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ALGO DE TODO
Porque no podría centrarme en una sola cosa
Acerca de
Me llamo Patricia y estudio Periodismo y Comunicación Audiovisual. Los fines de semana trabajo como maquetadora en La Tribuna de Ciudad Real. Podéis escribirme a soylaveraARROBA hotmailPUNTOcom
Sindicación
 
No es un milagro, son cojones
Ayer, 26 de mayo, volvió a renacer mi madridismo. Y es que a los chicos del basket le ocurre justo al contrario que a los del fútbol. Los jugadores del Real Madrid de baloncesto no son, seguramente, los mejores de la Liga ACB, pero le ponen empeño; los de fútbol son, teóricamente, de los mejores del mundo, y no han sido capaces de dejarse la piel en el campo.

El Real Madrid iba perdiendo 2-0 en los Playoffs de la Liga ACB; el Barcelona les había derrotado con amplia superioridad y todo se veía perdido. A primera hora de la mañana se supo que Axel Hervelle había sufrido un golpe en la cara y tenía que ser operado de urgencia, por lo que se perdería toda la final. Así, Hervelle se sumaba a las bajas de Marko Tomas, Rakocevic y Hamilton, estos dos últimos con paperas. Según decía Héctor Martínez en As.com, los cuatro jugadores lesionados aportaban el 45% de la anotación.

Ante la falta de pívots, Maljkovic se vio obligado a estrenar a Sinanovic, un chavalito de dos metros largos recién llegado al equipo y que apenas ha pasado minutos en cancha. Sinanovic fue la revelación, el único capacitado para parar a los grandullones del Barça. El Barcelona comenzó a flojear ya en el primer cuarto, cuando después de sumar 10 puntos de ventaja sobre el Madrid encajó un parcial de 16-0. El Madrid se vino arriba tras descubrir la solución a sus problemas: con los altos sólo pueden enfrentarse los más altos.

En el último cuarto, un agotado Barcelona se vio obligado a sacar toda la artillería. Williams, que había anotado la friolera de cinco triples, comenzó a perder balones y, con ello, perdió el partido. Navarro se aturrulló y los grandones empezaron a acusar la falta de coordinación.

Los árbitros hicieron lo posible para devolver al Barça al partido, por lo que pitaron una técnica a Sinanovic. Pedro Barthe, comentarista de La 2, decía: "qué fácil es pitar faltas a los jovencitos, nadie se atreve con los veteranos". Y Sinanovic, para coronar su estreno, metió un triple.

El mal juego del Barcelona complementó la asombrosa fuerza de voluntad de un equipo como el Madrid. Dicha fama no es nueva: los líderes de la parte regular de la ACB, una vez que el Unicaja aseguró el primer puesto, comenzaron a dejarse ganar para no ser los tercero y, por tanto, los primeros en enfrentarse al Madrid en los playoffs.

El domingo se juega el cuarto partido (a las 19 horas en La 2) y posiblemente un Madrid agonizante se vea obligado a volverse a casa, pero todos los madridistas nos sentiremos orgullosos de la fuerza de voluntad que han demostrado. Destacó un maravilloso juego en equipo (todo el que salió anotó) que hizo las veces de agradecimiento para la afición que los acompaña pese a las dificultades.
 
"El Código" es una novela
Esta es una columna escrita para el proyecto de un periódico de clase. Espero que os guste.

En los últimos años, la novela histórica se ha convertido en bestseller ante los atónitos ojos de los editores. El Código da Vinci no ha sido el primero. Antes estuvo la trilogía templaria de Nicholas Wilcox y, en nuestro país, la estupenda Matilde Asensi. El problema de los bestseller es que empiezan bien y terminan fatal. Hablemos de Dan Brown: cierto que Ángeles y Demonios es predecesor del famoso Código, pero su flojedad argumental asombra y su parecido con la siguiente novela salta a la vista. Y ahora llega con La Fortaleza Digital, donde ni siquiera se preocupa de consultar una guía turística de Sevilla, aunque sea en Google.

A Nicholas Wilcox le pasó lo mismo: dos novelas estupendas dieron paso a la tercera parte de la trilogía, donde ya el argumento de por sí no tiene ni pies ni cabeza. Matilde Asensi creó su primera novela, El Salón de Ámbar, con el desconocimiento propio del que no se sabe bestselleriano. Con El Último Catón, sin embargo, le dio cien mil vueltas a cualquier competidor que tuviera, situándose a la altura de la imaginación de Katherine Neville y su Ocho. Si con Iacobus dio el campanazo, la segunda parte se asemejaba más a una crónica sobre el camino de Santiago.

La imaginación es el punto fuerte de los novelistas, concepto que cobra mayor importancia si cabe en la novela histórica. Pero hay dos tipos de imaginación. Uno que nos lleva a los más recónditos lugares de la mente humana, a través de los ojos de una persona anónima con una vida inventada pero cuyo entorno histórico obedece con rigor a la realidad. Recomiendo en este sentido El Mozárabe, de Jesús Sánchez Adalid, o El Cautivo, del mismo autor.

Otra es la imaginación de Dan Brown, que tendría que someterse a revisión por dopaje, ahora que está tan de moda. Dopaje por la velocidad a la que debe escribir sus libros y dopaje por la cantidad de burlas históricas que emboban al lector. Todo esto a mí me parece bien: ojalá tuviera yo el talento de Dan Brown o, al menos, su cuenta corriente, pero los profesionales deben distinguirse por una cosa: el respeto al receptor.

Hacer que alguien se crea El Código es reírse en la cara del lector y encima forrarse. La culpa, claro está, es de tanta polémica, tanta publicidad y tanto reportaje sobre los secretos más inconfesables de la Iglesia Católica, publicidad que hace que más de uno nos neguemos en redondo a pagar cinco o seis euros por una tomadura de pelo. Nadie ha dicho abiertamente, hasta ahora, que El Código Da Vinci es, llanamente, una mentira y es que tiene que ser así para que pueda ser novela. De lo contrario, sería ensayo.

A estas alturas imaginará el lector mi sonrisa cuando el jurado de Cannes salió espantado de una sala a oscuras. Pregunto a mis amigas, incluso a las más aguerridas ateas seguidoras de misterios oscuros, y tampoco están satisfechas. ¿Qué le falta a la película, entonces, para que algo tan fantástico no funcione? Hágase una aclaración aquí: ¿qué falta para que un espectador común, tan acostumbrado a tragarse auténticos bodrios engullendo palomitas, no se crea el hilo de misterios que nos lleva a dar la vuelta a los dogmas católicos? ¿Qué falta cuando Ron Howard, creador de maravillosas películas, se estrella contra los críticos?

Pues falta más sentido común que imaginación, es decir, faltan unos personajes creíbles que tampoco el libro tenía. Y aquí está la diferencia entre el libro y la película, para los que defiendan uno u otra.
Cuando se lee un libro uno se evade de la realidad y termina por creer que él mismo está resolviendo los misterios. Cuando se está en el cine, con el bolsillo agujereado en taquilla, los actores no son de ninguna manera el espectador. Aquí actúan los mecanismos de identificación: en el libro, nadie se para a mirar de qué color es el pelo de la protagonistas; en el cine, la imaginación se diluye y nos queda Tom Hanks, que ha sido miles de personajes, Audrey Tautou, que ha sido otros cuantos, y, para colmo, un doblaje pésimo. Si no tienen presencia física y, sobre todo, cualidades morales identificables, es imposible que nos embarquemos en la investigación de misterios, sobre todo sin son los mismos que ya hemos resuelto en el libro.
 
Con toda la razón del mundo
La Dama recoge en su blog un interesantísimo artículo de Arturo Pérez Reverte que no tiene desperdicio.

¡Horror! Llevo un año paseando el curriculum y aún me quedan dos para terminar la carrera: "Su hamburguesa, gracias".
 
Síndrome postvacacional
He pasado unos días en Almuñécar (Granada) con mi novio y su familia para escapar de la queridísima feria de mi pueblo y su aglomeración de gente dándote el pésame. En Almuñécar, el tiempo se ha detenido y las piernas se han cansado. No hay nada como viajar en temporada baja, con el paseo marítimo desierto y los camareros dispuestos a llenarte la barriga sin hacerte esperar mucho tiempo. Sin que los calamares sepan a croqueta y el pulpo a jamón. Es estupendo zambullirte en la piscina sin que ningún niño se te cruce ni te den con la pelota en la cabeza. Es genial sentarte en la terraza por la noche y poder gritar y reir y hablar de lo que sea porque no hay nadie en ninguno de los apartamentos aledaños.

Y vuelta a la rutina. Personalmente, y a pesar de que llevaba sin salir de vacaciones dos años, no siento pena al volver a una casa vacía con olor a cerrado con una montaña de ropa sucia y el sabor de la sal todavía en los labios. Estoy deseando llegar a casa para descargar las fotografías en el ordenador, mirarlas una y otra vez y comentarlas. Pero ayer por la mañana llegué después de seis horas de un viaje estupendo, cantando a voz en grito con mi novio en el coche (que es realmente lo bueno de las vacaciones) y la depresión vino a mí con una rapidez asombrosa.

Al abrir la puerta veo que el número de bolsas de basura ha aumentado, que la pelusa campa por doquier, que el baño sigue pringado de maquillaje... y las casa se me cae encima. No me importan los trabajos que me quedan por entregar ni los tropecientos examenes que comienzo en quince días. Me importa tener que soportar a una compañera de piso sinvergüenza y guarra y, dados los antecedentes, tengo que dar gracias porque esta vez no ha invitado a los okupas. Me importa no saber dónde voy a vivir el año que viene y tener que echar números para entender cómo se puede pedir 300 euros por una microhabitación en un barrio asqueroso de Getafe. Me importa tener que marcharme de un piso que yo busqué y respeté y que una persona sin escrúpulos, dignidad ni ganas de trabajar campe a sus anchas sin ninguna preocupación.

En resumidas cuentas: después de todo tengo que hacer un esfuerzo para intentar ponerme al día y salvar el cuello estos examenes. Deseadme suerte.
 
La dualidad del ser
Algo se muere en el alma / cuando un amigo se va...

Esta semana he estado desaparecida porque ha muerto una de esas personas a las que consideraba amigas más que familiar. No me pierdo en detalles por respeto a la familia.

A lo que voy:

Es desconcertante, a veces, lo que llamaré la dualidad del ser. Tras horas y días eternos de hospital y de tanatorio, cualquier persona necesita liberar los pulmones, y a veces la risa es más necesaria que el llanto.

Lo bueno que tienen los funerales (si es que tienen algo bueno) es la posibilidad de volver a reunirte con aquella gente que quieres y que hace tiempo que no ves. Todos te muestran su apoyo, aunque sea con su sola presencia, en los momentos más difíciles. A todos ellos (de mi parte y de la de mi novio): gracias.

Entonces llegan los chistes. Es terrible y absurdo ver reír a la gente a carcajadas en la puerta de un tanatorio, entre vestiduras negras y lágrimas amargas. Es terrible y absurdo, pero a la vez es liberador. La risa estalla con una energía inusual y, por primera vez desde hace mucho tiempo, reímos de verdad, reímos porque nos apetece, reímos porque reír es necesario para la vida. Nada de risas falsas, de una tímida carcajada ante un chiste que no hemos terminado de entender... la conexión de la desesperación de la gente genera por fin algo positivo y no vale la pena avergonzarse de reír entre lágrimas.

A veces recuerdo a mi abuela, cuando se murió su madre (hará ya cinco años o así), pasar de la risa al llanto en uno de esos velatorios manchegos que no tienen desperdicio. Los hombres a un lado, las mujeres a otro, las más viejecitas rezando al lado del féretro, besos sonoros en las mejillas, jamoncito por aquí y por allá si se tercia y, de vez en cuando, una carcajada bien sonora.

Lina Morgan (o uno de sus personajes, años ha) decía que aburría a su amigos porque sólo conocía chistes de muertos, de los que se contaban en los velatorios del pueblo. Y no es una exageración almodovariana, es la realidad.

La vida subyace a las lágrimas y nos obliga a volver a preguntar por el presupuesto para asegurar el coche (que habíamos dejado de lado por unos días), nos obliga a llamar al trabajo para ver qué turnos nos tocan, nos obliga a volver a mirar, con monotonía, gruesos catálogos del vacaciones, nos obliga a pensar en el verano... nos obliga a olvidarnos de que la muerte puede estar a la vuelta de la esquina. Y tenemos que vivir con ello.
 
La actualidad es lo que tiene
Estos días he tenido algo de tiempo para reflexionar. Lanzaré, pues, algunas preguntas al aire. Vamos a empezar suavemente para ir creciendo en intensidad:

- El Balonmano Ciudad Real gana la Copa de Europa, ¿lo habéis visto en los telediarios de mayor audiencia? Yo no. Pero sí me he enterado que un día de estos Beckham cumplió 31 años.

- ¿Por qué se prohibe y se persigue el Botellón aduciendo razones de salud y se venera la Feria de Abril, que consiste básicamente en lo mismo? Fumar (aunque en las casetas no se pueda), beber y f...

- ¿Por qué en algunas ciudades (Ciudad Real se sumó a ellas hace 15 días) se prohibe vender alcohol (a todos excepto a bares y discotecas) a partir de las 10 de la noche? ¿Pretenden evitar el consumo entre los jóvenes o potenciarlo? Porque, que yo sepa, la mayoría de los menores salen antes de las 10 y son los mayores los que salen a partir de esa hora.

-IU dice el 2 de abril en "La Mirada Critica" (Telecinco) que "algunos sectores (por el PP) se sienten más cercanos al franquismo que a la democracia". ¿Qué pasaría si Rajoy sale mañana diciendo: "algunos se sienten más cercanos a los asesinos republicanos que a la monarquía que nos representa"? ¿Lo lincharían? Y, sin embargo, ¿es que los republicanos sólo hicieron cosas buenas? ¿Quién ha borrado, entonces, las listas con nombres de asesinados? ¿Nadie se acuerda, por ejemplo, de la prohibición de la libertad de prensa para salvaguardar la República?

-Los presos de ETA piden trato de favor. Si se formara una Asociación de Maltratadores que hayan matado a sus mujeres y que estén en la cárcel para reivindicar sus derechos e identificarse como interlocutores de un proceso de paz (al fin y al cabo, ellos se sublevaron contra unas mujeres opresoras, objetarían), ¿también cederíamos?