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ALGO DE TODO
Porque no podría centrarme en una sola cosa
Acerca de
Me llamo Patricia y estudio Periodismo y Comunicación Audiovisual. Los fines de semana trabajo como maquetadora en La Tribuna de Ciudad Real. Podéis escribirme a soylaveraARROBA hotmailPUNTOcom
Sindicación
 
Canciones de relajación pre-examenes
Algunas canciones son mágicas. La magia es algo que va más allá de la genialidad porque no procede de la creatividad de una sola persona, sino que explota cuando coinciden varios elementos. En el caso de All good things (come to an end), la última canción de Nelly Furtado, creo que es la posproducción la que da con la fórmula exacta de un tema relajante, excitante, alegre, nostálgico y pegadizo.

 
Canciones de césped y calimocho
El sol asoma su nariz en el cielo azul ¡qué bonito día primaveral! No queda más remedio que hacer un gran esfuerzo y tumbarse en el césped, ese tan bonito que se ve desde las ventanas del aula, entre las rejas de una persiana a medio cerrar.

Es la hora de los chistes, las risas, los cotilleos, las confidencias, las ideas disparatadas remojadas en un calimocho helado dentro de un vaso de plástico baboso. Debería ser el momento de sacar una guitarra, de cantar, de improvisar canciones del verano... debería ser el momento de tumbarse, cerrar los ojos y juguetear con las briznas de hierba.

Siempre, en estas situaciones, me vienen ritmillos a la cabeza, ritmillos de césped y calimocho, mezcla de las canciones de toda la vida y los últimos éxitos del momento. Hoy he escuchado una canción que bien merece esta denominación y como si os digo que se llama "El secreto de las tortugas" y la firman Maldita Nerea y Delinqüentes seguramente no os diga nada, aquí tenéis el vídeo.



Si es que pasarse cinco horas delante del ordenador para montar menos de dos minutos y medio de vídeo hace desear este tipo de cosas...
 
Los malos malísimos
Debo tener alguna disfunción grave porque me gustan los malos, los malos de película, se entiende.

Ayer dediqué un par de horitas a ver Eragon (Stephen Fangmeier, 2006), una película entretenida, sin demasiadas pretensiones pero que logra mantener cierto interés hasta el final. De ella tengo que decir que tiene unos diálogos pésimos, demasiado forzados, y un ritmo que no consigue atraparte de todo pero tiene, sobre todo, un malo malísimo que me encantó. Robert Carlyle, un Durza estupendo, con un maquillaje excepcional y cierto carisma gótico que da bastante el pego.

Esto no sería preocupante de no ser porque, en mi obsesiva afición a Prison Break, mi interés se ha ido desplazando (que no abandonando) desde el guapísimo e inteligentísimo Michael Scofield (Wentworth Miller) hasta el desagradable, maquiavélico y esquizofrénico T-Bag (Robert Knepper). Lo cierto es que esta serie, en su tratamiento de la difusa línea que separa el bien del mal, hace que cojas cariño a cada uno de sus personajes, sean buenos o malos. Prison Break hace gala de mostrar dos (o más) caras de cada personaje. Con T-Bag el espectador establece un intensa relación amor-odio, que más bien debería llamarse admiración-repugnancia. T-Bag no es un asesino inteligente sino que se mueve por impulsos que nacen de ciertos instintos enterrados. La repugnancia viene ocasionada por la forma aséptica, improsivada, de matar y salir indemne de ello (con una mano más o una mano menos). Este monstruo, sin embargo, es capaz de amar (amar tanto como para no matar a su amada), es capaz de sentirse traicionado y es capaz de hundirse cuando algo sale mal.

Lograr matizar en tan elevado grado un personaje de tal calado, hacerlo mucho más creíble que cualquier otro, lograr la identificación del espectador con alguien horrible debe ser uno de los puntos culminantes de la carrera de un guionista. Un malo bien creado supera con creces al bueno más bueno de todos los tiempos y suele asegurar el éxito. El espectador se identifica en la pantalla (pequeña pantalla en este caso) con cosas que en su vida diaria detesta y quizá por ello el cine es una forma de catarsis de nuestros instintos más primitivos.
 
La fiebre de Héroes
8.30 de la mañana de un frío día de abril. Treinta y tres personas delante de mí, cada una con derecho a cuatro entradas. Los primeros rumores hablan de sólo 80 entradas a la venta. Las cuentas no salen. Las caras dormidas comienzan a desperezarse, las legañas desaparecen bajo la fina lluvia. Poco a poco acude más gente e invariablemente pregunta: "¿esta es la cola para las entradas?"

Media hora después se van formando grupos de conversación. A las tonterías de uno se suman las del resto y las risas calladas de los que están alrededor. Se tantea el precio de reventa: "yo he llegado a sacar 300 euros por una entrada". Una servidora echó un vistazo la noche anterior en Internet y descubrió, sin sorpresa, que la reventa alcanzaba 250 euros por entrada a seis meses del concierto.

La gente que pasa por allí miraba con cara de incredulidad. Algún anciano se acerca a preguntar qué regalan. Los más no se pueden creer que hagamos cola durante de dos horas para comprar unas míseras entradas (al increíble precio de 42 euros/unidad).

Para entretenerse, llamadas de móvil. Las líneas de El Corte Inglés están ocupadas desde las 9 de la mañana. A las 10, ni siquiera la red conecta. A esa hora llegan las personas más deseadas del mundo: los vendedores. Se puede pasar en grupos de tres personas (que a dos pies helados cada una suman seis pies congelados junto al calefactor). Se desmienten los rumores: hay 350 entradas a la venta. Los que aún esperamos en la cola sonreímos con algo más de esperanza. Los primeros compradores muestran sus caras de satisfacción: la espera ha merecido la pena. Más de uno se echa una foto con sus entradas recién adquiridas.

La chica de la tienda nos recuerda que, para el concierto de Héroes en Zaragoza (el del día 12 de octubre) la gente comenzó (en Ciudad Real) a tender sus cartones para dormir a las 11 de la noche del día anterior. ¿Cómo se le llama a esto? ¿Fanatismo? Nunca creí que me iba a levantar a las ocho de la mañana para comprar unas entradas, pero el hecho es que allí estoy yo, con la misma cara de frío que los demás, con la mente en la tabla de multiplicar del cuatro y barajando qué posibilidades hay de que no pase nada que impida ir al concierto el 20 de octubre.

Héroes del Silencio movió millones cuando estaban en activo. Diez años después, su regreso ha sido recibido con infinitas colas de gente ilusionada, treintañeros en su mayoría, que intentan recordar en un concierto sus vivencias de juventud. La mayoría creemos que, ahora que han descubierto el filón, estos tres conciertos en España no serán los únicos, pero no podemos evitar sentir que estamos ante una oportunidad única. Los que nacimos unos años más tarde de lo que nos correspondía intentamos captar durante un par de horas la esencia de aquello que, por edad, no vivimos.

Las entradas son un pase hacia otra época, la agonía de un siglo, una década difusa, a caballo entre la experimentación de los ochenta y el no-se-sabe-qué de los dosmiles. Esperemos que a Bunbury no le dé por subirse a un cocotero ni termine afónico tras sus dos conciertos de Zaragoza. Sevilla nos espera con unas tapitas de jamón y unos vinitos porque, ya que vamos, habrá que aprovechar. Mientras tanto, entretendré esta larga espera abrillantando el colgante de Héroes (uno de los primeros regalos que me hizo mi novio) y cantando a voz en grito las canciones, ya no en cassette sino en mp3. Cómo cambian los tiempos... y Héroes sigue ahí.

 
Sick and tired
A veces se encadenan una serie de días que, no se sabe muy bien porqué, terminan torciéndose. Son esos días en los que llegas a casa agotada, con todo el cuerpo dolorido pero también una especie de dolor en el alma que no termina de dejarte respirar. Son esos días en los cuales desearías no despertarte jamás pero, al mirar alrededor, ves todo un mundo repleto de oportunidades que no merece la pena desperdiciar. En estas ocasiones se diría adiós a todo, al trabajo, a los estudios, a las pequeñas ilusiones diarias... se diría adiós hasta a uno mismo con tal de no vernos reflejados en el espejo.

Es entonces cuando ni siquiera una palabra amable sino el mero hecho de que alguien te haga caso, de que alguien te mire de una manera determinada, como reconfortándote o, incluso, una carita simpática en el messenger actúan como un poderoso reconstituyente que devuelve las ganas de vivir, de respirar, de saltar, de hablar, de viajar... de vivir.

A veces, esa carita simpática en el messenger no se da cuenta de lo importante que es que a una egocéntrica como yo le pregunten qué tal. A veces, esa carita ha caído allá por casualidad, sin una intención específica por parte de quien te habla. A veces es síntoma de un aburrimiento mutuo. Pero esa ventanita que palpita en la parte inferior del monitor quiere decir que alguien se acuerda de ti, que alguien ha perdido dos segundos de su vida hablándote... y a veces, digo, a veces, no se necesita más para volver a ponerse en pie.

 
Santa hipocresía
Antes de digerir las torrijas, sale a la luz un tema recurrente: qué tiene de "santa" la Semana Santa. He oído varias veces que los mismos que están llorando junto a la cruz porque al cielo le ha dado por llover son los mismos que, horas más tarde, están haciendo botellón o moviendo el trasero enfundado en una minifalda. Esto, dicen, es hipocresía.

La creencia general es que los que participan en la Semana Santa van a misa todos los días y fiestas de guardar, guardan celosos su virginidad y rezan el rosario antes de irse a dormir. Esto se tilda de anomalía y se olvida que alrededor del 10% de los españoles son católicos practicantes. Practiquen o no, el hecho es que la Semana Santa es una de las más importantes manifestaciones culturales de una comunidad de personas y esto actúa como factor de integración y socialización de las personas.

¿Por qué se llora cuando no sale un paso, o cuando vuelve empapado a resguardarse? Pues muchas veces no se sabe por qué. Porque se lleva preparando un año entero (ni más ni menos que en Carnaval, y eso no se critica), porque las flores y todos los adornos cuestan un pastón... se me ocurren un millón de razones, ninguna más o menos válida que el resto.

¿Por qué nos empeñamos en juzgar al resto? ¿Es que la Iglesia prohibe, hoy en día, llevar minifalda y pintarse los labios? ¿Es que es pecado mortal emborracharse una noche de juerga? ¿Por qué tenemos una visión tan cerrada de una institución y la tachamos de conservadora, de atrasada, cuando somos el resto los primeros en juzgar la hipocresía ajena?

 
Suma y sigue
106 muertos en las carreteras esta Semana Santa. 106 que se suman a otros más y más cada semana hasta completar unos cinco mil por año y convertirse en la tercera causa de mortalidad en España. La culpa, dicen, es del exceso de velocidad y del alcohol y, con eso, los que nos manejan se lavan las manos. La culpa es de los conductores, que sólo piensan en los puntos y no en su vida. Y no digo que esto no sea cierto, pero aclaremos unas cuentas cosas:

- El mal estado de las carreteras no tiene nada que ver.
- Los inmensos charcos de agua en cuanto llueve tampoco tienen nada que ver.
- La falta de iluminación tampoco tiene la culpa.
- Los trapicheos de las empresas para poner un asfalto más barato del que realmente se paga tampoco tiene ningúna consecuencia.
- Las obras a las 3 de la tarde de un viernes a la salida de una gran ciudad tampoco tiene nada que ver.
- La mala señalización (como la línea discontinua en las curvas pronunciadas y en los cambios de rasante) no está relacionada con las muertes en carretera.
- Que se permite circular a 40 km/hora por carretera sin causa justificada, para desesperación de la cola de coches que viaja detrás de ese conductor, nada tiene que ver.
- Que los coches no estén obligados a llevar limitador de velocidad tampoco tiene nada que ver.

La pena es que no sé aportar soluciones. Los medios se alarman, los políticos se llevan las manos a la cabeza, todo el mundo se pregunta cómo pueden ocurrir estas cosas y que nadie haga nada para solucionarlo. Mi opinión es que demasiadas pocas cosas pasan tras ver la manera de conducir de la gente, tras ver la gran cantidad de cosas que no pasan "por un pelo". En fin, sigamos rezando antes de ponernos al volante y sigamos financiando anuncios inservibles de concienciación ciudadana.


 
Los cinéfilos soñadores
Soñadores (The dreamers, 2003) es, cuanto menos, una película extraña. Bajo órdenes de Bernardo Bertolucci, la película fue filmada en francés e inglés en un París que intenta rememorar los vestigios de la primavera del 68.

La reflexión política se cuela en cada fragmento, pero no es más que una excusa para explorar el descubrimiento de la sexualidad humana, conectada expresamente con el placer voyeur del cine. Soñadores es, ante todo, un homenaje directo al séptimo arte no solamente a través de sus clásicos. Con el talento que se le supone a un cineasta de la talla de Bertolucci, algunas memorables películas se cuelan en la historia como pequeños guiños, pero también como parte de la trama. Los protagonistas van al cine, pero también vivien por y para él; el cine es, por tanto, el desencadenante de la historia, pero también el sentido último de la película. Un juego tan inocente como adivinar de qué película se trata se convierte en algo comprometedor, misterioso y lleno de una extremada tensión sexual.

El sexo es el otro gran protagonista de la cinta. Un sexo que no se entiende a simple vista. Bertolucci nos ofrece una profunda reflexión sobre las relaciones sexuales que se forja a base de sutilezas; las escenas sexuales son explícitas, pero también muy sugerentes. Quizá el excesivo celo en mostrar los recovecos de una relación muy alejada de las relaciones al uso hace que el film dude entre le profundidad y la superficialidad, pero lo que no se puede negar es que todo ello contribuye a la recreación de un universo muy concreto, de una atmósfera creíble y extraña a la vez.

Pese a que la crítica no va muy allá, es interesante leer el cómo se hizo que nos ofrece La Butaca sobre esta película.