Información vs. realidad
El Artículo 20 de nuestra Consitución Española reconoce que todo ciudadano tiene el derecho a comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión.
La información, a veces, puede salvar vidas. Hace unos días vi United 93, la última película de Paul Greengrass, que cuenta el secuestro del cuarto avión del 11-S, el que no llegó a su destino y se estrelló en Pensilvania.
En cuanto a la película, he de decir que es muy buena. No comparto con Cinemanía la opinión de que es "una obra maestra del cine de suspense" pero sí he de decir que United 93 es la definición de suspense por excelencia. Greengrass se las arregla para mantener la intriga pese a que todo el mundo conoce el final: de ahí la impotencia del espectador.
Pero hoy quiero fijarme en algo que nos atañe a todos y que espero explicar lo mejor posible. Los pasajeros del avión secuestrado conocieron las intenciones de los terroristas por teléfono. Los familiares a quienes llamaban habían visto por televisión que se estaba secuestrando aviones para estrellarlos contra edificios importantes y así dañar iconos culturales y, por supuesto, asesinar a miles de personas. Enseguida supieron que iban a morir, hicieron lo posible para sobrevivir y, aunque no lo consiguieron, al menos sí se erigieron como héroes al evitar que el avión matara a miles de seres humanos.
La transmisión de información fue indirecta, no contó con la participación directa de profesionales, pero lo importante es que el proceso comunicativo funcionó y produjo resultados.
La información o, mejor dicho, la falta de información puede complicarte la vida, y determinadas empresas se aprovechan de ello. Mi queridísima Telefónica no es una excepción y hace de la omisión de información su aliado económico. No sé si habrá alguna ley que reconozca que la omisión de información es igual de dañino, o peor, que la mala información.
En primer lugar, Telefónica no realiza contratos escritos, por lo que es imposible demostrar si se conocen o no las condiciones contractuales. El comercial que me atendió me explicó que "sólo tendrás que pagar 39.90 euros al mes más IVA". De primeras, me llega una factura de 120 euros por alta de la línea y, además, cada mes me cobrarán 13.40 más por la línea telefónica. De los 120 euros no sabía nada, ya que me informaron que el alta era gratuita. El cargo de 13.40 mensuales sí, porque en ocasiones he contratado con Telefónica.
Cuando le he preguntado al comercial por qué no me explicó eso dice que "todo el mundo lo sabe". Debería venir en los libros de texto, en el apartado de "La génesis del mundo según Telefónica", que, cuando nacemos, los médicos nos azotan para que lloremos y abramos nuestros pulmones y que, mientras, nos susurran al oído que Telefónica cobra 13.40 euros al mes por la línea telefónica. Quizá no sea en las lecciones del cole, sino que baje la Santísima Trinidad del Cielo y nos llene de conocientos vitalmente prácticos.
Bromas aparte, Telefónica hace de la omisión de información su negocio. Según la sabiduría popular, al menos, cuando uno de los firmantes de un contrato (esto es un decir, porque jamás veréis un contrato escrito) desconoce los términos, éste queda invalidado. En la práctica, a cualquiera se le ocurre quitar el servicio de Telefónica ya que, en realidad, es un monopolio, aunque nos lo quieran disfrazar de libertad de mercado.
Así, el consumidor está indefenso y, sobre todo, malinformado. No es que yo no quiera pagar más o menos a Telefónica, es que simplemente nadie me dijo verazmente cuánto tenía que pagar. En estas estamos en el siglo XXI, donde dar información al ciudadano es peligroso porque esto le hace tomar decisiones. Será que las empresas no se fían de su propio servicio y tienen que recurrir a estos ardides.
La información, a veces, puede salvar vidas. Hace unos días vi United 93, la última película de Paul Greengrass, que cuenta el secuestro del cuarto avión del 11-S, el que no llegó a su destino y se estrelló en Pensilvania.
En cuanto a la película, he de decir que es muy buena. No comparto con Cinemanía la opinión de que es "una obra maestra del cine de suspense" pero sí he de decir que United 93 es la definición de suspense por excelencia. Greengrass se las arregla para mantener la intriga pese a que todo el mundo conoce el final: de ahí la impotencia del espectador.
Pero hoy quiero fijarme en algo que nos atañe a todos y que espero explicar lo mejor posible. Los pasajeros del avión secuestrado conocieron las intenciones de los terroristas por teléfono. Los familiares a quienes llamaban habían visto por televisión que se estaba secuestrando aviones para estrellarlos contra edificios importantes y así dañar iconos culturales y, por supuesto, asesinar a miles de personas. Enseguida supieron que iban a morir, hicieron lo posible para sobrevivir y, aunque no lo consiguieron, al menos sí se erigieron como héroes al evitar que el avión matara a miles de seres humanos.
La transmisión de información fue indirecta, no contó con la participación directa de profesionales, pero lo importante es que el proceso comunicativo funcionó y produjo resultados.
La información o, mejor dicho, la falta de información puede complicarte la vida, y determinadas empresas se aprovechan de ello. Mi queridísima Telefónica no es una excepción y hace de la omisión de información su aliado económico. No sé si habrá alguna ley que reconozca que la omisión de información es igual de dañino, o peor, que la mala información.
En primer lugar, Telefónica no realiza contratos escritos, por lo que es imposible demostrar si se conocen o no las condiciones contractuales. El comercial que me atendió me explicó que "sólo tendrás que pagar 39.90 euros al mes más IVA". De primeras, me llega una factura de 120 euros por alta de la línea y, además, cada mes me cobrarán 13.40 más por la línea telefónica. De los 120 euros no sabía nada, ya que me informaron que el alta era gratuita. El cargo de 13.40 mensuales sí, porque en ocasiones he contratado con Telefónica.
Cuando le he preguntado al comercial por qué no me explicó eso dice que "todo el mundo lo sabe". Debería venir en los libros de texto, en el apartado de "La génesis del mundo según Telefónica", que, cuando nacemos, los médicos nos azotan para que lloremos y abramos nuestros pulmones y que, mientras, nos susurran al oído que Telefónica cobra 13.40 euros al mes por la línea telefónica. Quizá no sea en las lecciones del cole, sino que baje la Santísima Trinidad del Cielo y nos llene de conocientos vitalmente prácticos.
Bromas aparte, Telefónica hace de la omisión de información su negocio. Según la sabiduría popular, al menos, cuando uno de los firmantes de un contrato (esto es un decir, porque jamás veréis un contrato escrito) desconoce los términos, éste queda invalidado. En la práctica, a cualquiera se le ocurre quitar el servicio de Telefónica ya que, en realidad, es un monopolio, aunque nos lo quieran disfrazar de libertad de mercado.
Así, el consumidor está indefenso y, sobre todo, malinformado. No es que yo no quiera pagar más o menos a Telefónica, es que simplemente nadie me dijo verazmente cuánto tenía que pagar. En estas estamos en el siglo XXI, donde dar información al ciudadano es peligroso porque esto le hace tomar decisiones. Será que las empresas no se fían de su propio servicio y tienen que recurrir a estos ardides.
Hay muchas historias que publicar
El año pasado, Caixa Catalunya convocó el I Premio de Periodismo Intergeneracional "Tienes una historia que contar" con una clara vocación de no permitir que las historias de los más viejecitos no caigan en el olvido. En noviembre de 2006 se dará a conocer el nombre de los ganadores, pero en Internet están ya disponibles los reportajes seleccionados.
Tengo el honor de encontrarme entre ellos, ("Las mil y una historia de Juana Martínez"), pero he creído justo remitiros a la página principal para que podáis leer todas. En breve se publicarán en un libro, aunque no sé si se pondrá a la venta o se podrá conseguir de forma gratuita (os iré informando).
De momento, espero que vayáis abriendo boca... ¡y me deseéis suerte!
Tengo el honor de encontrarme entre ellos, ("Las mil y una historia de Juana Martínez"), pero he creído justo remitiros a la página principal para que podáis leer todas. En breve se publicarán en un libro, aunque no sé si se pondrá a la venta o se podrá conseguir de forma gratuita (os iré informando).
De momento, espero que vayáis abriendo boca... ¡y me deseéis suerte!
Alonso, Rey del Mundo de la Fórmula 1
Fernando Alonso lleva tiempo haciendo méritos para merecerse un espacio en este nuestro blog. La Fórmula 1 se ha puesto de moda y me ha pillado a mí con estos pelos. Nos dicen en clase que un periodista no tiene por qué saber de todo, sino saber a quién preguntar. Y he aquí el germen de la colaboración que viene a continuación.
Los triunfos los consiguen los deportistas, pero a veces su calado es tal que se hacen con una cohorte de seguidores que valen tanto o más que ellos. Así que le paso la voz a una de ellas, Laura Ferrón.
Con tan sólo 25 años, Fernando Alonso se proclamó, el 22 de octubre de 2006, bicampeón del mundo. Después de una temporada apasionante, llena de duelos, de nerviosismo, con algún que otro problema mecánico (todavía me acuerdo de cuando tardaron 20 segundos en ponerle la tuerca de la rueda y le costó la victoria en China) y también con momentos felices, Alonso nos hizo vibrar una vez más, conquistando su segundo título mundial y consiguiendo, con la ayuda de su compañero Fisichella, por segundo año y para Renault, el mundial de constructores.
Esta temporada, Alonso ha sufrido más, (los alonsistas hemos sufrido más) y ha luchado contra el kaiser. Schumacher anunció su retirada en Monza y estaba dispuesto a darlo todo por ganar su octavo título mundial antes de irse: luchó con todas su fuerzas, llegó a igualarse en puntos a Alonso a falta de dos carreras y, cuando pensábamos que Alonso tenía difícil revalidar el título, una rotura del motor de Shumacher lo sentenció y puso la suerte de cara a Alonso. Aun sin ganar en Interlagos, hay que reconocer que Michael Schumacher hizo un carrerón, su coche voló por la pista y, si no hubiese sido por el pinchazo de la rueda, hubiera tenido oportunidad de ganar la carrera. Su palmarés de victorias y pole positions será difícil de superar.
Pero Alonso le ganó la batalla, dedicó su título, reconoció que se había hecho justicia, dio un toque de atención a la FIA por sus decisiones un tanto extrañas... y lloró. No pudo contener las lágrimas cuando cruzó la meta: era su última carrera con Renault y se iba, como él mismo dijo, “por la puerta grande”, como campeón.
Sin duda, su sangre fría a la hora de conducir y el optimismo que ha conservado durante toda la temporada han sido determinantes para conseguir este título. Podemos sentirnos todos campeones, porque como él dijo, “íbamos todos empujando el coche”.
Su andadura con Renault ha terminado y le espera McLaren-Mercedes. Ojalá que siga obteniendo triunfos con las balas plateadas y que el año que viene podamos decir que somos tricampeones.
Podemos decir que se inicia una era, la era de Alonso, digno sucesor de Schumacher… ¡FELICIDADES ALONSO!
Si necesitáis una ayudita para entender la Fórmula 1, Wikipedia os ayudará.
Los triunfos los consiguen los deportistas, pero a veces su calado es tal que se hacen con una cohorte de seguidores que valen tanto o más que ellos. Así que le paso la voz a una de ellas, Laura Ferrón.
Con tan sólo 25 años, Fernando Alonso se proclamó, el 22 de octubre de 2006, bicampeón del mundo. Después de una temporada apasionante, llena de duelos, de nerviosismo, con algún que otro problema mecánico (todavía me acuerdo de cuando tardaron 20 segundos en ponerle la tuerca de la rueda y le costó la victoria en China) y también con momentos felices, Alonso nos hizo vibrar una vez más, conquistando su segundo título mundial y consiguiendo, con la ayuda de su compañero Fisichella, por segundo año y para Renault, el mundial de constructores.
Esta temporada, Alonso ha sufrido más, (los alonsistas hemos sufrido más) y ha luchado contra el kaiser. Schumacher anunció su retirada en Monza y estaba dispuesto a darlo todo por ganar su octavo título mundial antes de irse: luchó con todas su fuerzas, llegó a igualarse en puntos a Alonso a falta de dos carreras y, cuando pensábamos que Alonso tenía difícil revalidar el título, una rotura del motor de Shumacher lo sentenció y puso la suerte de cara a Alonso. Aun sin ganar en Interlagos, hay que reconocer que Michael Schumacher hizo un carrerón, su coche voló por la pista y, si no hubiese sido por el pinchazo de la rueda, hubiera tenido oportunidad de ganar la carrera. Su palmarés de victorias y pole positions será difícil de superar.
Pero Alonso le ganó la batalla, dedicó su título, reconoció que se había hecho justicia, dio un toque de atención a la FIA por sus decisiones un tanto extrañas... y lloró. No pudo contener las lágrimas cuando cruzó la meta: era su última carrera con Renault y se iba, como él mismo dijo, “por la puerta grande”, como campeón.
Sin duda, su sangre fría a la hora de conducir y el optimismo que ha conservado durante toda la temporada han sido determinantes para conseguir este título. Podemos sentirnos todos campeones, porque como él dijo, “íbamos todos empujando el coche”.
Su andadura con Renault ha terminado y le espera McLaren-Mercedes. Ojalá que siga obteniendo triunfos con las balas plateadas y que el año que viene podamos decir que somos tricampeones.
Podemos decir que se inicia una era, la era de Alonso, digno sucesor de Schumacher… ¡FELICIDADES ALONSO!
Si necesitáis una ayudita para entender la Fórmula 1, Wikipedia os ayudará.
Hagamos balance
Cuando termina una etapa y comienza otra a una le apetece hacer un pequeño balance de si está mereciendo la pena vivir. Mi teoría es que mientras aprendamos cosas y seamos útiles, lo estamos haciendo bien. Acaba de terminar mi contrato de trabajo a jornada completa y, a partir de ahora, sólo trabajaré fines de semana (y esos días en los que nadie más quiera trabajar). Entre semana, seguiré estudiando, que ya va quedando menos. Es un buen momento, aunque esté en una época mixta, para contaros cosillas que he aprendido, profesional y humanamente, este verano.
a) Es un milagro que un periódico salga todos los días. Un diario es un producto como otro cualquiera, sujeto a las avatares de la actualidad pero, al tener un tiempo tan corto de producción, se quedan muchos cabos sin atar. Lo mejor del día es que la imprenta te confirme que al día siguiente tendrás un periódico que vender.
b) Nunca, pero nunca, borres una página que ya esté hecha a las 12 de la noche. En ese momento, serás el ser más odiado del planeta y, como sucede en cualquier otro trabajo, te lo recordarán para el resto de tu vida.
c) El trabajo en equipo significa que la gente depende de ti y tú dependes de la gente. Si alguien se deja sin hacer su trabajo, otros deben sacarlo adelante porque, señores y señoras, un diario se llama así porque sale todos los días, mejor o peor, pero todos los días. Y si tiene pocas chapuzas, mejor que mejor.
d) Un bocata puede hacer que el mundo te adore. Cuando a ese redactor, que tiene vida aparte del periódico aunque no lo parezca, le faltan cinco líneas por escribir y la inspiración divina no aparece, un bocata hace que se arrodille ante ti, divina maquetadora, y bese el suelo que pisas.
e) No importa lo que compres o contrates: siempre, siempre, te timarán. Da igual que sea un coche o que contrates por enésima vez el ADSL, siempre dirán que te han dicho algo que casualmente no has escuchado. La última, esta mañana: Telefónica cobra 120 euros por dar de alta la línea telefónica algo de lo que, casualmente, nadie te ha avisado.
f) Pueden quitarte la libertad, pueden quitarte la vida, pero lo que no pueden quitarte nunca es la dignidad. Es lo único que nos caracteriza como seres humanos, pero hay gente que se vende por nada. Es el caso de la empleada que teníamos en la tienda, que después de una baja de tres meses, de chuparse las vacaciones de todo un año cuando le correspondían las de siete meses y de invitarnos a su boda para llevar un sobre bien llenito, te chantajea pidiendo un despido, para poder cobrar el paro, o amenaza con una baja de larga duración. Al menos no se llevó el finiquito. ¿Vale la pena no poder saludar a una persona, acostarte cada noche sabiendo que has jodido a una persona, por cobrar seis meses de paro?
g) Igual que hay gente horrible, hay gente maravillosa que se dedica a enseñarte un oficio (aunque sea porque les interesa). Vamos a dar nombres, que no apellidos: Gracias Mariaje, Gracias Lorena, Gracias Iñigo por portaros tan bien conmigo y enseñarme más en un día que en tres años de universidad.
h) Cuando la buena suerte se ha ido de vacaciones, es conveniente elaborar una filosofía a la que agarrarnos. En los últimos tres meses he desarrollado una bi-filosofía que consiste en:
h.1- todo se arregla con dinero (y, si no lo tenemos, trabajaremos para ganarlo)
h.2- para lo que no se arregla con dinero: tengo a mi chico, estamos sanos y nos queremos, así que podemos hacer frente a todo lo que nos venga.
Hasta aquí el sermón del día. Espero que hagáis aportaciones en ese apartadito de abajo ("comentarios") que tenéis un poco olvidado.
a) Es un milagro que un periódico salga todos los días. Un diario es un producto como otro cualquiera, sujeto a las avatares de la actualidad pero, al tener un tiempo tan corto de producción, se quedan muchos cabos sin atar. Lo mejor del día es que la imprenta te confirme que al día siguiente tendrás un periódico que vender.
b) Nunca, pero nunca, borres una página que ya esté hecha a las 12 de la noche. En ese momento, serás el ser más odiado del planeta y, como sucede en cualquier otro trabajo, te lo recordarán para el resto de tu vida.
c) El trabajo en equipo significa que la gente depende de ti y tú dependes de la gente. Si alguien se deja sin hacer su trabajo, otros deben sacarlo adelante porque, señores y señoras, un diario se llama así porque sale todos los días, mejor o peor, pero todos los días. Y si tiene pocas chapuzas, mejor que mejor.
d) Un bocata puede hacer que el mundo te adore. Cuando a ese redactor, que tiene vida aparte del periódico aunque no lo parezca, le faltan cinco líneas por escribir y la inspiración divina no aparece, un bocata hace que se arrodille ante ti, divina maquetadora, y bese el suelo que pisas.
e) No importa lo que compres o contrates: siempre, siempre, te timarán. Da igual que sea un coche o que contrates por enésima vez el ADSL, siempre dirán que te han dicho algo que casualmente no has escuchado. La última, esta mañana: Telefónica cobra 120 euros por dar de alta la línea telefónica algo de lo que, casualmente, nadie te ha avisado.
f) Pueden quitarte la libertad, pueden quitarte la vida, pero lo que no pueden quitarte nunca es la dignidad. Es lo único que nos caracteriza como seres humanos, pero hay gente que se vende por nada. Es el caso de la empleada que teníamos en la tienda, que después de una baja de tres meses, de chuparse las vacaciones de todo un año cuando le correspondían las de siete meses y de invitarnos a su boda para llevar un sobre bien llenito, te chantajea pidiendo un despido, para poder cobrar el paro, o amenaza con una baja de larga duración. Al menos no se llevó el finiquito. ¿Vale la pena no poder saludar a una persona, acostarte cada noche sabiendo que has jodido a una persona, por cobrar seis meses de paro?
g) Igual que hay gente horrible, hay gente maravillosa que se dedica a enseñarte un oficio (aunque sea porque les interesa). Vamos a dar nombres, que no apellidos: Gracias Mariaje, Gracias Lorena, Gracias Iñigo por portaros tan bien conmigo y enseñarme más en un día que en tres años de universidad.
h) Cuando la buena suerte se ha ido de vacaciones, es conveniente elaborar una filosofía a la que agarrarnos. En los últimos tres meses he desarrollado una bi-filosofía que consiste en:
h.1- todo se arregla con dinero (y, si no lo tenemos, trabajaremos para ganarlo)
h.2- para lo que no se arregla con dinero: tengo a mi chico, estamos sanos y nos queremos, así que podemos hacer frente a todo lo que nos venga.
Hasta aquí el sermón del día. Espero que hagáis aportaciones en ese apartadito de abajo ("comentarios") que tenéis un poco olvidado.
Amores platónicos vs. escepticismo sentimental
El amor platónico parece haber perdido su lugar dentro de una sociedad viciada por el escepticismo en todos los ámbitos, especialmente en el sentimental. Somos una sociedad desengañada, donde pocos creen ya en cuentos de hadas y a lo máximo que aspiramos es a que alguien nos rescate de nuestra abominable existencia. Esperamos el amor, pero nunca estamos satisfechos. Cuando una relación marcha bien, siempre hacemos algo para empeorarla. Ansiamos la estabilidad y, a la vez, huímos de ella. Por eso, en los tiempos que corren, creo necesario reivindicar el amor platónico.
Y es que tener un amor platónico es, cuanto menos, sano. Un amor platónico es algo más que el calor en el estómago que se siente ante un póster de nuestro actor preferido. En mi opinión, el amor platónico verdaderamente bonito es el que se siente por alguien de carne y hueso y no por una imagen bidimensional.
El amor platónico nos espera en cualquier lugar. Es un chico en el metro, un compañero de trabajo o de clase. No hay que buscar demasiado. Su principal función es hacernos la vida más agradable. El amor platónico hará que se nos haga un poco menos duro apretujarnos cual sardinas en el metro o que nos cosquilleen las plantas de los pies al llegar al lugar de trabajo. El amor platónico nos hace intentar averiguar si él hoy irá a clase o no. En cuanto lo veamos entrar por la puerta, algo se encenderá en nuestra mente, en nuestro corazón, en el estómago o en otras partes más susceptibles de ser encendidas. El amor platónico hace que nos tiemble la barbilla cuando nos habla, que nos suden las manos cuando pasa a nuestro lado, hace que nos derritamos cuando nos mira fijamente.
Lo que no hay que olvidar, en ningún momento, es que el amor platónico no es Amor. ¿Por qué lo llamo amor platónico si no es tal? Porque lo que se siente es lo más parecido al milagro del comienzo de una relación, pero no es lo mismo.
Nos enamoramos platónicamente de alguien a quien no conocemos y al que, posiblemente, no conoceremos jamás. Nos cruzaremos con él, hablaremos del tiempo, pero nunca llegaremos a saber realmente cómo es. El amor platónico requiere una persona real pero, no obstante, nos enamoramos de la imagen que proyectamos en nuestra mente. Nos enamoramos del timbre de su voz para rememorarlo antes de irnos a dormir, como una oración, pero quizá descubramos que en realidad su voz no es tan bonita. Nos enamoramos de su mirada, pero de repente un día nos mira de una manera distinta, o no nos mira. Nos enamoramos de sus gestos, pero miramos una foto y resulta que los gestos se han quedado congelados en el tiempo, que así detenidos no resultan tan sexys como recordábamos. Puede ser que un día consigamos tomarnos una copa con él y resulte que su conversación no es tan cautivadora como esperábamos.
Sin embargo, cuando volvamos al metro, al trabajo, a clase, seguiremos sintiendo el cosquilleo y trataremos de ponernos a estudiar lo más concentrados posible, pero siempre se nos escapará una miradilla curiosa en busca de una conexión con nuestro amor platónico. Las más de las veces, la conexión no se producirá, pero si lo hace, el instante será mágico y eterno y durará cuantas veces lo rescatemos de nuestra memoria.
Y es que tener un amor platónico es, cuanto menos, sano. Un amor platónico es algo más que el calor en el estómago que se siente ante un póster de nuestro actor preferido. En mi opinión, el amor platónico verdaderamente bonito es el que se siente por alguien de carne y hueso y no por una imagen bidimensional.
El amor platónico nos espera en cualquier lugar. Es un chico en el metro, un compañero de trabajo o de clase. No hay que buscar demasiado. Su principal función es hacernos la vida más agradable. El amor platónico hará que se nos haga un poco menos duro apretujarnos cual sardinas en el metro o que nos cosquilleen las plantas de los pies al llegar al lugar de trabajo. El amor platónico nos hace intentar averiguar si él hoy irá a clase o no. En cuanto lo veamos entrar por la puerta, algo se encenderá en nuestra mente, en nuestro corazón, en el estómago o en otras partes más susceptibles de ser encendidas. El amor platónico hace que nos tiemble la barbilla cuando nos habla, que nos suden las manos cuando pasa a nuestro lado, hace que nos derritamos cuando nos mira fijamente.
Lo que no hay que olvidar, en ningún momento, es que el amor platónico no es Amor. ¿Por qué lo llamo amor platónico si no es tal? Porque lo que se siente es lo más parecido al milagro del comienzo de una relación, pero no es lo mismo.
Nos enamoramos platónicamente de alguien a quien no conocemos y al que, posiblemente, no conoceremos jamás. Nos cruzaremos con él, hablaremos del tiempo, pero nunca llegaremos a saber realmente cómo es. El amor platónico requiere una persona real pero, no obstante, nos enamoramos de la imagen que proyectamos en nuestra mente. Nos enamoramos del timbre de su voz para rememorarlo antes de irnos a dormir, como una oración, pero quizá descubramos que en realidad su voz no es tan bonita. Nos enamoramos de su mirada, pero de repente un día nos mira de una manera distinta, o no nos mira. Nos enamoramos de sus gestos, pero miramos una foto y resulta que los gestos se han quedado congelados en el tiempo, que así detenidos no resultan tan sexys como recordábamos. Puede ser que un día consigamos tomarnos una copa con él y resulte que su conversación no es tan cautivadora como esperábamos.
Sin embargo, cuando volvamos al metro, al trabajo, a clase, seguiremos sintiendo el cosquilleo y trataremos de ponernos a estudiar lo más concentrados posible, pero siempre se nos escapará una miradilla curiosa en busca de una conexión con nuestro amor platónico. Las más de las veces, la conexión no se producirá, pero si lo hace, el instante será mágico y eterno y durará cuantas veces lo rescatemos de nuestra memoria.
¿Seré la Buñuel del futuro?
Si algo tienen de peculiar las fiestas de Navidad es que las comidas suponen un rito como cualquier otro y se repiten año tras año con increíble precisión. A mi padre le gusta, a mediados de diciembre, aventurar qué pasará, quién dirá qué, de qué se hablará y casi siempre acierta. En una de esas conversaciones trascendentales (o absurdas) que se tienen en la vida yo le comenté que el hecho en sí de reunirse para comer no es más que una convención. Me preguntaba qué hubiera pasado si a los seres humanos, en vez de ocurrírseles ponerse a comer todos vestidos de bonito, les hubiera dado por cagar juntos. Es decir, que el hecho de comer y cagar es natural y no se me ocurre por qué a uno se le valora positivamente y a otro negativamente. Así, empezamos a imaginar qué pasaría si nos reuniéramos para cagar y nos escondiéramos para comer. Algo tan obvio como esto cambiaría todo nuestro sistema social en un periquete.
Sólo sé expresarme escribiendo (aunque en un futuro espero expresarme audiovisualmente, si mis escasos dones me lo permiten) y pensé en escribir un pequeño cuento de Navidad a raíz de esta conversación. La escena estaría situada en un futuro no demasiado lejano y el hecho de cagar todos juntos en la mesa supondría una evolución, a la vez que el acto de comer se había devaluado.
No estoy loca, no. Buñuel ya lo pensó antes que yo, nada más y nada menos que en 1974, y no me he enterado hasta hoy. La locura de película no es ni más ni menos que Le fantôme de la liberté y sólo he visto este trozo, por lo que no puedo opinar del resto de la película. En esta escena, una pareja llega a casa de otra y se sientan elegantemente en una mesa con retretes alrededor. Allí, mientras defecan, leen, fuman, charla y hablan de, hablando en plata, mierda. Hay una niña pequeña que, en un momento de la escena, dice: "mamá, tengo hambre". La madre la reprende: "niña, no se dicen esas groserías en la mesa". Uno de los hombres se levanta y va a un cubículo donde, tras cerrar con pestillo, abre una mesa desplegable y engulle algo que le suben en un elevador. Una de las chicas llama a la puerta y él, con la boca llena, dice: "está ocupado".
¿Veis? Si es que yo era una visionaria, pero nací tarde.
Sólo sé expresarme escribiendo (aunque en un futuro espero expresarme audiovisualmente, si mis escasos dones me lo permiten) y pensé en escribir un pequeño cuento de Navidad a raíz de esta conversación. La escena estaría situada en un futuro no demasiado lejano y el hecho de cagar todos juntos en la mesa supondría una evolución, a la vez que el acto de comer se había devaluado.
No estoy loca, no. Buñuel ya lo pensó antes que yo, nada más y nada menos que en 1974, y no me he enterado hasta hoy. La locura de película no es ni más ni menos que Le fantôme de la liberté y sólo he visto este trozo, por lo que no puedo opinar del resto de la película. En esta escena, una pareja llega a casa de otra y se sientan elegantemente en una mesa con retretes alrededor. Allí, mientras defecan, leen, fuman, charla y hablan de, hablando en plata, mierda. Hay una niña pequeña que, en un momento de la escena, dice: "mamá, tengo hambre". La madre la reprende: "niña, no se dicen esas groserías en la mesa". Uno de los hombres se levanta y va a un cubículo donde, tras cerrar con pestillo, abre una mesa desplegable y engulle algo que le suben en un elevador. Una de las chicas llama a la puerta y él, con la boca llena, dice: "está ocupado".
¿Veis? Si es que yo era una visionaria, pero nací tarde.
Gente pa tó (part II)
Es gracioso comprobar que cada ser humano tiene una visión muy distinta del mundo que le rodea. El entorno es uno, pero cambia según los ojos que lo miren. Este fenómeno resulta mucho más curioso cuando se refiere a la percepción de una misma.
Cuando era pequeñita, mis primas se pasaban el día limpiando por orden de su madre. Con ocho años ya sabían fregar el suelo y lavar los platos y yo, como mi madre era ama de casa, pues me dedicaba a los menesteros propios de la edad. Luego fui creciendo y tuve que hacer cosas por mí misma (tanto de limpieza como de comida) porque mi madre ya no estaba en casa. Siempre me consideré ni guarra ni limpia, más bien ordenada. Mi máxima siempre ha sido que no importa tanto limpiar como no ensuciar.
Cuando me fui a vivir "sola", al comenzar la universidad, fui comprobando que, a mi alrededor, chicas de mi edad que habían crecido en un ambiente semejante al mío eran infinitamente más guarras que yo. No sólo no limpiaban sino que, además, todo lo dejaban puesto en medio, desde ropa a comida.
Después mé marché a vivir en un piso con dos amigas. El primer año estuvo bien en todos los aspectos, incluido el de la limpieza. El segundo año fue horroroso. Una de ellas, entre otras cosas, hacía cosas que me desconcertaban, tales como no recoger los pelos de la bañera, derramar el maquillaje en el lavabo y no limpiarlo, poner las botas manchadas de tierra en la mesa baja del salón, etc. Al final, por estas y otras cosas, terminamos riñendo.
El día que me fui, a finales de junio, empaqueté todo, limpié mi habitación y el salón y bajé las bolsas de basura. Las habitaciones de mis compañeras seguían llenas de sus cosas, con lo cual fui yo la primera que me fui. Me llevé todo porque no volvería más a ese piso. En todo el verano no he echado de menos ninguna prenda.
Esta mañana (estamos en octubre) he tenido un intercambio de sms muy interesante que paso a relatar a continuación:
Ella: Te dejaste ropa sucia en casa. Dime si te pasas a recogerla o si la tiro.
Yo: No me dejé nada. Pregúntale a (la otra) si es suya y, si no, haz lo que quieras con ella.
Ella: La ropa sucia tiene que ser tuya porque estaba en tu habitación. Dime qué hago con ella.
Yo: No me voy a pasar a recogerla. Así que úsala, recíclala o aprovéchala para algo.
Ella: Pues tiraré tus camisetas, bragas y calcetines sucios que has dejado de recuerdo.
Yo: Nosotras tenemos más razones para estar enfadadas contigo, así que habla con educación. Según (la casera), (la otra) tuvo que limpiar el piso el último día para que nos devolviera toda la fianza.
Ella: No tengas cara de echarme la culpa a mí porque tú te fuiste después que yo. Ya hablé con la casera y está todo arreglado. Ojalá y encuentres a una persona que sea como tú.
Yo: Cuando yo me fui estaban todas tus cosas en la habitación y el baño, así que me fui antes que tú y limpié antes de irme. Como no queremos saber nada la una de la otra, no sé para qué estamos discutiendo. No hace falta que contestes.
Ella: Las cosas no son así. No quiero quedar yo como una guarra cuando es al revés. Repito, que te vaya bien en la vida.
Llegadas a este punto, creo que es inútil hacer ganar dinero a Movistar con los sms, así que prefiero que ella siga siendo feliz en su ingnorancia. Lo que no sé es para qué me he pasado yo dos años limpiando sus pelusas, retirando sus pelos de la bañera y limpiando sus platos si luego soy una guarra. Vuelvo a mis orígenes: antes me llamaba guarra mi abuela y ahora me llama guarra una persona que ha demostrado ser amiga mía durante tres años y no conocerme.
Al menos yo sí que tengo a alguien que es como yo (según ella), una pareja que es capaz de limpiar y cocinar y hacer todo eso con cariño, aparte de darme todo el amor que necesito. Ella, sin embargo, se ha quedado con uno de los mejores pisos de Getafe (porque encima se quedó ella el piso y nos echó a las demás) pero no tiene a nadie que le enseñe lo que es la vida. Tendrá nuevas compañeras que vayan limpiando detrás de ella hasta que se cansen o hasta que ella le haga una de las jugarretas que nos hizo a nosotras. Y cuando esas mismas digan que no ven normal lo que hacen, ella seguirá creyendo que los raros somos el resto de seres humanos y que ella es limpia y normal.
Si es que hay gente pa tó. Y un misterio sin resolver... si yo me fui antes que ella y ella no ensució.. ¿de dónde salieron las bolsas de basura y las cosas puestas en medio que había cuando llego (la otra) y tuvo que estar limpiando una mañana entera? Cuarto Milenio, he aquí un desafío.
Cuando era pequeñita, mis primas se pasaban el día limpiando por orden de su madre. Con ocho años ya sabían fregar el suelo y lavar los platos y yo, como mi madre era ama de casa, pues me dedicaba a los menesteros propios de la edad. Luego fui creciendo y tuve que hacer cosas por mí misma (tanto de limpieza como de comida) porque mi madre ya no estaba en casa. Siempre me consideré ni guarra ni limpia, más bien ordenada. Mi máxima siempre ha sido que no importa tanto limpiar como no ensuciar.
Cuando me fui a vivir "sola", al comenzar la universidad, fui comprobando que, a mi alrededor, chicas de mi edad que habían crecido en un ambiente semejante al mío eran infinitamente más guarras que yo. No sólo no limpiaban sino que, además, todo lo dejaban puesto en medio, desde ropa a comida.
Después mé marché a vivir en un piso con dos amigas. El primer año estuvo bien en todos los aspectos, incluido el de la limpieza. El segundo año fue horroroso. Una de ellas, entre otras cosas, hacía cosas que me desconcertaban, tales como no recoger los pelos de la bañera, derramar el maquillaje en el lavabo y no limpiarlo, poner las botas manchadas de tierra en la mesa baja del salón, etc. Al final, por estas y otras cosas, terminamos riñendo.
El día que me fui, a finales de junio, empaqueté todo, limpié mi habitación y el salón y bajé las bolsas de basura. Las habitaciones de mis compañeras seguían llenas de sus cosas, con lo cual fui yo la primera que me fui. Me llevé todo porque no volvería más a ese piso. En todo el verano no he echado de menos ninguna prenda.
Esta mañana (estamos en octubre) he tenido un intercambio de sms muy interesante que paso a relatar a continuación:
Ella: Te dejaste ropa sucia en casa. Dime si te pasas a recogerla o si la tiro.
Yo: No me dejé nada. Pregúntale a (la otra) si es suya y, si no, haz lo que quieras con ella.
Ella: La ropa sucia tiene que ser tuya porque estaba en tu habitación. Dime qué hago con ella.
Yo: No me voy a pasar a recogerla. Así que úsala, recíclala o aprovéchala para algo.
Ella: Pues tiraré tus camisetas, bragas y calcetines sucios que has dejado de recuerdo.
Yo: Nosotras tenemos más razones para estar enfadadas contigo, así que habla con educación. Según (la casera), (la otra) tuvo que limpiar el piso el último día para que nos devolviera toda la fianza.
Ella: No tengas cara de echarme la culpa a mí porque tú te fuiste después que yo. Ya hablé con la casera y está todo arreglado. Ojalá y encuentres a una persona que sea como tú.
Yo: Cuando yo me fui estaban todas tus cosas en la habitación y el baño, así que me fui antes que tú y limpié antes de irme. Como no queremos saber nada la una de la otra, no sé para qué estamos discutiendo. No hace falta que contestes.
Ella: Las cosas no son así. No quiero quedar yo como una guarra cuando es al revés. Repito, que te vaya bien en la vida.
Llegadas a este punto, creo que es inútil hacer ganar dinero a Movistar con los sms, así que prefiero que ella siga siendo feliz en su ingnorancia. Lo que no sé es para qué me he pasado yo dos años limpiando sus pelusas, retirando sus pelos de la bañera y limpiando sus platos si luego soy una guarra. Vuelvo a mis orígenes: antes me llamaba guarra mi abuela y ahora me llama guarra una persona que ha demostrado ser amiga mía durante tres años y no conocerme.
Al menos yo sí que tengo a alguien que es como yo (según ella), una pareja que es capaz de limpiar y cocinar y hacer todo eso con cariño, aparte de darme todo el amor que necesito. Ella, sin embargo, se ha quedado con uno de los mejores pisos de Getafe (porque encima se quedó ella el piso y nos echó a las demás) pero no tiene a nadie que le enseñe lo que es la vida. Tendrá nuevas compañeras que vayan limpiando detrás de ella hasta que se cansen o hasta que ella le haga una de las jugarretas que nos hizo a nosotras. Y cuando esas mismas digan que no ven normal lo que hacen, ella seguirá creyendo que los raros somos el resto de seres humanos y que ella es limpia y normal.
Si es que hay gente pa tó. Y un misterio sin resolver... si yo me fui antes que ella y ella no ensució.. ¿de dónde salieron las bolsas de basura y las cosas puestas en medio que había cuando llego (la otra) y tuvo que estar limpiando una mañana entera? Cuarto Milenio, he aquí un desafío.
La importancia de que un coche arranque
Mi novio y yo tenemos mucho tiempo libre y, por ello, nos dedicamos a recorrer los concesionarios de Opel en busca de que alguien se responsabilice de la chapuza de coche que nos vendieron hace cinco meses. En nuestro peregrinaje hay conversaciones para todos los gustos. Los comerciales, ya se sabe, viven de su labia pero a veces les pierde y no se dan cuenta de que encima de dos tetas hay una cabeza.
Ayer por la tarde hablamos con uno de los jefes de ventas de uno de los concesionarios (me abstengo de decir cuál). El trato que nos ofrecían era cambiar nuestro coche "viejo" por otro modelo, también Opel, con la esperanza de que funcionara (y pagando la diferencia, obviamente). Reproduzco la conversación:
(V=Vendedor; Y=Yo)
V: Hola, chicos... a ver qué podemos hacer con este coche. Decidme en cuál estáis interesados.
Y: En uno que funcione.
Dos segundos más tarde, risas mediante, mi novio se aleja para hablar por el móvil. El vendedor se acerca a mí con una mirada extraña, entre burlona y amenazante...
V: ¿Qué pasa? ¿Que a ti no te gusta el coche?
Y: A ver, el coche me encanta. Me gusta por fuera, por dentro... de hecho, fui yo la que le convencí para que se lo comprara. Maldita la hora.
Después nos describe las super-ofertas que nos tiene preparadas. Con lo que mejor parados salíamos era cambiar un Corsa por un Corsa igual (ni siquiera el modelo nuevo) pero con más motor, pagando la friolera de 3000 euros (se me había olvidado decir que a mi novio y a mí también nos sobra el dinero). Ante mi estupefacción, dice...
V: Eso sí, sólo queda este que te ofrezco, lo mismo viene otro dentro de media hora y se lo vendo
("Pues que se lo lleve otro", me daban ganas de decir, "total, te lo va a devolver".) Y prosigue:
V: Es en color gris plata - y con recochineo- ¿te gusta el gris plata?
Y: Por mí como si es color amarillo fosforito, lo que quiero es que funcione. Ya sabes, ir por la carretera sin miedo a que el motor salga ardiendo y esas cosas...
Y yo me pregunto ¿por qué no me pregunta si me gusta el motor y sí si me gusta el color? ¡Si a mí lo que no me gustaba era el motor! Ni el precio...
Ya que está pronta a concluir nuestra aventura automovilística, sólo me queda daros un consejo. Cuando vayáis a compraros un coche pedid, antes que cualquier pack extraño, una característica no por obvia menos importante: que funcione. Y es que los diseñadores/fabricantes de coches los hacen muy aerodinámicos, con múltiples chismes de seguridad, con ayuda a la conducción, con asientos ergonómicos, volante deportivo y reproductor mp3, pero a veces, en su afán de perfección, se olvidan de que un coche sirve para conducir y que, para ello, tiene que:
a) gastar menos aceite que gasolina (lo cual en el caso del Corsa resulta dudoso. Consumo: cuatro litros de aceite cada 200 km.)
b) los amortiguadores deben durar algo más de cuatro meses, a no ser que se use un turismo como un todoterreno. En ese caso, desconozco el efecto.
c) arrancar. En frío y caliente. Así es la vida, señores fabricantes, un coche, para funcionar, tiene que arrancar.
Después de evaluar nuestro vehículo, seguían empeñados en que no le pasaba nada, que eran imaginaciones nuestras... ¿por qué, entonces, nos valoran el coche sólo en ocho mil euros cuando otras marcan nos lo tasan en 9500? ¿Por qué el culo del coche está torcido y ha descendido unos cuatro dedos si está descargado y los amortiguadores están al 100%?
Estas y otras preguntas quedarán en el aire porque, sinceramente, espero no tener que entrar en tratos nunca más con la Opel. Y espero que el nuevo coche que nos compremos, además de bonito (y en color azulico), funcione.
Ayer por la tarde hablamos con uno de los jefes de ventas de uno de los concesionarios (me abstengo de decir cuál). El trato que nos ofrecían era cambiar nuestro coche "viejo" por otro modelo, también Opel, con la esperanza de que funcionara (y pagando la diferencia, obviamente). Reproduzco la conversación:
(V=Vendedor; Y=Yo)
V: Hola, chicos... a ver qué podemos hacer con este coche. Decidme en cuál estáis interesados.
Y: En uno que funcione.
Dos segundos más tarde, risas mediante, mi novio se aleja para hablar por el móvil. El vendedor se acerca a mí con una mirada extraña, entre burlona y amenazante...
V: ¿Qué pasa? ¿Que a ti no te gusta el coche?
Y: A ver, el coche me encanta. Me gusta por fuera, por dentro... de hecho, fui yo la que le convencí para que se lo comprara. Maldita la hora.
Después nos describe las super-ofertas que nos tiene preparadas. Con lo que mejor parados salíamos era cambiar un Corsa por un Corsa igual (ni siquiera el modelo nuevo) pero con más motor, pagando la friolera de 3000 euros (se me había olvidado decir que a mi novio y a mí también nos sobra el dinero). Ante mi estupefacción, dice...
V: Eso sí, sólo queda este que te ofrezco, lo mismo viene otro dentro de media hora y se lo vendo
("Pues que se lo lleve otro", me daban ganas de decir, "total, te lo va a devolver".) Y prosigue:
V: Es en color gris plata - y con recochineo- ¿te gusta el gris plata?
Y: Por mí como si es color amarillo fosforito, lo que quiero es que funcione. Ya sabes, ir por la carretera sin miedo a que el motor salga ardiendo y esas cosas...
Y yo me pregunto ¿por qué no me pregunta si me gusta el motor y sí si me gusta el color? ¡Si a mí lo que no me gustaba era el motor! Ni el precio...
Ya que está pronta a concluir nuestra aventura automovilística, sólo me queda daros un consejo. Cuando vayáis a compraros un coche pedid, antes que cualquier pack extraño, una característica no por obvia menos importante: que funcione. Y es que los diseñadores/fabricantes de coches los hacen muy aerodinámicos, con múltiples chismes de seguridad, con ayuda a la conducción, con asientos ergonómicos, volante deportivo y reproductor mp3, pero a veces, en su afán de perfección, se olvidan de que un coche sirve para conducir y que, para ello, tiene que:
a) gastar menos aceite que gasolina (lo cual en el caso del Corsa resulta dudoso. Consumo: cuatro litros de aceite cada 200 km.)
b) los amortiguadores deben durar algo más de cuatro meses, a no ser que se use un turismo como un todoterreno. En ese caso, desconozco el efecto.
c) arrancar. En frío y caliente. Así es la vida, señores fabricantes, un coche, para funcionar, tiene que arrancar.
Después de evaluar nuestro vehículo, seguían empeñados en que no le pasaba nada, que eran imaginaciones nuestras... ¿por qué, entonces, nos valoran el coche sólo en ocho mil euros cuando otras marcan nos lo tasan en 9500? ¿Por qué el culo del coche está torcido y ha descendido unos cuatro dedos si está descargado y los amortiguadores están al 100%?
Estas y otras preguntas quedarán en el aire porque, sinceramente, espero no tener que entrar en tratos nunca más con la Opel. Y espero que el nuevo coche que nos compremos, además de bonito (y en color azulico), funcione.





