide con lo que somos o lo que queremos ser. Acostumbramos a mostrarnos como queremos que nos vean sin preocuparnos de si se adapta o no a la realidad. A veces soy capaz de estudiar en la biblioteca porque, a través de las miradas de soslayo entre todos los que allá estamos, nos sentimos reconocidos, nos sentimos integrados en algo que creemos que merece la pena. Y poco a poco escalaremos una posición ante los ojos de los demás.
Hoy he pensado si soy ahora lo que creíste que sería, si soy ahora lo que yo pensé que sería llegado este momento. En aquella época no hablábamos de futuro porque éste latía bajo nuestras pieles, porque no había nada más, todo era futuro. Te veo con tus amigos, apoyado en una pared, vas o vienes de clase, qué se yo. No he vuelto a hablar contigo en años y sólo con una mirada y el tartamudeo sorprendido de un saludo he sabido que eres exactamente lo que pensé que serías.
En la distancia del tiempo he aprendido, sólo ahora, que entonces no fuimos nada porque no podíamos serlo, porque nos costaba reconocernos a nosotros mismos y por eso nos buscamos y nos encontramos: para mirarnos el uno en el otro y aprender a amarnos, cada uno a sí mismo.
Pero esto no ha terminado, al menos para mí. En mi ansia por encontrarme sigo y seguiré buscando ojos en los que mirarme y, a través de los cuales, amarme. Seguiré hundiéndome en las miradas ajenas con paciencia, con dolor, con infinita imaginación, esperando, pues, que alguien algún día me vea de verdad y pueda enseñarme a mí misma.
Las personas construyen imágenes sobre nosotros que nos ayudan a reconocernos. Me gusta que me miren porque en la mirada orgullosa, vanidosa, humillante, lasciva, curiosa o enamorada me reconozco.
La imagen que proyectamos, no obstante, no siempre coincide con lo que somos o lo que queremos ser. Acostumbramos a mostrarnos como queremos que nos vean sin preocuparnos de si se adapta o no a la realidad. A veces soy capaz de estudiar en la biblioteca porque, a través de las miradas de soslayo entre todos los que allá estamos, nos sentimos reconocidos, nos sentimos integrados en algo que creemos que merece la pena. Y poco a poco escalaremos una posición ante los ojos de los demás.
Hoy he pensado si soy ahora lo que creíste que sería, si soy ahora lo que yo pensé que sería llegado este momento. En aquella época no hablábamos de futuro porque éste latía bajo nuestras pieles, porque no había nada más, todo era futuro. Te veo con tus amigos, apoyado en una pared, vas o vienes de clase, qué se yo. No he vuelto a hablar contigo en años y sólo con una mirada y el tartamudeo sorprendido de un saludo he sabido que eres exactamente lo que pensé que serías.
En la distancia del tiempo he aprendido, sólo ahora, que entonces no fuimos nada porque no podíamos serlo, porque nos costaba reconocernos a nosotros mismos y por eso nos buscamos y nos encontramos: para mirarnos el uno en el otro y aprender a amarnos, cada uno a sí mismo.
Pero esto no ha terminado, al menos para mí. En mi ansia por encontrarme sigo y seguiré buscando ojos en los que mirarme y, a través de los cuales, amarme. Seguiré hundiéndome en las miradas ajenas con paciencia, con dolor, con infinita imaginación, esperando, pues, que alguien algún día me vea de verdad y pueda enseñarme a mí misma.
Tiranos
Mi experiencia tras el mostrador me ha enseñado, que no demostrado, que el cliente siempre lleva la razón. Generalmente el consumidor es un tirano: quiere que se satisfagan sus deseos cuando quiera, donde quiera y como quiera, al mejor precio, con la máxima rapidez y excelencia posible. Los trabajadores al servicio del cliente final son humanos y, por tanto, tienen limitaciones, a veces psicológicas y a veces meramente técnicas. A veces lo imposible no es posible y hay que aguantarse.
Entre someterse a la humillación del consumidor y marcar los gustos y circunstancias del cliente hay un buen trecho, pero a veces esa balanza entre lo posible y lo imposible se mantiene en un inestable equilibrio que hay que esforzarse en mantener. Es ahí donde surgen los grandes profesionales y los grandes clientes.
Nos habíamos citado a las siete con los pintores, que estaban trabajando en un pueblo cercano. A las seis y media recibimos la llamada de que ya estaban allí. Justo a esa hora me disponía a salir de mi casa para recoger un papel pintado, todo cronometrado para poder estar a las siete en el lugar indicado. Supuestamente la reunión con los pintores tenía lugar para hablar de los colores y los tiempos de trabajo, para lo cual tener de antemano el papel pintado facilitaba las explicaciones.
He salido de casa con toda la rapidez que me permitían mis piernas para hacerles el favor de llegar un poco antes de lo acordado, para que así ellos pudieran irse a casa lo antes posible, dado que su jornada laboral había terminado. En los diez minutos que he tardado en llegar a la tienda, esperar a que me tocara mi turno (y aguantar a una mujer que se ha colado), que buscaran el papel encargado y me lo cobraran (esto es... sumando todo, unos veinte minutos) y llegar, con atasco a la salida de la ciudad incluido, hasta donde habíamos quedado, los pintores han llamado unas cuatro veces instándonos a que estuviéramos allí ya porque tenían mucha prisa.
Si ellos se han adelantado a la hora fijada y tienen que esperar, lo siento, pero no es problema mío. Que hubieran llegado a su hora. Para cuando me toque a mí esperar.
Hemos llegado. Mi novio ha salido del coche y ellos, de su furgoneta. Detrás, yo. El saludo ha sido: "Hombreeeee, cómo has tardado tanto, a ver para qué traes a tu novia". Me he quedado de piedra. Una estatua de piedra que les ha lanzado una mirada de desprecio capaz de avivar volcanes. No contentos con ello, mientras abríamos la puerta han seguido quejándose, en clave de broma, de lo mucho que habíamos tardado. Y, por supuesto, nos han regalado toda una serie de topicazos dignos de entrar en el Guiness. Para llamar la atención, resaltemos que hasta les ha llamado la atención que yo, una chica joven, tenga ¡coche!
Me debe haber empezado a sangrar la lengua de tanto mordérmela. Yo, que no suelo callarme nada, estaba tan atónita que dudaba entre cruzarles la cara o echarles a patadas de mi casa.
La visita en total ha durado cinco minutos, durante los cuales apenas han mirado las paredes que tenían que pintar, no han preguntado nada sobre los colores, no le han hecho ni caso al papel pintado y, eso sí, se han reído mucho. Todo ello adornado con improperios maquillados de alegría, tomándose todas las confianzas del mundo (entre ellas la pérdida de respeto) y exigiendo que estemos allí a la hora que ellos digan el día que ellos digan.
Pues oiga, que me parece a mí que esto no debería ser así. Que si yo pago tengo derecho a elegir cuándo y cómo se lleva a cabo el trabajo y, sobre todo, tengo derecho a que se me respete como a cualquier ser humano. No voy a hablar de machismo, creo que todo esto se resume simplemente en la palabra gilipollez. Vamos que, como dije en una ocasión, gilipollas tiene que haber en todas partes.
Y aquí estamos, condicionados por unos pintores que harán lo que les dé la gana cuando les dé la gana (como hacen todos los que se dicen profesionales y que abundan mucho en esto de la construcción, sobre todo en las "chapuzas"). "Profesionales" que dictan qué tienes que hacer en tu propia casa, que te atan de pies y manos en la toma de decisiones y que, por si fuera poco, te faltan al respeto.
Entre someterse a la humillación del consumidor y marcar los gustos y circunstancias del cliente hay un buen trecho, pero a veces esa balanza entre lo posible y lo imposible se mantiene en un inestable equilibrio que hay que esforzarse en mantener. Es ahí donde surgen los grandes profesionales y los grandes clientes.
Nos habíamos citado a las siete con los pintores, que estaban trabajando en un pueblo cercano. A las seis y media recibimos la llamada de que ya estaban allí. Justo a esa hora me disponía a salir de mi casa para recoger un papel pintado, todo cronometrado para poder estar a las siete en el lugar indicado. Supuestamente la reunión con los pintores tenía lugar para hablar de los colores y los tiempos de trabajo, para lo cual tener de antemano el papel pintado facilitaba las explicaciones.
He salido de casa con toda la rapidez que me permitían mis piernas para hacerles el favor de llegar un poco antes de lo acordado, para que así ellos pudieran irse a casa lo antes posible, dado que su jornada laboral había terminado. En los diez minutos que he tardado en llegar a la tienda, esperar a que me tocara mi turno (y aguantar a una mujer que se ha colado), que buscaran el papel encargado y me lo cobraran (esto es... sumando todo, unos veinte minutos) y llegar, con atasco a la salida de la ciudad incluido, hasta donde habíamos quedado, los pintores han llamado unas cuatro veces instándonos a que estuviéramos allí ya porque tenían mucha prisa.
Si ellos se han adelantado a la hora fijada y tienen que esperar, lo siento, pero no es problema mío. Que hubieran llegado a su hora. Para cuando me toque a mí esperar.
Hemos llegado. Mi novio ha salido del coche y ellos, de su furgoneta. Detrás, yo. El saludo ha sido: "Hombreeeee, cómo has tardado tanto, a ver para qué traes a tu novia". Me he quedado de piedra. Una estatua de piedra que les ha lanzado una mirada de desprecio capaz de avivar volcanes. No contentos con ello, mientras abríamos la puerta han seguido quejándose, en clave de broma, de lo mucho que habíamos tardado. Y, por supuesto, nos han regalado toda una serie de topicazos dignos de entrar en el Guiness. Para llamar la atención, resaltemos que hasta les ha llamado la atención que yo, una chica joven, tenga ¡coche!
Me debe haber empezado a sangrar la lengua de tanto mordérmela. Yo, que no suelo callarme nada, estaba tan atónita que dudaba entre cruzarles la cara o echarles a patadas de mi casa.
La visita en total ha durado cinco minutos, durante los cuales apenas han mirado las paredes que tenían que pintar, no han preguntado nada sobre los colores, no le han hecho ni caso al papel pintado y, eso sí, se han reído mucho. Todo ello adornado con improperios maquillados de alegría, tomándose todas las confianzas del mundo (entre ellas la pérdida de respeto) y exigiendo que estemos allí a la hora que ellos digan el día que ellos digan.
Pues oiga, que me parece a mí que esto no debería ser así. Que si yo pago tengo derecho a elegir cuándo y cómo se lleva a cabo el trabajo y, sobre todo, tengo derecho a que se me respete como a cualquier ser humano. No voy a hablar de machismo, creo que todo esto se resume simplemente en la palabra gilipollez. Vamos que, como dije en una ocasión, gilipollas tiene que haber en todas partes.
Y aquí estamos, condicionados por unos pintores que harán lo que les dé la gana cuando les dé la gana (como hacen todos los que se dicen profesionales y que abundan mucho en esto de la construcción, sobre todo en las "chapuzas"). "Profesionales" que dictan qué tienes que hacer en tu propia casa, que te atan de pies y manos en la toma de decisiones y que, por si fuera poco, te faltan al respeto.
El ejecutivo, el pobre y yo
Decía un anuncio de ADIF que durante siglos han existido lugares de encuentro que, con los años, se convirtieron en estaciones de tren. Formando, añado, un caleidoscopio cultural y social inigualable. Cualquier cosa que quieras encontrar la hallarás en una estación de tren. Especialmente los contrastes más acusados.
6,50 euros por un bocadillo y un resfresco en la Estación de Atocha de Madrid. Mientras mastico pedazos fríos de lomo envueltos en pan enharinado, un hombre se pasea a mi alrededor. Tiene la barba larga y no se ha cambiado de ropa en varios días. Sus ojos parecen buscar algo. Echo un vistazo a mi bolso, por seguridad, pero el hombre lo ignora. Tres extranjeros trajeados acaban de abandonar la mesa de enfrente y han dejado pedazos de bocadillo en el plato. El hombre se acerca a ellos, mira a su alrededor, recoge un pedazo de pan y se lo mete en la chaqueta. Inmediatamente después se sienta en otra mesa y lo mordisquea lentamente. Cada vez que la camarera se acerca para recoger las mesas él esconde su pedazo de pan y finge esperar a alguien. Nadie le dice nada.
Minutos después dos ejecutivos ocupan la mesa de enfrente, ya limpia. Visten impecablemente. Adoro a la gente que tiene gusto para combinar las prendas elegantes. Uno de ellos se acerca a la barra; el otro le espera mientras teclea algo en su teléfono móvil. Su compañero vuelve con una ensalada, que comparten, y dos botellas de agua. Charlan. Perfectamente caracterizados, como en una película.
La pareja que está sentada a mi lado tendrá unos cincuenta años. Ella lleva unos de esos zapatos de tacón diminuto que parecen aprisionar sus pies. Él es calvo y enrojece paulatinamente, según eleva el tono de voz. En unos instantes comienzan a discutir. Todos nos volvemos hacia allá. Todos. El ejecutivo, el pobre y yo. Los miramos. El calvo maldice una y otra vez. Todos volvemos a nuestra comida. La ensalada, el pedazo de pan y mi bocata de lomo.
El pobre ha acabado su exigua comida. Se limpia las manos con varias servilletas, aunque es imposible que se haya manchado. En su fingida espera parece perseguir moscas. Sus ojos revelan cierta falta de cordura. Pasado un tiempo, mientras comienzo mi bolsa de patatas fritas, vuelve a levantarse, ojea las mesas y comienza a caminar lentamente hacia otro lugar. Quizá hacia otro sitio donde mordisquee un trozo de pan y vea pasar la vida.
Yo también debo irme. Mi abrigo naranja, mi carpeta llena de libros, una bufanda... todo viene conmigo, arrastrándose hacia el tren. Los ejecutivos miran su reloj. Juguetean con su ensalada. Yo los miro. Cómo puede quedar tan bien un traje. Ninguno de ellos es atractivo, pero podría parecerlo. Son muy elegantes. Lo dicho: impecables.
Camino hacia el tren: jóvenes, viejos, españoles, extranjeros, maletas, esperanzas y sueños. Lugares de encuentro convertidos en estaciones de tren. Estaciones de tren convertidas en lugares de encuentro.
6,50 euros por un bocadillo y un resfresco en la Estación de Atocha de Madrid. Mientras mastico pedazos fríos de lomo envueltos en pan enharinado, un hombre se pasea a mi alrededor. Tiene la barba larga y no se ha cambiado de ropa en varios días. Sus ojos parecen buscar algo. Echo un vistazo a mi bolso, por seguridad, pero el hombre lo ignora. Tres extranjeros trajeados acaban de abandonar la mesa de enfrente y han dejado pedazos de bocadillo en el plato. El hombre se acerca a ellos, mira a su alrededor, recoge un pedazo de pan y se lo mete en la chaqueta. Inmediatamente después se sienta en otra mesa y lo mordisquea lentamente. Cada vez que la camarera se acerca para recoger las mesas él esconde su pedazo de pan y finge esperar a alguien. Nadie le dice nada.
Minutos después dos ejecutivos ocupan la mesa de enfrente, ya limpia. Visten impecablemente. Adoro a la gente que tiene gusto para combinar las prendas elegantes. Uno de ellos se acerca a la barra; el otro le espera mientras teclea algo en su teléfono móvil. Su compañero vuelve con una ensalada, que comparten, y dos botellas de agua. Charlan. Perfectamente caracterizados, como en una película.
La pareja que está sentada a mi lado tendrá unos cincuenta años. Ella lleva unos de esos zapatos de tacón diminuto que parecen aprisionar sus pies. Él es calvo y enrojece paulatinamente, según eleva el tono de voz. En unos instantes comienzan a discutir. Todos nos volvemos hacia allá. Todos. El ejecutivo, el pobre y yo. Los miramos. El calvo maldice una y otra vez. Todos volvemos a nuestra comida. La ensalada, el pedazo de pan y mi bocata de lomo.
El pobre ha acabado su exigua comida. Se limpia las manos con varias servilletas, aunque es imposible que se haya manchado. En su fingida espera parece perseguir moscas. Sus ojos revelan cierta falta de cordura. Pasado un tiempo, mientras comienzo mi bolsa de patatas fritas, vuelve a levantarse, ojea las mesas y comienza a caminar lentamente hacia otro lugar. Quizá hacia otro sitio donde mordisquee un trozo de pan y vea pasar la vida.
Yo también debo irme. Mi abrigo naranja, mi carpeta llena de libros, una bufanda... todo viene conmigo, arrastrándose hacia el tren. Los ejecutivos miran su reloj. Juguetean con su ensalada. Yo los miro. Cómo puede quedar tan bien un traje. Ninguno de ellos es atractivo, pero podría parecerlo. Son muy elegantes. Lo dicho: impecables.
Camino hacia el tren: jóvenes, viejos, españoles, extranjeros, maletas, esperanzas y sueños. Lugares de encuentro convertidos en estaciones de tren. Estaciones de tren convertidas en lugares de encuentro.





