Desnudo integral y telepatías varias (y posdata añadida).
Fecha: Mon, 27 Jun 2005 12:32:58 +0200 (CEST)
De: "Sergi Bellver"
Asunto: tiene gracia...
Para: ********************
...porque el otro día estaba pensando justo eso, y cuando digo el otro día digo anteayer y ayer con su eco, y cuando digo justo eso digo que estaba pensando y hablándome mentalmente con esas mismas palabras (casi), si hubieras tenido unos altavoces en un puerto USB (usurpando Sergi Bellver) directo a mi cabeza hubieras oído esto:
"¿qué coño hago escribiendo en un blog que sólo leen cuatro (adorables) locos de las letras y quejándome de la bazofia que va ganando premios literarios por ahí? Tengo que escribir mi primera novela ya, la "grande" la voy a dejar madurar, para cuando tenga más tablas (te mandé un segundo sms cuando estaba pensando por quinta vez eso), porque es un poco homérica, en cuanto a trabajo y profundidad... no puedo traicionarla con la ansiedad. Ahora tengo que soltar mi serpiente bicéfala sin tregua, crear estilo, asilvestrar la voz, darle un puñetazo en el estómago, como decía Kafka, a los editores y lectores, aunque importe un carajo qué narices esté contando, pero el cómo, el cómo, el cómo... Si de veras lo necesito hacer es que soy escritor, si la jodienda de no tener ordenador lo pone difícil, vale, si lo pone imposible, es que no soy escritor. Si Joyce escribió a puño y letra su Ulises, o si Flaubert.... o si Dostoievski (no, ese tenía secretaria, él dictaba, y ella se enamoraba -literal/literario) o mis admirados Chéjov o Conrad... si Bécquer... joder, tal vez hasta el esfuerzo haga que sangre la tinta y le llegue el hedor de las heridas al lector... ¿Y si no valgo lo que creo o intuyo (porque también sé que a genio -como los anteriores- no llego)? En fin, tendré que descubrirlo, pero si escribo los post que escribo sin corregir, sin pensar, sin preparar.... no costará tanto mamar, masticar y escupir durante meses una novela al menos decente (desgraciado, si no te conformas en esas dos cosas, no te valen las novelas decentes ni las mujeres decentes, no te valen ni las novelas normales ni las mujeres normales)...
Y cuando te preguntan si eres escritor y contestas que sí pero no, y cuando te preguntan por qué no presentas algo a una editorial y dices que aún no, porque has de presentar algo defendible, sólido y aún no tienes "obra"... y... joder, si lo que tengo es miedo, sí, un poco de negro miedo, no a que un editor, o diez, o sus diez equipos de lectores "profesionales" no vean talento ni mercado en mi manuscrito... porque al final un día eso llegará, no, a lo que tengo miedo... es al día a día, porque si me pongo a escribir, será un trance, y no responderé a algunas voces, y se romperán muchos platos, y adelgazaré 10 kilos, y la novela me dejará exhausto, con el alma derramada y apenas podré recogerla con las palmas de las manos del borde de la mesa, como sal vertida... qué suerte, qué suerte, qué puta suerte....
Toca apostar, pero soy sólo yo, y solo, quien apuesta, sólo yo, y más solo, quien perderá, aunque si gano, no será solo. ¿Es que no veis que si doy el primer paso ya no hay marcha atrás? ¿Y tengo miedo de perder a personas, la cordura y el último dedo del pie que aún me queda pegado al suelo?"
Perdona tú por lo que voy a hacer, pero tengo que sacarme el sexo de los pantalones para garabatear obscenidades con tinta amarilla, hacerle un calvo al mercado, mostrar mis cicatrices, plantar mi barriga en el suelo y esperar que germine, morderle el culo a las hembras, pocas, tan pocas, que me salivan la boca sin saberlo...
Se acerca la gran ola, o me traga, me voltea y me destroza contra las piedras del fondo, o salgo volando a surfear la cresta.
Jodido, ¿no? Intenso, ¿verdad?
Te quiero más que mucho, un poco menos aún, con todo, de lo que te mereces. Te exijo hablarme así siempre, con la misma dulzura que rotundidad, con la misma lealtad de Amiga.
Sergi.
pd: ****** ****** ********* ** * * * ** * * * * **** ***** *** **** ******** **** ********* ****** * ** **** ******* ** * *****
las disculpas previas son porque según iba escribiéndote, al final, he pensado en preparar al personal para lo que este fin de semana también he estado pensando: que "Alas de albatros" se va a ver reducido a la mínima expresión, porque tengo una novela que parir. Y lo voy a hacer con este correo (preparar al personal, no engendrar la novela).
-------------------------------------------
a 29 de Junio, pd: ya he conseguido una CPU con Windows 95, teclado y ratón, me falta el monitor, si a algún amigo en Madrid le sobra uno...
Siento no darte la razón, Yamuna, porque ya sé con qué voz y desde donde contar la novela, y para eso no hace falta más; siento no darte la razón, y me encanta, no dártela, y que me hayas hablado con esa lealtad.
Y ahora, en este momento de mi vida, necesito morder, morder, morder, morder....
De: "Sergi Bellver"
Asunto: tiene gracia...
Para: ********************
...porque el otro día estaba pensando justo eso, y cuando digo el otro día digo anteayer y ayer con su eco, y cuando digo justo eso digo que estaba pensando y hablándome mentalmente con esas mismas palabras (casi), si hubieras tenido unos altavoces en un puerto USB (usurpando Sergi Bellver) directo a mi cabeza hubieras oído esto:
"¿qué coño hago escribiendo en un blog que sólo leen cuatro (adorables) locos de las letras y quejándome de la bazofia que va ganando premios literarios por ahí? Tengo que escribir mi primera novela ya, la "grande" la voy a dejar madurar, para cuando tenga más tablas (te mandé un segundo sms cuando estaba pensando por quinta vez eso), porque es un poco homérica, en cuanto a trabajo y profundidad... no puedo traicionarla con la ansiedad. Ahora tengo que soltar mi serpiente bicéfala sin tregua, crear estilo, asilvestrar la voz, darle un puñetazo en el estómago, como decía Kafka, a los editores y lectores, aunque importe un carajo qué narices esté contando, pero el cómo, el cómo, el cómo... Si de veras lo necesito hacer es que soy escritor, si la jodienda de no tener ordenador lo pone difícil, vale, si lo pone imposible, es que no soy escritor. Si Joyce escribió a puño y letra su Ulises, o si Flaubert.... o si Dostoievski (no, ese tenía secretaria, él dictaba, y ella se enamoraba -literal/literario) o mis admirados Chéjov o Conrad... si Bécquer... joder, tal vez hasta el esfuerzo haga que sangre la tinta y le llegue el hedor de las heridas al lector... ¿Y si no valgo lo que creo o intuyo (porque también sé que a genio -como los anteriores- no llego)? En fin, tendré que descubrirlo, pero si escribo los post que escribo sin corregir, sin pensar, sin preparar.... no costará tanto mamar, masticar y escupir durante meses una novela al menos decente (desgraciado, si no te conformas en esas dos cosas, no te valen las novelas decentes ni las mujeres decentes, no te valen ni las novelas normales ni las mujeres normales)...
Y cuando te preguntan si eres escritor y contestas que sí pero no, y cuando te preguntan por qué no presentas algo a una editorial y dices que aún no, porque has de presentar algo defendible, sólido y aún no tienes "obra"... y... joder, si lo que tengo es miedo, sí, un poco de negro miedo, no a que un editor, o diez, o sus diez equipos de lectores "profesionales" no vean talento ni mercado en mi manuscrito... porque al final un día eso llegará, no, a lo que tengo miedo... es al día a día, porque si me pongo a escribir, será un trance, y no responderé a algunas voces, y se romperán muchos platos, y adelgazaré 10 kilos, y la novela me dejará exhausto, con el alma derramada y apenas podré recogerla con las palmas de las manos del borde de la mesa, como sal vertida... qué suerte, qué suerte, qué puta suerte....
Toca apostar, pero soy sólo yo, y solo, quien apuesta, sólo yo, y más solo, quien perderá, aunque si gano, no será solo. ¿Es que no veis que si doy el primer paso ya no hay marcha atrás? ¿Y tengo miedo de perder a personas, la cordura y el último dedo del pie que aún me queda pegado al suelo?"
Perdona tú por lo que voy a hacer, pero tengo que sacarme el sexo de los pantalones para garabatear obscenidades con tinta amarilla, hacerle un calvo al mercado, mostrar mis cicatrices, plantar mi barriga en el suelo y esperar que germine, morderle el culo a las hembras, pocas, tan pocas, que me salivan la boca sin saberlo...
Se acerca la gran ola, o me traga, me voltea y me destroza contra las piedras del fondo, o salgo volando a surfear la cresta.
Jodido, ¿no? Intenso, ¿verdad?
Te quiero más que mucho, un poco menos aún, con todo, de lo que te mereces. Te exijo hablarme así siempre, con la misma dulzura que rotundidad, con la misma lealtad de Amiga.
Sergi.
pd: ****** ****** ********* ** * * * ** * * * * **** ***** *** **** ******** **** ********* ****** * ** **** ******* ** * *****
las disculpas previas son porque según iba escribiéndote, al final, he pensado en preparar al personal para lo que este fin de semana también he estado pensando: que "Alas de albatros" se va a ver reducido a la mínima expresión, porque tengo una novela que parir. Y lo voy a hacer con este correo (preparar al personal, no engendrar la novela).
a 29 de Junio, pd: ya he conseguido una CPU con Windows 95, teclado y ratón, me falta el monitor, si a algún amigo en Madrid le sobra uno...
Siento no darte la razón, Yamuna, porque ya sé con qué voz y desde donde contar la novela, y para eso no hace falta más; siento no darte la razón, y me encanta, no dártela, y que me hayas hablado con esa lealtad.
Y ahora, en este momento de mi vida, necesito morder, morder, morder, morder....
Rara avis en la hoguera.
Quemad en la hoguera esta noche, como hace milenios nuestros padres paganos, los muebles viejos, las penas añejas, la madera carcomida, las astillas de la desilusión y los pesares de este último año... quemadlo todo, quemad también estas páginas, que yo haré lo propio, y saltemos sobre el fuego en esta noche de San Juan, hacedlo más alto los que tenéis el mar cerca, para hacerlo también por tantos albatros exiliados como yo. Quemad las arrugas del alma... pedid un deseo a la madre tierra, y levantémonos después en el primer día del resto de nuestras vidas con la más nueva de las sonrisas...
Allá abajo se pelea por hacerse real un poema antiguo, pero tan descriptivo aún... de este momento..., que no recuerdo ya si publiqué o no en estas alas, y el cansancio no me deja buscarlo. Creo que con el tiempo he aprendido a escribir un poco mejor, he afirmado mi voluntad de progresar, he podado muchas ramas inútiles, para llegar mejor a la esencia de lo que necesito transmitir. Mis textos en "Alas de albatros" suelen ser como este, vomitados sin más, nada que ver con lo que presentaría en una editorial y casi nunca publico aquí. Este espacio tiene más de diario de bitácora de lo que se pueda pensar, mucha más desnudez de la soportable. Pero aprendo también con él para mi literatura de momento (sólo por el momento) privada.
Y sin embargo, tantos años y aún no aprendí a capear temporales emocionales. Tengo rabia acumulada y mi habitual serenidad a veces se raja y brotan rugidos de bestia acorralada. Soy tan sensible como fuerte, no son matices de un alma que se contradigan, en absoluto. Sensible quiere decir sensible, no vulnerable ni influenciable. No tiene nada que ver. Lo siento, sobre todo por mí, pero nunca seré capaz de abdicar mis deberes de albatros únicamente en la "suerte". Si el amor viene cuando uno ya hizo apostasía de esa fe, entonces sería un fraude. Uno ha de prepararse, cultivarse, esforzarse y mantenerse puro para el Amor, como el labrador adora y mima su tierra para que le de fruto.
No piense nadie que soy imbécil, monje anacoreta o corazón frío. Todo lo contrario. Claro que extraño el sabor de un sexo de mujer temblando en mi boca, el roce de la suavidad de sus glúteos o la ansiedad de su aliento en mi frente... pero ya he probado los placeres, pequeños, párvulos, medianos, enormes. Ya he transitado por muchas sendas, ya he recorrido todas (he dicho todas) las selvas del sexo, todos los desiertos del desengaño, todos los glaciares de la indiferencia, todos los mares y lagos de la sed burlada... lo que pasa es que mi destino, mi meta de camino inmenso, la mitad de mi vida, es Amar. La otra darme también escribiendo, com-partiéndo-me. Y los pilares de ese templo no llueven solitos del cielo, no sólo llueven del cielo. Hay que ir a la cantera, desollarse los hombros cargándolos, tallarlos con dedicación abnegada, destrozarlos a martillazos alguna vez, antes de rehacerlos....... soy un ave rara... y no hay nada que hacer. Ya pasé por muchos puertos como para conformarme ahora.
"¿Y si no sale bien?" me dicen sinceros amigos. Si no sale bien, prefiero que no salga un sucedáneo mezquino. Sí, es lo que hay, soy un tipo tolerante en casi todo, pero en esos dos pilares preciso, pido, anhelo y ofrezco el todo o la nada, sin medias tintas. Que sobrevivan las palomas en sus agujeros de iglesia y su plaga urbana. Yo sólo pretendo Vivir. Y mejor hacerlo ardiendo en la hoguera, si es necesario, que al resguardo de una llama de mechero.
No quiero un mundo de mentes cuadradas que se manifiestan como marionetas contra la justicia intrínseca en que todo ser humano tenga el mismo derecho a amar. Pavor en Madrid, espíritus resucitados o tal vez nunca muertos de tiempos pasados, hipocresía de cilicio y "decencia". No quiero un mundo de emociones atadas con corbata, de sueños apagados por el ruido de los caballos de un GTI, de infidelidades, sobre todo, a uno mismo. No quiero pertenecer a un rebaño universal de deleznables pastores. Pero eso no es elección mía, porque ya nací así. Y tampoco quiero en mi mundo privado y alegremente transferible (para todos vosotros en general, para Ella en particular), el amargo sabor de quien nunca perdió, porque nunca arriesgó, y nunca sintió peor derrota, que no haberse atrevido a perderlo o ganarlo todo en una sola mano. Si pierdo, que me borre el polvo de los años y de mis cenizas brote un árbol (encargaros de ello quienes ya sabéis). Si gano, me haré inmortal. Yo creo que vale la pena apostar, porque la fosa está siempre garantizada, las estrellas no.
Dios... ¿hay alguien capaz de leer todo esto sin perder la atención? Si yo mismo acabo casi ebrio al escribirlo...
-----------------------------------------------
Rara avis
Mis sueños son tablas que se tienden sobre el vacío
que construyen un puente hacia ninguna parte
crujen a mi paso anunciando grietas
se pudren con la humedad
de mis neblinas de emoción y las lloviznas de desengaños
en cualquier instante la pasarela de funambulista cederá
y al eco de mi destrucción seguirá el silencio más absoluto
Tal vez deba prender una hoguera con todos esos maderos inútiles
y dejar de indagar sobre el otro lado de las nubes
quizás permanecer en mi guarida, apagar la luz
calentarme a ese fuego que consumiría mis quimeras
desgajar de mi mente la arcilla necesaria
y cocer a fuego lento ladrillos para levantar una tapia
pintarla de gris y colgar un bonito cuadro para los días nostálgicos
y dedicar mi esfuerzo a construir todos los muros precisos
para encerrar mi esencia y ahogarla
para exterminarla y sobrevivir al tiempo sin albas
en la seguridad del pasado mañana planeado y previsto
hacer desaparecer el horizonte y el cielo
que mi ego acomodado rebote en estas cuatro paredes
que no levante su cabeza más allá del techo
ni hunda sus raíces más allá de las losas del suelo
A lo mejor si fuese listo
me convirtiera en tan pragmático albañil
y dejara de hacerme preguntas
de intuir respuestas, simplemente
esperaría sentado al porvenir
tranquilo y calculando beneficios
Pero aunque tirite encogido al final de un callejón
aunque mi paso errante se debilite
y las fuerzas me abandonen
aunque caiga derrotado de bruces en cualquier playa
aunque mis despojos sean abono de los nuevos brotes del sotobosque
aunque se derrumbe el puente volátil de tablones imaginarios
aunque caiga en espiral al desagüe del mundo
prefiero el riesgo, con tal de albergar la esperanza
de poner un día el pie al final del crujiente sendero
de pisar descalzo tierra firme y fresca
saberme en el mejor de mis presentes posibles
vivo, libre, manando mi sangre de un tintero
escribiendo mi legado en corazones de papel
y de una vez y para siempre, a tu lado
Por la más mínima posibilidad
de exprimir ese fruto, sigo soñando
que cautivo en una cáscara de barro mi cuerpo se marchita
el fluido vital se pudre en mis venas
y tú, faltas como le faltaría el sol a la mañana
como le falta el pie lozano al añoso zapato
inerte y pulido cuero condenado a no trillar los caminos
Prefiero percibir la letanía de tu respiración en la brisa
dejarme atravesar por tu saliva
cada vez que la lluvia me confiese tus secretos
sentir el cobijo de tu abrazo intenso
vestirme con tu sudor cuando el mar me sostenga
cuando las olas me susurren tu nombre
elijo la locura de saberte en alguna parte esperándome
ante la fría cordura de ignorarte y asegurar mi futuro
Elijo el presente, aquí y ahora
beso, escalofrío, espasmo, latido
certeza, miedo, luz, tinieblas exploradas
infiernos gozados, cielos vividos
vida colmada, muerte burlada
viaje perenne, regreso a casa
El mañana no me interesa si he de sacrificar el ahora
este Ibrahim no necesita dioses iracundos
ni tierras prometidas, ni ejércitos de vástagos
si ha de perderse en holocausto la sonrisa entregada y pura de un niño
que en su candor y su espontánea clarividencia aún atesora
aunque sea a veces con tenue balbuceo
el inmarcesible augurio de reinventar el mundo
Allá abajo se pelea por hacerse real un poema antiguo, pero tan descriptivo aún... de este momento..., que no recuerdo ya si publiqué o no en estas alas, y el cansancio no me deja buscarlo. Creo que con el tiempo he aprendido a escribir un poco mejor, he afirmado mi voluntad de progresar, he podado muchas ramas inútiles, para llegar mejor a la esencia de lo que necesito transmitir. Mis textos en "Alas de albatros" suelen ser como este, vomitados sin más, nada que ver con lo que presentaría en una editorial y casi nunca publico aquí. Este espacio tiene más de diario de bitácora de lo que se pueda pensar, mucha más desnudez de la soportable. Pero aprendo también con él para mi literatura de momento (sólo por el momento) privada.
Y sin embargo, tantos años y aún no aprendí a capear temporales emocionales. Tengo rabia acumulada y mi habitual serenidad a veces se raja y brotan rugidos de bestia acorralada. Soy tan sensible como fuerte, no son matices de un alma que se contradigan, en absoluto. Sensible quiere decir sensible, no vulnerable ni influenciable. No tiene nada que ver. Lo siento, sobre todo por mí, pero nunca seré capaz de abdicar mis deberes de albatros únicamente en la "suerte". Si el amor viene cuando uno ya hizo apostasía de esa fe, entonces sería un fraude. Uno ha de prepararse, cultivarse, esforzarse y mantenerse puro para el Amor, como el labrador adora y mima su tierra para que le de fruto.
No piense nadie que soy imbécil, monje anacoreta o corazón frío. Todo lo contrario. Claro que extraño el sabor de un sexo de mujer temblando en mi boca, el roce de la suavidad de sus glúteos o la ansiedad de su aliento en mi frente... pero ya he probado los placeres, pequeños, párvulos, medianos, enormes. Ya he transitado por muchas sendas, ya he recorrido todas (he dicho todas) las selvas del sexo, todos los desiertos del desengaño, todos los glaciares de la indiferencia, todos los mares y lagos de la sed burlada... lo que pasa es que mi destino, mi meta de camino inmenso, la mitad de mi vida, es Amar. La otra darme también escribiendo, com-partiéndo-me. Y los pilares de ese templo no llueven solitos del cielo, no sólo llueven del cielo. Hay que ir a la cantera, desollarse los hombros cargándolos, tallarlos con dedicación abnegada, destrozarlos a martillazos alguna vez, antes de rehacerlos....... soy un ave rara... y no hay nada que hacer. Ya pasé por muchos puertos como para conformarme ahora.
"¿Y si no sale bien?" me dicen sinceros amigos. Si no sale bien, prefiero que no salga un sucedáneo mezquino. Sí, es lo que hay, soy un tipo tolerante en casi todo, pero en esos dos pilares preciso, pido, anhelo y ofrezco el todo o la nada, sin medias tintas. Que sobrevivan las palomas en sus agujeros de iglesia y su plaga urbana. Yo sólo pretendo Vivir. Y mejor hacerlo ardiendo en la hoguera, si es necesario, que al resguardo de una llama de mechero.
No quiero un mundo de mentes cuadradas que se manifiestan como marionetas contra la justicia intrínseca en que todo ser humano tenga el mismo derecho a amar. Pavor en Madrid, espíritus resucitados o tal vez nunca muertos de tiempos pasados, hipocresía de cilicio y "decencia". No quiero un mundo de emociones atadas con corbata, de sueños apagados por el ruido de los caballos de un GTI, de infidelidades, sobre todo, a uno mismo. No quiero pertenecer a un rebaño universal de deleznables pastores. Pero eso no es elección mía, porque ya nací así. Y tampoco quiero en mi mundo privado y alegremente transferible (para todos vosotros en general, para Ella en particular), el amargo sabor de quien nunca perdió, porque nunca arriesgó, y nunca sintió peor derrota, que no haberse atrevido a perderlo o ganarlo todo en una sola mano. Si pierdo, que me borre el polvo de los años y de mis cenizas brote un árbol (encargaros de ello quienes ya sabéis). Si gano, me haré inmortal. Yo creo que vale la pena apostar, porque la fosa está siempre garantizada, las estrellas no.
Dios... ¿hay alguien capaz de leer todo esto sin perder la atención? Si yo mismo acabo casi ebrio al escribirlo...
Rara avis
Mis sueños son tablas que se tienden sobre el vacío
que construyen un puente hacia ninguna parte
crujen a mi paso anunciando grietas
se pudren con la humedad
de mis neblinas de emoción y las lloviznas de desengaños
en cualquier instante la pasarela de funambulista cederá
y al eco de mi destrucción seguirá el silencio más absoluto
Tal vez deba prender una hoguera con todos esos maderos inútiles
y dejar de indagar sobre el otro lado de las nubes
quizás permanecer en mi guarida, apagar la luz
calentarme a ese fuego que consumiría mis quimeras
desgajar de mi mente la arcilla necesaria
y cocer a fuego lento ladrillos para levantar una tapia
pintarla de gris y colgar un bonito cuadro para los días nostálgicos
y dedicar mi esfuerzo a construir todos los muros precisos
para encerrar mi esencia y ahogarla
para exterminarla y sobrevivir al tiempo sin albas
en la seguridad del pasado mañana planeado y previsto
hacer desaparecer el horizonte y el cielo
que mi ego acomodado rebote en estas cuatro paredes
que no levante su cabeza más allá del techo
ni hunda sus raíces más allá de las losas del suelo
A lo mejor si fuese listo
me convirtiera en tan pragmático albañil
y dejara de hacerme preguntas
de intuir respuestas, simplemente
esperaría sentado al porvenir
tranquilo y calculando beneficios
Pero aunque tirite encogido al final de un callejón
aunque mi paso errante se debilite
y las fuerzas me abandonen
aunque caiga derrotado de bruces en cualquier playa
aunque mis despojos sean abono de los nuevos brotes del sotobosque
aunque se derrumbe el puente volátil de tablones imaginarios
aunque caiga en espiral al desagüe del mundo
prefiero el riesgo, con tal de albergar la esperanza
de poner un día el pie al final del crujiente sendero
de pisar descalzo tierra firme y fresca
saberme en el mejor de mis presentes posibles
vivo, libre, manando mi sangre de un tintero
escribiendo mi legado en corazones de papel
y de una vez y para siempre, a tu lado
Por la más mínima posibilidad
de exprimir ese fruto, sigo soñando
que cautivo en una cáscara de barro mi cuerpo se marchita
el fluido vital se pudre en mis venas
y tú, faltas como le faltaría el sol a la mañana
como le falta el pie lozano al añoso zapato
inerte y pulido cuero condenado a no trillar los caminos
Prefiero percibir la letanía de tu respiración en la brisa
dejarme atravesar por tu saliva
cada vez que la lluvia me confiese tus secretos
sentir el cobijo de tu abrazo intenso
vestirme con tu sudor cuando el mar me sostenga
cuando las olas me susurren tu nombre
elijo la locura de saberte en alguna parte esperándome
ante la fría cordura de ignorarte y asegurar mi futuro
Elijo el presente, aquí y ahora
beso, escalofrío, espasmo, latido
certeza, miedo, luz, tinieblas exploradas
infiernos gozados, cielos vividos
vida colmada, muerte burlada
viaje perenne, regreso a casa
El mañana no me interesa si he de sacrificar el ahora
este Ibrahim no necesita dioses iracundos
ni tierras prometidas, ni ejércitos de vástagos
si ha de perderse en holocausto la sonrisa entregada y pura de un niño
que en su candor y su espontánea clarividencia aún atesora
aunque sea a veces con tenue balbuceo
el inmarcesible augurio de reinventar el mundo
Temores distintos.
Con el tiempo van mudando los abismos que uno teme, y de simples acantilados acaban por hendir el infierno hasta los sótanos que Dante no llegó a conocer. Hoy recibo en un correo de esos de "instrucción masiva", que más que el amor no correspondido duele el amor que uno no es capaz de declararle al otro por temor. No, jamás fue ese mi abismo particular. Soy un patoso albatros en tierra firme para muchas cosas, pero no para esa... no soy cobarde. Jamás lo fui ni lo seré para Amar.
Lo que sí duele de veras es perder el amor que ya fue.
Lo que cae como amargo trago en las entrañas es descubrir que el amor no lo era en realidad.
Lo que sí hiere hasta desgajarte en dos, es no vivir el amor que pudo ser, si el templo no hubiera estado ya ocupado.
Lo que desmembra el alma es no vivir el amor que prometía ser... porque antes de tiempo muere el sujeto de tus verbos soñados.
Lo que hace añicos la ilusión es ver cómo se extingue el amor, aunque sea para convertirse en querencia, en afecto sincero, en amistad incondicional...
Hace casi tres años que escribí el poema de abajo. Pensando en alguien, sintiéndolo. Hace ya mucho tiempo que estoy empezando a estar harto de que mi corazón no encuentre puerto y siga naufragando. No me lo toméis a mal, amigos, pero uno se sabe de carcasa humilde y bodegas vacías y sin embargo, sabe que podría darle a Ella el mundo entero. Y no poder hacerlo, simplemente me está destruyendo.
Poco confío en aquellos corazones que piden ser queridos, todo lo pueden aquellos que anhelan dar.
Vaya muladar es este día... necesito respirar.
---------------------------------------------
Niño asomando entre el miedo
No sé si buscaré grietas para derrumbar la casa
si inventaré terremotos de un temblor de voz
para arrasar la nueva patria
si levantaré muros de escarcha entre tu calor y mis ojos
si urdiré tramas cobardes con los hilos de la mente
para que no me ate la soga del cariño
si encontraré problemas donde se pierden los impulsos
si abortaré pasiones donde nacen las pocas verdades
que aún sobreviven
si justificaré silencios y muecas de decepción
si disfrazaré huidas de nuevos caminos
No se si buscaré grietas para derrumbar la nueva casa
pero ahora, en este instante, si me desnudo y tiro los harapos
tejidos con los años sin primavera
si dejo que el niño corretee feliz e insolente por la playa
sin importarle las botellas rotas que siembran la arena de cuchillas
disfrutando sin recato del beso del sol, el mar y el aire, entonces...
...busco ladrillos de caricias para levantar nuestra morada
me quedo a vivir en el país de tu pecho
sin más himno que tu voz ni más bandera que tu piel
me dejo abrasar por tu cariño y no me extingo ni consumo
pues tu amor es horno y mi alma pan
te susurro desde mis ojos
te grito desde mis huesos que quiero
quedarme contigo, caminar contigo
que anhelo tus labios, respirar tu aliento
devorar tu lengua, fundirme contigo
Entonces soy el nómada que agradece este "presente"
regalo y momento, y viaja a tu lado
-------------------------------------
Pero ese viaje nunca llegó a realizarse, ese regalo quedó a medias empaquetado en mi pecho, sin lazo.......
Lo que sí duele de veras es perder el amor que ya fue.
Lo que cae como amargo trago en las entrañas es descubrir que el amor no lo era en realidad.
Lo que sí hiere hasta desgajarte en dos, es no vivir el amor que pudo ser, si el templo no hubiera estado ya ocupado.
Lo que desmembra el alma es no vivir el amor que prometía ser... porque antes de tiempo muere el sujeto de tus verbos soñados.
Lo que hace añicos la ilusión es ver cómo se extingue el amor, aunque sea para convertirse en querencia, en afecto sincero, en amistad incondicional...
Hace casi tres años que escribí el poema de abajo. Pensando en alguien, sintiéndolo. Hace ya mucho tiempo que estoy empezando a estar harto de que mi corazón no encuentre puerto y siga naufragando. No me lo toméis a mal, amigos, pero uno se sabe de carcasa humilde y bodegas vacías y sin embargo, sabe que podría darle a Ella el mundo entero. Y no poder hacerlo, simplemente me está destruyendo.
Poco confío en aquellos corazones que piden ser queridos, todo lo pueden aquellos que anhelan dar.
Vaya muladar es este día... necesito respirar.
Niño asomando entre el miedo
No sé si buscaré grietas para derrumbar la casa
si inventaré terremotos de un temblor de voz
para arrasar la nueva patria
si levantaré muros de escarcha entre tu calor y mis ojos
si urdiré tramas cobardes con los hilos de la mente
para que no me ate la soga del cariño
si encontraré problemas donde se pierden los impulsos
si abortaré pasiones donde nacen las pocas verdades
que aún sobreviven
si justificaré silencios y muecas de decepción
si disfrazaré huidas de nuevos caminos
No se si buscaré grietas para derrumbar la nueva casa
pero ahora, en este instante, si me desnudo y tiro los harapos
tejidos con los años sin primavera
si dejo que el niño corretee feliz e insolente por la playa
sin importarle las botellas rotas que siembran la arena de cuchillas
disfrutando sin recato del beso del sol, el mar y el aire, entonces...
...busco ladrillos de caricias para levantar nuestra morada
me quedo a vivir en el país de tu pecho
sin más himno que tu voz ni más bandera que tu piel
me dejo abrasar por tu cariño y no me extingo ni consumo
pues tu amor es horno y mi alma pan
te susurro desde mis ojos
te grito desde mis huesos que quiero
quedarme contigo, caminar contigo
que anhelo tus labios, respirar tu aliento
devorar tu lengua, fundirme contigo
Entonces soy el nómada que agradece este "presente"
regalo y momento, y viaja a tu lado
-------------------------------------
Pero ese viaje nunca llegó a realizarse, ese regalo quedó a medias empaquetado en mi pecho, sin lazo.......
El hedor del olvido.
Los muertos, cuando aún tienen rostro, cuando aún podrían sorprender con algún susurro helado, cuando muy despacio comienza la nada a llevarse la carne en un leve rumor de fúnebres burbujas, van apestando cada vez más. Cuando a duras penas podrías reconocer a un pariente en una masa de carne tumefacta y purulenta como trozo de pan mojado en agua turbia, el hedor es insoportable, como una horca invisible que te hace salir corriendo despavorido por si su nauseabundo roce se ata a tu garganta y la corrompe.
Pero al final, cuando ya nada queda apenas de lo que fue un muerto, cuando se pulverizó el nombre en las raíces del olvido y la fauna funeraria ya abandonó sus comedores y apenas un puñado de huesos traza un garabato blancuzco en la tierra fosca... el olor desaparece, se diluye del todo en los aromas del paisaje, en amarillo de Mayo o lluvia reposada de Noviembre.
La muerte sólo apesta mientras tiene rostro... y los vivos memoria.
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"Cómo te pareces al agua, alma del hombre! ¡Cómo te pareces al viento, destino del hombre!"
Goethe
"El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos."
Shakespeare
Pero al final, cuando ya nada queda apenas de lo que fue un muerto, cuando se pulverizó el nombre en las raíces del olvido y la fauna funeraria ya abandonó sus comedores y apenas un puñado de huesos traza un garabato blancuzco en la tierra fosca... el olor desaparece, se diluye del todo en los aromas del paisaje, en amarillo de Mayo o lluvia reposada de Noviembre.
La muerte sólo apesta mientras tiene rostro... y los vivos memoria.

"Cómo te pareces al agua, alma del hombre! ¡Cómo te pareces al viento, destino del hombre!"
Goethe
"El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos."
Shakespeare
Ropas ajenas.
Safo.
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Ropas ajenas.
Me han dado unas manos de niño y un rostro sin ángulos. Cabello oscuro de olas rebeldes y tormentas al piano. La piel tiene algo de núbil aunque por algunos llanos se puebla de vello adulto. Rostro sin ángulos de sonrisa esquiva que por pura timidez (tan caduca como el hielo si le acercas la llama) te va dando la espalda, mirada turbia por lagunas insomnes y nariz entrometida con afán de payaso desventurado. Me han dado manos de niño para romper con impulso inocente algún juguete, y sobre todo para disfrazarse sin haberlo pedido. Yo no quería estas manos de niño, ni el rostro sin ángulos, que también me esconde y encripta para confundir al viajero que se cruza en mi camino.
Dicen que la cara es el espejo del alma y la mía es acaso un azogue nublado por un vaho inoportuno, porque a menudo no me reconozco, porque demasiadas veces no me reconocen. Sólo me miro en el agua mansa de mis gestos, en el mercurio veloz de mis pasiones, subiendo, subiendo... Puedo saber que me tengo delante cuando me veo en los ojos del otro. Reconozco mis paisajes cuando avanza el tren por raíles de tinta y desde las ventanillas contemplo cada piedra, colina y árbol de mí mismo en letras. No, mi rostro no es espejo de nada, ni a duras penas la mirada. Una celosía o un velo que no dejan del todo que la luz... salga.
Cuántas veces me he preguntado quién era ese tipo que usaba mi cepillo de dientes o quién demonios se estaba afeitando en mi baño. Cualquiera que pretenda descifrarme a simple vista se llevará una traducción defectuosa. Tal vez por eso escribo, por eso y por tantas otras cosas, para sembrar el mundo de espejos como un aguacero recién extinguido en un ancho camino de tierra a media tarde. Espejos de agua quieta moteando de cielos rojizos la pista que aún huele a la lluvia ausente, para que me vean de veras cuando los caminantes bajen la vista para mirarse en ellos, para que un vagabundo vea el firmamento desmenuzado en los charcos. Ya que no pueden mis gestos ni mis hechos llegar a toda las puertas, boto mi Armada Invisible hasta vuestras islas, sin ánimo de conquista pero con cierto temor al naufragio.
Me han dado manos de niño que alguna vez dibujaron y ahora pintan cuadros con estilográfica. Pero no son testigos que puedan revelarte algo si no pueden hablarte de cerca. Sólo quien estuvo en ellas y dejó amortiguar su caída y se sostuvo en los cuencos de sus palmas, quien se dejó arar la piel y sembrar el alma y la carne por las yemas de mis dedos supo alguna vez lo que el disfraz impuesto oculta. Y sólo alguna vez, porque la condena de la máscara sólo se esfuma del todo si de veras nos estábamos mirando más allá. Si al hielo le acercaste la llama.
Mis manos de niño y mi rostro sin ángulos son un regalo que nunca pedí en un sobre con la dirección equivocada. Son una mala mano y una mala cara de póquer, con apenas un par de reyes y tres cartas inútiles. No bastan para ganar la partida sin temer envidar cualquier apuesta. Bastante agotador se ha hecho el mundo y demasiado perezosas la almas para andar resolviendo acertijos y desvelando verdades enmascaradas. Por eso apenas me quedan las palabras para que alguien se asome alguna vez a quien de veras soy.
No puedo culpar a la mitad de la humanidad si nadie espera que un simple botijo guarde vino dulce o una hoguera prendida con aliento volcánico, o incluso aquello que el caminante ya olvidó que cura de la sed eterna, un poco de agua fresca. Cómo culpar a nadie si nadie espera que un martillo de juguete pueda forjar montañas o que en un sencillo y orondo botijo quepa el océano infinito, tan embravecido como sereno. No puedo, porque nos han enseñado a fuerza de repetirlo, que las cosas deben parecer lo que son. No puedo culpar a nadie porque la voz interior y sabia que no reside en la razón y sus cribas arbitrarias se nos ha dormido a casi todos a base de lecciones lapidarias. Poco importa que sigan sedientas las gargantas, quebrando vasija tras vasija, buscando el alivio sin descanso, haciéndose añicos el corazón por no hallar consuelo en cristalerías de Bohemia.
Poco importa que queden heladas las almas cuando llegan al foco de aquella columna de humo de colores, ya extinto, y sus manos intenten en vano combatir el frío removiendo cenizas. Hasta yo paso de largo por baldes de agua cristalina en mi travesía por el desierto, y alguna vez tirito en el bosque sin que los árboles me dejen ver una hoguera prendida al otro lado del río. A quién culpar si soy el más grave de todos los necios.
pd: pronto seguirá la "Cartografía erótica", en su dosis justa, pero sin medida en el afán.
Cartografía erótica (toda la serie hasta hoy).
(para valientes... , para lectores adictos, para refrescar la memoria y caldear el ambiente, y para que cuando publique los nuevos "capítulos" se anuden a la estela de los primeros. He pensado en hacerlo así, en vez de poner los enlaces hasta aquellos días, algunos ya tan lejanos, para que quien lo desee pueda deslizarse sin pausa por todos los mapas dibujados... Me deben quedar unas diez partes más, aproximadamente, por escribir).
Cartografía erótica I.
Comienza hoy una serie. He estado dudando acerca del título, "anatomía del deseo, astronomía anatómica, los mapas de la piel, la..." pero al final la intuición ha decidido por mí (es más sabia). O será que escucho (muy atento) a Franz Liszt mientras escribo esto.
También he cavilado sobre el enfoque y la tarea, vomitarlo todo desde las entrañas sin más, armar un andamio e ir adosando los textos a ese primer guión, hacer un trabajo de artesano y venir a vuestra puerta sólo cuando los párrafos estuvieran pulidos, barnizados, revisados... pero mi intuición de nuevo tomó la palabra, y volcaré en carne viva (nunca mejor dicho) mis emociones, ideas, visiones, recuerdos y anhelos. Sencillo: elijo un país del mapa de su cuerpo, vengo, y en menos de una hora (d)escribo el paisaje y sus ecos. Lo que de una hora, ni un minuto más, y puede que algún día un rato menos.
Por último (ma molto importante), no sabía si dejar que un sentido imperara sobre los demás y construir esta serie desde la vista, o si hacer un plano general, un barrido, un primer plano, una secuencia de planos cortos... empezar desde arriba, de la cabeza a los pies. Y no puedo poner orden ni concierto. Porque esto es caos bendito y melodía salvaje. Así que he decidido un enfoque "cardiocéntrico", como un Galileo de las letras que colocara el corazón de la mujer en el centro de su universo y se acercara a él desde las orillas.
Así que empezaré por las esquinas... pero antes, hoy:
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Prólogo
Sólo tengo que lanzar al mar una ristra de anzuelos sin cebo, sin trampa, que poco a poco iré pescando tu aliento y tus latidos, los peces de colores y los peces espada que irán ensartando mi corazón y mi lengua como carne humeante para tu hambre de Amor. Y me dejaré, sólo después de jugar un poco, para caldear el ambiente, que con más furia el beso es más profundo y más agotados los cuerpos son más tiernos.
No me entiendas, no me estudies, sobre todo no me juzgues, sólo mírame, tócame, come de mí hasta saciarte y descubre que el ansia crece y sólo sumergirse en ella alivia la sed, y no hay cáliz que la apague, ni ganas de someterla. Que no es meta el deseo sino camino, que no es vasallo el amante sino rey, que duele caer al suelo pero en el suelo te apoyas primero al levantarte, y buceando en tus temores hallarás tu coraje.
No hay pecado ni pasión de la que huir en el monasterio, en la cueva del asceta. Sólo son estratagemas para débiles. Débiles son los que se atan a los impulsos del cerebro reptiliano y sólo ven cópula y ganancia, posesión y trofeo, servidumbre y renta. Sí, débiles los que son esclavos de la materia. Pero débiles también los que se divorcian de la vida y rechazan su regalo, débiles los que lucen medallas celestiales de virtud, alejados del mundanal ruido y de los humores voluptuosos. Débiles si creen escuchar a Dios en los salmos y beber la sangre de la santidad en los cálices.
Mi audacia, la tuya, nuestra Verdad, está en aceptar el regalo, en adorar sin vasallaje, en reinar sin cetros. Al suelo caes y en el suelo te apoyas al levantarte. Al mundo caemos y del mundo tomaremos impulso para volar. Al alma llegaremos por las sendas del cuerpo, en el corazón habitaremos abriendo las puertas de la carne. No es el camino del exceso, no son las puertas de la huída hacia adelante, tampoco es eso, no se trata de ser bestias, ni santos, ni bohemios de postura estudiada. Se trata de reconocer lo sagrado de un beso de lenguas combativas que quieren ganar la misma guerra, juntas, contra el tiempo; lo divino de la carne tibia hiriendo la entraña ardiente para que mane la sangre de tus ojos y mi mirada vampira se la beba a tragos; y el agua de la vida en el sudor de tus muslos.
Tu placer es mi paraíso, tu indiferencia mi infierno, tu piel mi templo, tu alegría mis votos, tu pasión mi éxtasis místico, tu mente mi monasterio, tu silencio mi retiro espiritual, tu voz mi Réquiem, tu Amor mi religión y tu corazón mi único Dios. Tu cabello el cordel para ceñir mi hábito, que es la tela de tu piel que cada día tejeré a besos, tu lengua mi pan para la misa, nuestro lecho la asamblea, el néctar de tu sexo el vino de mis comuniones diarias. Tus labios mi biblia en verso y en beso, tus pechos los obispos de mis manos, a los que juran obediencia, tus nalgas la ascesis de mis dientes y tu sonrisa la expiación de mis miserias, el Génesis de este albatros.
Tus brazos, el hueco entre tus clavículas, tus mejillas, tu ombligo, tu nuca y el botón entre tus labios mojados, ese que abre las puertas de los infiernos de Dante, pero para que salga Beatrice y vuelvan a volar... tu barbilla, y por todas las células de mi ser... tus ojos, no son otra cosa que mis Mandamientos.
Que me excomulguen si los quebranto, que hago apostasía de todos los becerros de oro que sojuzgan a los humanos.
Llegar al Todo y ser inmortal por Amarte. ¿Es que no lo ves? Si lo hago desde siempre...
Sólo espero tu Revelación, Amor, que en mayúscula hay que escribirte si otros la ponen para su dios.
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Cartografía erótica II.
Deliberadamente iré dejando el gorro cónico de la maga para los últimos episodios de esta serie, la quinta esquina, donde residen los espejos.
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Los vértices de una estrella. Parte 1ª (tus pies).
Hoy me acerco desde la hierba, como una serpiente amable que quisiera enroscarse a tus tobillos, como Luzbel antes del destierro, para ir mojando tu piel con la neblina del deseo.
Son tus pies las gotas que llueven desde tu mundo a mi país, cuando caminas sin intención y distraída en el zoco, dejando que los aromas de las especias o los rumores de las telas guíen tu extravío.
Son tus pies las baquetas que hacen del salón un escenario y levantan el antiguo espíritu de motorista que me habita, entre ala y ala, y el redoble me incita a deslizar mis manos falda arriba y derramar mi mirada hacia tus tacones.
No pueden ser tus pies aquellos de largos dedos angulosos y pulgares casi prénsiles, como los nativos de las islas Andamán, al oriente del golfo de Bengala. No son esos primitivos pies de ave rapaz que afean las sandalias, ni esos otros oprimidos, como pies de anciana china, fracturados por capricho. No son esclavos de modas borgoñonas y medievales, ni esos arcos tortuosos que disparan flechas contra la estética. Ni tiene tus pies esos dedos de espátula, de ranita, de maza o de manopla.
La cultura los ha sometido (vuelvo a China) a torturas, a devaneos con el absurdo, porque no aceptamos que nos señalen con el dedo... del pie. De mal gusto en Oriente. Como todo lo que estropeamos. Hay que regresar a la pureza de lo natural, pero sin dejar la elevación de una estética en equilibrio por el camino.
Sólo en esencia, tan sencillos y amistosos como los pies de un Hobbit, amantes de la campiña, descalzos y libres. Pero tan delicados como un cristal de Swarovski. Cuidados como Egipto mimaba la piel de sus doncellas y sacerdotes.
Tus pies son flores de loto en la corriente, que te traen hasta mí, que se extravían por los caminos con alevosía, que rematan cumbres nevadas y pierden la cuenta de las calles de París o los adoquines de un pueblo dormido en los siglos, que en las aceras se ríen con nocturnidad y alegría.
Bombean cansancio al llegar a casa, embutidos en cuero, y los baño como un carpintero palestino. Pies helados de mujer que se acurrucan en mi jersey, entre mis piernas bajo las sábanas, o que se derriten en mi boca por el aliento que te adora, para calentarse.
Pies breves, de seda y mármol al sol en el empeine, de guijarros en el tobillo, de chocolate blanco en las yemas de tus deditos. Pies de trigo de agosto. Aprenderé por ti reflexología esperando que tu aprendas masajes thais para hacer crujir mis vértebras con ellos.
Les regalas libertad en la hierba, descalzos, o entre la arena y las olas del mar, posados en un puf de Marrakech o en mi lengua traviesa.
Asoman en sandalias ibicencas, bajo la mesa, oscilan en el aire, piernas cruzadas, juguetones como el tic tac de una bomba de relojería a punto de estallarme en el pecho. Se doran en largas caminatas por la playa. Se visten de tacones como si fueran lencería podal, y a ti te encanta, sumergirte en botines que acarician la piel y la vista y rasgan el bolsillo. Cintas que serpentean por tus tobillos, todo como una sonrisa sin abrirse o una mirada sin moverse.
Tobillos para abarcarlos con mis manos, al quitarte los zapatos o al sujetarte mientras nos mezclamos a embestidas y jadeos, cara a cara. Basamento de los pilares de tu templo, de mi altar, firmes, firmes, porque, Amor mío, lo que más me hace adorar tus pies, es la manera en que pareces utilizarlos con desdén, nadie sabría decir si deliberada o inocentemente... para caminar. Los adoro porque te traen a mí.
Al acercarte no flotas, no te contoneas, no avanzas en línea recta, no andas, en realidad. Cuando vienes, te me regalas, simplemente.
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Cartografía erótica III.
Los vértices de una estrella. 2ª parte (tus manos).
Me tiendes tus manos y se despliegan mis alas. Las hundes en la tierra mojada y brotan los rosales, perfumados e insolentes, hermosos, y todas tus lágrimas, dulces por rebosar alegría o amargas por las pérdidas, vacilan en cada espina, antes de caer.
Diez gotas de rocío que me apuntan, como si yo fuera el ojo del que lloraron. Diez dagas que laceran la carne ardiente de mi espalda, diez colmillos de felina en celo hienden su nácar y hacen presa en mis nalgas. No son rojas previsibles, ni afiladas, ni tampoco romas, ni cuadradas, y por lo más sagrado, no son las huellas de la incursión en la despensa de un roedor compulsivo.
Diez peinetas de halo francés y diez medias lunas que sonríen en la nuca de tus yemas. Las de tus dedos.
Los que me estremecen al sembrar caricias en mi paisaje, los que al tacto me susurran tu deseo. Tus dedos como juncos en la laguna, entre los que me escondo para despistar al tiempo cazador, cuando el albatros se halla lejos de mar abierto. Diez báculos de sedoso pulido para apoyar mi alma cansada al caminar. Anzuelos articulados que someten mi voluntad si me señalan, si tiran de mí para acercarme a tu boca.
Diez varitas mágicas para hacerme sonreír en la penumbra y buscarle las cosquillas a mi alma. Esqueleto elegante del paraguas bajo el que nos guarecemos de la mediocridad del mundo y te beso el oído. Los dedos de tus manos, armazón del abanico invisible que abres y corvas con gracia andaluza, cuando gesticulas al hablar sin hablar.
No son tus manos cofres avaros ni garras hurañas. Ni orondas estrellas de mar de gruesos brazos, ni abejas obreras de lomos alfombrados... y aguijones traicioneros.
Sólo tus manos saben sustentar mi emoción como chamanes que elevan su ofrenda a los espíritus del bosque lluvioso. Sólo ellas me salvan del naufragio y me arrastran hasta tu playa, y yo me dejo, hechizado. Porque son manos de maga. Centellean por nuestro cielo privado en espirales invisibles que sellan el sortilegio. Sobre la mesa de mármol de un café antiguo, cuando reposan sobre el dorso de las mías o dejan que mi pulgar cuente los poros del tuyo. Cuando buscan mi hombro en la oscuridad del cine. Tus manos me pueden.
Me puede sentirlas en la sien mientras me observas, cuando aún me crees dormido y un leve indicio en la comisura de mis labios me delata. Y su azote en mi espalda hace estallar las risas. Me puede contemplarlas tomando un libro, como quien sujeta un cazo de agua para que reviva el sediento. Evocarlas cuando estás lejos, mientras me escribes una carta o compones un mensaje en la pantalla de tu móvil para mí, alguno que improvise alegrías en mi rostro, por saber que me llevas contigo.
Me gusta fijarme, sin que parezcamos darle importancia, en cómo abordas el pie de una copa de vino con delicadeza, en cómo tus manos parecen pirámides doradas cuando deslizas un sobre en el buzón para derribar distancias con la gente que quieres y se tornan deliciosamente nerviosas al recibir respuesta. Porque tus manos aún escriben cartas, y pelan manzanas, y cortan tomates con amor, y acarician perros desconocidos, y recogen conchas en la playa...
Manos suaves y gráciles que danzan como el fuego en la hoguera, como los copos en la nieve. Y me quemas, y me hielas. Las imagino ensangrentadas, exhaustas y felices si un día acogen contra tu pecho un fruto más (que otros mil campos distintos cuajados de semillas no tendrán nombre) de nuestro Amor, si decide madurar de ese modo en tu vientre.
No lloveré sobre mojado para decirte como todos que "tienes manos de pianista", aunque sea cierto, porque sí, son elegantes como un guante y sensuales como una media, pero tus manos son de pianista, sobre todo, y ellos no lo saben, porque saben mimar las teclas de nuestra vida para interpretar la más bella de las sonatas.
Las adoro cálidas cuando recorren mi piel bajo las sábanas, a escondidas del mundo, como hacen los niños en sus juegos más tiernos. Las amo tibias cuando amasan mi cansancio de hombro a hombro. Las adoro también heladas cuando te dejas los guantes en casa y se abrigan con las mías, o buscan refugio en mis bolsillos, porque así me dejan ver el cariño en tu suspiro.
Me agitan entero, en cuerpo y alma, cuando buscan mi sexo con ansia, frente y frente tocándose, miradas de puertas entreabiertas que casi se besan y tú arrancándome el deseo, que crece allí abajo, aquí dentro, Amor.
Tus manos me acarician lo más hondo del alma cuando desaliñan mi cabello al notar las mías aferradas a tus caderas o tus senos, mientras la pasión pierde los frenos y nos ata desde la base de la columna, electrizada por congelar el tiempo entre los dos. Me pueden tus manos, frotando mi espalda en el abrazo inmenso al decírmelo sin decirme que me quieres.
Me deshacen cuando abarcas mi rostro como dos postigos a una ventana (por la que te asomas a mi alma) y me miras como tú sólo sabes... y mi corazón se hace lava, y se vuelca en las palmas de tus manos, que me van quemando dulcemente, como a un leño deseoso de ser hogar.
Tus manos cuando te das, con la fuerza de tu nobleza, cuando te despides desde la ventanilla del tren o al saludar antes de que el semáforo se ponga en verde, cuando ya me viste desde la otra acera.
Tus manos al adecentar las solapas de mi chaqueta justo antes de llamarme desastre y abrazarme, ya sabes, Amor, esas manos de selva que como lianas se entrelazan con las mías o atrapan mi nuca al besarnos.
Ellas hablan de ti, y en las lineas de su anverso acogedor se trazan las sendas de tu Vida, de tu Amor, y del destino, revelan nuestro viaje, de la mano, siempre de la mano, por el mundo.
Ellas, sin pretenderlo, hablan de ti, jugando con el aire y mis latidos como el sol se cuela entre los árboles para darle vida al sotobosque.
De tus manos recibiré todos los días el mejor Regalo de mi Vida.
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Cartografía erótica IV.
Las columnas del templo. Parte 1ª (tus piernas).
Sé que los años irán ajando tus piernas, grabando desde dentro rayos verduzcos al son de tus canas. Sé que unas veces la pereza y otras la circunstancia cosecharán ahí malas hierbas, de arriba a abajo. Pero amaré tus piernas. De seda o fatigadas, de curvas tibias o de tibias cansadas. Sojuzgarán mi voluntad (y yo tan ancho como el Pacífico) depiladas, como jónicas de mármol al sol del Egeo, pero Amaré tus piernas incluso en esos días que las cuides menos, y aún más en esos años que la vida las desatienda, porque también seguirán siendo las olas que te trajeron a mi playa. Porque serán siempre los pilares del templo, Señora Mía.
En senderos, entre montañas, en las aceras, escalones arriba.
En el café, en la penumbra artificial de un lounge de moda... me miras sentada desde el otro lado y cruzas tus piernas y haces de ellas un lazo alrededor de mi cuello, y soy mastín, y desaparece el mundo a mi alrededor y me empuja el vértigo desde abajo, y me tiendes con los ojos el cazo de agua entre el anverso de tu rodilla y la incierta curva turgente y hendida que va camino de tus caderas, bajo el vestido...
La luz de una lámpara en el salón, o la corola amarilla de etéreas flores nocturnas en los faroles, iluminarán senderos de plata, desde tu rodilla al tobillo, con medias o sin ellas, como un rayo de sol sumergido en el mar centellea súbitamente en el costado de un tiburón. Y yo feliz de ser albatros a la deriva en ese océano, para caberte entero cuando vengas a devorarme. Come niña, que soy tuyo. Dame amor, que eres mía. Dame la miel compacta de tus gemelos, curva jugosa y magra de esa carne tuya que despierta mi instinto caníbal. Dije que soy mastín, sí, que no perrito faldero, y mira que me gustan tus faldas, pero soy dueño y señor de mis apetitos.
Encuentro mi reposo en los pilares de tu pureza. Huecos en piedras gastadas por la lluvia de un jardín zen se forman cuando abro tus piernas despacio con las mejillas, entre tu sexo y la primera corva de tus muslos. Justo ahí, en esa fina cavidad, tu piel se hace un poco bronce y en esa marmita hierve mi bálsamo preferido. Huecos en carnes gastadas para mi saliva junto a un jardín versallesco. El muslo se va haciendo alfil camino de tu rodilla y mis manos suben y bajan, caminan y ruedan por la colina. De nuevo la carne tiembla y mis dientes rugen. Jaque mate.
Rodillas hundidas que no vencidas, en una lobera de sábanas sudadas. Rodillas en cuatro y las mías en siete, reinas de alcoba, mientras me hago nido entre tus ingles y el arco tensado de mis piernas va clavando saetas contra tus relojes de arena mojada.
Recordaremos, atados por las piernas desnudas bajo una manta, en el sofá y con música de Satie, o de Saint Germain, o de aguaceros en la ventana, cuando subieron desde tus tobillos, frescos como piedra sombría en verano, mis manos de niño que todo lo exploran, que todo lo entregan. Cuando te hablaba al oído, pegados los labios, respirando tu cabello, y mi voz ardiéndote dentro, y mi aliento quemándote fuera, y mi mano en tu muslo, por fuera y por dentro, y la otra en la cintura, tan elegante esta, tan lasciva la otra. Nos van a pillar me dices, te comeré el corazón te susurro, en el concierto, la cena o la fiesta. Bajo tu falda llego al encaje y al raso, y hago ver que dudo en la frontera y me retiro. Sólo para tomar impulso y multiplicar tu deseo. Cambia el tacto de tus piernas, están todos en esa región de tu país de piel salada. Seda, arena dura para mis huellas, tul, velas… Regreso a las puertas. Me detengo en la aduana del minúsculo festón de encaje de tu medio tanga y se moja mi dedo en tus anhelos.
Me encanta mojarte aún vestidos y que te azores un poco, sólo un poco, antes del arrebato, preludio a la tormenta de lava desde tus labios. Antes de que el arranque de tus piernas aprese mi mano al ardor de tus muslos de pan, antes de que me pidas, y me exijas. De que te gires y me atraviese tu mirada y me muerdas el alma y me la beses. Ay, que no sé si soy más feliz por mojarte vestida (sean mis manos o sean mis palabras al oído que no cesan, ni en su silencio más oscuro) o por el augurio de secarte a lametones el deseo en casa dentro de un rato. Piernas arriba, muslos adentro, de abajo a arriba, gota a gota.
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Cartografía erótica VI.
Quien aún recuerde esta serie, lo que tendría mérito, pues la abandoné en el desván un once de Noviembre, me estará regañando, porque me he saltado un episodio, "Cartografía erótica V. Las columnas del templo. Parte 2ª (tus brazos).", y es que, lo creáis o no, por el efecto que produce en mí, por lo inasible de la sensación, lo dejo para otro día. Sucederá lo mismo con los ojos, aunque estos vendrán mucho más tarde, allá por el XIV o XV. Sus brazos en mi retina... demasiado etéreo para guardarlo en un frasco de palabras si uno no tiene el día inspirado (o la semana, o el mes, o... que ya dije que tengo la líbido lesionada).Otro propósito que espero cumplir a partir de ahora, es la brevedad, sin dejar de ser fiel a la intensidad. Conociéndome, será difícil no girar y girar como peonza, una vez voy lanzado. Veremos qué sale (disculpad, es que me he releído y me ha entrado la risa).
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Cartografía erótica VI.
Las dulces puertas del infierno. Parte 1ª (tu sexo).
Prólogo rescatado (y re-comentado) de un comentario antiguo en Astrópolis:
"La diferencia entre rehusar la invitación que dos muslos en V hacen a mi traviesa boca o devorar cual león tras Ramadán felino el sexo de una mujer la marca, entre otras cosas (y siempre bajo el mandato del deseo) el vello púbico.
Las selvas en ese caso me provocan rechazo frontal (y paradójicamente lo púbico entonces se hace público, lo furtivo fútil, y lo mágico banal).
Totalmente rasurado me dan un punto infantil que no me acaba de gustar, aunque entre un extremo y otro, elijo el segundo (siempre es mejor la piel que los espinos, que no cercan más que un beso a medias).
Lo crean algunos o no, no todos los genitales femeninos, como los masculinos, son iguales. Hay orquídeas (cuando los labios ensayan trabalenguas y las lenguas se traban dichosas en los labios), repollos (de capas circulares como en un extraño acertijo circense), trincheras (cuando, sobre todo visto desde atrás, una sombra se hiende entre suaves y prolongadas colinas, pidiendo con astucia que uno se haga noche y caiga sobre ese valle para cubrirlo de estrellas en cada gota de saliva), párpados (algunos otros toman esta forma en el sueño, especialmente de costado, cuando levantas con cuidado la sábana y un gemido ahogado se queja sin protestar, allá arriba, mientras siembras caricias matutinas), melocotones partidos por la mitad (los que atrapan al lingam de Shiva y se lo tragan con voracidad), etc... y en cuanto al vello, lo mejor es un jardín francés, césped cuidado sobre el monte de Venus, ligeramente geométrico y labios lisos y suaves (y ahí sí que se nota la diferencia, en los cinco sentidos, pero ante todo, olfato, gusto y... tacto -sublime-)..."
El sabor de tu sexo varía como la luz de un mar interior. Agitado tras las tormentas, revuelto, o sereno en invierno, o con fumarolas de sal en el verano. No puedo explicarte por qué disfruto tanto al hacerte vibrar, o por qué tu néctar me engancha como marino bebedor de taberna remota.
El aroma de tu sexo silba como el viento entre los árboles, llamándome, no como en las junglas donde la madera se pudre de humedad y maleza, sino como en los jardines y hayedos donde los gnomos juegan y se oyen sus risas, o el otoño vuelca su tarro de galletas de ámbar.
Tu sexo, con el que hablo a veces y al que bautizo con apodos bromistas que te hacen reir y llamarme amorosamente loco, es mariposa de alas livianas y cuerpo desvanecido, dejando una tímida cabeza que sólo asoma si la llamas. El único destino de un viaje al que se llega mucho antes si das un rodeo. Lo sabes mejor que nadie. Y yo también, y eso te enciende. Como al corazón de una mujer, así es el juego. Un rodeo húmedo y paciente, hasta que la cabeza asiente y te pide una desaforada pulsión del picaporte. ¡Ah del castillo! Y la guarnición se apresura a bajar el puente.
Herida de miel salada y abejas zumbonas encerradas, buscando la salida en un vibrar de caderas, mientras el curandero sorbe el veneno con succión ralentizada, no para curar, sino para envenenarse complacido. Aquí no hay más que mareas que fluyen y afloran, y la razón que naufraga y se hunde, por fin.
Aliento africano de mi vena árabe, la de jaima hospitalaria y música de laúd, la de raptor insolente y constructor de Taj Mahales, aliento candente sobre la orquídea espesa, labios abiertos que pronuncian mi nombre en grados, labios abiertos que pronuncian el tuyo en suspiros que resbalan por tus ingles. Huesos de cuna que suben impacientes y mano firme que suavemente los empuja contra el lecho. Sssshh...
Un “vaaa” susurrado y largo de tus párpados fundidos, suplicando, una sonrisa de medio lado en mi boca de fauno, y abres los ojos, y maldices y ríes a la vez, más calor, más temporal, más aliento que aviva los rescoldos de tu hoguera, de nuestro fuego robado, Prometeos insolentes.
De repente, sin previo aviso, un lametón, decidido, de abajo a arriba, tu valle entero, la viajera parlante ensanchada como una bajamar en la playa y tu sexo tirita… y no es de frío. El terremoto sale disparado como una onda expansiva, hasta tus rodillas, hasta tu barbilla, hasta tus entrañas, hasta tus recuerdos, hasta que se tambalea tu presente, el nuestro. Y cae, y se desordena, para reinventarse otra vez, diez mil veces.
Una pausa. Quietud. No te toco, contemplo los efectos colaterales de mi argucia. Unos segundos. Una eternidad de miradas pegadas.
Otro lametón, un poco más despacio, un poco más de presión, más lento también al separarse y, mientras sube de nuevo, tu espalda dibuja un arco, que guarda una flecha para ensartarnos, de pecho a pecho. Tu espalda se arquea como el tallo de una rosa arrojada al fuego. Y yo busco las espinas para amarlas también. A los pétalos es sencillo, a ellas es preciso.
Otra pausa, atrapas mis muñecas, levantas tu rostro hasta que la nuca es alfiler que punza tu voz y tu mentón roza la parte dura de tu pecho, y entonces, me socavas con la mirada, algo desencajada, sin sonreír un milímetro, y me arrojas un “cabrón...” que me regala el alma de vida.
Estás perdida.
Retiro tus manos, que se van a mi pelo y a tus dientes, y me lanzo a devorar mi botín de guerra. Sin prisioneros. Mi lengua te empuja, te hace girar, se hunde, te abarca, te descoloca, me disloca, y nos devuelve a las cavernas. Gimes como felina cazadora y tiemblan las bestias bajo la luna llena de la sabana. Y en las sábanas hacemos remolinos de seda al retorcernos, y tiran de nosotros mar al fondo, y me quiero ahogar contigo, y se desahogan los corazones, liberados.
Mientras, respiro acelerado con mi nariz aplastada contra tu monte de Venus, que ya no es de la diosa, no, es todo mío, soy el rey de la colina, el dueño de tus latidos. Río desquiciado como emperador victorioso, ya es mi cabeza la que mueve mi lengua, y mi columna mi cabeza, y mi alma mi columna. Rápido, que no deprisa.
Y entonces te como entera, hasta tenerte dentro, hasta que la orquídea al rojo vivo me pide ser allanada con ese ariete que grita desde hace rato entre mis caderas.
Y entonces entro despacio, hasta que me tengas dentro del todo, todo yo, todo tuyo... para quedarme a vivir más allá de las dulces puertas del infierno.
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Cartografía erótica V.
Las columnas del templo. Parte 2ª (tus brazos).
Me ha costado tanto intentar aprehender lo que quiero decirte con este texto, como si me hubiera propuesto explicar el asombro de una ballena que contempla la bóveda estrellada del cielo en alta mar.
Aún estoy convencido de no ir a decir la última palabra, pero he resuelto intentarlo, hacer acopio de apuntes varios, de notas en servilletas de papel y de impulsos en mi cuaderno portátil con ADSL (Alas De Sergi Letradas) de tapas marrones. Le he puesto banda sonora (Kitaro, The best of Ten Years, 1976-1986) pausada, por no hacerme esclavo del furor y aposentar las palabras. Por cortesía hacia quien lea esto y no hacer de ello un laberinto personal, sí, pero demasiado intransferible. Temo no lograrlo.
Fogonazos sueltos, sin guión, de días al azar:
“No sé por qué razón adoro tus brazos de este modo. ¿Porque los amo? No sólo con el martillo de la obsesión, ni con los barcos sin ancla ni timón del deseo, sino también y sobre todo, desde la vida de todas y cada una de las células de mi cuerpo. Ellas mueren a millares en mis venas a cada segundo, y a millones nacen en mi caudal para amarte cada instante con la misma pureza del primero y la misma fuerza eterna del último. Cada minuto soy un ser nuevo y todos están hechos para brillar entre tus brazos. Cada partícula de mi ser se convertiría en gota de lluvia si el sol agostara la piel de tus hombros. Cada célula se desprendería de mis alas para tejer un escudo de plumas para tus brazos cuando el viento boreal pretendiera agrietarlos.”
“Con tus brazos peinas los cabellos del aire mientras hablas, y cuando caminas en silencio danzan desde las muñecas hacia arriba, con la delicadeza de una garza en una pintura japonesa. La manera en que te acercas a la barra del vagón en el metro antes de sujetarte, cómo tomas un libro de la estantería, y cómo cae despacio el ángulo de tu brazo al devolverlo. Cómo atrapa mi atención el dorso o el interior de tu brazo, según gire a tu alrededor mientras lo elevas hacia atrás para recolocar ese mechón de cabello sobre tu mejilla. El modo en que reposa una ele divina sobre tu almohada mientras duermes y yo sueño despierto que me sueñas dormida, vulnerable, capaz de hacerme dar la vida si vinieran las sombras a llevarte, sólo por la expresión infinita que irradias.”
“En tus brazos habitan las metáforas de tu cuerpo entero. La luz de tu frente o el candor de tus caderas, en tus hombros. La música acuática de tu cintura se repite en el lazo invisible que se ajusta en su caída, antes de ser brazos, antes de dibujar algo parecido a tus senos desde atrás, de costado. La cavidad de tu axila es la suave memoria de tu sexo, y como aquella es sábana de raso por esmero el otro es prado de terciopelo por lujuria tras la siesta. Paz y después gloria. Tus codos son rodillas y desde ellos a los tobillos, donde a veces llevas pulseras de plata indias y casi nunca reloj, va un camino de seda, viajan gemelos sin medias.”
“…encajar mi pómulo entre el leve valle y la duna incierta que se forman cuando el final de tu hombro se convierte en tu brazo (el lazo, el lazo…). Yacer en cuerpo y alma en ese lecho pulido, dejando que la tibia luz de ese paisaje sea quien mece mi duermevela. Marcar con mis dientes la corva más dulce e interna de tus bíceps, como perro labrador que toma sus cachorros de la nuca para ponerlos a salvo.”
“Cuando me abrazas, y entera mi alma abarcas, no caen como bufanda pero me abrigan más. Cuando te aferras a mi espalda, al bajar del tren y reencontrarnos en un abrazo sin palabras que todo lo dice, o al subirnos a ese otro tren húmedo que exhala sudor y gemidos a toda máquina, más fuerte, más profundo, más rápido, hasta la extenuación de la carne y la sublimación del alma, hacia la estación sin término, sí, cuando te aferras así a mi espalda, tus brazos no son cepos para atraparme sino la misma esencia de mis alas. Ni ensayándolo durante años podrías ni podría nadie repetir la gracia innata con que tus brazos toman vida propia. Denotan, sin una curva de más, sin la recta indigna del complejo, sin aspavientos artificiales de feminidad espantada, y sin mácula de apatía, fuerza. La fuerza de tu corazón hambriento.”
“Invierno para gozarlos en privado y en secreto y burlar al frío, otoño para sentirlos y adivinarlos a través de la angorina, primavera para colgarme de ellos hasta la manga que me pide un beso en francés, y verano, peligroso verano, para perder la cabeza en el bronce al aire que se derrite en mis ojos.”
“Hubo alguna vez besos que construyeron techos para mi ansiedad. Hubo, unas pocas veces, nalgas apretadas contra mi sexo que no pudieron alzar mi estandarte. Hubo caricias que abordaron mi barco e intentaron (insensatas...) obligarme a dejar de ser pira... y sin embargo, alguna vez, mi hoguera se hizo mástil e insolente atrapó todos los vientos, para navegar a toda vela hacia la locura que despertó la simple visión de tus brazos o el roce de su piel.”
No, no lo he conseguido, aún no he conseguido explicarte por qué tengo esa febril adoración por tus brazos.
Comienza hoy una serie. He estado dudando acerca del título, "anatomía del deseo, astronomía anatómica, los mapas de la piel, la..." pero al final la intuición ha decidido por mí (es más sabia). O será que escucho (muy atento) a Franz Liszt mientras escribo esto.
También he cavilado sobre el enfoque y la tarea, vomitarlo todo desde las entrañas sin más, armar un andamio e ir adosando los textos a ese primer guión, hacer un trabajo de artesano y venir a vuestra puerta sólo cuando los párrafos estuvieran pulidos, barnizados, revisados... pero mi intuición de nuevo tomó la palabra, y volcaré en carne viva (nunca mejor dicho) mis emociones, ideas, visiones, recuerdos y anhelos. Sencillo: elijo un país del mapa de su cuerpo, vengo, y en menos de una hora (d)escribo el paisaje y sus ecos. Lo que de una hora, ni un minuto más, y puede que algún día un rato menos.
Por último (ma molto importante), no sabía si dejar que un sentido imperara sobre los demás y construir esta serie desde la vista, o si hacer un plano general, un barrido, un primer plano, una secuencia de planos cortos... empezar desde arriba, de la cabeza a los pies. Y no puedo poner orden ni concierto. Porque esto es caos bendito y melodía salvaje. Así que he decidido un enfoque "cardiocéntrico", como un Galileo de las letras que colocara el corazón de la mujer en el centro de su universo y se acercara a él desde las orillas.
Así que empezaré por las esquinas... pero antes, hoy:
Prólogo
Sólo tengo que lanzar al mar una ristra de anzuelos sin cebo, sin trampa, que poco a poco iré pescando tu aliento y tus latidos, los peces de colores y los peces espada que irán ensartando mi corazón y mi lengua como carne humeante para tu hambre de Amor. Y me dejaré, sólo después de jugar un poco, para caldear el ambiente, que con más furia el beso es más profundo y más agotados los cuerpos son más tiernos.
No me entiendas, no me estudies, sobre todo no me juzgues, sólo mírame, tócame, come de mí hasta saciarte y descubre que el ansia crece y sólo sumergirse en ella alivia la sed, y no hay cáliz que la apague, ni ganas de someterla. Que no es meta el deseo sino camino, que no es vasallo el amante sino rey, que duele caer al suelo pero en el suelo te apoyas primero al levantarte, y buceando en tus temores hallarás tu coraje.
No hay pecado ni pasión de la que huir en el monasterio, en la cueva del asceta. Sólo son estratagemas para débiles. Débiles son los que se atan a los impulsos del cerebro reptiliano y sólo ven cópula y ganancia, posesión y trofeo, servidumbre y renta. Sí, débiles los que son esclavos de la materia. Pero débiles también los que se divorcian de la vida y rechazan su regalo, débiles los que lucen medallas celestiales de virtud, alejados del mundanal ruido y de los humores voluptuosos. Débiles si creen escuchar a Dios en los salmos y beber la sangre de la santidad en los cálices.
Mi audacia, la tuya, nuestra Verdad, está en aceptar el regalo, en adorar sin vasallaje, en reinar sin cetros. Al suelo caes y en el suelo te apoyas al levantarte. Al mundo caemos y del mundo tomaremos impulso para volar. Al alma llegaremos por las sendas del cuerpo, en el corazón habitaremos abriendo las puertas de la carne. No es el camino del exceso, no son las puertas de la huída hacia adelante, tampoco es eso, no se trata de ser bestias, ni santos, ni bohemios de postura estudiada. Se trata de reconocer lo sagrado de un beso de lenguas combativas que quieren ganar la misma guerra, juntas, contra el tiempo; lo divino de la carne tibia hiriendo la entraña ardiente para que mane la sangre de tus ojos y mi mirada vampira se la beba a tragos; y el agua de la vida en el sudor de tus muslos.
Tu placer es mi paraíso, tu indiferencia mi infierno, tu piel mi templo, tu alegría mis votos, tu pasión mi éxtasis místico, tu mente mi monasterio, tu silencio mi retiro espiritual, tu voz mi Réquiem, tu Amor mi religión y tu corazón mi único Dios. Tu cabello el cordel para ceñir mi hábito, que es la tela de tu piel que cada día tejeré a besos, tu lengua mi pan para la misa, nuestro lecho la asamblea, el néctar de tu sexo el vino de mis comuniones diarias. Tus labios mi biblia en verso y en beso, tus pechos los obispos de mis manos, a los que juran obediencia, tus nalgas la ascesis de mis dientes y tu sonrisa la expiación de mis miserias, el Génesis de este albatros.
Tus brazos, el hueco entre tus clavículas, tus mejillas, tu ombligo, tu nuca y el botón entre tus labios mojados, ese que abre las puertas de los infiernos de Dante, pero para que salga Beatrice y vuelvan a volar... tu barbilla, y por todas las células de mi ser... tus ojos, no son otra cosa que mis Mandamientos.
Que me excomulguen si los quebranto, que hago apostasía de todos los becerros de oro que sojuzgan a los humanos.
Llegar al Todo y ser inmortal por Amarte. ¿Es que no lo ves? Si lo hago desde siempre...
Sólo espero tu Revelación, Amor, que en mayúscula hay que escribirte si otros la ponen para su dios.
Cartografía erótica II.
Deliberadamente iré dejando el gorro cónico de la maga para los últimos episodios de esta serie, la quinta esquina, donde residen los espejos.
Los vértices de una estrella. Parte 1ª (tus pies).
Hoy me acerco desde la hierba, como una serpiente amable que quisiera enroscarse a tus tobillos, como Luzbel antes del destierro, para ir mojando tu piel con la neblina del deseo.
Son tus pies las gotas que llueven desde tu mundo a mi país, cuando caminas sin intención y distraída en el zoco, dejando que los aromas de las especias o los rumores de las telas guíen tu extravío.
Son tus pies las baquetas que hacen del salón un escenario y levantan el antiguo espíritu de motorista que me habita, entre ala y ala, y el redoble me incita a deslizar mis manos falda arriba y derramar mi mirada hacia tus tacones.
No pueden ser tus pies aquellos de largos dedos angulosos y pulgares casi prénsiles, como los nativos de las islas Andamán, al oriente del golfo de Bengala. No son esos primitivos pies de ave rapaz que afean las sandalias, ni esos otros oprimidos, como pies de anciana china, fracturados por capricho. No son esclavos de modas borgoñonas y medievales, ni esos arcos tortuosos que disparan flechas contra la estética. Ni tiene tus pies esos dedos de espátula, de ranita, de maza o de manopla.
La cultura los ha sometido (vuelvo a China) a torturas, a devaneos con el absurdo, porque no aceptamos que nos señalen con el dedo... del pie. De mal gusto en Oriente. Como todo lo que estropeamos. Hay que regresar a la pureza de lo natural, pero sin dejar la elevación de una estética en equilibrio por el camino.
Sólo en esencia, tan sencillos y amistosos como los pies de un Hobbit, amantes de la campiña, descalzos y libres. Pero tan delicados como un cristal de Swarovski. Cuidados como Egipto mimaba la piel de sus doncellas y sacerdotes.
Tus pies son flores de loto en la corriente, que te traen hasta mí, que se extravían por los caminos con alevosía, que rematan cumbres nevadas y pierden la cuenta de las calles de París o los adoquines de un pueblo dormido en los siglos, que en las aceras se ríen con nocturnidad y alegría.
Bombean cansancio al llegar a casa, embutidos en cuero, y los baño como un carpintero palestino. Pies helados de mujer que se acurrucan en mi jersey, entre mis piernas bajo las sábanas, o que se derriten en mi boca por el aliento que te adora, para calentarse.
Pies breves, de seda y mármol al sol en el empeine, de guijarros en el tobillo, de chocolate blanco en las yemas de tus deditos. Pies de trigo de agosto. Aprenderé por ti reflexología esperando que tu aprendas masajes thais para hacer crujir mis vértebras con ellos.
Les regalas libertad en la hierba, descalzos, o entre la arena y las olas del mar, posados en un puf de Marrakech o en mi lengua traviesa.
Asoman en sandalias ibicencas, bajo la mesa, oscilan en el aire, piernas cruzadas, juguetones como el tic tac de una bomba de relojería a punto de estallarme en el pecho. Se doran en largas caminatas por la playa. Se visten de tacones como si fueran lencería podal, y a ti te encanta, sumergirte en botines que acarician la piel y la vista y rasgan el bolsillo. Cintas que serpentean por tus tobillos, todo como una sonrisa sin abrirse o una mirada sin moverse.
Tobillos para abarcarlos con mis manos, al quitarte los zapatos o al sujetarte mientras nos mezclamos a embestidas y jadeos, cara a cara. Basamento de los pilares de tu templo, de mi altar, firmes, firmes, porque, Amor mío, lo que más me hace adorar tus pies, es la manera en que pareces utilizarlos con desdén, nadie sabría decir si deliberada o inocentemente... para caminar. Los adoro porque te traen a mí.
Al acercarte no flotas, no te contoneas, no avanzas en línea recta, no andas, en realidad. Cuando vienes, te me regalas, simplemente.
Cartografía erótica III.
Los vértices de una estrella. 2ª parte (tus manos).
Me tiendes tus manos y se despliegan mis alas. Las hundes en la tierra mojada y brotan los rosales, perfumados e insolentes, hermosos, y todas tus lágrimas, dulces por rebosar alegría o amargas por las pérdidas, vacilan en cada espina, antes de caer.
Diez gotas de rocío que me apuntan, como si yo fuera el ojo del que lloraron. Diez dagas que laceran la carne ardiente de mi espalda, diez colmillos de felina en celo hienden su nácar y hacen presa en mis nalgas. No son rojas previsibles, ni afiladas, ni tampoco romas, ni cuadradas, y por lo más sagrado, no son las huellas de la incursión en la despensa de un roedor compulsivo.
Diez peinetas de halo francés y diez medias lunas que sonríen en la nuca de tus yemas. Las de tus dedos.
Los que me estremecen al sembrar caricias en mi paisaje, los que al tacto me susurran tu deseo. Tus dedos como juncos en la laguna, entre los que me escondo para despistar al tiempo cazador, cuando el albatros se halla lejos de mar abierto. Diez báculos de sedoso pulido para apoyar mi alma cansada al caminar. Anzuelos articulados que someten mi voluntad si me señalan, si tiran de mí para acercarme a tu boca.
Diez varitas mágicas para hacerme sonreír en la penumbra y buscarle las cosquillas a mi alma. Esqueleto elegante del paraguas bajo el que nos guarecemos de la mediocridad del mundo y te beso el oído. Los dedos de tus manos, armazón del abanico invisible que abres y corvas con gracia andaluza, cuando gesticulas al hablar sin hablar.
No son tus manos cofres avaros ni garras hurañas. Ni orondas estrellas de mar de gruesos brazos, ni abejas obreras de lomos alfombrados... y aguijones traicioneros.
Sólo tus manos saben sustentar mi emoción como chamanes que elevan su ofrenda a los espíritus del bosque lluvioso. Sólo ellas me salvan del naufragio y me arrastran hasta tu playa, y yo me dejo, hechizado. Porque son manos de maga. Centellean por nuestro cielo privado en espirales invisibles que sellan el sortilegio. Sobre la mesa de mármol de un café antiguo, cuando reposan sobre el dorso de las mías o dejan que mi pulgar cuente los poros del tuyo. Cuando buscan mi hombro en la oscuridad del cine. Tus manos me pueden.
Me puede sentirlas en la sien mientras me observas, cuando aún me crees dormido y un leve indicio en la comisura de mis labios me delata. Y su azote en mi espalda hace estallar las risas. Me puede contemplarlas tomando un libro, como quien sujeta un cazo de agua para que reviva el sediento. Evocarlas cuando estás lejos, mientras me escribes una carta o compones un mensaje en la pantalla de tu móvil para mí, alguno que improvise alegrías en mi rostro, por saber que me llevas contigo.
Me gusta fijarme, sin que parezcamos darle importancia, en cómo abordas el pie de una copa de vino con delicadeza, en cómo tus manos parecen pirámides doradas cuando deslizas un sobre en el buzón para derribar distancias con la gente que quieres y se tornan deliciosamente nerviosas al recibir respuesta. Porque tus manos aún escriben cartas, y pelan manzanas, y cortan tomates con amor, y acarician perros desconocidos, y recogen conchas en la playa...
Manos suaves y gráciles que danzan como el fuego en la hoguera, como los copos en la nieve. Y me quemas, y me hielas. Las imagino ensangrentadas, exhaustas y felices si un día acogen contra tu pecho un fruto más (que otros mil campos distintos cuajados de semillas no tendrán nombre) de nuestro Amor, si decide madurar de ese modo en tu vientre.
No lloveré sobre mojado para decirte como todos que "tienes manos de pianista", aunque sea cierto, porque sí, son elegantes como un guante y sensuales como una media, pero tus manos son de pianista, sobre todo, y ellos no lo saben, porque saben mimar las teclas de nuestra vida para interpretar la más bella de las sonatas.
Las adoro cálidas cuando recorren mi piel bajo las sábanas, a escondidas del mundo, como hacen los niños en sus juegos más tiernos. Las amo tibias cuando amasan mi cansancio de hombro a hombro. Las adoro también heladas cuando te dejas los guantes en casa y se abrigan con las mías, o buscan refugio en mis bolsillos, porque así me dejan ver el cariño en tu suspiro.
Me agitan entero, en cuerpo y alma, cuando buscan mi sexo con ansia, frente y frente tocándose, miradas de puertas entreabiertas que casi se besan y tú arrancándome el deseo, que crece allí abajo, aquí dentro, Amor.
Tus manos me acarician lo más hondo del alma cuando desaliñan mi cabello al notar las mías aferradas a tus caderas o tus senos, mientras la pasión pierde los frenos y nos ata desde la base de la columna, electrizada por congelar el tiempo entre los dos. Me pueden tus manos, frotando mi espalda en el abrazo inmenso al decírmelo sin decirme que me quieres.
Me deshacen cuando abarcas mi rostro como dos postigos a una ventana (por la que te asomas a mi alma) y me miras como tú sólo sabes... y mi corazón se hace lava, y se vuelca en las palmas de tus manos, que me van quemando dulcemente, como a un leño deseoso de ser hogar.
Tus manos cuando te das, con la fuerza de tu nobleza, cuando te despides desde la ventanilla del tren o al saludar antes de que el semáforo se ponga en verde, cuando ya me viste desde la otra acera.
Tus manos al adecentar las solapas de mi chaqueta justo antes de llamarme desastre y abrazarme, ya sabes, Amor, esas manos de selva que como lianas se entrelazan con las mías o atrapan mi nuca al besarnos.
Ellas hablan de ti, y en las lineas de su anverso acogedor se trazan las sendas de tu Vida, de tu Amor, y del destino, revelan nuestro viaje, de la mano, siempre de la mano, por el mundo.
Ellas, sin pretenderlo, hablan de ti, jugando con el aire y mis latidos como el sol se cuela entre los árboles para darle vida al sotobosque.
De tus manos recibiré todos los días el mejor Regalo de mi Vida.
Cartografía erótica IV.
Las columnas del templo. Parte 1ª (tus piernas).
Sé que los años irán ajando tus piernas, grabando desde dentro rayos verduzcos al son de tus canas. Sé que unas veces la pereza y otras la circunstancia cosecharán ahí malas hierbas, de arriba a abajo. Pero amaré tus piernas. De seda o fatigadas, de curvas tibias o de tibias cansadas. Sojuzgarán mi voluntad (y yo tan ancho como el Pacífico) depiladas, como jónicas de mármol al sol del Egeo, pero Amaré tus piernas incluso en esos días que las cuides menos, y aún más en esos años que la vida las desatienda, porque también seguirán siendo las olas que te trajeron a mi playa. Porque serán siempre los pilares del templo, Señora Mía.
En senderos, entre montañas, en las aceras, escalones arriba.
En el café, en la penumbra artificial de un lounge de moda... me miras sentada desde el otro lado y cruzas tus piernas y haces de ellas un lazo alrededor de mi cuello, y soy mastín, y desaparece el mundo a mi alrededor y me empuja el vértigo desde abajo, y me tiendes con los ojos el cazo de agua entre el anverso de tu rodilla y la incierta curva turgente y hendida que va camino de tus caderas, bajo el vestido...
La luz de una lámpara en el salón, o la corola amarilla de etéreas flores nocturnas en los faroles, iluminarán senderos de plata, desde tu rodilla al tobillo, con medias o sin ellas, como un rayo de sol sumergido en el mar centellea súbitamente en el costado de un tiburón. Y yo feliz de ser albatros a la deriva en ese océano, para caberte entero cuando vengas a devorarme. Come niña, que soy tuyo. Dame amor, que eres mía. Dame la miel compacta de tus gemelos, curva jugosa y magra de esa carne tuya que despierta mi instinto caníbal. Dije que soy mastín, sí, que no perrito faldero, y mira que me gustan tus faldas, pero soy dueño y señor de mis apetitos.
Encuentro mi reposo en los pilares de tu pureza. Huecos en piedras gastadas por la lluvia de un jardín zen se forman cuando abro tus piernas despacio con las mejillas, entre tu sexo y la primera corva de tus muslos. Justo ahí, en esa fina cavidad, tu piel se hace un poco bronce y en esa marmita hierve mi bálsamo preferido. Huecos en carnes gastadas para mi saliva junto a un jardín versallesco. El muslo se va haciendo alfil camino de tu rodilla y mis manos suben y bajan, caminan y ruedan por la colina. De nuevo la carne tiembla y mis dientes rugen. Jaque mate.
Rodillas hundidas que no vencidas, en una lobera de sábanas sudadas. Rodillas en cuatro y las mías en siete, reinas de alcoba, mientras me hago nido entre tus ingles y el arco tensado de mis piernas va clavando saetas contra tus relojes de arena mojada.
Recordaremos, atados por las piernas desnudas bajo una manta, en el sofá y con música de Satie, o de Saint Germain, o de aguaceros en la ventana, cuando subieron desde tus tobillos, frescos como piedra sombría en verano, mis manos de niño que todo lo exploran, que todo lo entregan. Cuando te hablaba al oído, pegados los labios, respirando tu cabello, y mi voz ardiéndote dentro, y mi aliento quemándote fuera, y mi mano en tu muslo, por fuera y por dentro, y la otra en la cintura, tan elegante esta, tan lasciva la otra. Nos van a pillar me dices, te comeré el corazón te susurro, en el concierto, la cena o la fiesta. Bajo tu falda llego al encaje y al raso, y hago ver que dudo en la frontera y me retiro. Sólo para tomar impulso y multiplicar tu deseo. Cambia el tacto de tus piernas, están todos en esa región de tu país de piel salada. Seda, arena dura para mis huellas, tul, velas… Regreso a las puertas. Me detengo en la aduana del minúsculo festón de encaje de tu medio tanga y se moja mi dedo en tus anhelos.
Me encanta mojarte aún vestidos y que te azores un poco, sólo un poco, antes del arrebato, preludio a la tormenta de lava desde tus labios. Antes de que el arranque de tus piernas aprese mi mano al ardor de tus muslos de pan, antes de que me pidas, y me exijas. De que te gires y me atraviese tu mirada y me muerdas el alma y me la beses. Ay, que no sé si soy más feliz por mojarte vestida (sean mis manos o sean mis palabras al oído que no cesan, ni en su silencio más oscuro) o por el augurio de secarte a lametones el deseo en casa dentro de un rato. Piernas arriba, muslos adentro, de abajo a arriba, gota a gota.
Cartografía erótica VI.
Quien aún recuerde esta serie, lo que tendría mérito, pues la abandoné en el desván un once de Noviembre, me estará regañando, porque me he saltado un episodio, "Cartografía erótica V. Las columnas del templo. Parte 2ª (tus brazos).", y es que, lo creáis o no, por el efecto que produce en mí, por lo inasible de la sensación, lo dejo para otro día. Sucederá lo mismo con los ojos, aunque estos vendrán mucho más tarde, allá por el XIV o XV. Sus brazos en mi retina... demasiado etéreo para guardarlo en un frasco de palabras si uno no tiene el día inspirado (o la semana, o el mes, o... que ya dije que tengo la líbido lesionada).
Cartografía erótica VI.
Las dulces puertas del infierno. Parte 1ª (tu sexo).
Prólogo rescatado (y re-comentado) de un comentario antiguo en Astrópolis:
"La diferencia entre rehusar la invitación que dos muslos en V hacen a mi traviesa boca o devorar cual león tras Ramadán felino el sexo de una mujer la marca, entre otras cosas (y siempre bajo el mandato del deseo) el vello púbico.
Las selvas en ese caso me provocan rechazo frontal (y paradójicamente lo púbico entonces se hace público, lo furtivo fútil, y lo mágico banal).
Totalmente rasurado me dan un punto infantil que no me acaba de gustar, aunque entre un extremo y otro, elijo el segundo (siempre es mejor la piel que los espinos, que no cercan más que un beso a medias).
Lo crean algunos o no, no todos los genitales femeninos, como los masculinos, son iguales. Hay orquídeas (cuando los labios ensayan trabalenguas y las lenguas se traban dichosas en los labios), repollos (de capas circulares como en un extraño acertijo circense), trincheras (cuando, sobre todo visto desde atrás, una sombra se hiende entre suaves y prolongadas colinas, pidiendo con astucia que uno se haga noche y caiga sobre ese valle para cubrirlo de estrellas en cada gota de saliva), párpados (algunos otros toman esta forma en el sueño, especialmente de costado, cuando levantas con cuidado la sábana y un gemido ahogado se queja sin protestar, allá arriba, mientras siembras caricias matutinas), melocotones partidos por la mitad (los que atrapan al lingam de Shiva y se lo tragan con voracidad), etc... y en cuanto al vello, lo mejor es un jardín francés, césped cuidado sobre el monte de Venus, ligeramente geométrico y labios lisos y suaves (y ahí sí que se nota la diferencia, en los cinco sentidos, pero ante todo, olfato, gusto y... tacto -sublime-)..."
El sabor de tu sexo varía como la luz de un mar interior. Agitado tras las tormentas, revuelto, o sereno en invierno, o con fumarolas de sal en el verano. No puedo explicarte por qué disfruto tanto al hacerte vibrar, o por qué tu néctar me engancha como marino bebedor de taberna remota.
El aroma de tu sexo silba como el viento entre los árboles, llamándome, no como en las junglas donde la madera se pudre de humedad y maleza, sino como en los jardines y hayedos donde los gnomos juegan y se oyen sus risas, o el otoño vuelca su tarro de galletas de ámbar.
Tu sexo, con el que hablo a veces y al que bautizo con apodos bromistas que te hacen reir y llamarme amorosamente loco, es mariposa de alas livianas y cuerpo desvanecido, dejando una tímida cabeza que sólo asoma si la llamas. El único destino de un viaje al que se llega mucho antes si das un rodeo. Lo sabes mejor que nadie. Y yo también, y eso te enciende. Como al corazón de una mujer, así es el juego. Un rodeo húmedo y paciente, hasta que la cabeza asiente y te pide una desaforada pulsión del picaporte. ¡Ah del castillo! Y la guarnición se apresura a bajar el puente.
Herida de miel salada y abejas zumbonas encerradas, buscando la salida en un vibrar de caderas, mientras el curandero sorbe el veneno con succión ralentizada, no para curar, sino para envenenarse complacido. Aquí no hay más que mareas que fluyen y afloran, y la razón que naufraga y se hunde, por fin.
Aliento africano de mi vena árabe, la de jaima hospitalaria y música de laúd, la de raptor insolente y constructor de Taj Mahales, aliento candente sobre la orquídea espesa, labios abiertos que pronuncian mi nombre en grados, labios abiertos que pronuncian el tuyo en suspiros que resbalan por tus ingles. Huesos de cuna que suben impacientes y mano firme que suavemente los empuja contra el lecho. Sssshh...
Un “vaaa” susurrado y largo de tus párpados fundidos, suplicando, una sonrisa de medio lado en mi boca de fauno, y abres los ojos, y maldices y ríes a la vez, más calor, más temporal, más aliento que aviva los rescoldos de tu hoguera, de nuestro fuego robado, Prometeos insolentes.
De repente, sin previo aviso, un lametón, decidido, de abajo a arriba, tu valle entero, la viajera parlante ensanchada como una bajamar en la playa y tu sexo tirita… y no es de frío. El terremoto sale disparado como una onda expansiva, hasta tus rodillas, hasta tu barbilla, hasta tus entrañas, hasta tus recuerdos, hasta que se tambalea tu presente, el nuestro. Y cae, y se desordena, para reinventarse otra vez, diez mil veces.
Una pausa. Quietud. No te toco, contemplo los efectos colaterales de mi argucia. Unos segundos. Una eternidad de miradas pegadas.
Otro lametón, un poco más despacio, un poco más de presión, más lento también al separarse y, mientras sube de nuevo, tu espalda dibuja un arco, que guarda una flecha para ensartarnos, de pecho a pecho. Tu espalda se arquea como el tallo de una rosa arrojada al fuego. Y yo busco las espinas para amarlas también. A los pétalos es sencillo, a ellas es preciso.
Otra pausa, atrapas mis muñecas, levantas tu rostro hasta que la nuca es alfiler que punza tu voz y tu mentón roza la parte dura de tu pecho, y entonces, me socavas con la mirada, algo desencajada, sin sonreír un milímetro, y me arrojas un “cabrón...” que me regala el alma de vida.
Estás perdida.
Retiro tus manos, que se van a mi pelo y a tus dientes, y me lanzo a devorar mi botín de guerra. Sin prisioneros. Mi lengua te empuja, te hace girar, se hunde, te abarca, te descoloca, me disloca, y nos devuelve a las cavernas. Gimes como felina cazadora y tiemblan las bestias bajo la luna llena de la sabana. Y en las sábanas hacemos remolinos de seda al retorcernos, y tiran de nosotros mar al fondo, y me quiero ahogar contigo, y se desahogan los corazones, liberados.
Mientras, respiro acelerado con mi nariz aplastada contra tu monte de Venus, que ya no es de la diosa, no, es todo mío, soy el rey de la colina, el dueño de tus latidos. Río desquiciado como emperador victorioso, ya es mi cabeza la que mueve mi lengua, y mi columna mi cabeza, y mi alma mi columna. Rápido, que no deprisa.
Y entonces te como entera, hasta tenerte dentro, hasta que la orquídea al rojo vivo me pide ser allanada con ese ariete que grita desde hace rato entre mis caderas.
Y entonces entro despacio, hasta que me tengas dentro del todo, todo yo, todo tuyo... para quedarme a vivir más allá de las dulces puertas del infierno.
Cartografía erótica V.
Las columnas del templo. Parte 2ª (tus brazos).
Me ha costado tanto intentar aprehender lo que quiero decirte con este texto, como si me hubiera propuesto explicar el asombro de una ballena que contempla la bóveda estrellada del cielo en alta mar.
Aún estoy convencido de no ir a decir la última palabra, pero he resuelto intentarlo, hacer acopio de apuntes varios, de notas en servilletas de papel y de impulsos en mi cuaderno portátil con ADSL (Alas De Sergi Letradas) de tapas marrones. Le he puesto banda sonora (Kitaro, The best of Ten Years, 1976-1986) pausada, por no hacerme esclavo del furor y aposentar las palabras. Por cortesía hacia quien lea esto y no hacer de ello un laberinto personal, sí, pero demasiado intransferible. Temo no lograrlo.
Fogonazos sueltos, sin guión, de días al azar:
“No sé por qué razón adoro tus brazos de este modo. ¿Porque los amo? No sólo con el martillo de la obsesión, ni con los barcos sin ancla ni timón del deseo, sino también y sobre todo, desde la vida de todas y cada una de las células de mi cuerpo. Ellas mueren a millares en mis venas a cada segundo, y a millones nacen en mi caudal para amarte cada instante con la misma pureza del primero y la misma fuerza eterna del último. Cada minuto soy un ser nuevo y todos están hechos para brillar entre tus brazos. Cada partícula de mi ser se convertiría en gota de lluvia si el sol agostara la piel de tus hombros. Cada célula se desprendería de mis alas para tejer un escudo de plumas para tus brazos cuando el viento boreal pretendiera agrietarlos.”
“Con tus brazos peinas los cabellos del aire mientras hablas, y cuando caminas en silencio danzan desde las muñecas hacia arriba, con la delicadeza de una garza en una pintura japonesa. La manera en que te acercas a la barra del vagón en el metro antes de sujetarte, cómo tomas un libro de la estantería, y cómo cae despacio el ángulo de tu brazo al devolverlo. Cómo atrapa mi atención el dorso o el interior de tu brazo, según gire a tu alrededor mientras lo elevas hacia atrás para recolocar ese mechón de cabello sobre tu mejilla. El modo en que reposa una ele divina sobre tu almohada mientras duermes y yo sueño despierto que me sueñas dormida, vulnerable, capaz de hacerme dar la vida si vinieran las sombras a llevarte, sólo por la expresión infinita que irradias.”
“En tus brazos habitan las metáforas de tu cuerpo entero. La luz de tu frente o el candor de tus caderas, en tus hombros. La música acuática de tu cintura se repite en el lazo invisible que se ajusta en su caída, antes de ser brazos, antes de dibujar algo parecido a tus senos desde atrás, de costado. La cavidad de tu axila es la suave memoria de tu sexo, y como aquella es sábana de raso por esmero el otro es prado de terciopelo por lujuria tras la siesta. Paz y después gloria. Tus codos son rodillas y desde ellos a los tobillos, donde a veces llevas pulseras de plata indias y casi nunca reloj, va un camino de seda, viajan gemelos sin medias.”
“…encajar mi pómulo entre el leve valle y la duna incierta que se forman cuando el final de tu hombro se convierte en tu brazo (el lazo, el lazo…). Yacer en cuerpo y alma en ese lecho pulido, dejando que la tibia luz de ese paisaje sea quien mece mi duermevela. Marcar con mis dientes la corva más dulce e interna de tus bíceps, como perro labrador que toma sus cachorros de la nuca para ponerlos a salvo.”
“Cuando me abrazas, y entera mi alma abarcas, no caen como bufanda pero me abrigan más. Cuando te aferras a mi espalda, al bajar del tren y reencontrarnos en un abrazo sin palabras que todo lo dice, o al subirnos a ese otro tren húmedo que exhala sudor y gemidos a toda máquina, más fuerte, más profundo, más rápido, hasta la extenuación de la carne y la sublimación del alma, hacia la estación sin término, sí, cuando te aferras así a mi espalda, tus brazos no son cepos para atraparme sino la misma esencia de mis alas. Ni ensayándolo durante años podrías ni podría nadie repetir la gracia innata con que tus brazos toman vida propia. Denotan, sin una curva de más, sin la recta indigna del complejo, sin aspavientos artificiales de feminidad espantada, y sin mácula de apatía, fuerza. La fuerza de tu corazón hambriento.”
“Invierno para gozarlos en privado y en secreto y burlar al frío, otoño para sentirlos y adivinarlos a través de la angorina, primavera para colgarme de ellos hasta la manga que me pide un beso en francés, y verano, peligroso verano, para perder la cabeza en el bronce al aire que se derrite en mis ojos.”
“Hubo alguna vez besos que construyeron techos para mi ansiedad. Hubo, unas pocas veces, nalgas apretadas contra mi sexo que no pudieron alzar mi estandarte. Hubo caricias que abordaron mi barco e intentaron (insensatas...) obligarme a dejar de ser pira... y sin embargo, alguna vez, mi hoguera se hizo mástil e insolente atrapó todos los vientos, para navegar a toda vela hacia la locura que despertó la simple visión de tus brazos o el roce de su piel.”
No, no lo he conseguido, aún no he conseguido explicarte por qué tengo esa febril adoración por tus brazos.
Deseos pequeños
Un viejo poema (¡un año desde la publicación y casi dos desde el parto!) para estados del alma que se repiten. Todo mientras voy preparando dos nuevos capítulos de la ya casi olvidada "Cartografía erótica" (¿alguien la recuerda? han caído tantas firmas desde entonces, pero seguro que los amigos fieles tendrán alguno de aquellos jirones de mis entrañas sobre la mesa) para los próximos días.
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Deseos pequeños
La tregua de una alegría para el que se rompe la espalda entre inmundicia
llevando pan agrio de derrotas a los suyos
la estrella fugaz del cariño para la que se desolla pies y manos
echándose a cuestas las vidas que amamantó con sangre
El mañana sonriente de la ilusión para el niño que madruga días grises
se acuesta en catres sin cuentos y en piltras con engendros
que trabaja y consume su tiempo sin juegos
La lluvia sin ácido, las huellas sin veneno
el tiempo sin calendario, el silencio sin motores
las sierras nevadas, y en el bosque, sin dientes
para el inmenso edén que nos acoge
aunque emponzoñemos sus entrañas
El sereno lago de la paz interior
para el que gira en la corriente de sus ríos de tedio
al que la ensordecedora cascada del vacío zarandea y aturde
la llama de un sueño para el que se congela
en el extremo norte de su miedo
el que tirita envuelto en la fría niebla
de los horizontes perdidos y las pérdidas horizontales
que es una vida malgastada
El abrazo maternal de un nuevo amanecer
de un sol inundándolo todo con su luz
para los corazones que alguna vez se quebraron
se desangraron, enmudecieron
Y a mí... dejadme la tregua estrellada,
la sonrisa y la lluvia, la llama serena
el refulgente amanecer en cada instante de mi vida
para saber construir mis sueños, cabalgar las emociones
llenarme de presente...
Vivir
Deseos pequeños
La tregua de una alegría para el que se rompe la espalda entre inmundicia
llevando pan agrio de derrotas a los suyos
la estrella fugaz del cariño para la que se desolla pies y manos
echándose a cuestas las vidas que amamantó con sangre
El mañana sonriente de la ilusión para el niño que madruga días grises
se acuesta en catres sin cuentos y en piltras con engendros
que trabaja y consume su tiempo sin juegos
La lluvia sin ácido, las huellas sin veneno
el tiempo sin calendario, el silencio sin motores
las sierras nevadas, y en el bosque, sin dientes
para el inmenso edén que nos acoge
aunque emponzoñemos sus entrañas
El sereno lago de la paz interior
para el que gira en la corriente de sus ríos de tedio
al que la ensordecedora cascada del vacío zarandea y aturde
la llama de un sueño para el que se congela
en el extremo norte de su miedo
el que tirita envuelto en la fría niebla
de los horizontes perdidos y las pérdidas horizontales
que es una vida malgastada
El abrazo maternal de un nuevo amanecer
de un sol inundándolo todo con su luz
para los corazones que alguna vez se quebraron
se desangraron, enmudecieron
Y a mí... dejadme la tregua estrellada,
la sonrisa y la lluvia, la llama serena
el refulgente amanecer en cada instante de mi vida
para saber construir mis sueños, cabalgar las emociones
llenarme de presente...
Vivir
De cabestros afectados y vacas sagradas.
Es cuando empieza un escritor que se le puede perdonar estar ebrio de vanidad, secretamente endiosado, insoportable, totalitario, anarquista, y plenamente convencido de ir a publicar el hallazgo del tiempo encontrado con la destreza y el ensimismamiento del genio, mientras le explica el mundo al mundo. Ya vendrá la hora de partirse los dientes contra los bordillos, de maldecir con borboteo de sangre envenenada la estampa de un editor reluctante a su prodigio, o de clavar agujas de ira en monigotes africanos con hocico de crítico con la febril esperanza de sellarlo para siempre. Ya irá matizando el tiempo la insolencia del fruto verde, ácido, y brillante. Ya madurará en otros tonos la piel y ganará dulzura la carne con las estaciones, y lo irá batiendo el viento de los años del firme asidero de las ramas interminablemente transitadas en acrobáticos andares. Ya perecerá en la hojarasca, ajado, marchito pero fecundo, para que de las semillas enterradas brote alguna vez vida nueva.
Pero, sobre todo, al final del camino es cuando un escritor ha de irradiar la sencillez de un labriego, sabiduría de red y barca, y ternura de artesano, porque nada hay más decrépito que un carcamal engalanado con encajes de sus propias letras al que no le bastaron los años para saber que la vida es más grande que él mismo y su mejor gesto más fértil que toda su alumbrada biblioteca, tan digna de haber colmado anhelos y placeres de un prójimo numeroso como de haber calzado una mesa coja. Si la sabiduría sólo es útil si también puede cocer arroz, la literatura sólo es tal si sabe calar más allá del pacto implícito con el lector. La soberbia en la madurez es cosa de orondos obispos que tienden la mano para el beso feligrés, pero imperdonable manera de malbaratar una vida para aquél que fue, antes que nada, observador y sensible, primero poeta adolescente y acaso después erudito, siempre inconformista y descodificador de las señales del mundo. Escritor, en suma.
Aquél príncipe renunciante en las faldas del Himalaya debería haber dicho, de haber caído en el dulce samsara de las letras, que nadie creyera nada sólo porque él lo escribiera, que sólo confiara en aquello que cada uno fuera capaz de revivir por sí mismo al leerlo. Hay que empapelar las cárceles, los manicomios, las oficinas y los cuarteles con todas las hojas muertas de los santones, hay que quemar los iconos y los retablos, y elevar a los altares privados de cada pecho aquellas palabras, no importa con qué firma, que una vez fueron capaces de devolverte la fe en la belleza.
Pero, sobre todo, al final del camino es cuando un escritor ha de irradiar la sencillez de un labriego, sabiduría de red y barca, y ternura de artesano, porque nada hay más decrépito que un carcamal engalanado con encajes de sus propias letras al que no le bastaron los años para saber que la vida es más grande que él mismo y su mejor gesto más fértil que toda su alumbrada biblioteca, tan digna de haber colmado anhelos y placeres de un prójimo numeroso como de haber calzado una mesa coja. Si la sabiduría sólo es útil si también puede cocer arroz, la literatura sólo es tal si sabe calar más allá del pacto implícito con el lector. La soberbia en la madurez es cosa de orondos obispos que tienden la mano para el beso feligrés, pero imperdonable manera de malbaratar una vida para aquél que fue, antes que nada, observador y sensible, primero poeta adolescente y acaso después erudito, siempre inconformista y descodificador de las señales del mundo. Escritor, en suma.
Aquél príncipe renunciante en las faldas del Himalaya debería haber dicho, de haber caído en el dulce samsara de las letras, que nadie creyera nada sólo porque él lo escribiera, que sólo confiara en aquello que cada uno fuera capaz de revivir por sí mismo al leerlo. Hay que empapelar las cárceles, los manicomios, las oficinas y los cuarteles con todas las hojas muertas de los santones, hay que quemar los iconos y los retablos, y elevar a los altares privados de cada pecho aquellas palabras, no importa con qué firma, que una vez fueron capaces de devolverte la fe en la belleza.

