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Ad libitum
un petit racó on reprendre l'alè...al teu aire
 
tècnica



El tacto ingenuo me llena la boca de puntas de iceberg.
Hilvanar los párpados con un azul metálico hasta que la última gota se asome por la comisura de los labios.
Layar las certezas mojadas y arparlas con los dedos de arcilla hasta que den un vuelco.
Mácula de barro y acordes.
Basta aplastar una sola cuerda para que empiece el baile.

(irse al traste, dicen...)







El tacte ingenu m'omple la boca de puntes d'iceberg.
Cuso les parpelles amb un blau, com molts d'altres, fins que l'última gota regalima per la comissura dels llavis.
Els peus fanguegen nus, sense esclops ni cuirasses. Capgiren les certeses mullades.

Dits argilosos.
Passes.
Amb una n'hi ha prou per iniciar el ball.

(aixafar la guitarra, diuen...)



 
instints






 
inici


chopo de sangre,
clavas instinto en el cielo
y el verde late





pollancre de sang,
instint punxat al cel blau
amb verd bategant


 
protocolo







Aplastó con un dedo aquella minucia tan pesada con antenas estresantes. Quizás, más tarde, la estampilla de ceniza plateada sería objeto de estudio a fin de determinar la fecha exacta de los hechos.
Sostuvo los papeles amarillentos entre las dos manos por miedo a que las palabras, repletas de tiempo, se esfumaran al pronunciarlas. El masticar del chicle rasgaba las letras y estrangulaba las comas mientras, en las profundidades, la germinación constante de saliva le salvaba de tomar un sorbo de agua.

- Bien, amigo. Vamos a proceder a la ejecución. Tiene cinco minutos, creo que es suficiente. En caso de que así no se cumpla, nos atendremos a la cláusula segunda, antes mencionada, ya sabe, lo más fácil, es decir, ya lo haremos nosotros, ¿entiende?

Una pátina de polvo cubría a trozos una Colt 1911 dejando el negativo grasiento de unas manos que se desentendían del asunto.
Exhaló en silencio el aire que le quedaba y observó como estos restos impalpables empujaban las dos sombras que se alejaban. Un solo de tacones y hormigón acompañaba el baile de sus dedos gruesos, agrietados y ágiles por el cargador. Se cerró una puerta. Como un acorde final, un destello áureo, minúsculo y fugaz apareció en la palma de su mano.
Por unos instantes el metal se volvió maleable, tan blando como el plástico digerible de las cápsulas placebo, y la pólvora cayó por su propio peso, no mucho, en el vaso de agua. Se mojó los dedos intentado deshacer los grumos que pretendían trepar por el vidrio y así pasó los dos minutos restantes, observando con la cabeza agachada la mezcolanza purpúrea de vida.
Alguien volvió a clavar la aguja en el disco de vinilo. Otro canto. Otros pasos.
Sus ojos se encontraron con los de los guardias mientras se tragaba la última gota.

- Vaya, vaya...con el viejo, ¿te gusta jugar, eh? Ya te avisamos.

Chasqueó la lengua.

- Cláusula segunda. Procederemos a ella. Pero antes, y para que luego no digan por ahí, le vamos a dejar que pida algo, si quiere, un cigarrillo por ejemplo, otro vaso de agua, alguna frase, ya sabe, sus últimas palabras, dicen por ahí que sabe usted muchas cosas, y ya de paso aprendemos algo, se dice así, ¿no? ¿Está usted de acuerdo conmigo?

Sin prisas se acercó al guardia y se detuvo a un metro escaso de distancia. Le miró de frente.

- Por supuesto.

Imaginen que la aguja del tocadiscos se desliza amenazante por la superfície de un globo alimentado de fonemas irisados.
Imaginen que es posible una inflamación en las vocales, deflagración en las oclusivas y desintegración en el silencio.


Un segundo largo y dos blancos en el suelo. Uno, de algodón o lino, no se sabe, un poco arrugado, apenas sucio y con las costuras deshilachadas. El otro, una masa amorfa, con protuberancias y concavidades rellenas de un líquido brillante, probablemente saliva.

El olor se dibuja en el aire y nadie envuelve en llamas una pata de pollo cruda, con piel y uñas.

- Jefe...
- ...
- Jefe, tiene el bigote chamuscado.
- Cállese. Cállese y déme otro chicle.




 
Menos almíbar, niño, que se te caen los dientes



Ser siempre el escolar díscolo que no dejaba desteñir sobre los libros la tristeza del pupitre, se asomaba sin vértigo a los márgenes de páginas prohibidas, prefería el negro habitable de la pizarra al mentiroso blanco de la tiza. Olvidar siempre la lección. No terminar nunca de aprender.
(Pues que el poeta, alumno ambivalente que se quedó estancado en el parvulario, tiene que seguir siempre aprendiendo a leer y escribir).

Para interpretar a Bach no basta un clavicémbalo hambriento. No basta un violín de talco. No basta una almendra amarga en los cuévanos del corazón.

Extrañamiento. Un cabildo universal de verdugos endomingados donde sólo puedes ser el extrañado, el extranjero.

Acaso no resulte desventajoso, a la postre, ser ciudadano de una tierra que tan concienzudamente como Sefarad ha ennoblecido la condición del exilio.

A la radicalidad de la devastación que hoy degrada continentes y conciencias solamente cabe oponer la radicalidad de un rechazo que te proyecte, en cada momento, un paso más allá que el afirmativo chuzo progresista del criminal; por desgracia nunca irrecuperablemente. Y reiterar el exceso de este disparate mientras conserves uso de razón y fuerza en los muslos, a sabiendas de que al final vas a perder o a perderte. En algún lugar muy dentro de este mundo.

La ermita te sigue como un perro pastor. Acaricias descuidadamente el espinazo de piedra viva y retiras la mano abrasada por un incendio. Y así llamea la aparente consistencia de cada ser. ¿No ha de bastar esa quemadura para minimizar tu resignación, conformismo, sumisión? Algún día te atreverás a mirar derechamente los ojos traspasados de Vincent van Gogh.

«La verdadera vida está ausente». Pero antes de abandonarnos se ha posado un momento sobre la mano de miel del poema, y no hay ya renuncia capaz de restañar esa herida.

Pesa tan poco que no se quiebren los tallos de la hierba sobre la que caminas.

Con palos golpeaban rabiosamente la tierra envenenada, hasta que los deslumbró la vacilación del crepúsculo.




Jorge Riechmann
de Cántico de la erosión (1985-1986)





 
BWV



El contrapunto invertible





y los cánone($) del


Arte de la fuga







 
Un mos brossià


Hàlit

Trec el regle,
la caixa de compassos,
i començo a traçar
i dibuixar.

Passa un ocell i acaba el poema.



Intermedi




Joan Brossa (1919-1998)




 
hexaedro






El primer acorde desata una lágrima.

Cristalizaciones perfectas
arquitecturas audibles
recuerdos solubles

Bach en silencio.

Trepa el óxido por la garganta