Recuerda, recuerda... el V de noviembre
Hay cierto anuncio de coches que habla de la pasión que los humanos sentimos por ordenarlo todo en listas. Si para mí Kill Bill (vol.1-vol2) es la mejor película que se ha hecho en los amaneceres de este siglo, V de Vendetta sería indudablemente la segunda.
V tiene tres ingredientes básicos en una obra maestra:
A de Argumento: reconozco antes que nada que no he leído el cómic (mañana mismo iré a comprarlo), pero el argumento en sí ya es más que suficiente para que rompa todos los esquemas de películas de acción y superhéroes. Quizá desde que Tim Burton reinventó a Batman, V sea el antihéroe que más simpatiza con los espectadores. En una crítica he leído que en esta película se sabe que los malos son malos pero no se sabe si el bueno es bueno. Inabarcable sería aquí hablar del fuerte contenido político del filme. Asimismo es inútil hablar de los valores universales que subyacen a la trama y que afectan a la parte irracional del cerebro, identificándonos así con el terrorista. V es de Venganza, sin duda, y lo que le diferencia del Conde Montecristo es que mi amado Conde al final se arrepiente. Personajes muy bien caracterizados y buenas interpretaciones completan este apartado.
I de iconografía: seguro que también se lo debemos a Alan Moore pero cierto es que el poder visual de un cómic no tiene nada que ver con el magnetismo del cine. V es en sí un icono y, si hablamos en términos de ficción, es él mismo quién elige ser convertido en un icono. Si Kill Bill era un estallido de amarillo sobre negro, V sangra el rojo sobre negro de una manera tan impactante que se convierte en toda una fantasía de los sentidos.
M de montaje: es curioso que no lo haya leído en casi ninguna crítica. Se habla de efectos especiales (con referencias inevitables a Matrix) y de cómo muestra la violencia (de una manera elegante y sutil) pero el montaje es prodigioso. La estructura en sí de la película da para mucho y, más que apoyarse en el montaje, se hermanan. Para mí, la secuencia de las fichas de dominó (lo digo así para no desvelar nada de la película, creo que todos me entenderéis) es cinematografía en estado puro. Me recuerda al resumen visual de Saw, pero el de V tiene mucha más fuerza ya que no sólo ayuda a aunar toda la película, sino que la hace avanzar, caracteriza al personaje, muestra un giro en la trama y es espectacularmente visual. Todo en uno, no se puede pedir más.
Espero (pues la mayoría de las críticas son favorables y si algunas no la tildan de obra maestra, como yo, es por su inevitable comparación con el cómic) que todo el mundo la tenga en consideración y opine, como yo, que V de Vendetta marca un antes y un después en el cine de ciencia ficción y rueguen, pese a que parezca contradictorio, que no se ruede una secuela, pues es una obra redonda en todos sus aspectos.
V tiene tres ingredientes básicos en una obra maestra:
A de Argumento: reconozco antes que nada que no he leído el cómic (mañana mismo iré a comprarlo), pero el argumento en sí ya es más que suficiente para que rompa todos los esquemas de películas de acción y superhéroes. Quizá desde que Tim Burton reinventó a Batman, V sea el antihéroe que más simpatiza con los espectadores. En una crítica he leído que en esta película se sabe que los malos son malos pero no se sabe si el bueno es bueno. Inabarcable sería aquí hablar del fuerte contenido político del filme. Asimismo es inútil hablar de los valores universales que subyacen a la trama y que afectan a la parte irracional del cerebro, identificándonos así con el terrorista. V es de Venganza, sin duda, y lo que le diferencia del Conde Montecristo es que mi amado Conde al final se arrepiente. Personajes muy bien caracterizados y buenas interpretaciones completan este apartado.
I de iconografía: seguro que también se lo debemos a Alan Moore pero cierto es que el poder visual de un cómic no tiene nada que ver con el magnetismo del cine. V es en sí un icono y, si hablamos en términos de ficción, es él mismo quién elige ser convertido en un icono. Si Kill Bill era un estallido de amarillo sobre negro, V sangra el rojo sobre negro de una manera tan impactante que se convierte en toda una fantasía de los sentidos.
M de montaje: es curioso que no lo haya leído en casi ninguna crítica. Se habla de efectos especiales (con referencias inevitables a Matrix) y de cómo muestra la violencia (de una manera elegante y sutil) pero el montaje es prodigioso. La estructura en sí de la película da para mucho y, más que apoyarse en el montaje, se hermanan. Para mí, la secuencia de las fichas de dominó (lo digo así para no desvelar nada de la película, creo que todos me entenderéis) es cinematografía en estado puro. Me recuerda al resumen visual de Saw, pero el de V tiene mucha más fuerza ya que no sólo ayuda a aunar toda la película, sino que la hace avanzar, caracteriza al personaje, muestra un giro en la trama y es espectacularmente visual. Todo en uno, no se puede pedir más.
Espero (pues la mayoría de las críticas son favorables y si algunas no la tildan de obra maestra, como yo, es por su inevitable comparación con el cómic) que todo el mundo la tenga en consideración y opine, como yo, que V de Vendetta marca un antes y un después en el cine de ciencia ficción y rueguen, pese a que parezca contradictorio, que no se ruede una secuela, pues es una obra redonda en todos sus aspectos.
La imagen de mi vida
Dicen que cuando vas a morir, ves pasar toda tu vida en imágenes. No se me ocurre, así a bote pronto, cuál podría ser la imagen que me identificara y, mucho menos, elegirla entre las vistas en televisión. Esto me duele especialmente cuando he perdido todas las fotografías que tenía almacenadas en el disco duro.
El nuevo programa de La Primera, La imagen de tu vida, haciendo gala de un estupendo aprovechamiento de recursos, me hizo disfrutar como una niña. No se puede imaginar un programa más sencillo (más, incluso, que Camera Café): un presentador que sólo aparece dos minutos y cincuenta imágenes en movimiento sacadas de archivo. Con este arsenal, TVE hizo, por primera vez en muchos años, algo mágico. consiguió, ni más ni menos, extraer de nuestro cerebro el jugo de la memoria.
Muchas de las imágenes se emitieron antes de que yo naciera pero reconocí la mayoría (por haberlas visto otras veces) y eché en falta algunas (habrá más programas, todos los jueves después de Cuéntame). TVE se empeña así en convertir la noche del jueves, que había sido hasta ahora la noche de los realities, en la noche de la nostalgia. A este paso, terminaremos todos con el pañuelillo blanco sorbiéndonos las lagrimillas.
Así pues, mi más sincera enhorabuena a Televisión Española por agonizar decentemente, por regalarnos una hora que yo no quería que terminara nunca, con sólo una pausa de publicidad y con ganas de ser disfrutada en familia. A veces, la televisión en estado puro (o la metatelevisión, en este caso) se hace un hueco entre la telebasura y, aunque pasará sin pena ni gloria, al menos queda el haber hecho algo original.
El nuevo programa de La Primera, La imagen de tu vida, haciendo gala de un estupendo aprovechamiento de recursos, me hizo disfrutar como una niña. No se puede imaginar un programa más sencillo (más, incluso, que Camera Café): un presentador que sólo aparece dos minutos y cincuenta imágenes en movimiento sacadas de archivo. Con este arsenal, TVE hizo, por primera vez en muchos años, algo mágico. consiguió, ni más ni menos, extraer de nuestro cerebro el jugo de la memoria.
Muchas de las imágenes se emitieron antes de que yo naciera pero reconocí la mayoría (por haberlas visto otras veces) y eché en falta algunas (habrá más programas, todos los jueves después de Cuéntame). TVE se empeña así en convertir la noche del jueves, que había sido hasta ahora la noche de los realities, en la noche de la nostalgia. A este paso, terminaremos todos con el pañuelillo blanco sorbiéndonos las lagrimillas.
Así pues, mi más sincera enhorabuena a Televisión Española por agonizar decentemente, por regalarnos una hora que yo no quería que terminara nunca, con sólo una pausa de publicidad y con ganas de ser disfrutada en familia. A veces, la televisión en estado puro (o la metatelevisión, en este caso) se hace un hueco entre la telebasura y, aunque pasará sin pena ni gloria, al menos queda el haber hecho algo original.
¿Tirante? Mejor tirarlo
Es difícil, hoy en día, hacer una película tan objetivamente mala que no tenga nada, pero nada, que merezca la pena.
Tirante el Blanco es el mejor ejemplo. Es mala, pero mala de verdad. Lo único que se me ocurre pensar es que está hecha tan mal aposta para que el espectador se crea que hasta él la puede hacer mejor.
Los actores están pésimos. Y, yo no sé si por el doblaje o porque Vicente Aranda se va quedando sordo, tienen un acento extrañísimo. Dirás... al menos quedan los desnudos. Pues te desanimo: hasta los desnudos son malos. Los personajes son poco convincentes, nada definidos... la única que se salva un poco es Victoria Abril, pero sólo un poco. Además, unos hablan en verso, otros en prosa, otros en castellano antiguo y otros en castellano del siglo XX. Una misma persona a veces se acuesta con hombres y en la escena siguiente está manoseando a mujeres. ¡Ah! El hípervaliente Tirante deja mucho que desear.
Los vestidos no están demasiado mal y los decorados son pasables, pero se nota a la legua que los fondos son de mentira. Y digo yo que para rodar en un campo con árboles (sin nada más) no hace falta complicarse la vida.
La historia, que a priori puede parecer buena, está contanda de una manera insoportablemente indefinida. Hasta los cuarenta minutos no empecé a entender de qué iba, cuál era el conflicto y todas esas cosas que se tienen que dejar claras en los diez o quince primeros minutos. Y sigo sin entender cuál es el problema si él la quería a ella y ella a él y si los padres pasaban de todo porque bastante tenían con sostener el imperio.
Luego están las batallas, que son en total, creo, dos. Rodadas con desenfoque y ralentizadas, la credibilidad va descendiendo a medida que pasa el tiempo.
Las escenas de sexo son punto y aparte. Aunque rodadas con luz sensual y musiquilla de ambiente, son tan absurdas que hacen reír. Y es que lo bueno que tiene la película es que te ríes de lo absurdo que es todo. Sólo hay que ver el ansiado polvo de la pérdida de la virginidad.
¡Y la música! Qué decir de la música. Una musiquilla estridente que se vuelve más aún cuando hablan o se miran a los ojos. La música debe enfatizar los momentos cumbre de la película, pero no todas y cada una de las miradas y todas y cada una de las palabras.
Tirante el Blanco me ha hecho recordar, sin embargo, a aquellos días lejanos, cuando teníamos doce o trece años y quedábamos todos los amigos para ver una película en casa y reírnos de todo lo que hicieran los personajes. Así, avanzábamos la acción, les poníamos voces y nos dedicábamos a buscar lo fallos ya las exageraciones del guión. Si queréis probar este divertido pasatiempo, Tirante el Blanco es perfecto para ello.
Tirante el Blanco es el mejor ejemplo. Es mala, pero mala de verdad. Lo único que se me ocurre pensar es que está hecha tan mal aposta para que el espectador se crea que hasta él la puede hacer mejor.
Los actores están pésimos. Y, yo no sé si por el doblaje o porque Vicente Aranda se va quedando sordo, tienen un acento extrañísimo. Dirás... al menos quedan los desnudos. Pues te desanimo: hasta los desnudos son malos. Los personajes son poco convincentes, nada definidos... la única que se salva un poco es Victoria Abril, pero sólo un poco. Además, unos hablan en verso, otros en prosa, otros en castellano antiguo y otros en castellano del siglo XX. Una misma persona a veces se acuesta con hombres y en la escena siguiente está manoseando a mujeres. ¡Ah! El hípervaliente Tirante deja mucho que desear.
Los vestidos no están demasiado mal y los decorados son pasables, pero se nota a la legua que los fondos son de mentira. Y digo yo que para rodar en un campo con árboles (sin nada más) no hace falta complicarse la vida.
La historia, que a priori puede parecer buena, está contanda de una manera insoportablemente indefinida. Hasta los cuarenta minutos no empecé a entender de qué iba, cuál era el conflicto y todas esas cosas que se tienen que dejar claras en los diez o quince primeros minutos. Y sigo sin entender cuál es el problema si él la quería a ella y ella a él y si los padres pasaban de todo porque bastante tenían con sostener el imperio.
Luego están las batallas, que son en total, creo, dos. Rodadas con desenfoque y ralentizadas, la credibilidad va descendiendo a medida que pasa el tiempo.
Las escenas de sexo son punto y aparte. Aunque rodadas con luz sensual y musiquilla de ambiente, son tan absurdas que hacen reír. Y es que lo bueno que tiene la película es que te ríes de lo absurdo que es todo. Sólo hay que ver el ansiado polvo de la pérdida de la virginidad.
¡Y la música! Qué decir de la música. Una musiquilla estridente que se vuelve más aún cuando hablan o se miran a los ojos. La música debe enfatizar los momentos cumbre de la película, pero no todas y cada una de las miradas y todas y cada una de las palabras.
Tirante el Blanco me ha hecho recordar, sin embargo, a aquellos días lejanos, cuando teníamos doce o trece años y quedábamos todos los amigos para ver una película en casa y reírnos de todo lo que hicieran los personajes. Así, avanzábamos la acción, les poníamos voces y nos dedicábamos a buscar lo fallos ya las exageraciones del guión. Si queréis probar este divertido pasatiempo, Tirante el Blanco es perfecto para ello.
Gente pa tó
Tras 35 minutos dando vueltas por Ciudad Real, a las 11 de la mañana, en busca de aparcamiento, diviso a lo lejos un precioso hueco entre dos vados donde, por fortuna, se podía aparcar.
Allá me dirijo rauda y veloz y aparco bien pegadita a la acera, para que no estorbara y asegurándome de no estorbar en los vados. En ese momento sale un hombre mayor del portal en el que yo estaba aparcando y me dice que no puedo aparcar ahí.
Yo: ¿Es qué hay raya amarilla y no me he dado cuenta? Aquí se puede aparcar, ¿no?
Él: Sí, pero no puedes aparcar porque me van a traer el gasoil y necesito el sitio.
Yo: Pero aquí puedo aparcar libremente, no es para residentes ni nada.
Él: Pero está en mi finca y no puedes aparcar.
Yo: ¡Ah! ¿Dónde esta el vado que no lo veo?
Él: Es que aquí no puedes aparcar porque necesito yo el sitio para descargar al gasoil.
Yo: Pues el coche se va a quedar aparcado aquí porque no hay otro sitio. Pague usted un vado y podrá utilizar esto como quiera.
Él: Anda, pues págame tú el autobús.
Yo: ¿Y eso qué tiene que ver?
Él: Voy a llamar a la grúa, que lo sepas.
Yo: Llame usted, pero no le van a hacer caso ya que el coche está bien aparcado.
Él: ¡Tienes que quitarlo de aquí o voy a llamar a la grúa!
Yo: Pues es usted un ignorante si piensa que se van a llevar de aquí el coche.
Él: ¡A mí no me llamas ignorante! Lo serás tú, que eres más joven que yo.
Ante tamaño desarrollo de argumentos razonables (léase con ironía) opté por dejar el coche bien colocadito y no retirarlo hasta por la tarde. Eso sí, a mediodía me acerqué a ver si me había roto la luna o pinchado las ruedas, porque ya se sabe que hay gente pa tó.
Allá me dirijo rauda y veloz y aparco bien pegadita a la acera, para que no estorbara y asegurándome de no estorbar en los vados. En ese momento sale un hombre mayor del portal en el que yo estaba aparcando y me dice que no puedo aparcar ahí.
Yo: ¿Es qué hay raya amarilla y no me he dado cuenta? Aquí se puede aparcar, ¿no?
Él: Sí, pero no puedes aparcar porque me van a traer el gasoil y necesito el sitio.
Yo: Pero aquí puedo aparcar libremente, no es para residentes ni nada.
Él: Pero está en mi finca y no puedes aparcar.
Yo: ¡Ah! ¿Dónde esta el vado que no lo veo?
Él: Es que aquí no puedes aparcar porque necesito yo el sitio para descargar al gasoil.
Yo: Pues el coche se va a quedar aparcado aquí porque no hay otro sitio. Pague usted un vado y podrá utilizar esto como quiera.
Él: Anda, pues págame tú el autobús.
Yo: ¿Y eso qué tiene que ver?
Él: Voy a llamar a la grúa, que lo sepas.
Yo: Llame usted, pero no le van a hacer caso ya que el coche está bien aparcado.
Él: ¡Tienes que quitarlo de aquí o voy a llamar a la grúa!
Yo: Pues es usted un ignorante si piensa que se van a llevar de aquí el coche.
Él: ¡A mí no me llamas ignorante! Lo serás tú, que eres más joven que yo.
Ante tamaño desarrollo de argumentos razonables (léase con ironía) opté por dejar el coche bien colocadito y no retirarlo hasta por la tarde. Eso sí, a mediodía me acerqué a ver si me había roto la luna o pinchado las ruedas, porque ya se sabe que hay gente pa tó.
La magistral Sombra del Viento
Si me gusta ser escritora (si es que lo soy) es por poder crear alguna vez algo como La sombra del viento, una novela que ha ingresado recientemente en la lista de novelas a las que aspiro a imitar (ver más abajo).
La sombra del viento es, más que una novela, un aliento de vida. Te absorbe de tal manera desde la primera página (literalmente) que durante las horas que dure la lectura no volverás a ser la misma. Mientras estás leyendo, te sientes más viva y más muerta a la vez. Sufres, lloras, gritas de impotencia y te enamoras; te enamoras de cada personaje, de cada rasgo que le identifica, de cada palabra que dice y de cómo la dice. Porque si La sombra del viento tiene algo es, sin duda, maestría y dominio del idioma.
Cada frase está escrita con un fino hilo de ironía y, a la vez, la prosa de Ruiz Zafón es dura y penetrante, casi increíble. Hace que la historia se escape de las líneas sobre el papel y vuele alrededor y, más que leer, se sienta su latido.
La trama es soberbia. Compararla con las muñecas rusas estaría quizá demasiado manido ya, y lo cierto es que es algo más que eso. La estructura es sorprendente. Al principio se compone de episodios breves, al estilo del Código Da Vinci (como si esta estructura no se hubiera utilizado desde el principio de los siglos) pero a medida que avanza la trama surgen más voces. Realmente, son dos vidas las que se entrelazan, pero esas dos vidas están tan surcadas de otras, más o menos importantes pero siempre deliciosas.
La sombra del viento deja un regusto amargo y un nudo en la garganta. Es el regusto amargo de las grandes historias, de las historias que son más grandes que la vida. Concebir semejante mejunje de emociones es el signo de que una novela está viva y crece y arde conforme aumenta el número de lectores. La sombra del viento no es un bestseller al uso (sin que este término resulte peyorativo, que yo soy una gran defensora de los superventes), sino un libro con alma propia. La sombra del viento es un bebé al que mimar, pero un bebé maduro que siempre sabe más que el lector.
La sombra del viento es, en definitiva, un libro que nadie debe olvidar leer al menos una vez en la vida.
No dejes de leer...
1. El Conde de Montecristo, de Alejandro Dumas
1. Los Miserables, de Víctor Hugo
1. Los Pilares de la Tierra, de Ken Follet
1. Malena es un nombre de tango, de Almudena Grandes
1. La Sombra del Viento, de Carlos Ruiz Zafón
La sombra del viento es, más que una novela, un aliento de vida. Te absorbe de tal manera desde la primera página (literalmente) que durante las horas que dure la lectura no volverás a ser la misma. Mientras estás leyendo, te sientes más viva y más muerta a la vez. Sufres, lloras, gritas de impotencia y te enamoras; te enamoras de cada personaje, de cada rasgo que le identifica, de cada palabra que dice y de cómo la dice. Porque si La sombra del viento tiene algo es, sin duda, maestría y dominio del idioma.
Cada frase está escrita con un fino hilo de ironía y, a la vez, la prosa de Ruiz Zafón es dura y penetrante, casi increíble. Hace que la historia se escape de las líneas sobre el papel y vuele alrededor y, más que leer, se sienta su latido.
La trama es soberbia. Compararla con las muñecas rusas estaría quizá demasiado manido ya, y lo cierto es que es algo más que eso. La estructura es sorprendente. Al principio se compone de episodios breves, al estilo del Código Da Vinci (como si esta estructura no se hubiera utilizado desde el principio de los siglos) pero a medida que avanza la trama surgen más voces. Realmente, son dos vidas las que se entrelazan, pero esas dos vidas están tan surcadas de otras, más o menos importantes pero siempre deliciosas.
La sombra del viento deja un regusto amargo y un nudo en la garganta. Es el regusto amargo de las grandes historias, de las historias que son más grandes que la vida. Concebir semejante mejunje de emociones es el signo de que una novela está viva y crece y arde conforme aumenta el número de lectores. La sombra del viento no es un bestseller al uso (sin que este término resulte peyorativo, que yo soy una gran defensora de los superventes), sino un libro con alma propia. La sombra del viento es un bebé al que mimar, pero un bebé maduro que siempre sabe más que el lector.
La sombra del viento es, en definitiva, un libro que nadie debe olvidar leer al menos una vez en la vida.
No dejes de leer...
1. El Conde de Montecristo, de Alejandro Dumas
1. Los Miserables, de Víctor Hugo
1. Los Pilares de la Tierra, de Ken Follet
1. Malena es un nombre de tango, de Almudena Grandes
1. La Sombra del Viento, de Carlos Ruiz Zafón
23 puntos de ORO
La trayectoria de España en el Mundial de Baloncesto no necesita comentarios: habla por sí sola.
Mago de Oz: mucho ruido y pocas nueces
Alcorcón (Madrid) sabe montárselo. Mi novio y yo fuimos ayer a los conciertos heavies del Polígono Urtinsa esperando ver a cuatro gatos disfrazados de negro. Sin embargo, estaba todo muy bien preparado. En primer lugar, entradas gratis. En segundo lugar, muchos chiringuitos de bebida (a cuatro euros el mini de cerveza) y ¡oh, sorpresa! de comida. Tercero, servicios portátiles, impecables (y con papel) a primera hora y horribles a última.
Lo mejor de todo fue que no dieron tiempo al descanso. Había un escenario grande y otro más pequeñito, a la izquierda del primero. En el pequeño, Oferta Especial y Mas calentaron al público (es la segunda vez que veo a Mas y ¡por favor, sacad ya un disco!). Después hicieron su aparición en escena los inesperados Savia (que perfectamente se podían haber quedado en su casa y lo hubiéramos agradecidos: volved con Sober o callaos).
Tierra Santa actuó inmediatamente después (inmediatamente en el sentido británico del término, es decir, que sólo los más avispados corrimos a tiempo hacia allá). Su actuación (de 11 canciones en menos de una hora) supo a poco y dejaron al público con el otra-otra en la boca, pues Mago de Oz no quería esperar. Tierra Santa mejora por momentos, se vuelve más brillante, más enérgica y evoluciona sin prisa pero sin pausa. Estos chicos harán algo grande.
Las dos horas del concierto de Mago se hicieron eternas. No sólo por las canciones horribles (por no decir amariconadas) del Gaia II, sino porque cada canción se alargaba infinitamente y diez minutos de guitarras y músicas varias no los aguanta cualquiera, salvo los ferviente fans de este grupo que, a menos que un buen Gaia III lo remedie, ya pueden ir buscando una denominación más apropiada que la de heavy. Coro de niños de San Ildefons,o o algo así, pegaría más. Mago de Oz, hacedme caso y no tiréis el dinero de esa manera. Después de haber asistido a 8 ó 9 conciertos de Mago en mi vida, he de decir que este ha sido el peor, el más aburrido y en el que la gente menos ha saltado.
Una cosa a favor de Mago diré: el decorado (una catedral, con su órgano de tubos y todo) es precioso y los efectos de luz y humo siguen siendo igual de alucinantes. Eso sí, con demasiada gente sobre el escenario, ahora que cantan a dos y hasta a tres voces.
A las tres y media nos fuimos a casa (no sé si aquello continuaría) sin poder con nuestras piernas, sin poder tocarnos las plantas de los pies (que ardían) y con el pelo lleno de tierra. Pese a Mago, mereció la pena. Y es que en Alcorcón se lo saben montar.
Lo mejor de todo fue que no dieron tiempo al descanso. Había un escenario grande y otro más pequeñito, a la izquierda del primero. En el pequeño, Oferta Especial y Mas calentaron al público (es la segunda vez que veo a Mas y ¡por favor, sacad ya un disco!). Después hicieron su aparición en escena los inesperados Savia (que perfectamente se podían haber quedado en su casa y lo hubiéramos agradecidos: volved con Sober o callaos).
Tierra Santa actuó inmediatamente después (inmediatamente en el sentido británico del término, es decir, que sólo los más avispados corrimos a tiempo hacia allá). Su actuación (de 11 canciones en menos de una hora) supo a poco y dejaron al público con el otra-otra en la boca, pues Mago de Oz no quería esperar. Tierra Santa mejora por momentos, se vuelve más brillante, más enérgica y evoluciona sin prisa pero sin pausa. Estos chicos harán algo grande.
Las dos horas del concierto de Mago se hicieron eternas. No sólo por las canciones horribles (por no decir amariconadas) del Gaia II, sino porque cada canción se alargaba infinitamente y diez minutos de guitarras y músicas varias no los aguanta cualquiera, salvo los ferviente fans de este grupo que, a menos que un buen Gaia III lo remedie, ya pueden ir buscando una denominación más apropiada que la de heavy. Coro de niños de San Ildefons,o o algo así, pegaría más. Mago de Oz, hacedme caso y no tiréis el dinero de esa manera. Después de haber asistido a 8 ó 9 conciertos de Mago en mi vida, he de decir que este ha sido el peor, el más aburrido y en el que la gente menos ha saltado.
Una cosa a favor de Mago diré: el decorado (una catedral, con su órgano de tubos y todo) es precioso y los efectos de luz y humo siguen siendo igual de alucinantes. Eso sí, con demasiada gente sobre el escenario, ahora que cantan a dos y hasta a tres voces.
A las tres y media nos fuimos a casa (no sé si aquello continuaría) sin poder con nuestras piernas, sin poder tocarnos las plantas de los pies (que ardían) y con el pelo lleno de tierra. Pese a Mago, mereció la pena. Y es que en Alcorcón se lo saben montar.





