protocolo

Aplastó con un dedo aquella minucia tan pesada con antenas estresantes. Quizás, más tarde, la estampilla de ceniza plateada sería objeto de estudio a fin de determinar la fecha exacta de los hechos.
Sostuvo los papeles amarillentos entre las dos manos por miedo a que las palabras, repletas de tiempo, se esfumaran al pronunciarlas. El masticar del chicle rasgaba las letras y estrangulaba las comas mientras, en las profundidades, la germinación constante de saliva le salvaba de tomar un sorbo de agua.
- Bien, amigo. Vamos a proceder a la ejecución. Tiene cinco minutos, creo que es suficiente. En caso de que así no se cumpla, nos atendremos a la cláusula segunda, antes mencionada, ya sabe, lo más fácil, es decir, ya lo haremos nosotros, ¿entiende?
Una pátina de polvo cubría a trozos una Colt 1911 dejando el negativo grasiento de unas manos que se desentendían del asunto.
Exhaló en silencio el aire que le quedaba y observó como estos restos impalpables empujaban las dos sombras que se alejaban. Un solo de tacones y hormigón acompañaba el baile de sus dedos gruesos, agrietados y ágiles por el cargador. Se cerró una puerta. Como un acorde final, un destello áureo, minúsculo y fugaz apareció en la palma de su mano.
Por unos instantes el metal se volvió maleable, tan blando como el plástico digerible de las cápsulas placebo, y la pólvora cayó por su propio peso, no mucho, en el vaso de agua. Se mojó los dedos intentado deshacer los grumos que pretendían trepar por el vidrio y así pasó los dos minutos restantes, observando con la cabeza agachada la mezcolanza purpúrea de vida.
Alguien volvió a clavar la aguja en el disco de vinilo. Otro canto. Otros pasos.
Sus ojos se encontraron con los de los guardias mientras se tragaba la última gota.
- Vaya, vaya...con el viejo, ¿te gusta jugar, eh? Ya te avisamos.
Chasqueó la lengua.
- Cláusula segunda. Procederemos a ella. Pero antes, y para que luego no digan por ahí, le vamos a dejar que pida algo, si quiere, un cigarrillo por ejemplo, otro vaso de agua, alguna frase, ya sabe, sus últimas palabras, dicen por ahí que sabe usted muchas cosas, y ya de paso aprendemos algo, se dice así, ¿no? ¿Está usted de acuerdo conmigo?
Sin prisas se acercó al guardia y se detuvo a un metro escaso de distancia. Le miró de frente.
- Por supuesto.
Imaginen que la aguja del tocadiscos se desliza amenazante por la superfície de un globo alimentado de fonemas irisados.
Imaginen que es posible una inflamación en las vocales, deflagración en las oclusivas y desintegración en el silencio.
Un segundo largo y dos blancos en el suelo. Uno, de algodón o lino, no se sabe, un poco arrugado, apenas sucio y con las costuras deshilachadas. El otro, una masa amorfa, con protuberancias y concavidades rellenas de un líquido brillante, probablemente saliva.
El olor se dibuja en el aire y nadie envuelve en llamas una pata de pollo cruda, con piel y uñas.
- Jefe...
- ...
- Jefe, tiene el bigote chamuscado.
- Cállese. Cállese y déme otro chicle.





