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ALGO DE TODO
Porque no podría centrarme en una sola cosa
Acerca de
Me llamo Patricia y estudio Periodismo y Comunicación Audiovisual. Los fines de semana trabajo como maquetadora en La Tribuna de Ciudad Real. Podéis escribirme a soylaveraARROBA hotmailPUNTOcom
Sindicación
 
Experiencia FOX
Hoy ha cerrado sus puertas la Casa Fox en Madrid. Desde el día 15 de febrero ha acogido reproducciones de los decorados de sus series más famosas, así como multitud de objetos relacionados. Además se han celebrado conferencias, coloquios, maratones de visionados...

Una amiga y yo hemos entrado hoy a eso de las cinco de la tarde, después de esperar unos 45 minutos de cola. El primer escenario es el avión estrellado de Perdidos, justo en la entrada. El resto pueden visitarse según se quiera: la sala de juicios de Shark, la celda de Prison Break (y otros muchos objetos referentes a la primera temporada), la cocina de Lynette de Mujeres Desesperadas, el despacho de House (con bastón, guitarra, casco de moto y kilos de dicodinas, por supuesto), las taquillas de Anatomía de Grey (si no me equivoco...), el escenario de los asesinatos de Dexter (y sus herramientas), la escalera repleta de fotos de Cinco Hermanos, el sofá de Californication, el espejo de Entre Fantasmas... Además había una imagen de Padre de Familia y varios cuadros de Los Simpson. Todo ello puede verse en apenas 20 minutos, siempre y cuando se consiga caminar entre personas y flashes de cámaras.

Obviamente, es una atracción para tomar montones de fotografías, poco más. Le falta un poquito de interactividad y el sonido era bastante defectuoso. Pese a que podían haber explotado más (aún) el frikismo de los jóvenes (congregados en multitud ante una actividad pensada para ellos y, además, gratis), todo el mundo quedaba contento con la experiencia. Yo, personalmente, me he quedado con ganas de más pero reconozco que es una buena iniciativa para incitar al consumo de series o, al menos, hacerle un regalo a todos los fans que diariamente las siguen.

A ver si cunde el ejemplo, que me encantaría meterme en el BadaBing de Los Soprano. ¿Os imagináis el estilo español? Seguro que nos haríamos fotografías con los jamones de Los Serrano, en los boxes de Hospital Central o en el precioso sofá de Cuéntame pero, igualmente, disfrutaríamos.
 
Un poquito de humor
Entre la campaña electoral, el desolador inicio del segundo cuatrimestre (bufff...) y los preparativos de mi futura casa he decidido poner un poquito de humor en nuestras vidas. Aquí van algunas de las perlas que dejaron caer mis profesores en el primer cuatrimestre. ¡Votad la mejor! (En negrita las que más me gustan a mí)


- No puedo hacer dos cosas a la vez, soy muy masculina para eso.

- A los alumnos de ingeniería se les somete a un régimen de campo de concentración. Las ingenierías son sádicas.

- Hubo uno a principios del siglo XX que cerró la oficina de patentes porque creía que todo estaba inventado. Joé con el paisano, qué ojo tenía. Eso es como el japonés que dijo que se había acabado la historia antes de que llegaran los aviones y les bombardearan. A veces puedes pasar a la historia por hacer una afirmación de estas.

- A mí me es inoxidable lo que os guste más.

- Kuhn dice: me interesa la ciencia, pero me interesan más estos bichos llamados científicos.

- Los políticos marxistas han dedicado todo el tiempo que dedicaban a pensar, que no fue mucho, a refutar esta idea de Marx.

- La yihad tiene dos vertientes: la de lucha interior por la perfección y la de hacer la puñeta al vecino.

- Prohibir el latifundio en Venezuela es como prohibir el pasodoble en Andalucía.

-Profe: El crudo venezolano es muy pesado.
-Alumna: como su presidente.


- No se vistan de periodistas, no se me vistan de Coronel Tapioca, porque esto lo hacen los domingueros de los periódicos.

- ¿Saben lo que es una regleta? Una cosa larga con varios ladroncillos. Cuantos más agujeros, mejor.

- Yo creo que el mayor error que ha cometido Bush es dejar de ser alcohólico.

- Si no entiende la A me tiro por la ventana, me rapo el pelo y me hago monje y me dedico a reflexionar sobre todo esto.

- Me siento como se debió sentir Rajoy con Espe y con Alberto. Peor se debió sentir Alberto, que le han puesto unos cuernos…

- Para la gente de mi generación Arafat es como Miliki, siempre ha estado en la tele.

- El caucus es como la reunión de la Thermomix pero en plan presidencialista.

- Uno es guapo o feo en comparación con otro, si estás solo en el mundo eres como eres y sólo eres feo si te comparan con George Clooney.

- Aquí en España el trabajo lo hace uno, lo firman dos y lo copian cinco.

- Negar cualquier negación que niegue una conducta.

- Habrán oído una noticia esta mañana en la radio, claro, si han puesto la radio, si no lo han hecho no la han podido oír, esto en derecho es muy lógico.

- ¿Cómo va a ser el examen? Pues una serie de preguntas a desarrollar en un plazo de tiempo determinado de forma objetiva.

- (En el examen) Si ponéis abreviaturas me decís cuáles son. Intentad poner alguna palabra entre abreviatura y abreviatura, más que nada porque sois periodistas…

- Esto ha acabado como el Cristo de la Aurora.

- Después de alimentar a la familia, a los hijos y a todos esos seres que habitan en la casa…

- Al fin y al cabo ¿qué es un chupachups? Coño, un caramelo con un palo. No es una cosa compleja.

- Osbourne es como un anuncio andante contra la droga, lo ves y no tienes ganas de más.

- Atención, que he dicho una frase importante. No sé cuántas idioteces he dicho hoy, pero ahora he dicho una frase importante.

- Alumna: ¿Un hogar qué es?
- Profe: Para mí un hogar es una cosa con techo y cerradura, no sé qué será para ti.

- La realidad sociológica española es que en España vive una serie de personas y, de ese grupo, unos son hombres y otros son mujeres.

- Nuestro compañero descreído, que no cree en el audímetro, seguro que tú fuiste el que le dijiste a los demás niños que no existían los Reyes Magos.

- No necesito haceros la pelota porque para ello cuento con mi incuestionable carisma.

- No hay nadie aquí que sepa tanto como yo, por eso estáis abajo y yo arriba, es una cuestión de verticalidad.



Si alguien quiere las Frases Cumbres completas, dejad un comentario y las mando por e-mail.
 
La diabólica brillantez de la Calle Fleet
A veces el Genio (con mayúscula) encuentra su obra perfecta. Tim Burton no ha conseguido aún su Gran Obra Maestra, pero con Sweenney Todd (Tim Burton, 2007) ha llegado muy cerca. Permitid que despliegue mi fanatismo.

El goticismo. Que Tim Burton tiene preferencia por historias oscuras de seres inadaptados es una constante en su carrera, ya desde sus primeros cortos. Sweeney Todd llegó a su encuentro como si hubiera surgido de su mente creativa. Ni él mismo podría haber imaginado una historia tan compleja y haberla narrado de forma tan simple. Amor y venganza con el sabor decimonónico de las tragedias y la pizca de locura que siempre ha de envolver toda gran historia.

La superficialidad. Londres es un decorado y Burton lo enfatiza en vez de esconderlo. Nos presenta un Londres misterioso y condenado. La cámara no lo recorre sino que lo atraviesa, deseando llevar al espectador a sus entrañas (deseando desperezar las entrañas del público). La inmensa cantidad de sangre derramada, la violencia extrema, es también superficial. El color rojo explota sobre el negro en una sinfonía de colores y da cuerpo a la base de la coreografía. Todo en Sweeney Todd está teatralizado, sobreactuado y abultado de forma que es imposible tomárselo en serio, lo cual es sin duda una sensación buscada por los creadores. Porque nada es casual, y menos si hablamos de Tim Burton.

La música. Es imposible comprender Sweeney Todd sin asumir aquello que le da forma: el musical. Retoma, no obstante, la veda abierta por musicales anteriores como el fantástico Moulin Rouge (Baz Luhrmann, 2001), donde se abandonan ciertos estándares (como la mirada a cámara) mientras otros se elevan a la máxima potencia (la utilización de la grúa y los movimientos de cámara). De la maestría de Stephen Sondheim depende el grueso de la película. Desconozco el musical original, pero he leído en Cahiers du Cinema de febrero que se ha eliminado uno de los números iniciales para sustituir la justificación de la historia como cuento y proponer así algo más arriesgado.

Los freakies. Johnny Depp no le tiene miedo a los retos. Después de Jack Sparrow tenía difícil crear un personaje de suficiente entidad para ser recordado por su interpretación. Sus seguidores teníamos nuestras dudas sobre si un actor de este calibre se acomodaría, pero no ha defraudado. En brazos de Tim Burton ha encontrado un personaje que supone otra vuelta de tuerca más en una carrera de seres poco convencionales. Ya le funcionó con el inolvidable Eduardo Manostijeras (1990) y se quedó algo corto con el Ichabod Crane de Sleepy Hollow (1999), pero Sweeney Todd le da la oportunidad de desplegar toda su capacidad para interpretar a esos seres que son tan del gusto de Burton y otros. Pero no sólo Johnny Deep cabe en esta categoría. Estupenda está Helena Bonham Carter como casera diabólicamente enamorada y ni qué decir tiene que es el contrapunto perfecto del protagonista. Otros seres, como la vieja loca, terminan un cuadro resplandecientemente triste, el panorama perfecto para una obra de estas características.

Sweeney Todd es una cumbre más en la carrera de Tim Burton y creo que todos sus seguidores han (hemos) agradecido su vuelta de una manera tan satisfactoria. Sin embargo, creo que no es apta para todos los públicos. En primer lugar, cito razones obvias: no recomendada para menores ni para estómagos sensibles (aunque personalmente creo que no es para tanto, pues en la película todo parece, por decirlo simplemente, "de juguete"). En segundo lugar, porque Sweeney Todd es la puerta abierta a un mundo distinto que no necesariamente coincide con aquel al que le gusta acceder a todo el mundo. Su estructura de musical y las peculiaridades de su trama, además de las pinceladas de brillantez en la puesta en escena, no suelen ser admiradas por el espectador medio, que quiere una historia entretenida que seguir. En definitiva, no se puede pagar por ver Sweeney Todd sin saber previamente qué se va a ver: hay que llegar sin prejuicios, dejándose absorber y empapar por el mundo de ficción, de la pura ficción.
 
Memorias de Granada
Día 1
María, Juana, Alberto y yo rumbo a Granada en mi coche. Parada en Guarromán para satisfacer las ansias alimenticias. A mitad del viaje comenzó a llover, así que una vez llegados a Granada tuvimos que arrastrar maletas por calles estrechas, empedradas e inundadas. El apartamento que habíamos alquilado nos sorprendió desde el primer momento, aunque por las fotos de la página web sabíamos que iba a estar bien. El mayor descubrimiento fue que ¡el retrete tenía chorritos! Chorritos de agua para lavarse (supuestamente) y aire caliente para secarse. La curiosidad pudo más que la razón y al tocar los botones comenzaron a salir chorritos y casi se nos inunda el baño.

Nos reunimos con una amiga y fuimos a tapear. Comimos unas roscas y unas codornices escabechadas, nos hicimos fotos absurdas en una silla flamenca que había en el baño y después nos desparramamos por una tetería. Por la tarde tocó el primer contacto con el turismo que, aunque breve, fue intenso (al menos en cuanto a risas). Y por la noche, agotados, estuvimos haciendo el tonto en el sofá cama del salón.


Día 2
Subimos en autobús suicida y traqueteante a la Alhambra. Pasamos allí toda la mañana, quedando fascinados y desilusionados a la vez. Ya sabemos que siempre, en el recuerdo, las cosas y los lugares parecen más grandes y más bonitos de lo que son en realidad, pero en el caso del Generalife quedé bastante descontenta. Claro que ellos no tienen la culpa de que sea la época de podar los rosales y de que ninguna flor se atreviera a asomar sus colores en un día lluvioso, pero lo cierto es que eché en falta un poco de sensación primaveral. Por lo demás, disfrutamos subiendo y bajando escaleras y haciendo decenas de fotos hasta que el cansancio nos venció.

Cogimos otro autobús hasta el Mirador de San Nicolás, donde caminamos entre perroflautas y tomamos una cañita y una tapita de migas. Bajamos caminando por el Albaicín hasta la orilla del río y buscamos sitio para comer. Dudando entre un sitio y otro terminamos comiendo pasadas las tres de la tarde en el Fresh&Co, el cual (pese a que se come bien) me causó una pésima impresión y me enfadé. Y es que veníamos cargados con abrigos, paraguas y cámaras fotográficas y no nos dejaron sentarnos y dejar las cosas antes de intentar meter kilos de ensalada en un solo plato y sostenerlo en una bandeja. Y además, cuando me quejé, las explicaciones que me dieron eran de todo menos convincentes. A pesar de todo sobrevivimos y comimos medianamente bien (bueno, he comido mejor, todo hay que decirlo...)

Mientras María y Juana iban a dormir un rato, Alberto, mi amiga cuasi granadina AnaIs y yo fuimos a tomar algo a la cafetería El Tren, donde nos juntamos con Marina (otra amiga) y su hermano. El sitio era precioso (por lo visto forma parte de una cadena de cafeterías de la que yo nunca había oído hablar) y estaba en el centro. Altamente recomendable. Después de eso fuimos a dormir un rato.

Cenamos en los bares de la Calle Elvira. Las tapas son enormes (cenamos con dos o tres tapas) y la cerveza no es demasiado cara para ser el centro. Después fuimos a una tetería y nos sentamos en una mesa situada en una especie de altillo. El lugar era muy bonito, pero a esas horas no nos hicieron unos crepes para terminar de llenar la panza.


Día 3
Queríamos visitar el Monasterio de la Cartuja, así que después de subir en autobús a la zona universitaria atravesamos una verja que parecía llevar al lugar, pero al volver y querer salir por el mismo sitio nos encontramos la puerta cerrada, así que tuvimos que caminar durante media hora entre flores y hierbas y pensar seriamente en saltarnos la valla antes de que un alma caritativa viniera a liberarnos. Descubrimos entonces la verdadera entrada al Monasterio, pagamos los 3,50 euros de rigor (¿por qué en Granada no hay descuento para estudiantes?) y visitamos un monumento que de estar bien restaurado hubiera sido precioso. Tiene un claustro muy pequeñito con naranjos y limoneros y una iglesia que es una maravilla, aunque algo sobrecargada. Sin embargo, el refectorio, la capilla y el resto de habitaciones están muy descuidadas y dan sensación de abandono. De esto nos habló un catalán afincado en Granada, que estuvo charlando con nosotros durante veinte minutos sobre los monumentos de la ciudad.

Bajamos al centro y descubrimos la Plaza del Triunfo, con una preciosa fuente, amplios espacios abiertos y algún que otro porrero y viejo verde. Visitamos el Hospital de San Juan de Dios (porque la iglesia estaba cerrada ya) y quedé impresionada, tal y como había dicho el catalán granadino, de la necesidad de restauración que tenían los maravillosos frescos de las paredes. Aún así me gustó más el Hospital que el Monasterio que habíamos visitado, pues tenía unos patios preciosos que invitaban a la siesta veraniega.

Allí nos recogió nuestra amiga Marina y conocimos a una compañera suya, Abi. Nos llevaron de bares y comimos unas cuantas tapas. Después fuimos al café Bohemia, donde mis amigas y yo, frikis a la fuerza, quedamos alucinadas. Las paredes estaban cubiertas de carteles de películas antiguas, aunque también de cantantes y anuncios. Había aparatos de radio y cine como decoración y un piano, así como libros que podías leer allí mismo. Además los cócteles, batidos y cafés eran deliciosos. Me hubiera quedado allí horas y horas. Pero tuvimos que abandonar e irnos a dormir un rato, pues queríamos salir esa noche. Los jueves universitarios granadinos, nos habían dicho, eran los mejores.

Salimos María y yo a dar una vuelta mientras los demás seguían durmiendo. Visitamos el Corte Inglés y la exposición al aire libre de Rodin. Volvimos enseguida al apartamento.

La idea era hacer botellón allí (aprovechando que los vecinos ingleses también daban mucho ruido) y luego salir de marcha. Pero finalmente cenamos allí, bebimos unos cubatas y escuchamos canciones frikis ("Me huele el pito a canela", "Cunnilingus post morten", "Sucedió en Bekelar", "Atún"...) y vimos vídeos de youtube (caídas y meteduras de pata variadas) hasta las cuatro de la mañana, hora a la que Alberto y yo acompañamos a mi amiga AnaIs a casa mientras dábamos un paseo.


Día 4
María se marchó por la mañana porque tenía que trabajar a mediodía. Juana, Alberto y yo nos levantamos a las once y recogimos todo para a las 12 abandonar el apartamento. Dejamos todo en el coche y fuimos de compras y de cañas. Descubrimos una taberna del siglo XVI, llamada El Toro, con un patio precioso y un toro de bronce con el que nos fotografiamos. Después comimos en Centro de Granada (en la plaza Bib Rambla) y nos tomamos el último café y el último pastel antes de marchar de nuevo a casa.


Y así terminaron nuestras merecidas vacaciones y, supuestamente, nuestro viaje de fin de carrera. Ahora nos debatimos entre el cansancio y la morriña, en el último día antes de volver a clase. Hemos conocido una ciudad encantadora y, por si me leen, tengo que dar las gracias a AnaIs, a Marina, a Ángela y a Abi por habernos tratado tan bien y habernos ofrecido su ciudad en bandeja. A AnaIs no me va a dar tiempo a echarla de menos, pero las demás saben que si alguna vez vienen a Ciudad Real haremos todo lo que podamos para que se vayan con un buen recuerdo, la tripa llena y los pies doloridos.
 
(Des)cargas
Anoche cargué el móvil. Esta mañana he cargado la batería de la cámara de fotos pequeña. A mediodía he cargado las dos baterías de la cámara de fotos grande. Por la tarde he cargado el mp3. Por la noche he cargado la maleta con un montón de ropa. Mañana por la mañana cargaremos mi coche hasta los topes y pondremos rumbo a Granada. Dos amigas, mi novio y yo estaremos allí, cargando nuestras pilas, hasta el viernes.

Es que, de vez en cuando, hace falta un tiempo en stand-by. Espero volver relajada.
 
Para qué más
Hay películas que no pretenden ser más de lo que son. Por oposición a aquellas otras, pretenciosas, que intentan enseñar a hacer cine a los demás, algunas veces saltan a la actualidad obras tan increíblemente sencillas que generan grandes sensaciones.

Juno (Jason Reitman, 2007) es una película, sobre todo, positiva. No es nada que no hayamos visto antes: una adolescente queda embarazada y esta situación constituye un viaje de la infancia a la madurez, con sus ventajas y sus nostalgias. Desde este planteamiento de tv movie de sobremesa se despliega toda una tierna historia que nos hace sonreír con ese tipo de sonrisa que deja un matiz amargo. Tiene razón el Sr. Pons al recordar que los adolescentes no suelen mantener diálogos tan mordaces y que algunas situaciones están excesivamente sobreactuadas. Los actores están correctos pues, sin grandes alardes de interpretación, consiguen que la historia sea creíble, que es lo que importa. La puesta en escena tiene algo de original, la música está muy bien integrada en la película y, en definitiva, asistimos al mundo de una adolescente en pocos pasos. La vida familiar también se dibuja con breves trazos, a medio caballo entre el drama y la comedia, en eso que tan bien se les da hacer a los norteamericanos y que en España parecemos desconocer. Hora y media de metraje, para qué más. Y ahí lo tienen: 4 nominaciones a los Óscar.

Recientemente he visto una comedia americana, romántica, muy de Navidad y San Valentín. Serendipity (Peter Chelsom, 2001) tiene como grandes bazas a John Cusack y Kate Beckinsale como actores protagonistas. No llevan a cabo nada fuera de lo normal. La historia en sí no pasa de ser una historia de amor que intenta reflexionar sobre el azar y el destino como definitorios en la vida diaria (y amorosa) de las personas. Tampoco se preocupan demasiado en justificar las acciones. Los personajes se mueven por impulsos. Los guionistas utilizan lugares comunes para plantear situaciones mil veces vistas. Y, pese a todo, enternece. Cuando se llega al final se tiene la sensación de no haber visto más de lo que se ha visto y de no tener que pensar más allá de la ficción. Una historia de amor es nada más y nada menos que una historia de amor. Una hora y media de metraje. Y para qué más.
 
No es película para tanto
Muchos premios (y mucha publicidad) le llueven a Bardem por su interpretación en No country for old men (Joel y Ethan Coen, 2007) y, sin duda, es lo mejor de la película. Javier Bardem interpreta a un psicópata que mata no sólo por el placer de matar sino, más bien, por costumbre, por necesidad. Su personaje, Anton Chigurg, es la espina dorsal de un relato donde se reflexiona sobre la inutilidad de la violencia y su sobredimensión en la vida cotidiana. Matar (y morir) es presentado de forma natural, sin sonrojos, de modo totalmente aséptico. Matar (y morir) está determinado por la suerte, por el lugar en el que te encuentres en un momento dado. Matar (y morir) parece algo consustancial al ser humano de una forma mucha más violenta de lo que estamos acostumbrados a asumir.

Frente a Bardem, Josh Brolin da vida a Llewelyn Moss, un hombre corriente, aficionado a la caza que, como en una película de Cronenberg, se ve abocado a una situación imprevista. Pese a esta circunstancia, Moss es el alter ego de Chigurg en el sentido de que se adapta a la violencia con inusitada naturalidad, sin que ello repercuta en su visión de la vida más de lo necesario. Incluso su mujer, una Kelly Macdonald que intenta interpretar lo más decentemente posible el absurdo e inútil personaje de Carla Jean Moss, asume la irrupción de la violencia extrema en su vida sin mayores dificultades.

Y ya. No country for old men no es nada más. El resto, sobra. Lo interesante, lo bien trabajado, es la espiral de violencia a la que se llega con la más absoluta asepsia y falta de consideraciones morales. Una buena puesta en escena, tendente al hiperrealismo pero con cierta atmósfera fantasmal. Los paisajes desérticos donde los Coen insertan a unos personajes igualmente desérticos moralmente parecen un auténtico espejismo. Todo parece estar desgajado de la realidad, sin ubicar en un lugar concreto y, sin embargo, se respira absoluta verosimilitud. No sé decir a ciencia cierta por qué me recuerda a Abierto hasta el amanecer (Robert Rodríguez, 1996). Sin embargo, no se puede asistir a esta película, especialmente a su inicio, sin recordar el sabor de viejas glorias del western.

No country for old men peca de querer atender demasiados frentes. Intenta incluir, frente a la espectacularidad de la violencia, una esfera moral, reflexiva, a cargo de Tommy Lee Jones. Perfecto está en su papel, como casi siempre, pero su personaje, y toda la trama que integra, sobra. Lastra una película que, pese a durar dos horas escasas, consigue hacerse lenta. El final parece no llegar nunca y, cuando llega, no ofrece ninguna satisfacción al público. Quizá el objetivo sea que el espectador comprenda que tanta violencia no ha llevado a nada, pero es triste comprobar que una trama perfectamente planteada y espectacularmente bien llevada a cabo decae bruscamente porque no consigue llegar a buen puerto.

En el duelo entre los personajes protagonistas se echa en falta un tercero en discordia. Supuestamente esta es la función de un personaje como Carson Wells, interpretado por Woody Harrelson y echado a perder por culpa de un escaso peso en el guión. Su presencia en el filme es corta (dos o tres escenas) y se le podía haber sacado mucho más partido. Woody Harrelson podía haber utilizado sus antecedentes como asesino desenfrenado en Asesinos natos (Oliver Stone, 1994) para aportar peso al papel. De este modo, cuando vemos su mirada de loco, su temeridad, no podemos evitar acordarnos del entrañable psicópata maníaco Mickey Knox. Y todo eso queda en nada. Los Coen tiran a la basura la que podía haber sido la tercera gran baza para ganar atractivo.

No country for old men podría haber sido más, mucho más, aunque los premios dirán lo contrario y quizá también el público y los críticos. Definitivamente es una buena película. Pero le faltan muchos enteros para alcanzar la consideración de obra maestra.
 
Si no fuera por estas cosas...
El silencio. El sol de febrero se cuela entre las persianas. Algún murmullo. Las palomas gorjean y revolotean por las ventanas. Unos niños juegan en el parque. Rasgar de folios. Algún suspiro. Las teclas de un ordenador. Fuera de la biblioteca, las campanas de la Catedral tocan. La una de la tarde.

De repente, un estruendo quiebra el silencio. Caras desconocidas pero habituales se miran entre sí. Un segundo estruendo. Alguien reprime una risa. Un hombre sentado en la mesa de al lado duerme profundamente. Y ronca. Y vuelve a roncar.

¿Le despertamos? ¿Le dejamos que siga durmiendo? ¿Qué hacer? Alguien agradece estas alegres distracciones. Otros se desesperan intentando volver a mirar sus folios subrayados. El hombre, enfudando en un chándal gris, sigue durmiendo. Su cabeza pende sobre un libro cualquiera. Resopla de vez en cuando. Y vuelve a roncar.

El guardia de seguridad comienza su ronda habitual, su peregrinar entre las mesas. No le ve. Tras un ronquido final, el hombre despierta. Agita la cabeza. Mira alrededor. Los demás volvemos a nuestros quehaceres y así disimulamos. El guardia pasa a su lado. No le dice nada. El hombre roncador se levanta. Casi se cae al levantarse de la silla. Sale de la biblioteca. Todos miramos cómo sale. Nos volvemos a mirar entre nosotros. Y, por última vez, volvemos a los apuntes, al arrullar de las palomas, a los suspiros desesperados y a la una y cuarto en las campanas.

Ay, si no fuera por estas cosas una pensaría que es el único bicho raro en este mundo.
 
Y al final... el vacío
Es tal el vacío, insostenible, la letal desidia que amenaza... así empieza El mar no cesa, de Héroes del Silencio. Este grupo tiene la habilidad de hacerme sentir identificada con sus letras sea cual sea el momento en el que me encuentre, tanto si estoy triste como si estoy feliz, agotada o llena de energía.

Así, vacía, insostenible, impotente... es como me he sentido en el examen oral de periodismo internacional que he tenido hoy. Los nervios han dejado paso a la incomprensión y después a la impotencia de saber que se me iba el examen, de que, hiciera lo que hiciera, iba a suspender.

Pese a la evidente alegría de conocer la nota al instante (un 7) me sentía incompleta, vacía. A veces después de un examen me siento así porque he vomitado todo lo que sabía, he llegado a un grado máximo de concentración y, al cumplir con ese rito mágico que es entregar por fin el folio escrito, me he sentido libre y satisfecha (o no, depende del resultado). Pero siempre he tenido la sensación de poner todo lo que me sabía, convencida de que es lo correcto (o lo más cerca de lo correcto) a lo que mi inventiva puede llegar.

Hoy, sin embargo, me he quedado a medias, me he sentido defraudada e inútil en este examen inesperado. La suerte y la mala suerte se han aliado. La suerte de que justo un minuto antes me hubieran dicho la respuesta correcta a una de las preguntas, de la que sólo tenía una leve idea. La mala suerte de que las palabras exactas no me salían, algo muy peligroso cuando el profesor es estricto y pide definiciones precisas, sin vagabundeos ni ejemplos ni acercamientos.

He tardado mucho en recuperarme de la sensación de desazón que me embargaba. Son las nueve de la noche y todavía no me he desintoxicado. Tras un examen suelo resetear, ni siquiera vuelvo a mirar los apuntes para evitar remordimientos cuando ya no se puede hacer nada. Acostumbro a tomarme la tarde libre (siempre que el tiempo lo permita) y, como mucho, organizo la asignatura siguiente o paso los últimos apuntes que queden, algo de escasa entidad intelectual. Hoy, no obstante, he imprimido todos los apuntes del próximo examen, lo he organizado por temas y he comenzado a resumir. Sólo concentrarme en otra cosa me hacía olvidarme de la tristeza y el alivio que conjuntamente me embargaban.

Quizá sea una sensación parecida al minuto después de terminar el último examen de la temporada. Todas coincidimos en que nos resulta extraño no tener que salir corriendo a preparar lo demás, tener otra perspectiva de futuro inmediato que no sea meterse en casa o en la biblioteca y seguir estudiando. Los primeros minutos después del último examen son de incertidumbre, de alivio y también de una especie de mono de sufrimiento. Cuando pasan las horas una se acostumbra a estar de vacaciones y empieza a saborear cada minuto, por pocos que sean, pero la sensación de que falta algo no abandona.

Por ahora, cada día quedan menos fuerzas para afrontar los dos exámenes que me quedan. Cada cuatrimestre lo llevo peor: me agoto más, me concentro menos y tengo que hacer verdaderos esfuerzos para encontrarle sentido a las asignaturas. Parece que el fin de la carrera no llega y el día a día se hace más cuesta arriba. Todo el mundo me dice que después lo echaré de menos y lo cierto es que no lo dudo, pues suelo añorar el pasado haya o no haya sido bueno, y mis años universitarios tienen un poco de todo, pero la mayoría bueno. Hoy hablábamos de todo esto dos compañeras de clase y yo, frente a un café con leche y un croissant con mermelada de melocotón. Y sí, chicas, si tuviera que empezar de nuevo esta(s) carrera(s) sin duda lo haría, pero me la(s) tomaría menos en serio.
 
La absoluta falsedad
Los Crímenes de Oxford (Álex de la Iglesia, 2007) es una película elegante, consistente y bien formada. Quizá peque de lentitud y algo de ritmo irregular, pero sin duda sabe mezclar una atractiva visión de la vida con un thriller psicológico y pinceladas de acción.

Hay que destacar la especial simbiosis entre los actores protagonistas, Elijah Wood y John Hurt. Entre ellos se produce una gran conexión que hace que la película gane en credibilidad y aportan también un importante peso a la atmósfera peculiar del filme.

La atmósfera, como en otras muchas películas, es un personaje más. Oxford parece imponerse con vida propia, marcando las distancias entre cada uno de los personajes, relegándoles a su coartado papel sin que puedan salir de él. No obstante, esta atmósfera de la que hablo no es la de un thriller al uso. Álex de la Iglesia aporta cierta sensación de realidad persiguiendo a los personajes entre las calles, en su particular búsqueda de la verdad.

Lo más impactante, no obstante, y por lo que la película se hace reconocible, es por el inmenso catálogo de freaks que nos presenta. Freaks entendido en el sentido académico de la palabra (si es que lo tiene), al mismo nivel que lo entiende Álex de la Iglesia y que ha presentado en obras anteriores. Freaks como seres marginados del mundo, que ni siquiera buscan su lugar, que están y no están, que pasan desapercibidos a los ojos de las personas "normales" pero que, pese a ello, tienen el aberrante peso de la realidad. Al repasar de nuevo, como en un flashback, Los Crímenes de Oxford nos damos cuenta de que no hay nadie "normal", de que todos tienen algo que ocultar, bien deformidad física bien sobredotación intelectual. Los locos se nos ofrecen como los portadores de la única verdad (que no existe verdad) y aunque en principio provocan rechazo no podemos dejar de mirarlos.

Al inicio del filme nos parece cómico la presencia de esos seres inadaptados y nos parece lógico que mueran, a pesar de que en pocos segundos nos habíamos encariñado con ellos. Poco a poco los freaks tienden a ser más reales y más horribles. No puedo dejar de pensar en el amigo del profesor Seldom (John Hurt), deforme y loco por completo, y no sé por qué me recuerda a los cuerpos mutilados, a medias, del Marina de Carlos Ruiz Zafón. Esos seres extraños al final sostienen toda la trama, nos dan la resolución, y nos queda una sensación de pena y de comprensión e incomprensión a la vez.

No puedo terminar sin hablar de la trama filosófica que fundamenta la película. Quizá sea un truco para enganchar al espectador haciéndole creer que por una vez el cine apela a su inteligencia, pero lo cierto es que la filosofía es un apoyo constante no sólo en la trama y en la conversación sino también en la forma de comportarse de cada personaje. Las matemáticas como verdad única, como verdad inmutable y, por último, la comprobación de que todo es mentira, de que hasta los números son malvados, de que la única verdad está en la falsedad. Argumento retorcido o no, manido mil veces en todas las formas de expresión... pero cierto al fin y al cabo. Y aquí consiguen integrarlo perfectamente, dándole sentido y haciendo que sea algo más que una excusa. Y al final, la reflexión: que todos somos culpables... o no... y la culpabilidad también puede ser falsa... o cierta.