El instante
En un instante, dicen -y digo-, te puede cambiar la vida. En un instante la vida, así de simple, puede desaparecer.
A las 3.45 de la madrugada del domingo un coche embistió al nuestro, donde viajábamos mi novio y yo, por detrás en un tramo de la A-42 cercano a Getafe. En un instante. Recuerdo que mi novio dijo, mirando por el retrovisor: "uy, ese, cómo va..." y después el choque y las vueltas y el mundo girando alrededor y mis gritos y mi novio aferrado al volante y más vueltas y el quitamiedos y la noche y la angustia y el espacio-tiempo eternos e inasibles. Es doloroso querer agarrarte a algo y no poder. Es triste que el tiempo no te conceda esas últimas palabras que quedan tan elegantes y profundas en la pantalla grande. Si no hubiera habido suerte lo único que tendría de mi novio sería su recuerdo girando a mi alrededor.
Pero hubo suerte. Hubo suerte. No nos pasó nada. Ni un rasguño. El coche se desplazó bastantes metros hacia adelante, haciendo trompos, hasta quedarse mirando en la misma dirección. Hubo suerte. Porque era una autovía de tres carriles (lo que impidió que chocáramos con la mediana o con el quitamiedos), porque no había tráfico (lo que impidió que alguien más nos embistiera) y porque el coche que nos golpeó siguió una trayectoria distinta. Hubo suerte. Dios bendiga a la suerte.
Cuando el coche paró sólo pude preguntar a mi novio: "¿estás bien?". Era lo único que me importaba. No necesitaba que me respondiera, puesto que sabía que lo estaba. Durante todo el tiempo que estuvimos girando lo así del brazo porque no quería que se fuera, no quería que nada lo alejara de mí, no quería que se me escapara la felicidad de las manos, la felicidad que hasta el instante anterior habíamos estado viviendo.
Es curioso cómo en esas circunstancias no hace falta hablar. Mientras girábamos sabía que él estaba sintiendo lo mismo. Sin necesidad de que dijera nada, sabía que estaba haciendo todo lo posible para que yo tampoco me fuera. Sabía que quería protegerme y salvarme, pasara lo que pasara. Es curioso cómo en un instante se puede amar tanto a la otra persona, cómo puedes sentir su miedo en tu miedo y cómo se está tan segura de qué está sintiendo.
"Si te llega a pasar algo...", dijo al salir del coche, mientras vomitaba en la cuneta, y no hizo falta completar los puntos suspensivos.
A los chicos que viajaban en el otro coche tampoco les pasó nada, pese a que impactaron con la mediana. La Guardia Civil vino a ayudarnos, previa llamada al 112, y nos ayudó a señalizar y a retirar los coches y después tomó declaración a los dos conductores. El seguro mandó una grúa y un taxi, que nos llevó a casa (a más de cien kilómetros de allí) mientras nuestro coche viajaba rumbo a un taller. No sabemos qué pasará con él, el jueves nos darán una solución.
Pasamos el domingo descansando e intentando hacernos a la idea de lo que había pasado. Los nervios ya se pasaron, ahora quedan las explicaciones a los familiares, las negociaciones con el seguro y la vuelta a la conducción normal. Es inevitable sentir miedo cada vez que algún coche asoma su morro por una cochera, que una moto adelanta o que es necesario adelantar a un camión. Es inevitable sentir miedo, pero hay que seguir adelante.
Yo sólo me asombro de lo que pudo haber pasado y no pasó. Es cierto que aquel chaval no tenía que haberse tomado unas copas ni haber conducido a 160 kilómetros por hora, no tenía que haber intentado cruzar tres carriles en una autovía ni tenía que haberse despistado al calcular las distancias. Pero eso no lo podemos controlar. Podemos controlar el ahora en adelante. Y siempre que estás en la carretera, la mayoría de las circunstancias no están bajo tu control. Pero podemos contarlo. Y eso es lo que importa. Puedo contar el instante en el que me hundí en sus ojos y supe que me quería y supe quería estar a su lado, para todo. Y eso es lo que importa.
A las 3.45 de la madrugada del domingo un coche embistió al nuestro, donde viajábamos mi novio y yo, por detrás en un tramo de la A-42 cercano a Getafe. En un instante. Recuerdo que mi novio dijo, mirando por el retrovisor: "uy, ese, cómo va..." y después el choque y las vueltas y el mundo girando alrededor y mis gritos y mi novio aferrado al volante y más vueltas y el quitamiedos y la noche y la angustia y el espacio-tiempo eternos e inasibles. Es doloroso querer agarrarte a algo y no poder. Es triste que el tiempo no te conceda esas últimas palabras que quedan tan elegantes y profundas en la pantalla grande. Si no hubiera habido suerte lo único que tendría de mi novio sería su recuerdo girando a mi alrededor.
Pero hubo suerte. Hubo suerte. No nos pasó nada. Ni un rasguño. El coche se desplazó bastantes metros hacia adelante, haciendo trompos, hasta quedarse mirando en la misma dirección. Hubo suerte. Porque era una autovía de tres carriles (lo que impidió que chocáramos con la mediana o con el quitamiedos), porque no había tráfico (lo que impidió que alguien más nos embistiera) y porque el coche que nos golpeó siguió una trayectoria distinta. Hubo suerte. Dios bendiga a la suerte.
Cuando el coche paró sólo pude preguntar a mi novio: "¿estás bien?". Era lo único que me importaba. No necesitaba que me respondiera, puesto que sabía que lo estaba. Durante todo el tiempo que estuvimos girando lo así del brazo porque no quería que se fuera, no quería que nada lo alejara de mí, no quería que se me escapara la felicidad de las manos, la felicidad que hasta el instante anterior habíamos estado viviendo.
Es curioso cómo en esas circunstancias no hace falta hablar. Mientras girábamos sabía que él estaba sintiendo lo mismo. Sin necesidad de que dijera nada, sabía que estaba haciendo todo lo posible para que yo tampoco me fuera. Sabía que quería protegerme y salvarme, pasara lo que pasara. Es curioso cómo en un instante se puede amar tanto a la otra persona, cómo puedes sentir su miedo en tu miedo y cómo se está tan segura de qué está sintiendo.
"Si te llega a pasar algo...", dijo al salir del coche, mientras vomitaba en la cuneta, y no hizo falta completar los puntos suspensivos.
A los chicos que viajaban en el otro coche tampoco les pasó nada, pese a que impactaron con la mediana. La Guardia Civil vino a ayudarnos, previa llamada al 112, y nos ayudó a señalizar y a retirar los coches y después tomó declaración a los dos conductores. El seguro mandó una grúa y un taxi, que nos llevó a casa (a más de cien kilómetros de allí) mientras nuestro coche viajaba rumbo a un taller. No sabemos qué pasará con él, el jueves nos darán una solución.
Pasamos el domingo descansando e intentando hacernos a la idea de lo que había pasado. Los nervios ya se pasaron, ahora quedan las explicaciones a los familiares, las negociaciones con el seguro y la vuelta a la conducción normal. Es inevitable sentir miedo cada vez que algún coche asoma su morro por una cochera, que una moto adelanta o que es necesario adelantar a un camión. Es inevitable sentir miedo, pero hay que seguir adelante.
Yo sólo me asombro de lo que pudo haber pasado y no pasó. Es cierto que aquel chaval no tenía que haberse tomado unas copas ni haber conducido a 160 kilómetros por hora, no tenía que haber intentado cruzar tres carriles en una autovía ni tenía que haberse despistado al calcular las distancias. Pero eso no lo podemos controlar. Podemos controlar el ahora en adelante. Y siempre que estás en la carretera, la mayoría de las circunstancias no están bajo tu control. Pero podemos contarlo. Y eso es lo que importa. Puedo contar el instante en el que me hundí en sus ojos y supe que me quería y supe quería estar a su lado, para todo. Y eso es lo que importa.
Cristalino Baricco
Existen un sinfín de palabras exactas para describir algo, excepto cuando se habla de Alessandro Baricco. Tras leer Tierras de Cristal me he quedado sin palabras, puesto que él absorbe todas. Absorbe todas las palabras del mundo y las coloca de la forma exacta, precisa, de manera que puedan provocar innumerables sensaciones y profundas reflexiones. Es imposible leer a Baricco de un tirón y, sin embargo, cada línea pide continuar la siguiente. Es imposible leer a Baricco sin releer, sin fijarse en cada punto, en cada coma, en cada espacio en blanco. Es imposible leer a Baricco sin mirarse dentro. Es imposible leer a Baricco y que, después, el mundo no cambie.
Baricco es como el cristal: aparentemente transparente pero impenetrable, aparentemente eterno pero inflamable. Baricco es grande y cada una de sus obras es un cielo abierto sobre el que volar.
No cabría aquí una sinopsis de Tierras de Cristal. Es una pequeña historia creada a partir de múltiples historias que sólo en yuxtaposición parecen tener sentido. Es una galería de personajes enormes en su pequeñez, pequeños en su grandeza. Es una vía por caminar. Es una locomotora que estalla a toda velocidad. "Pero el tren.. aquello era exacto, era tiempo convertido en hierro, hierro corriendo sobre dos raíles, secuela precisa de antes y después, incesante procesión de travesaños... y sobre todo... era velocidad... velocidad. La velocidad no perdonaba".
Es imposible no remitirse a sus obras anteriores, Seda y Océano Mar. Es imposible no creer que distintas historias son al mismo tiempo la misma historia, el universo Baricco. La gran belleza. La historia sin fin. El mundo. La vida. La observación diminuta de la vida. Indescriptible. Leedlo y el mundo cambiará a vuestro alrededor.
Baricco es como el cristal: aparentemente transparente pero impenetrable, aparentemente eterno pero inflamable. Baricco es grande y cada una de sus obras es un cielo abierto sobre el que volar.
No cabría aquí una sinopsis de Tierras de Cristal. Es una pequeña historia creada a partir de múltiples historias que sólo en yuxtaposición parecen tener sentido. Es una galería de personajes enormes en su pequeñez, pequeños en su grandeza. Es una vía por caminar. Es una locomotora que estalla a toda velocidad. "Pero el tren.. aquello era exacto, era tiempo convertido en hierro, hierro corriendo sobre dos raíles, secuela precisa de antes y después, incesante procesión de travesaños... y sobre todo... era velocidad... velocidad. La velocidad no perdonaba".
Es imposible no remitirse a sus obras anteriores, Seda y Océano Mar. Es imposible no creer que distintas historias son al mismo tiempo la misma historia, el universo Baricco. La gran belleza. La historia sin fin. El mundo. La vida. La observación diminuta de la vida. Indescriptible. Leedlo y el mundo cambiará a vuestro alrededor.
PhotoEspaña 08: acto de PHE
Es el primer año que he acudido a las exposiciones de PhotoEspaña. Me gusta la idea en la que se basa porque da la oportunidad de conocer las mejores salas de exposiciones de Madrid algo que, para los que no estamos iniciados en el tema, siempre es prometedor. No sé si por ser primeriza o por mala suerte, creo que he ido a las peores exposiciones, así que mi balance no puede ser del todo positivo.
La Fábrica (en la calle Alameda) exponía la obra de Félix Curto, llamada Menonitas, fuera de la Sección Oficial del festival. Aunque pretende mostrar la vida rural de los habitantes de la Pampa Argentina (una comunidad religiosa llamada Guatraché, según leo en la web), las imágenes (de excelente calidad y brillante composición) solamente me recordaron a los anuncios de Levi's. Excepto alguna que otra fotografía, especialmente aquellas donde la inocencia de los niños contrastaba con la dureza del campo, el resto no inspiraron en mí la menor admiración.
El Instituto Cervantes, edificio imponente donde los haya, presentaba varias exposiciones diferentes, todas ellas dentro de la Sección Oficial, unidas por un mismo tema: los viajes. A continuación, las que más me gustaron:
- Pablo López captura con su cámara las imponentes selvas de America Latina y también la aglomeración de sus ciudades. Pese a que la composición de colores de las selvas de Chiapas era exhuberante, la presencia del hombre parecía interferir de alguna manera. Al contrario, en las panorámicas urbanas el hombre no estaba presente, lo cual le daba mucha más fuerza.
-Mateo López presenta en Diarios de una motocicleta una instalación donde recoge recuerdos de su viaje desde Bogotá a Medellín. Las fotografías están colgadas en folios, como si fuera la habitación del autor, y hay un tríptico gratuito que contiene toda la información como si de un cuaderno se tratara. Personalmente me gustó más este catálogo que la exposición en sí.
-Ana Paula Paiva y Fernando Martinho fotografiaron el primer año de vida de su hijo mientras viajaban por toda América Latina. En mi opinión, es la mejor exposición de todas las que he visto. Aunque algunas fotografías parecían un space personal, hay que reconocer la altísima calidad compositiva de la mayoría de ellas. Destaca la contraposición de abismos y primeros planos, de espacios planos con formas sugerentes y de la inmensidad de la naturaleza con la vida cotidiana de un bebé. La mirada de los padres cala en todas las fotografías de forma que se crea cierto magnetismo hacia la vida de estas personas.
Minerva Cuevas y Ramón Mateos presentan en la Casa de América su trabajo Interferencias. Yo no entiendo de arte. Yo no entiendo de fotografía. Pero esta obra me pareció... absurda. Me pareció un increíble desperdicio de dinero en tecnología para una cosa que no merecía la pena. Minerva Cuevas proyecta pequeñas películas sobre planetas, galaxias y animales que parecen diapositivas del colegio. Ramón Mateos expone, en una sala totalmente a oscuras y en varias pantallas pequeñas, personas cantando frente a la cámara como en un coro. Junto a ellos, una instalación de videoarte. Aunque en la web se explica la concepción artísticas de los autores, he de decir que a mí y a mi acompañante sólo nos provocó... risa.
Yasumasa Morimura es el autor de Requiem for the XX Century, obra sobre la identidad que transforma a los grandes iconos en meros disfraces donde la puesta en escena y la fuerza del discurso son todo. Aunque no lo entendí muy bien (el discurso de un hitler ficcionado era en japonés traducido al inglés), me pareció una idea interesante e innovadora, pero he de decir que tampoco me emocionó.
FNAC propuso, acorde a su imagen comercial, una exposición llamada Smoking is bad, a cargo de varios autores. En ellas aparecían personas famosas (Nick Nolte, Steve McQueen, Javier Bardem...) fumando en poses sugerentes. Apenas pude disfrutar de esta exposición, que en principio prometía, porque acababa de terminar un concierto de hiphop y los fans estaban intentado hacerse fotos con sus ídolos.
La alegría de la Plaza Colón para un partido de Eurocopa nos impidió (entre que nos revisaron la mochila, hicimos fotos a los hinchas españoles disfrazados y contemplamos los litros de alcohol derramados e ingeridos) entrar a la exposición de Eugene Smith en el Teatro Fernán Gómez. He visto las fotografías en internet y son deliciosas así que puedo decir, casi con seguridad, que hubiera sido mi preferida. Como me quedé con las ganas, sólo puedo decir que toca esperar a la próxima edición de PhotoEspaña. Para entonces, espero acertar con las exposiciones que elija.
La Fábrica (en la calle Alameda) exponía la obra de Félix Curto, llamada Menonitas, fuera de la Sección Oficial del festival. Aunque pretende mostrar la vida rural de los habitantes de la Pampa Argentina (una comunidad religiosa llamada Guatraché, según leo en la web), las imágenes (de excelente calidad y brillante composición) solamente me recordaron a los anuncios de Levi's. Excepto alguna que otra fotografía, especialmente aquellas donde la inocencia de los niños contrastaba con la dureza del campo, el resto no inspiraron en mí la menor admiración.
El Instituto Cervantes, edificio imponente donde los haya, presentaba varias exposiciones diferentes, todas ellas dentro de la Sección Oficial, unidas por un mismo tema: los viajes. A continuación, las que más me gustaron:
- Pablo López captura con su cámara las imponentes selvas de America Latina y también la aglomeración de sus ciudades. Pese a que la composición de colores de las selvas de Chiapas era exhuberante, la presencia del hombre parecía interferir de alguna manera. Al contrario, en las panorámicas urbanas el hombre no estaba presente, lo cual le daba mucha más fuerza.
-Mateo López presenta en Diarios de una motocicleta una instalación donde recoge recuerdos de su viaje desde Bogotá a Medellín. Las fotografías están colgadas en folios, como si fuera la habitación del autor, y hay un tríptico gratuito que contiene toda la información como si de un cuaderno se tratara. Personalmente me gustó más este catálogo que la exposición en sí.
-Ana Paula Paiva y Fernando Martinho fotografiaron el primer año de vida de su hijo mientras viajaban por toda América Latina. En mi opinión, es la mejor exposición de todas las que he visto. Aunque algunas fotografías parecían un space personal, hay que reconocer la altísima calidad compositiva de la mayoría de ellas. Destaca la contraposición de abismos y primeros planos, de espacios planos con formas sugerentes y de la inmensidad de la naturaleza con la vida cotidiana de un bebé. La mirada de los padres cala en todas las fotografías de forma que se crea cierto magnetismo hacia la vida de estas personas.
Minerva Cuevas y Ramón Mateos presentan en la Casa de América su trabajo Interferencias. Yo no entiendo de arte. Yo no entiendo de fotografía. Pero esta obra me pareció... absurda. Me pareció un increíble desperdicio de dinero en tecnología para una cosa que no merecía la pena. Minerva Cuevas proyecta pequeñas películas sobre planetas, galaxias y animales que parecen diapositivas del colegio. Ramón Mateos expone, en una sala totalmente a oscuras y en varias pantallas pequeñas, personas cantando frente a la cámara como en un coro. Junto a ellos, una instalación de videoarte. Aunque en la web se explica la concepción artísticas de los autores, he de decir que a mí y a mi acompañante sólo nos provocó... risa.
Yasumasa Morimura es el autor de Requiem for the XX Century, obra sobre la identidad que transforma a los grandes iconos en meros disfraces donde la puesta en escena y la fuerza del discurso son todo. Aunque no lo entendí muy bien (el discurso de un hitler ficcionado era en japonés traducido al inglés), me pareció una idea interesante e innovadora, pero he de decir que tampoco me emocionó.
FNAC propuso, acorde a su imagen comercial, una exposición llamada Smoking is bad, a cargo de varios autores. En ellas aparecían personas famosas (Nick Nolte, Steve McQueen, Javier Bardem...) fumando en poses sugerentes. Apenas pude disfrutar de esta exposición, que en principio prometía, porque acababa de terminar un concierto de hiphop y los fans estaban intentado hacerse fotos con sus ídolos.
La alegría de la Plaza Colón para un partido de Eurocopa nos impidió (entre que nos revisaron la mochila, hicimos fotos a los hinchas españoles disfrazados y contemplamos los litros de alcohol derramados e ingeridos) entrar a la exposición de Eugene Smith en el Teatro Fernán Gómez. He visto las fotografías en internet y son deliciosas así que puedo decir, casi con seguridad, que hubiera sido mi preferida. Como me quedé con las ganas, sólo puedo decir que toca esperar a la próxima edición de PhotoEspaña. Para entonces, espero acertar con las exposiciones que elija.
Distintos niños, los mismos miedos
El domingo pasado tuve ocasión de charlar con una niña de diez años. Pertenece a una familia de clase media, vive en una casa muy grande, en un pueblo, tiene un hermano pequeño y acaba de terminar, si no me equivoco, cuarto de primaria. Emplea su tiempo libre en jugar en el ordenador o con la videoconsola portátil, domina el móvil e internet, le gusta bailar y cantar y sigue entusiasmada los éxitos de High School Musical y Operación Triunfo. Tiene madera de líder, es viva y respondona, le gusta llamar la atención pero atiende a razones cuando se le explican las cosas. Como todas las niñas de su edad, de mayor quiere ser maestra, actriz y cantante.
Pertenece a esa generación de niños que ha marcado y marcará un antes y un después. Esos niños a los que todos criticamos, creyendo que han perdido los valores y que pagarán la hipoteca de sus padres hasta que sus hijos puedan pagar la suya.
He de decir que mi generación debe ser el último eslabón de "los viejos niños". Los que crecimos con el cassette y el VHS, con Oliver y Benji, Heidi y Marco en la televisión, con las canicas y el trompo en el patio. Yo he jugado descalza en las calles en verano, quemándome bajo el sol manchego, y he llamado a mis amigas de puerta en puerta para salir, mucho antes de que existiera el móvil. Yo nací en el 85, cuando ya se empezaba a vivir la incredulidad y escepticismo de los noventa y caí de lleno en la revolución tecnológica que algunos demonizan.
Me han pillado todos los cambios educativos. Llegué con doce años al instituto en la primera o segunda promoción que entraba a algo llamado Educación Secundaria Obligatoria, que casi parecía un ensayo. Mi hermano me llevaba unos años de adelanto. Por aquel entonces todavía existía aquella fantástica (en el recuerdo) serie llamada Salvados por la Campana, de la que me fascinaban sobre todo las taquillas, y que compartía mediodías con Leticia Sabater haciendo aerobic y Al Salir de Clase. Recuerdo preguntarle a mi hermano, cuando comenzó el instituto, si usaban taquillas, ese espacio mágico donde cabía de todo y que narrativamente se constituía como escenario de las más variadas tramas. Él, obviamente, me miró estupefacto y creo que ni siquiera respondió. El instituto, a nuestros diez u once años, nos parecía un mundo tan atractivo como temible del que sólo teníamos referencias por la televisión. El instituto era, sin duda alguna, mucho más que un edificio que estaba a trescientos metros del colegio.
Y sin más preámbulos os transcribo parte de la conversación. Llamaré "N" a la niña y "P" a mí misma.
N: ¿Tú cuando fuiste al instituto no tenías miedo?
P: Sí, claro que tenía, y mis amigas también. Lo que más nos preocupaba era que nos separaran.
N: Es que yo no sé con quién me va a tocar, porque cada uno va a un lado.
P: Pero cuando llegues al instituto harás nuevos amigos. Te gustará un montón porque conocerás mucha gente nueva. Y siempre puedes ver a tus amigas aunque no sea en clase.
N: Ya. Y encima tendré que ir en autobús todos los días...
P: Es muy aburrido, sí. Pero seguro que te acostumbras enseguida. Además, a mí me han dicho que es muy divertido.
N: Y... ¿te puedo preguntar una cosa?
P: Claro.
N: ¿En el instituto tenéis taquillas?
Pertenece a esa generación de niños que ha marcado y marcará un antes y un después. Esos niños a los que todos criticamos, creyendo que han perdido los valores y que pagarán la hipoteca de sus padres hasta que sus hijos puedan pagar la suya.
He de decir que mi generación debe ser el último eslabón de "los viejos niños". Los que crecimos con el cassette y el VHS, con Oliver y Benji, Heidi y Marco en la televisión, con las canicas y el trompo en el patio. Yo he jugado descalza en las calles en verano, quemándome bajo el sol manchego, y he llamado a mis amigas de puerta en puerta para salir, mucho antes de que existiera el móvil. Yo nací en el 85, cuando ya se empezaba a vivir la incredulidad y escepticismo de los noventa y caí de lleno en la revolución tecnológica que algunos demonizan.
Me han pillado todos los cambios educativos. Llegué con doce años al instituto en la primera o segunda promoción que entraba a algo llamado Educación Secundaria Obligatoria, que casi parecía un ensayo. Mi hermano me llevaba unos años de adelanto. Por aquel entonces todavía existía aquella fantástica (en el recuerdo) serie llamada Salvados por la Campana, de la que me fascinaban sobre todo las taquillas, y que compartía mediodías con Leticia Sabater haciendo aerobic y Al Salir de Clase. Recuerdo preguntarle a mi hermano, cuando comenzó el instituto, si usaban taquillas, ese espacio mágico donde cabía de todo y que narrativamente se constituía como escenario de las más variadas tramas. Él, obviamente, me miró estupefacto y creo que ni siquiera respondió. El instituto, a nuestros diez u once años, nos parecía un mundo tan atractivo como temible del que sólo teníamos referencias por la televisión. El instituto era, sin duda alguna, mucho más que un edificio que estaba a trescientos metros del colegio.
Y sin más preámbulos os transcribo parte de la conversación. Llamaré "N" a la niña y "P" a mí misma.
N: ¿Tú cuando fuiste al instituto no tenías miedo?
P: Sí, claro que tenía, y mis amigas también. Lo que más nos preocupaba era que nos separaran.
N: Es que yo no sé con quién me va a tocar, porque cada uno va a un lado.
P: Pero cuando llegues al instituto harás nuevos amigos. Te gustará un montón porque conocerás mucha gente nueva. Y siempre puedes ver a tus amigas aunque no sea en clase.
N: Ya. Y encima tendré que ir en autobús todos los días...
P: Es muy aburrido, sí. Pero seguro que te acostumbras enseguida. Además, a mí me han dicho que es muy divertido.
N: Y... ¿te puedo preguntar una cosa?
P: Claro.
N: ¿En el instituto tenéis taquillas?
De favores y otros mimbres...
Una amiga de una amiga me llamó por teléfono:
- Me ha dicho X que vas a subir mañana a Madrid… ¿te importaría llevarte un abrigo mío para descambiar? Te pilla de paso.
- Aún no sé si voy a ir. Si voy te aviso y quedamos para que me lo des.
Al día siguiente, cuando yo ya había decidido que no iba a ir, me llamó:
- ¿Vas a ir?
- He pensado que no, que tengo muchas cosas que hacer. Lo siento. No es por no hacerte el favor…
- Tranquila, no pasa nada.
Días después, X me contó que le había pedido el mismo favor y, ante su negativa, estuvo días sin hablar con ella salvo para echárselo en cara.
A partir de esta situación y otras parecidas igualmente injustas, X y yo elaboramos una serie de definiciones que, ampliadas, paso a resumir a continuación:
Un favor es algo que se pide siempre que no cause demasiadas molestias al prestatario y, si no nos lo hace, no tenemos derecho a enfadarnos. Un favor se agradece se haga o no se haga. Nunca se exige. En el caso de que no se haga, jamás (JAMÁS) lo echaremos en cara.
Si el favor merece un agradecimiento, el regalo será proporcional al favor realizado. Que cada cual juzgue qué quiere decir “proporcional”. Un regalo que la otra persona considere inferior será símbolo de menosprecio. Un regalo que considere superior puede ponerla en aprietos.
Un favor se agradece una vez, o dos, nunca más. Insistir nos hace pesados. Es mejor demostrar el agradecimiento con actos que con palabras. El prestatario nunca valorará las palabras que empleemos si después lo ignoramos cuando nos necesita.
No cuesta nada mandar un e-mail o un sms para agradecer un favor a una persona que está lejos. Nunca está de más preguntar qué tal le va y demostrar interés. No se pide un favor a personas que no nos interesan lo más mínimo; un favor tiene que ir acompañado de confianza.
Un favor se pide, nunca se hace sin una previa petición de aquel que lo desea. Nuestras buenas intenciones nos pueden llevar a hacer favores creyendo que nos lo agradecerán, pero debemos contenernos porque, de lo contrario, corremos el riesgo de que crean que intervenimos en su vida. Si hay un clima de confianza, nadie tendrá reparos en pedirnos un favor. En algunas relaciones los favores se dan por supuestos, pero nunca (NUNCA) hemos de hacer algo que no esté claramente expresado.
Cuando hagamos un favor (nos lo pidan o no) nos limitaremos al cometido del favor, no nos extralimitaremos e intentaremos abarcar otras áreas de la vida de la otra persona. Eso es control. Y a nadie le gusta que lo controlen.
Cuando hacemos un favor lo hacemos desinteresada y gratuitamente, sin esperar nada a cambio. Exigir agradecimiento no es hacer un favor, es vender un servicio. Jamás podemos echar en cara algo que hemos hecho como favor. Jamás reprocharemos que hemos hecho algo que nadie nos ha pedido. Eso es manipulación. Y a nadie le gusta que lo manipulen.
Los favores se pagan con favores. Pensadlo dos veces antes de pedir un favor, porque puede ser que lo tengáis que devolver (y con creces). En el caso de tener que devolver un favor se hará con gusto o no se hará, expresando las oportunas explicaciones.
Esto, por supuesto, en un mundo ideal. En el mundo real todos pecamos de exigentes, de desagradecidos y de idiotas, no se libra nadie (ni yo), y cada vez es más difícil arreglar enfrentamientos sencillos con el diálogo. Es muy fácil recurrir al puñetazo en la mesa o a retirar la palabra a alguien. Todos deberíamos controlarnos. Pero controlarnos no quiere decir callarnos. A veces es mejor zanjar las situaciones violentas con medidas radicales porque, como dicen, “más vale ponerse una vez rojo, que ciento colorao”.
- Me ha dicho X que vas a subir mañana a Madrid… ¿te importaría llevarte un abrigo mío para descambiar? Te pilla de paso.
- Aún no sé si voy a ir. Si voy te aviso y quedamos para que me lo des.
Al día siguiente, cuando yo ya había decidido que no iba a ir, me llamó:
- ¿Vas a ir?
- He pensado que no, que tengo muchas cosas que hacer. Lo siento. No es por no hacerte el favor…
- Tranquila, no pasa nada.
Días después, X me contó que le había pedido el mismo favor y, ante su negativa, estuvo días sin hablar con ella salvo para echárselo en cara.
A partir de esta situación y otras parecidas igualmente injustas, X y yo elaboramos una serie de definiciones que, ampliadas, paso a resumir a continuación:
Un favor es algo que se pide siempre que no cause demasiadas molestias al prestatario y, si no nos lo hace, no tenemos derecho a enfadarnos. Un favor se agradece se haga o no se haga. Nunca se exige. En el caso de que no se haga, jamás (JAMÁS) lo echaremos en cara.
Si el favor merece un agradecimiento, el regalo será proporcional al favor realizado. Que cada cual juzgue qué quiere decir “proporcional”. Un regalo que la otra persona considere inferior será símbolo de menosprecio. Un regalo que considere superior puede ponerla en aprietos.
Un favor se agradece una vez, o dos, nunca más. Insistir nos hace pesados. Es mejor demostrar el agradecimiento con actos que con palabras. El prestatario nunca valorará las palabras que empleemos si después lo ignoramos cuando nos necesita.
No cuesta nada mandar un e-mail o un sms para agradecer un favor a una persona que está lejos. Nunca está de más preguntar qué tal le va y demostrar interés. No se pide un favor a personas que no nos interesan lo más mínimo; un favor tiene que ir acompañado de confianza.
Un favor se pide, nunca se hace sin una previa petición de aquel que lo desea. Nuestras buenas intenciones nos pueden llevar a hacer favores creyendo que nos lo agradecerán, pero debemos contenernos porque, de lo contrario, corremos el riesgo de que crean que intervenimos en su vida. Si hay un clima de confianza, nadie tendrá reparos en pedirnos un favor. En algunas relaciones los favores se dan por supuestos, pero nunca (NUNCA) hemos de hacer algo que no esté claramente expresado.
Cuando hagamos un favor (nos lo pidan o no) nos limitaremos al cometido del favor, no nos extralimitaremos e intentaremos abarcar otras áreas de la vida de la otra persona. Eso es control. Y a nadie le gusta que lo controlen.
Cuando hacemos un favor lo hacemos desinteresada y gratuitamente, sin esperar nada a cambio. Exigir agradecimiento no es hacer un favor, es vender un servicio. Jamás podemos echar en cara algo que hemos hecho como favor. Jamás reprocharemos que hemos hecho algo que nadie nos ha pedido. Eso es manipulación. Y a nadie le gusta que lo manipulen.
Los favores se pagan con favores. Pensadlo dos veces antes de pedir un favor, porque puede ser que lo tengáis que devolver (y con creces). En el caso de tener que devolver un favor se hará con gusto o no se hará, expresando las oportunas explicaciones.
Esto, por supuesto, en un mundo ideal. En el mundo real todos pecamos de exigentes, de desagradecidos y de idiotas, no se libra nadie (ni yo), y cada vez es más difícil arreglar enfrentamientos sencillos con el diálogo. Es muy fácil recurrir al puñetazo en la mesa o a retirar la palabra a alguien. Todos deberíamos controlarnos. Pero controlarnos no quiere decir callarnos. A veces es mejor zanjar las situaciones violentas con medidas radicales porque, como dicen, “más vale ponerse una vez rojo, que ciento colorao”.