El arte de la escritura
Hace tiempo que no sé escribir. Hace tiempo (y no tanto, y parece una eternidad) yo vivía de la escritura, es decir, no podía pasar un día sin escribir una línea, sin reservarme ese pedacito de intimidad que me daba buscar en lo más hondo de mí y expresarlo de cualquier manera. Antes, podía pasar horas escribiendo, viviendo en esos mundos irreales que diseñaba a mi antojo, moviendo los peones en busca de la jugada perfecta. A veces escribir era una afición como cualquier otra; otras veces, escribir era costumbre; la mayoría de las veces, escribir era como respirar.
Solía leer que una escritora no es aquella que publica, sino la que se levanta pensando en escribir y se acuesta pensando en escribir y cualquier cosa que hay a su alrededor le recuerda que ella tiene el poder de trascender a esos mundos mágicos.
Escribir es una droga y, como tal, es posible la desintoxicación. En mi caso, la desintoxicación ha venido de la falta de tiempo, pero de algo más. Cuando una es feliz, cuando tiene todo lo que necesita, no necesita buscar más allá, no siente la necesidad de reflexionar a cada instante sobre qué es su vida. Ahora mismo, mi vida es hacer trabajo tras trabajo, estudiar, trabajar e intentar salir lo más posible para no sentir que la vida se me escapa entre los dedos. Mi afán principal es estirar el tiempo tanto como se puedae, intentando saber que cuando me acuesto es porque no puedo más, porque irme a dormir es para mí el fin de un día que ya no volverá, el tiempo perdido.
Un post me recuerda qué era aquello de vomitar historias. Y es que en ocasiones la ficción se mezcla de tal manera con eso que llamamos realidad que es difícil separar una cosa de otra. Esas piezas que diseñas, como obra de orfebrería, los hijos de tu imaginación, son realmente tus amigos, con quienes compartes tu tiempo, quienes te conocen mejor que nadie porque han nacido de ti. Muchas veces esos hijos se rebelan y cobran vida propia y una no puede sino intentar guiar sus pasos en una trama coherente.
Hace tiempo que no sé escribir. Y esas tres ideas para tres novelas, guardadas en algún rincón de mi cabeza, me gritan cada día, cada semana, que quieren vivir. Me he sentado alguna vez, pero la hora del vómito no llega. La falta de costumbre, quizá, hace que falte grasa para que la maquinaria funcione. Y cuando estoy en el periódico me hormiguean los dedos, porque esas historias quieren surgir, pero nunca hay tiempo y, peor, nunca hay el suficiente grado de oscuridad para dar a luz.
Por eso el arte de la escritura es un arte, un arte que algunos dominan y al que otros se enganchan. El arte de la escritura es una droga, porque aunque haya un parón muy grande siempre queda un mono pesadísimo que no deja de martillear en tu cabeza. El arte de la escritura es una necesidad vital, como lo es la necesidad de conocerse a uno mismo y de expresarse a los demás. Lo que pasa es que cuantos más lenguajes aprendes (y eso en periodismo y en audiovisual tiene mucho que ver), menos dominas, menos segura se siente una de cada palabra, menos confianza se tiene en una misma.
Hace tiempo que no sé escribir y, supongo, que pronto llegarán tiempos en que yo también vomite palabras.
Solía leer que una escritora no es aquella que publica, sino la que se levanta pensando en escribir y se acuesta pensando en escribir y cualquier cosa que hay a su alrededor le recuerda que ella tiene el poder de trascender a esos mundos mágicos.
Escribir es una droga y, como tal, es posible la desintoxicación. En mi caso, la desintoxicación ha venido de la falta de tiempo, pero de algo más. Cuando una es feliz, cuando tiene todo lo que necesita, no necesita buscar más allá, no siente la necesidad de reflexionar a cada instante sobre qué es su vida. Ahora mismo, mi vida es hacer trabajo tras trabajo, estudiar, trabajar e intentar salir lo más posible para no sentir que la vida se me escapa entre los dedos. Mi afán principal es estirar el tiempo tanto como se puedae, intentando saber que cuando me acuesto es porque no puedo más, porque irme a dormir es para mí el fin de un día que ya no volverá, el tiempo perdido.
Un post me recuerda qué era aquello de vomitar historias. Y es que en ocasiones la ficción se mezcla de tal manera con eso que llamamos realidad que es difícil separar una cosa de otra. Esas piezas que diseñas, como obra de orfebrería, los hijos de tu imaginación, son realmente tus amigos, con quienes compartes tu tiempo, quienes te conocen mejor que nadie porque han nacido de ti. Muchas veces esos hijos se rebelan y cobran vida propia y una no puede sino intentar guiar sus pasos en una trama coherente.
Hace tiempo que no sé escribir. Y esas tres ideas para tres novelas, guardadas en algún rincón de mi cabeza, me gritan cada día, cada semana, que quieren vivir. Me he sentado alguna vez, pero la hora del vómito no llega. La falta de costumbre, quizá, hace que falte grasa para que la maquinaria funcione. Y cuando estoy en el periódico me hormiguean los dedos, porque esas historias quieren surgir, pero nunca hay tiempo y, peor, nunca hay el suficiente grado de oscuridad para dar a luz.
Por eso el arte de la escritura es un arte, un arte que algunos dominan y al que otros se enganchan. El arte de la escritura es una droga, porque aunque haya un parón muy grande siempre queda un mono pesadísimo que no deja de martillear en tu cabeza. El arte de la escritura es una necesidad vital, como lo es la necesidad de conocerse a uno mismo y de expresarse a los demás. Lo que pasa es que cuantos más lenguajes aprendes (y eso en periodismo y en audiovisual tiene mucho que ver), menos dominas, menos segura se siente una de cada palabra, menos confianza se tiene en una misma.
Hace tiempo que no sé escribir y, supongo, que pronto llegarán tiempos en que yo también vomite palabras.
Fin de semana electoral
En un periódico las elecciones no duran un día, sino que cambian sus rutinas al menos un mes antes y seguirán proporcionando noticias al menos un mes después. Todo cambia y a mí me ha tocado vivirlo este año.
Por un lado está el agotamiento de trabajar más horas y la desorientación de hacerlo de manera distinta. Porque los cambios, aunque sean pequeños, se notan. Por otro lado está la emoción de ver cómo llegan los resultados, las expresiones de unos y otros, las consideraciones antes y después... y lo peor de todo es la larga espera hasta que se confirman todas las predicciones y todos los vuelcos de gobierno. Que no son cosas como para tomarse a broma. Es como un Madrid-Barça pero con mayor repercusión. Hagan sus apuestas...
Lo bueno (o lo malo, según se mire) es que todo el mundo trabajó este fin de semana. Más horas o menos, con mucho que hacer o sólo como colaboración, todos pasaron por la redacción para cumplir con sus obligaciones electorales, y no me refiero al voto. El ambientillo, aun teniendo en cuenta la tensión, era bueno. Y tuvieron el detalle (que bien lo podían hacer todos los sábados) de llevar bocadillos para cenar. Así que vi a gente que hacía semanas que no veía.
Y al fin, esta mañana, el periódico en la mano.
Por un lado está el agotamiento de trabajar más horas y la desorientación de hacerlo de manera distinta. Porque los cambios, aunque sean pequeños, se notan. Por otro lado está la emoción de ver cómo llegan los resultados, las expresiones de unos y otros, las consideraciones antes y después... y lo peor de todo es la larga espera hasta que se confirman todas las predicciones y todos los vuelcos de gobierno. Que no son cosas como para tomarse a broma. Es como un Madrid-Barça pero con mayor repercusión. Hagan sus apuestas...
Lo bueno (o lo malo, según se mire) es que todo el mundo trabajó este fin de semana. Más horas o menos, con mucho que hacer o sólo como colaboración, todos pasaron por la redacción para cumplir con sus obligaciones electorales, y no me refiero al voto. El ambientillo, aun teniendo en cuenta la tensión, era bueno. Y tuvieron el detalle (que bien lo podían hacer todos los sábados) de llevar bocadillos para cenar. Así que vi a gente que hacía semanas que no veía.
Y al fin, esta mañana, el periódico en la mano.
Autorreflexión
El trabajo es eso que se lleva gran parte de tu tiempo (y, cuando eres estudiante, de tu tiempo libre), eso de lo que (siempre) terminas hablando un sábado por la noche, eso que a veces consigue hacerte feliz y eso que echas de menos cuando no lo tienes y lo odias cuando lo tienes. El trabajo es la máxima expresión del "ni contigo ni sin ti".
Estos días estoy elaborando una memoria sobre mi trabajo como maquetadora, para que me lo convaliden como practicum el último año de carrera (el año que viene, si Dios quiere). Es difícil ponerse a reflexionar sobre eso que ya se ha convertido en habitual, es difícil pararse a destacar qué es lo normal, lo anormal y lo que te sigue llamando la atención un año después de empezar a trabajar.
Y es que ahora que voy a cumplir mi primer año como trabajadora (hay que ver cómo pasa el tiempo) siento que sé menos que nunca. Y entonces me doy cuenta de lo poco que sabía cuando empecé y de lo muchísimo que me queda por aprender. ¿Alguna vez se llega a controlar el trabajo del todo? Porque a mí, aún hoy, se me escapan muchas cosas de las manos.
Sin ir más lejos, me pasé toda la semana acojonada (perdón por el palabro) porque había cambiado mis turnos habituales. Las elecciones, que nos complican la vida a todo el mundo, eran un fantasma difícil de lidiar. El domingo, al salir del trabajo a las tantas de la noche, me di cuenta de que lo había superado. Puede parecer una tontería, pero para mí este fin de semana era todo un reto. Y, sin embargo, todo pasa.
Ya me pasó en Semana Santa, cuando después de mucho tiempo volví a trabajar en jornada diaria "normal". Ya se me había olvidado el estrés del día a día, los timbrazos de los teléfonos, los interminables cambios de publicidad, el bullicio de la gente entrando y saliendo... Y es que aunque parezca descabellado trabajar los fines de semana, he de decir que sábados y domingos, salvo para deportes, son un remanso de paz comparados con los días laborables para el resto de los mortales.
A veces llego deprimida a casa porque he hecho mal mi trabajo. A veces se me cae el mundo encima porque he tenido una enorme metedura de pata (otra más). A veces siento que no sirvo para esto. Y la mayoría de las veces me pregunto si no me han echado porque no es para tanto o porque no tienen con quién sustituirme.
Así que aquí estoy, intentando resumir en unas paginillas lo que es mi trabajo, como si hubiera alguna manera de explicarlo. Lo leo y siento que no describe todo lo que hay en un periódico. Lo leo y es todo demasiado superficial. ¿Cómo le explico en qué trabajo a unas personas que no conozco de nada en sólo diez minutos? ¡Si me paso el día hablando del trabajo! Hay tantas cosas que me gustaría contar y otras muchas de las que pasaría olímpicamente...
Y el sábado volveré a estar allí... si Dios quiere.
Estos días estoy elaborando una memoria sobre mi trabajo como maquetadora, para que me lo convaliden como practicum el último año de carrera (el año que viene, si Dios quiere). Es difícil ponerse a reflexionar sobre eso que ya se ha convertido en habitual, es difícil pararse a destacar qué es lo normal, lo anormal y lo que te sigue llamando la atención un año después de empezar a trabajar.
Y es que ahora que voy a cumplir mi primer año como trabajadora (hay que ver cómo pasa el tiempo) siento que sé menos que nunca. Y entonces me doy cuenta de lo poco que sabía cuando empecé y de lo muchísimo que me queda por aprender. ¿Alguna vez se llega a controlar el trabajo del todo? Porque a mí, aún hoy, se me escapan muchas cosas de las manos.
Sin ir más lejos, me pasé toda la semana acojonada (perdón por el palabro) porque había cambiado mis turnos habituales. Las elecciones, que nos complican la vida a todo el mundo, eran un fantasma difícil de lidiar. El domingo, al salir del trabajo a las tantas de la noche, me di cuenta de que lo había superado. Puede parecer una tontería, pero para mí este fin de semana era todo un reto. Y, sin embargo, todo pasa.
Ya me pasó en Semana Santa, cuando después de mucho tiempo volví a trabajar en jornada diaria "normal". Ya se me había olvidado el estrés del día a día, los timbrazos de los teléfonos, los interminables cambios de publicidad, el bullicio de la gente entrando y saliendo... Y es que aunque parezca descabellado trabajar los fines de semana, he de decir que sábados y domingos, salvo para deportes, son un remanso de paz comparados con los días laborables para el resto de los mortales.
A veces llego deprimida a casa porque he hecho mal mi trabajo. A veces se me cae el mundo encima porque he tenido una enorme metedura de pata (otra más). A veces siento que no sirvo para esto. Y la mayoría de las veces me pregunto si no me han echado porque no es para tanto o porque no tienen con quién sustituirme.
Así que aquí estoy, intentando resumir en unas paginillas lo que es mi trabajo, como si hubiera alguna manera de explicarlo. Lo leo y siento que no describe todo lo que hay en un periódico. Lo leo y es todo demasiado superficial. ¿Cómo le explico en qué trabajo a unas personas que no conozco de nada en sólo diez minutos? ¡Si me paso el día hablando del trabajo! Hay tantas cosas que me gustaría contar y otras muchas de las que pasaría olímpicamente...
Y el sábado volveré a estar allí... si Dios quiere.
Yo de mayor quiero ser... ¡universitaria!
Esta mañana hemos tenido el placer (porque al fin y al cabo se ha dado bastante bien) de grabar un reportaje audiovisual sobre la Universidad para Mayores, un programa de la Carlos III que ofrece formación universitaria a los mayores de 55 años.
Primero tengo que destacar lo bien que se ha portado todo el personal, tanto la directora, Luz Neira, como Amparo Ramos (la coordinadora del programa) como los profesores y, sobre todo, el alumnado.
A parte de cumplir con nuestro trabajo, ha dado tiempo a dejar caer alguna que otra reflexión. Lo que diferencia a estos alumnos universitarios de los más jóvenes (como es mi caso) es la motivación. Por muy motivados que estemos los más jóvenes, siempre hay momentos en que no puedes dejar de pensar en que hay que buscar trabajo, en los exámenes y en todas esas cosas que desvían tu atención del simple placer de aprender por aprender, para satisfacer la curiosidad, para crecer interiormente.
Ellos, los mayores, lo tienen muy claro. Para la mayoría de ellos, estudiar no es sólo algo que muchos no pudieron hacer de jóvenes, sino que es la puerta a una nueva vida. Para algunos es afán de conocimiento; para otros es un modo de obligarse a hacer cosas; para los más, es una manera de aprovechar su tiempo libre, de sentirse realizado y de compartir sus experiencias con otras personas.
Por otra parte, los profesores con los que hemos hablado han coincidido en que para ellos también es una experiencia enriquecedora, pues los mayores son personas con mucho que aportar y que reconocen más su esfuerzo didáctico que los jóvenes.
Tras todo esto, sólo quiero concluir que ¡de mayor quiero ser universitaria! Admiro a las personas que no se hacen viejos antes de tiempo, que comprender que son mayores pero no por ello menos válidos, admiro a las personas que saben seguir haciendo cosas productivas una vez terminada su vida laboral... Mayores, de verdad, tenéis mucho que enseñarnos.
Primero tengo que destacar lo bien que se ha portado todo el personal, tanto la directora, Luz Neira, como Amparo Ramos (la coordinadora del programa) como los profesores y, sobre todo, el alumnado.
A parte de cumplir con nuestro trabajo, ha dado tiempo a dejar caer alguna que otra reflexión. Lo que diferencia a estos alumnos universitarios de los más jóvenes (como es mi caso) es la motivación. Por muy motivados que estemos los más jóvenes, siempre hay momentos en que no puedes dejar de pensar en que hay que buscar trabajo, en los exámenes y en todas esas cosas que desvían tu atención del simple placer de aprender por aprender, para satisfacer la curiosidad, para crecer interiormente.
Ellos, los mayores, lo tienen muy claro. Para la mayoría de ellos, estudiar no es sólo algo que muchos no pudieron hacer de jóvenes, sino que es la puerta a una nueva vida. Para algunos es afán de conocimiento; para otros es un modo de obligarse a hacer cosas; para los más, es una manera de aprovechar su tiempo libre, de sentirse realizado y de compartir sus experiencias con otras personas.
Por otra parte, los profesores con los que hemos hablado han coincidido en que para ellos también es una experiencia enriquecedora, pues los mayores son personas con mucho que aportar y que reconocen más su esfuerzo didáctico que los jóvenes.
Tras todo esto, sólo quiero concluir que ¡de mayor quiero ser universitaria! Admiro a las personas que no se hacen viejos antes de tiempo, que comprender que son mayores pero no por ello menos válidos, admiro a las personas que saben seguir haciendo cosas productivas una vez terminada su vida laboral... Mayores, de verdad, tenéis mucho que enseñarnos.
Primogénito audiovisual
Después de todo un día en la sala de montaje, nuestro primogénito audiovisual ha visto la luz. ¡Ya tenemos corto!
El título definitivo es Menudo pastel y los primeros test de audiencia son positivos. Se trata de una pequeña pieza de humor, de bajo (bajísimo) presupuesto (donde lo más caro han sido las "dietas" del equipo técnico) pero hecho con mucha ilusión.
Cuando nuestro "pequeño" esté preparado para circular en internet, os lo comunicaré.
El título definitivo es Menudo pastel y los primeros test de audiencia son positivos. Se trata de una pequeña pieza de humor, de bajo (bajísimo) presupuesto (donde lo más caro han sido las "dietas" del equipo técnico) pero hecho con mucha ilusión.
Cuando nuestro "pequeño" esté preparado para circular en internet, os lo comunicaré.
¡Cooooorten!
Esta tarde por fin hemos terminado el rodaje de nuestro primer corto, que tiene como título provisional "Menudo pastel". Aunque todo se ha dado mejor de lo que pensábamos, excepto algunos fallos de producción, la verdad es que ya tenía muchas ganas de terminar. Ahora toca meterse en el estudio de montaje (léase, mi habitación) para hacer que unos poquitos planos tengan cierto significado (léase, aprobado en la asignatura de producción audiovisual).
Espero que, con el consentimiento del resto del equipo técnico (léase, mis amigas) pueda colgarlo pronto para que podáis ver nuestra obra de arte (léase, en qué nos hace perder el tiempo esta nuestra Universidad).
Espero que, con el consentimiento del resto del equipo técnico (léase, mis amigas) pueda colgarlo pronto para que podáis ver nuestra obra de arte (léase, en qué nos hace perder el tiempo esta nuestra Universidad).
... Y el milagro se hizo gol...
He de reconocer que tenía curiosidad por ver cómo iban a titular los diarios As y Marca la humillación del Barcelona y, la verdad, se han portado bastante bien. Sólo Marca se ocupó de recoger (sucintamente) la fiesta que se vivió en Getafe nada más terminar el partido. Cualquier diría, al oír a la gente gritando por la calle, bañándose en la Cibelina y tirando cohetes, que el Geta había ganado la mismísima final.
Si la ida ya dejó imágenes para el recuerdo (ese gol de Messi sigue sin tener desperdicio sea cual sea el resultado final), la vuelta ha quedado como ejemplo de lo que puede hacer la fe... o la comodidad. Salió un Geta perfecto desde el minuto uno, con ganas de comerse el partido, si bien es cierto que no tenía otra posibilidad. Sin embargo, el BarÇa debió dejarse las ganas en el vestuario, porque sólo eso explicaría que no tiraran ni una sola vez a puerta en toda la primera parte y, por supuesto, que ni siquiera sudaran. Y digo yo que un 2-0 en la primera mitad ya era un resultado como para acojonarse un poco.
Todos los medios, deportivos o no (en estos casos, tanto más da) daba por hecho que el BarÇa tenía el pase a la final en sus manos. Era una seguridad desmedida, al igual que es desproporcional el entusiasmo que muestran ahora los equipos a los que afecta directamente todo lo que haga y deje de hacer el Barcelona. En el madridismo, la victoria del Geta se ha vivido casi como propia y todos esperan (esperamos) que el Betis remate al hasta ahora líder. En fin, mientras que el Madrid no se olvide de hacer sus deberes...
Lo bueno de todo esto (de un exceso mediático sólo superado por La Pantoja, que no sé qué es más triste) es que esta Liga es una de las más emocionantes que recuerdo. Aunque los aficionados de a pie no nos juguemos nada...
Si la ida ya dejó imágenes para el recuerdo (ese gol de Messi sigue sin tener desperdicio sea cual sea el resultado final), la vuelta ha quedado como ejemplo de lo que puede hacer la fe... o la comodidad. Salió un Geta perfecto desde el minuto uno, con ganas de comerse el partido, si bien es cierto que no tenía otra posibilidad. Sin embargo, el BarÇa debió dejarse las ganas en el vestuario, porque sólo eso explicaría que no tiraran ni una sola vez a puerta en toda la primera parte y, por supuesto, que ni siquiera sudaran. Y digo yo que un 2-0 en la primera mitad ya era un resultado como para acojonarse un poco.
Todos los medios, deportivos o no (en estos casos, tanto más da) daba por hecho que el BarÇa tenía el pase a la final en sus manos. Era una seguridad desmedida, al igual que es desproporcional el entusiasmo que muestran ahora los equipos a los que afecta directamente todo lo que haga y deje de hacer el Barcelona. En el madridismo, la victoria del Geta se ha vivido casi como propia y todos esperan (esperamos) que el Betis remate al hasta ahora líder. En fin, mientras que el Madrid no se olvide de hacer sus deberes...
Lo bueno de todo esto (de un exceso mediático sólo superado por La Pantoja, que no sé qué es más triste) es que esta Liga es una de las más emocionantes que recuerdo. Aunque los aficionados de a pie no nos juguemos nada...
Nacimiento real... mediática irreal
Hay algunas clases la carrera de Periodismo en las que te dicen que el periodista, y su trabajo, es lo menos importante de una noticia. Es decir, al lector no le importa si te costó poco a mucho encontrar la información, si te dieron con la puerta en las narices, si te rompieron la cámara o si llovía o hacía sol mientras esperabas la llegada de alguien. Pues en los últimos días esto sencillamente se ha olvidado.
Como viene siendo tradición en los puentes, la Princesa Letizia ha asaltado la realidad, esta vez teniendo a su segunda hija (y seguro que no os descubro nada nuevo, porque está hasta en la sopa). Esta es una de las más importantes noticias y es natural que salte al espacio público y ocupe horas y horas de televisión y páginas y páginas de prensa, nos guste o no.
Ahora bien, ¿qué me importa a mí que los periodistas hayan estado diez días esperando, que hayan hecho una porra para ver qué día nacía la Infanta o las condiciones climatológicas a las que se hayan visto expuestos? Con todo mi respeto a los profesionales que han tenido que aguantar semejante presión mediática (aunque también es por su bien), esto es un mero cotilleo que podría ocupar medio minuto al final de toda una tanda de noticias sobre la Casa Real pero en ningún caso es objeto de un reportaje de cuatro o cinco minutos antes de enseñar al polémico De Juana Chaos paseando con su novia.
Entiendo que ya que han filmado las imágenes de los alrededores de la Ruber tengan que rentabilizarlos, pero no debería pasar de un making-of sobre el nacimiento de la nueva Sofía.
Como viene siendo tradición en los puentes, la Princesa Letizia ha asaltado la realidad, esta vez teniendo a su segunda hija (y seguro que no os descubro nada nuevo, porque está hasta en la sopa). Esta es una de las más importantes noticias y es natural que salte al espacio público y ocupe horas y horas de televisión y páginas y páginas de prensa, nos guste o no.
Ahora bien, ¿qué me importa a mí que los periodistas hayan estado diez días esperando, que hayan hecho una porra para ver qué día nacía la Infanta o las condiciones climatológicas a las que se hayan visto expuestos? Con todo mi respeto a los profesionales que han tenido que aguantar semejante presión mediática (aunque también es por su bien), esto es un mero cotilleo que podría ocupar medio minuto al final de toda una tanda de noticias sobre la Casa Real pero en ningún caso es objeto de un reportaje de cuatro o cinco minutos antes de enseñar al polémico De Juana Chaos paseando con su novia.
Entiendo que ya que han filmado las imágenes de los alrededores de la Ruber tengan que rentabilizarlos, pero no debería pasar de un making-of sobre el nacimiento de la nueva Sofía.
Cinco personas, cinco apuntes
Que el mundo se caracteriza por su diversidad es algo que todos sabemos. Es imposible que dos personas piensen igual y, por tanto, hagan las cosas igual y eso es, en esencia, bueno. Y a veces esta realidad, muchas veces obviada, salta a lo más cotidiano.
Mis compañeras de clase y yo hemos estado resumiendo un libro que hay que estudiar para clase. La división se ha hecho por capítulos y a cada una nos ha tocado un número de páginas muy similar. Estos días hemos intercambiado por fin los resúmenes finales.
El primer problema que se plantea cuando se resume un texto pensando en que va a ser leído por otros (y estudiado) es la extensión. ¿Estaré siendo demasiado amplia o demasiado sintética? ¿Se entenderá lo que pongo? ¿Está bien organizado este esquema? Los resultados son muy desiguales.
El otro problema se da la hora de la integración. ¿Cómo puede ser que ninguna coincidamos en el formato? Coincide la fuente y el tamaño de letra, pero hasta ahí llegan todas las coincidencias. Una que se dedica medio profesionalmente a esto se pregunta cómo, con un medio tan limitado como el office word, que no deja de contar con cuatro herramientas básicas que la mayoría de la gente no sabe ni utilizar (yo entre ellas), consiga que cinco grupos de texto no se parezcan absolutamente en nada.
Así que nada... ordenando textos estoy porque soy incapaz de estudiar con apuntes desordenados. Eso sí, no puedo dejar de felicitar a mis compañeras por un trabajo tan bien hecho... ¡y tan rápido! Ahora... ¡a por el siguiente!
Mis compañeras de clase y yo hemos estado resumiendo un libro que hay que estudiar para clase. La división se ha hecho por capítulos y a cada una nos ha tocado un número de páginas muy similar. Estos días hemos intercambiado por fin los resúmenes finales.
El primer problema que se plantea cuando se resume un texto pensando en que va a ser leído por otros (y estudiado) es la extensión. ¿Estaré siendo demasiado amplia o demasiado sintética? ¿Se entenderá lo que pongo? ¿Está bien organizado este esquema? Los resultados son muy desiguales.
El otro problema se da la hora de la integración. ¿Cómo puede ser que ninguna coincidamos en el formato? Coincide la fuente y el tamaño de letra, pero hasta ahí llegan todas las coincidencias. Una que se dedica medio profesionalmente a esto se pregunta cómo, con un medio tan limitado como el office word, que no deja de contar con cuatro herramientas básicas que la mayoría de la gente no sabe ni utilizar (yo entre ellas), consiga que cinco grupos de texto no se parezcan absolutamente en nada.
Así que nada... ordenando textos estoy porque soy incapaz de estudiar con apuntes desordenados. Eso sí, no puedo dejar de felicitar a mis compañeras por un trabajo tan bien hecho... ¡y tan rápido! Ahora... ¡a por el siguiente!





