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ALGO DE TODO
Porque no podría centrarme en una sola cosa
Acerca de
Me llamo Patricia y estudio Periodismo y Comunicación Audiovisual. Los fines de semana trabajo como maquetadora en La Tribuna de Ciudad Real. Podéis escribirme a soylaveraARROBA hotmailPUNTOcom
Sindicación
 
Más trabajo
Hay muchos buenos profesionales trabajando en mi periódico pero siempre, los que poseen algo peculiar, se van. Se van en busca de algo mejor, de un mejor horario, de un mejor sueldo o de estar un poco más cerca de casa. Es gente que se atreve a dar esos pequeños saltos que labran una carrera profesional.

En periodismo, la gente tiende a moverse mucho de empresa. En clase, el profesor Javier Galán nos contó que cuando le preguntan a cualquier persona en qué trabaja lo primero que dice es el nombre de su empresa y luego su función dentro de ella; un periodista, sin embargo, siempre dirá que es periodista, y después, si le preguntan, añadirá el nombre del medio para el que trabaja.

A veces los envidio. Me gustaría conocer más cosas. Me gusta mucho mi trabajo, un trabajo que después de un año me sigue viniendo grande, que no me hace sentir segura, pero del que suelo disfrutar día a día y fin de semana a fin de semana. Pero a veces pienso: ¿es esto todo? ¿No voy a avanzar nunca? ¿Me voy a quedar estancada, soñando con pequeños proyectos que nunca llevo a cabo? ¿Qué me ata, realmente? Cierto es que me encariño enseguida con las personas y con las cosas, pero el cariño no me dará de comer en un futuro, ni me regalará satisfacciones profesionales.

Ciudad Real no es una ciudad que ofrezca importantes expectativas, pero estoy segura que tiene que haber una manera de compaginar todo. La televisión ha resultado ser una televisión local como cualquier otra, donde se cobra poco, se trabaja mucho (¡oh, sorpresa!) y la gente no parece ser la más maravillosa del mundo. Sé que no debo quejarme, que pocas personas, dedicadas al mundillo este, pueden tener un trabajo fijo que les gusta y en el que siguen aprendiendo día a día, aparte de cobrar por ello. Pero... ¿no estará esto condicionándome, cerrándome puertas, cortándome las alas?
 
Marina
Marina fue la novela previa al superventas La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón, pieza de indiscutible relevancia en la literatura contemporánea.

Es una novela orientada a un público juvenil y recoge ya las semillas de lo que sería su obra posterior. Marina está narrada con el inconfundible estilo de Ruiz Zafón y auna diversos temas que, entremezclados, dan lugar a una obra apasionante que se mantiene en el cerebro durante días.

En primer plano existe una historia de aventuras y misterios, donde se entrelaza el pasado y el presente y en la que cada uno de los variados personajes cumplen una función perfectamente definida. Se conforma así un tapiz de vidas hilvanadas unas con otras que describen, a su vez, un panorama peculiar de la cara y cruz de los seres humanos.

En segundo plano asistimos a una historia de amor que no por escondida es menos intensa. Un amor que nunca se dice, pero que se percibe, cuyo pulso se siente en cada renglón. Con ello presenciamos además el salto del abismo que separa la adolescencia de la madurez. Óscar Drai, el protagonista, llega poco a poco a un punto de no retorno que marcará su vida para siempre. La soledad, la amistad, la admiración, el arte... son también protagonistas de la novela, tan importantes como aquellos de carne y hueso.

Ambas tramas se enmarcan en una Barcelona llena de recovecos, de misterios, de historias, de sitios oscuros y lugares luminosos. Ruiz Zafón hace sentir como nadie una ciudad viva, nos hace pasear por las calles, sentir el empedrado bajo nuestros pies, maravillarnos con Las Ramblas y dibujar nítidamente en nuestra mente cada una de las esquinas de la ciudad condal. Barcelona parece no tener misterios para el autor, pero consigue mostrarse apoteósica ante nuestros ojos para que nunca nos olvidemos de ella, para que nos enamoremos página a página.

La novela retoma el mito de Frankenstein y nos habla de la vida, de la muerte y de la maldición que persigue a aquellos que creen que pueden suplantar a Dios. Los retazos de ciencia ficción se tornan creíbles incrustados dentro de una trama donde nada está prendido con alfileres. La fe y el inconmesurable amor que une a ciertas personas incluso después de la muerte se destacan en la base de esta obra.

Marina es una historia sincera y tierna dentro del horror que narra. Sugiere poderosas imágenes que no pueden dejar de imaginarse mientras dura la lectura. Por su extensión, por su lenguaje y por la consistencia de la trama, es muy recomendable para una tarde de letargo.
 
Brindemos por la muerte del periodismo
-Y esas páginas ¿son especiales de las fiestas de los pueblos?
- Sí, pero aún no sabemos cuántas páginas van
- Claro, dependerá de que alguien pague 15000 pesetas. Vaya mierda de periodistas.

Esta es, más o menos, mi conversación con un compañero de trabajo. Es uno de esos periodistas que se queda hasta el final, aunque le duela la cabeza, que me ayuda a calar los titulares, que sufre conmigo los domingos, todo el año. Ese que no me importaría que fuera mi jefe.

Y este domingo, después de un día de sinsabores en el alma, de crisis de ansiedad y de tiempo perdido, en un cierre lento y pegajoso, de los que no terminan nunca, se hace la verdad: estamos vendidos.

El periodismo es poco más que el comercio de ideas, la compraventa de lo que queremos decir y de lo que quieren que digamos. La mayoría de las veces no sabemos si llorar la muerte del periodismo o si felicitarnos porque, por fin, nos da de comer.

Hoy, este domingo mugriento, gastado, perdido, me gustaría invitarte a una copa. Que me contaras qué es eso del periodismo, cómo nace y cómo muere, porque no lo sé. Háblame de periodismo, háblame de tu vida, háblame de mi vida.

Yo no escribo en el periódico pero intuyo cómo funciona, siento el flujo constante, casi invisible, que nunca para. Comprendo que un periódico nada tiene que ver con cualquier otra empresa y me doy cuenta de que siempre estamos los mismos, con mayor o menor presión, tomándole el pulso a este pequeño gigante.

Hoy te invitaría a una copa, y a dos, y te pediría que me contaras hacia dónde va mi vida, qué debo hacer, dónde le perdí el sentido al periodismo, y a la escritura, y por qué sigo sin convencerme de que este trabajo no es para mí.

Hoy te diría que te sentaras a mi lado y me contaras por qué estás tú aquí. Sé que para muchos, para la mayoría, el periodismo es un vicio y no un trabajo. Y, como todos los vicios, nos pone entre la espada y la pared, nos llena de satisfacciones y también nos condena. Un vicio te da a elegir y te hace dejar de contar el número de horas trabajadas.

La redacción es como una fauna enjaulada que vive bajo presión, capaz de adaptarse a las más diversas circunstancias y creadora de un hábitat singular. Hay algo que hace especial a una redacción, quizá la proximidad con la que nos movemos, con la alerta de los animales desorientados, con un péndulo inmenso sobre nuestras cabezas y un tictac incesante zumbando en los oídos.
 
El éxito de un vasco en La Mancha
Mikel Erentxun ofreció en Alcázar de San Juan (Ciudad Real) un concierto atípico. Lejos de llenar algo más de hora y media con una lista de canciones más que predecibles, se intentó adecuar al ritmo manchego, mezcló lo más nuevo con sus clásicos y se marchó feliz de haberse conocido.

La gran protagonista de la noche no fue sólo su voz preadolescente, sino su guitarra. Una guitarra que destacaba en la noche alcazareña con una brillantez pocas veces vista. En algunos momentos me recordó al concierto que Bryan Adams ofreció también en esta localidad hace ya un año. Acompañado de Rubén a la guitarra, de Manolo al bajo y de Rufo a la batería, Mikel Erentxun ofreció sobre todo un concierto musical por todo lo alto. No faltó un falso erotismo, disfrazado de cachondeo, que enfervorizó al personal.

La Plaza Mayor, que parecía tímida al inicio de la noche, terminó por ofrecer un buen ambiente y un marco inolvidable para un concierto singular. Gente de todas las edades, animados por algún que otro éxito conocido y, sobre todo, por la gratuidad de las entradas, tarareó y se agitó la ritmo de las canciones de siempre. Algunos fans en la primera fila dieron la nota de color y arrancaron la sonrisa de un Mikel que fue, más que nunca, un niño grande.
 
Más sentido que sensibilidad
No suelen gustarme Los Clásicos (así, con mayúsculas). Pocas veces me he sentido enfervorizada leyendo uno de esos libros que tienen que estar junto a la cabecera de la cama. Los leo, reconozco su talento, sus virtudes y su importancia dentro del conjunto de la literatura universal... pero no me llegan al alma.

Comencé a leer hace unos días Sentido y sensibilidad, de Jane Austen. Me costó horrores pasan de la página 200, pero me tengo prometido a mí misma no dejar nunca ningún libro a medias porque nunca sabes qué va a llegar después (a veces me he arrepentido, pero ya es costumbre). Alrededor de la mitad del libro, cuando conseguí por fin reconocer a simple vista a los personajes, distinguir apellidos e hilar parentescos, empecé a cogerle el gustillo.

Poco a poco descubrí una novela bien construída y con unos referentes claros. Sentido y sensibilidad constituye, más que nada, un retrato de lo cotidiano, donde se mezclan pequeñas esperanzas y desencantos. Página tras página aprendí a querer a los personajes, a identificar sus fortalezas y debilidades y así llegué al final de la novela pudiendo comprender el leve balanceo, ni siquiera alternancia, entre el sentido común y la exacerbada sensibilidad de las protagonistas.

La obra muestra también un delicado, por intrincado, universo puramente femenino, donde poco se indaga sobre el carácter de los hombres, más allá de sus modales y su riqueza (excepto en el giro final de la trama). Se trata de un vivo retrato de los tejemanejes de una sociedad.

No obstante, no contaré este libro entre mis favoritos. No puedo achacar mi falta de identificación con la obra a la distancia histórica, pues he leído muchos otros libros donde sólo por curiosidad se sabe en qué año se desarrolla la trama. La clave del problema está en trasponer ciertos matices concretos a la universalidad de cualquier época. Según los entendidos, esta obra cumple a la perfección cualquier intento de extrapolar su crítica y fina ironía a la época actual, al igual que El Quijote sigue presente entre nosotros, vivito y coleando. Entiendo que esto sea cierto, pero no encuentro esta conexión tan fuerte como para merecer que relea un libro.

 
El concierto de la reconciliación
Mago de Oz se reconcilió con sus fans manchegos el viernes 13 de julio en Malagón (Ciudad Real). Si sus últimos conciertos habían sido excesivamente barrocos y se habían centrado en explotar sus últimos singles, el del viernes tuvo el sabor de los de antes, de los de siempre. Mago demostró conocer al público ante el que se encontraba y aplicó la simple fórmula del éxito: respetar al público dándole lo que pedía.

Sobre un escenario más bien pobre, de los de las primeras giras, con un apagón de media hora a causa del fallo de un equipo, la magia de Mago de Oz encontró su lugar. La novedad fue la incorporación de la cantante Patricia que pasó de ser la mera voz secundaria de Astaroth a marcarse un solo a capella y a darle cierta vidilla al resto de canciones. Con un par de intervenciones se metió al público en el bolsillo.

El espectáculo no obedecía a elevadas pretensiones y se aferró a lo que sabían que funcionaría, quizá un poco más apresuradamente de lo normal. Comenzar con el sensible tema Te voy a esnucar contra el bidé decía mucho de lo que se iba a ver a continuación. Más allá de aquello, no hubo muchas sorpresas, salvo el dueto de Astaroth, la fuerza de Jesús de Chamberí y, sobre todo, muchas ausencias. De Gaia II sólo quedó la súplica de que alzáramos nuestras cervezas, ni siquiera se desmarcaron con La voz perdida.

No sabemos si el cambio tiene mucho o poco que ver con la vuelta al redil de Chus, alma fundadora de Mago de Oz. Tampoco sabemos si quizá cuando el grupo se olvida de sus superventas y recupera la fuerza de sus orígenes funciona mejor. Tampoco sabemos si infravaloraron a Malagón y por ello funcionó tan bien. El caso es que hubo ambiente y la gente, en general, lo pasó en grande. Y la mención al mancheguismo, al queso y al vino, que no falte.
 
Pequeños retos
Mi mayor miedo desde que tengo el coche nuevo no ha sido ni conducir ni aparcar, sino intentar meterlo y sacarlo de la cochera sin ningún roce. La entrada poco a poco la voy dominando; la salida, depende del día. No obstante, me defiendo mejor que los primeros días y pronto no tendré que llamar a mi padre para que me dé indicaciones.

El otro día, en el trabajo, me puse en un ordenador en el que nunca había trabajado. Era totalmente distinto, los programas tenían distintas versiones, la calibración del monitor era diferente y, para colmo, el ratón funcionaba como le daba la gana. No quise cambiarme y trabajé én él toda la tarde. El cierre fue un desastre, pero por razones ajenas a ello.

Hoy he ido a hacerme análisis de sangre. Normalmente me mareo. Las dos últimas veces incluso tuve convulsiones. Esta mañana estaba nerviosa, pero menos tensa que la última vez. Me ha acompañado mi padre. La enfermera me ha tumbado en la camilla. Corría el aire. Yo estaba segura de que iba a marearme. No lo he hecho. He ido sentándome de silla en silla, hemos tomado el aire fresco sentados en un escalón... pero no me he mareado. Me he permitido el lujo de tratarme a mí misma como una enfermita y, nada más llegar a casa, meterme en la cama.

Voy afrontando pequeños retos. Hasta ahora no se están dando mal. Me gusta intentar hacer las cosas, celebrar aciertos, asumir errores y conocier mis debilidades, que son muchas. Poco a poco me voy haciendo más libre, aunque también más esclava.

Cuando miro hacia adelante siento que cada vez los retos serán mayores y quiero tener fuerzas para no quedarme en el intento. Hay muchas cosas que me rondan la cabeza, sobre todo proyectos y escalones que subir. Supongo que estos pequeños retos de los que hablo forman parte de un reto mucho más grande, ese que termina con la muerte.
 
Unas tapitas de cine español
Tenía ganas ya de empaparme de un poquito de cine español del bueno, de aquel que, acudiendo a tópicos recurrentes en nuestra cinematografía para que nos sintamos identificados, logra estallar en originalidad y buen hacer. Tapas (José Corbacho y Juan Cruz, 2005) hilvana muchas historias, pequeñas notas de soledades de barrio con personajes muy de andar por casa. Se apoya en actores conocidos a los que abrimos la puerta sin preguntar. Los conocemos por el teatro, televisión (la ficción televisiva española goza de mejor posición que el cine) y de alguna que otra película anterior. Además, sus personajes nos enternecen porque tampoco son nuevos, pues tienen las caras de nuestra vecina, de nuestra abuela y del que nos tira las cañitas todas las tardes. Quizá haya algo de sobreactuación en los inicios de la cinta, una afectación que a los pocos minutos se ha transformado en una profunda credibilidad.

Tapas recoge el testigo de otras muchas obras, de televisión, cine o literatura, que juegan a mezclar vidas. Se trata de esa globalización a pequeña escala que, aunque no la veamos, siempre está presente. Se trata de conocer de una vez a tus vecinos no sólo por sus gritos a través de las paredes, sino comprender sus anhelos, soledades e inquietudes. El juego real de Tapas se basa en la contraposición entre la realidad que se ve y la realidad que se siente. Fingir que Rosalía está, negarse a buscarla por orgullo, buscar en Internet una relación que no somos capaces de mantener físicamente, afrontar que antes o después nos quedaremos solos, comprender en el extranjero lo que no somos capaces de afrontar en nuestra vida... En Tapas todo palpita y en la superficie sólo vemos el bombeo del corazón; son emociones contenidas, besos que se dan sin darse, caricias que no deberían haberse dado.

Tapas no olvida el cine español que arrastra tras de sí. Es inevitable citar el guiño a Mujeres al borde de un ataque de nervios (Pedro Almodóvar, 1988) en la escena de la terraza. Pero también bebe mucho de cierta novela costumbrista y de las referencias catalanas más actuales (Corbacho y el Neng no están ahí de la nada).

La película combina drama y humor poquito a poquito. De por sí alguna que otra situación es estrambótica (la abuelita camella y la alineación del Depor, para no desvelar mucho) pero se resuelve de tal manera que hace que un punto de partida poco ortodoxo se convierta en lo más natural.

Tapas desvela la buena salud de los guionistas españoles. Descubre que se pueden hacer cosas sabiendo elegir, trabajando en coproducción y moviéndose bien por los intrincados recovecos del mundo cinematográfico. Quizá Tapas no pase a la historia, pero nos habla francamente de lo que somos.


 
PelículaMÁGICAcasiPERFECTA
A veces una se sienta delante del dvd con un cosquilleo en el estómago, sabiendo que va a ver algo bueno. No son todas las buenas críticas, profesionales y de aficionados, que te han referido, sino las vibraciones casi místicas de una película que aún no conoces. Estaba retrasando el momento de verla con la esperanza de disfrutar plenamente del momento, de no diluir una obra de arte en un tiempo anodino. El título, AzulOscuroCasiNegro, ya prometía.

Daniel Sánchez Arévalo (cuyo blog no os podéis perder) ha puesto el listón muy alto en su primer largometraje. Una obra pensada milimétricamente, gozada hasta el último plano, con unos personajes magnéticos y una puesta en escena deliciosamente cuidada. Se ha tomado su tiempo y se nota, porque la película al final sabe a poco y se convierte en una droga de la que quieres más y más.

Ya desde el guión el planteamiento es brillante. El punto de partida es original y su desarrollo, excelente. La película no transcurre, sino que se desliza lenta pero segura en un mimbre de vidas entrelazadas. No parece que detrás haya ningún guionista solitario sino una ventana abierta a la vida. Si no fuera por algunas escenas dignas de pasar a la historia en cuanto a planificación, diríamos que AzulOscuroCasiNegro es la vida misma.

Un fuerte simbolismo está muy presente desde antes del inicio del filme, es la semilla del título. En la web oficial, el director explica que AzulOscuroCasiNegro es un estado de ánimo, un futuro incierto, un color. Un color que a veces no reconocemos, que dependiendo de bajo qué luz, qué prisa y qué actitud se mire, cambia. Un color que nos recuerda que muchas veces nos equivocamos y, a veces, las cosas no son del color que las vemos. Pero el simbolismo se extiende más allá, hallando su máxima expresión en un escaparate en rebajas.

El paso del sexo a algo parecido al amor, motivado por la desesperación, cubre magistralmente al tema que subyace:que todos queremos algo más, un pequeño sueño, que hay cosas imposibles, que nunca sabremos si nos hemos equivocado o no... Que ese color incierto mancha todo... pero a veces también es el color de la esperanza.

AzulOscuroCasiNegro es dura, es tierna, es trágica, es cómica y, sobre todo, es incierta.

 
Vaya acceso a la educación
Qué ilusa soy: pensé que acudiendo a las 11.30 de la mañana para hacer la matrícula presencial para un curso totalmente on-line cuyo examen es en octubre podría lograrlo. Elegí ir a esta hora porque ya no es tan pronto como para que los funcionarios estén dormidos ni demasiado tarde para que coincida con el tercer café del día. Además, era la hora en la cual, según internet, podrían atenderme. Sin mencionar fecha alguna del año.

Centro de educación de adultos. Un edifico destartalado, sin ninguna indicación aparente de dónde está situada la secretaría. Un edificio que invita a investigarlo, subiendo escaleras oscuras porque el ascensor no funciona hasta encontrar, en el segundo piso, una pequeña habitación escondida donde dos personas charlan agradablemente por teléfono sobre sus vacaciones.

Después de recorrer arriba y abajo el pasillo, investigar cuánto cuestan los cafés y mirar los carteles referentes a la violencia de género, decido que es hora de llamarles la atención. Les pregunto cómo matricularme de Aula Mentor. Me dicen que hasta septiembre no puede ser.

- No pone eso en internet.
- Ya, pero quienes lo llevan están de vacaciones hasta septiembre y nosotros no sabemos hacerlo.

Más tarde añadiría que es que el complejo sistema informático no les permite gestionar matrículas. Ante mi insistencia, el hombre me pide el número de teléfono y me dice que ya me llamará. Ante mi nueva insistencia, decide llamar al director del centro, por muy de vacaciones que esté, para que les resuelva el gran problema que supone meter unos datos en un ordenador y pedirme un certificado de ingreso en el banco.

La mujer que lo acompaña se niega a llamarle por teléfono porque está de vacaciones. Creo que se da cuenta entonces de que no pienso moverme de allí hasta que me den una solución y decide telefonear. Contesta la mujer del hombre al que llamamos; hablan durante un minuto; le explica que hay aquí "una chiquita" (bien podía haber dicho "una plasta", por el tono) que quiere hacer no sé qué cosa rara como estudiar en verano. Obviamente la mujer al otro lado del teléfono no tiene ni puñetera idea de lo que le están hablando y tampoco le importa demasiado. La secretaria cuelga y se vuelve hacia nosotros para explicarnos que la mujer ha dicho "de muy mala gana" que no sabe nada.

Sigo sin explicarme por qué no pueden hacerme una matrícula de un curso on-line, por muy julio que sea (imaginaos si voy en agosto). El hombre me desanima diciendo que es "el único caso que se ha dado nunca" (remarcándolo ) de alguien que quisiera hacer un curso en verano.

Entonces me convenzo: la equivocada soy yo. Claro, es más fácil hacer un curso on-line cuando pasas seis horas al día en clase, tienes que hacer diez trabajos en grupo por cuatrimestre, trabajas todos los fines de semana y además deseas tener cierta vida social, aunque sea mínima. Cómo no se me había ocurrido... Estos funcionarios me han abierto los ojos: el verano es para descansar. ¡Cómo no lo había pensado antes!
 
Te lo debía
Hace siete años, Maná dio un concierto en la plaza de toros de Toledo. El que ahora es mi novio por aquel entonces era un conocido con visos de ser amigo con derecho a roce, aunque la cosa apuntaba a algo más serio. Él tenía 21 años; yo, 15. En aquel momento me apetecía hacer cosas, se me ocurrían planes interesantes, pero no era capaz de llevarlos a cabo. Él me invitó a acompañarle al concierto y tuve que rechazarlo. ¿Qué hubieran dicho mis padres si les pregunto si puedo ir con un chico mayor a pasar la noche a Toledo? Ni siquiera me molesté en preguntarles.

Él fue con unos amigos y me regaló la entrada, una entrada que aún guardo junto a la de todos los conciertos a los que he ido.

Cuando esta semana me enteré de que Maná tocaba en Albacete no lo pensé demasiado. Calculé deprisa cuánto tiempo tenía que escaquearme del trabajo para llegar a una velocidad de vértigo a Albacete y más o menos, más menos que más, salían las cuentas. Él aceptó, aunque pensó que era una locura. Compré las entradas esa misma noche, por internet, para que nadie pudiera quitarme la idea. Y entonces decidí que mi coche nuevo necesitaba dejarse llevar durante cuatrocientos kilómetros en una noche.

Y así lo hicimos. Tuvimos la suerte de llegar (aparcando y todo) al estadio Carlos Belmonte a las 22.40; el concierto empezó a las 22.45 (estaba programado para las 22 o las 22.30, según las distintas fuentes informadoras). La suerte nos sonreía.

Durante dos horas y media Maná desplegó toda su magia, porque no se puede calificar de otra manera a aquel espectáculo. El editorial del 8 de julio de La Tribuna de Ciudad Real cifra en 20.000 personas el número de asistentes y califica el concierto de "histórico". No había 20.000 personas, pero fue sin duda memorable.

Maná consiguió crear un ambiente estupendo y logró que el tiempo se diluyera. Personas de todas las edades se reunieron en el campo de fútbol para escuchar rock del bueno, del de siempre, con ese sabor latino inconfundible. Fer, el cantante, tuvo un gran detalle al desplegar su querida bandera mexicana y, a continuación, nuestra bandera española, y agitarlas unidas en un mismo mástil reivindicando las cosas que nos unen, olvidando las que nos separan. El público vibró. Gritó, aplaudió, saltó... y disfrutó infinitamente de un espectáculo con mayúsculas. Una amiga mía, espectadora del concierto de Murcia hace unos días, lo tildó de "apoteósico" y no andaba muy desencaminada.

Gracias, Maná, por darle el pistoletazo de salida a este verano que, de momento, promete ser maravilloso.
 
Altibajos
Tras la astenia primaveral llega la oleada de sensaciones contradictorias que provoca el verano. No suelo ser de las que se quejan de las circunstancias en las que se desenvuelve su vida, pero a veces me permito el lujo de que me invada la desidia y las ganas de tirar todo por la borda.

Cuando me enteré de que había suspendido una asignatura me quedé atónita no sólo porque habría apostado a que estaba aprobada sino porque una parte de mis expectativas se hundió. No me refiero a los planes de verano, que ni son tantos ni se ven impedidos por tener que estudiar, sino a esa sensación de fracaso que te embarga cuando algo no sale bien o, al menos, como esperabas. El resto de notas, en conjunto ni mejores ni peores que las de otros años, me hicieron ver que algo estaba pasando, que a lo mejor el agotamiento de los últimos meses no era sólo una vaga sensación sino todo una realidad. Consideré pararme y replantearme mi vida, pero un precioso atardecer sobre Toledo, camino de Madrid, y un coche nuevo me hicieron ver que realmente me encuentro muy a gusto siendo como soy.

Los primeros días del verano han estado muy bien. Pasada la mudanza, el cuerpo me ha acompañado, cosa que a veces no ocurre, y he podido pasármelo realmente bien. Ayer fui mi primer día libre en el trabajo y lo disfruté; hoy es mi segundo día libre y me aburro. Mañana vuelvo al trabajo y a un gran cúmulo de planes. Pero hoy he tenido la sensación de perder el tiempo. ¿Perder el tiempo? Si lo que necesitaba era meterme en la cama y no salir, perrear por casa, ver una película y, en definitiva, aburrirme. Que todo es necesario en esta vida. Pues la conclusión es que no puedo con el aburrimiento. Y esta tarde me he descubierto pensando que no me importaría estar trabajando (además, se está más fresquito que en casa).

En los últimos años mi obsesión es llenar el tiempo de cosas que hacer. Así quizá no me siento tan inútil. Y cuantas más cosas hago, más inútil me siento. Que hoy me digan que mi trabajo más bien parece un hobby me deprime. Me deprime porque una vez más no se valora mi esfuerzo porque da la casualidad de que mi trabajo me encanta y además tengo un horario cojonudo (tendría que ver yo a algunos con mi horario...) El hecho de que el trabajo me encante y me guste la gente con la que trabajo hace que me cueste un poquito menos levantarme por las mañanas, pero no hace que deje de costarme levantarme por las mañanas. También me gusta mi carrera y llevo dos meses echando pestes de ella y contando los meses que faltan para que termine.

La conclusión es que mañana, o dentro de un rato, esto se me habrá pasado. Dejaré de darle vueltas a si pierdo el tiempo inútilmente o qué hacer con mi futuro (otra cosa que tal) y me dedicaré a conducir mi coche nuevo, berreando canciones y disfrutando con las pequeñas cositas.
 
Ese mundo tecnológico
Soy y seré defensora de las Nuevas Tecnologías. Frente a los discursos apocalípticos de los que auguran el fin de la vida como la conocemos, el fin de las relaciones personales e, incluso, el fin del libro tengo que decir abiertamente que no estoy de acuerdo.

Creo que ya está suficientemente demostrado que los avances tecnológicos sirven más para acercar a las personas que para alejarlas (he leído por ahí más de un estudio del que, desgraciadamente, no recuerdo la referencia). Si una persona tiene problemas de socialización, los tendrá con Internet o sin él y el hecho de que alguien se encierre los fines de semana en su casa a jugar con el ordenador no es una causa, sino un síntoma.

Si no fuera por el messenger habría perdido contacto con mis amigas cuando me marché a estudiar a Madrid, aunque volviera todos los fines de semana. Porque es muy difícil que coincidan horarios cuando la vida comienza a hacerse tan compleja, cuando unos van y vienen, cuando hay que emprender una gran labor de organización para tomarse un café todas juntas. Y, sin embargo, se agradece llegar a casa después de un día de trabajo, de clase o de lo que sea y encontrar a alguien que te pregunta qué tal estás. Y tampoco los recursos económicos nos llegan para mantener cada día una conversación de 20 minutos con diez personas diferentes.

Si no fuera por los blogs, fotologs y espacios msn, no sabría seguir la pista, aunque difuminada, de muchos de mis compañeros. Intuyo si trabajan, si estudian, qué proyectos tienen, si están felices, tristes o cansados a través de esos magníficos elementos de expresión.

Hay otras personas que se han escapado de tu vida y te sorprenden. Personas con las que apenas has compartido un café en una fiesta familiar o aquel compañero de trabajo con el que sólo te tomaste un cubata una vez. Las personas necesitan expresarse sabiendo que las leen, pero no necesariamente saben quién las lee, y esto hace que abran su alma, empujen su ira, compartan sus chistes o griten al mundo sus deseos y esperanzas.

Otras veces, los blogs nos complican la vida. Nos cuesta reconocer que alguien no piense como nosotros y se atreva a decírnoslo, pero por eso mismo deberían servir también como instrumentos de debate. También hay quien no sabe utilizar convenientemente los canales de retroalimentación. Hay de todo, como en botica, pero al menos las Nuevas Tecnologías nos permiten crear estos espacios, mejor o peor utilizados, y crear un mundo paralelo de diálogo (o de monólogo).